Je vais passer pour un mal français
Stendhal
De existir, entre la lista de los grandes escritores menores aparecería, qué duda cabe, el de Paul Morand. Prolífico como sólo un Mozart pudo serlo, publicó casi un centenar de libros —en los que cultivó con el mismo ímpetu la poesía, el ensayo, la crónica, el diario de viaje y el diario íntimo. Escribió, sobre todo, nouvelles, ese género tan francés que Morand tenía como la más alta expresión literaria.
Nació en París el 13 de marzo de 1888. Hijo de Edward Eugène y Marie-Louise Morand (née Charrier), matrimonio feliz que agotó sus fuerzas y medios para que el pequeño Paul fuera —hábito extraño para la época— feliz. Alguna ocasión, un amigo de la familia preguntó a su padre: “¿qué quiere hacer usted de su hijo? Un hombre feliz”, respondió. Y el niño así lo cumpliría, practicando durante toda su larga vida un egotismo más bien propio del siglo XIX, más acorde al espíritu inglés, a fuerza de lujos y una profunda animadversión por lo burgués.
Morand cursó sus primeros años escolares en el colegio Jules Ferry y la secundaria en la escuela Chaptal. Siempre un estudiante mediocre: “la escuela —confesará Morand hacia el final de su vida en Venises— no fue para mí más que un largo aburrimiento, agravado por reproches merecidos; si la tinta se quedaba en mis dedos, nada se quedaba en mi cabeza; ¡los libros, qué peso!”. Poco importaba, porque en su lugar recibía una enseñanza más valiosa: de la mano de su padre, conservador de museos y alguna vez director de la Escuela Nacional de Artes Decorativas, gozó de una educación del espíritu, conociendo en la sala de su casa a Stéphane Mallarmé, Auguste Rodin y Sarah Bernhardt. Todos ellos, reafirmarían su vocación de escritor.
En 1905, presentó examen de ingreso al Baccalauréat. Morand, que siempre se había mostrado más brillante que aplicado al estudio, reprobó el examen. Sin embargo, como siempre, la suerte le sonrió. Jean Giraudoux se convirtió en su preceptor y, tras ayudarlo a aprobar el concurso, le obsequió algo aún más precioso: su amistad y su guía. Giraudoux instará a Morand a ingresar al Servicio Exterior y a continuar con su formación como artista sin reconvenir su bienestar material.
Gracias a las buenas conexiones políticas de su tío Abel Combarieu, director de la Oficina del Presidente de la República de 1899 a 1906, Morand comenzó su carrera en el Ministerio de Asuntos Exteriores con poco más lustre que cualquier hijo de vecino: se le destinó con inusual rapidez al Servicio de Protocolo donde —¡vaya suerte la suya!— conoció a Philippe Berthelot, junto con Giraudoux, una de las pocas figuras tutelares que tendría en su vida.
Además de enseñarle el oficio, Berthelot, uno de los más notables diplomáticos franceses del siglo XX, arrimó a Morand a otro escritor-diplomático, Saint-John Perse. No obstante, a diferencia de esa generación de funcionarios, Morand carecía de ambición: deseaba dinero, mas no las guirnaldas del estadista. “¿Cuál era entonces —observaría Morand muchos años después en una pieza tardía— mi objetivo? Para mis amigos, era su trabajo, su carrera o ambos. Yo no soñaba sino con una libertad total”. El niño que había prometido ser feliz cumplía los deseos del padre.
Pero el destino aguardaba a Morand con otros planes. A diferencia de su generación, Paul abrazó desde sus primeros años un profundo afecto por la cultura inglesa: realizó numerosas visitas a la isla durante su adolescencia y aprendió la lengua de Shakespeare con facilidad. Advirtiendo esta habilidad inusual en los franceses de aquel momento, el Quai d’Orsay lo destinó a Londres como agregado de embajada. Fruto de aquellos años son Lampes à Arc y Tendres Stocks, sus primeros libros de poemas y cuentos respectivamente, ejercicios de velocidad que tenían a la modernidad por fetiche.
Y a Londres, siguieron Roma y Madrid, pues Berthelot requirió a Morand como parte de su gabinete como ministro de Exteriores. Ahí permaneció catorce meses: en la antecámara del poder, mientras acababa la Gran Guerra y las cancillerías preparaban la Conferencia de Versalles. Esta rica experiencia política —cruzada por la mirada cínica de Morand — mutará en el Journal d’un attaché d’ambassade, que serán a la Francia de Aristide Briand aquello que las memorias de Saint-Simon fueron a la corte de Luis XIV.
Llegado el año 27, en París, Morand desposó a la rica heredera rumana de origen griego Helena Chrissoveloni, Princesa Soutzo (por su primer matrimonio). Al dandy, que vivía de prisa, pronto se le asignó a Roma y Madrid, donde cumplió una vez más con desidia sus labores diplomáticas. Su jefe, el legendario Jules Cambon, lo comprendía y por eso le aseguraba: “querido, venga usted a trabajar a la oficina cuando lo desee, pero nunca tan tarde”.
Hay peces que necesitan de estanques mayores para alcanzar su plena forma: de esa misma guisa era Morand cuyo espíritu encontraba el Servicio Exterior pequeño para afianzarse. Y solicitó licencia por tiempo indefinido para profesar, desde ese momento y hasta el final de su vida, el bon-vivantisme, religión de la que es piedra y obispo. Confesó en su diario íntimo: “opté por la felicidad, por la ruta libre, por el tiempo perdido, es decir, ganado”. Y así terminó esa década: entre libros, diarios de viaje, novelas cortas y relatos; en el periodismo (en Le Figaro, de derechas como él); y entre otras inofensivas ocupaciones: la edición para Gallimard y la animación de asociaciones varias, lo mismo filantrópicas (la Association du Foyer de l’Abbaye de Royaumont) que del jet-set parisino (el Club de l’Automobile). Morand figuraba en todas partes sin pertenecer a nadie: alérgico a las jerarquías —escribió Pauline Dreyfus, el mejor de sus biógrafos—, nadie como él practica el arte de la fuga.
El diplomático —que hasta entonces no había desempeñado su oficio sino cuatro meses y seis días— se reintegró al Servicio Exterior en 1932. Sin una carrera brillante en el Quai d’Orsay, la Dirección de Personal lo puso de nueva cuenta a disposición de otro ministerio (el de Turismo). Y así siguió: despreciando a sus subalternos, sin espíritu de cuerpo, buscando la vida —y el dinero— por otros medios. Hasta dos años después, se le promovió como consejero, adscrito ahora al ministerio de Comercio, y Morand fungió como enlace entre Relaciones Exteriores y el Comité de la Exposición de 1937. Su buen desempeño, le valió por fin ser candidato un año después al grado de ministro plenipotenciario de segunda clase. Y con ese título presidió la delegación francesa en la Comisión Europea del Danubio.
Con esa tersura vencía la década de los treinta, hasta que el teatro político abdujo, como a otros millones de europeos, a Morand a su jurisdicción. El 15 de agosto de 1939, dos semanas antes de la invasión nazi a Polonia, el ministro de Exteriores, Georges Bonnet, reclamó a Morand como jefe de la misión francesa de guerra económica en Londres. Ahí, sin embargo, aún abonando a la causa aliada, no se llamaba a engaño: la derrota de Francia no sería más que cuestión de tiempo, por lo que más valía alcanzar la paz a costa de la deshonra, que el exterminio de la civilización europea. Este pacifista de primera hora, partidario de Neville Chamberlain y fiero detractor de Versalles, lamentó en su diario: “mi doctrina nunca ha variado, esta guerra es una locura, seremos vencidos, tendremos el comunismo y después el fascismo”.
Si hay sucesos que definen la vida de los hombres: éste es el que esculpió la reputación futura de Morand como colaborador. La Alemania de Hitler ocupó París en seis semanas; el diplomático, desde Londres, había de tomar una determinación. Por un lado, se le ofrecía en la propia capital inglesa, el incierto liderazgo del coronel De Gaulle; por el otro, la Francia Libre, donde varias de sus amistades no habían demorado en unirse al gobierno de Vichy.
A uno de estos amigos, Pierre Laval, se le encomendaba la Jefatura de Gobierno y la Presidencia del Consejo de ministros. Anglófilo desde siempre, no había razones para que Morand simpatizara con el programa de Hitler salvo en un punto: su oposición al cosmopolitismo. Tremenda contradicción: el diplomático —el viajero por excelencia, el escritor cuyo pasaporte saturaban los visados— temía la pérdida de virilidad de las naciones y, peor aún, su pureza. Este concepto, que Morand asociaba a manifestaciones tan anodinas como la cocina, tenía su expresión más detestable en el antisemitismo. Quienes confían en esta lectura aseguran que el antisemitismo de Morand era más bien un tic mundano, compartido por la Tercera República, del affaire Dreyfus al Frente Popular.
La segunda postura, por contraste, encuentra que Morand era un antisemita irredento, alguien que —acicateado por su esposa Hélène, germanófila tenaz, o May de Brissac, su amante de vieja nobleza francesa— podía llamar a los hijos de Sión “masa innoble”, “larvas” o “microbios”. A diferencia de L. F. Céline, Morand no dejó escapar este desprecio en ninguna de sus obras: por punibles que sean, nuestra sevicia personal no es recriminable si no alcanza la amplitud del ágora. ¿Reprobable? Desde luego. ¿Esto lo hace culpable del Holocausto? Tanto o tan poco como aquellos que hayan participado de una estigmatización, cualquiera que ésta sea. Dependerá de cada cual llegar a su propia conclusión.
Como Chateaubriand con Bonaparte, las relaciones de Morand con De Gaulle causarán acrimonia en el individuo y atizarán la pluma del escritor. El general dominará la política de Francia a lo largo de dos décadas; Morand, de suyo, permanecerá a la sombra lamentando. Las causas que lo explican son diversas y no sólo políticas; y hay, si se quiere, una escena que lo condensa todo: el 9 de junio, el coronel, recién desembarcado en Londres, busca reunirse con Morand. El diplomático se niega por diversas razones —todas personales, acaso más unidas a la vanidad que a las convicciones políticas. En primer lugar, considera que, por ser el mayor de la relación (¡por un año!) y de mayor rango, estima que es De Gaulle quien debe desplazarse al punto de reunión y no él.
Dejada de lado la vanidad, estaba la cuestión estrictamente política. Morand desconfiaba de la legitimidad del mandato que la Resistencia se arrogaba en nombre del pueblo francés: ahora se ve claro, pero entonces cabía la posibilidad de que el futuro fundador de la IV República no fuera más que un faccioso. Morand se debatía consigo mismo lo anterior, al tiempo que se aproximaban los bombardeos alemanes y el gobierno británico amenazaba con dejar de reconocer sus inmunidades diplomáticas. Vaciló durante semanas sobre la oferta del coronel De Gaulle hasta que, una mañana al salir de casa, encontró las llantas de su coche ponchadas. Tomó el incidente como una advertencia y resolvió partir a Vichy. Esa tarde confiesa en su diario: “En Londres, tenía tres caminos delante de mí: permanecer en Londres, regresar con suficientes recursos económicos para vivir olvidado cuatro años en París, y aquello que hice. Dos de tres opciones eran buenas: tomé la tercera.”
Pero la Francia Libre esperaba a Morand con alguna sorpresa: el Quai d’Orsay le acusó de haberse devuelto por su propia cuenta, sin autorización del ministerio, privando así al nuevo régimen de toda comunicación directa con Londres. Las dificultades se prolongaron por varios meses y sólo lograrán solucionarse hasta 1940 merced a la mediación de Pierre Laval, quien lo invitó a colaborar en calidad de jefe de asesores. El nombramiento, más honorario que de un poder efectivo, ocupó a Morand durante aquellos años aciagos y le otorgó —lo más preciado para nosotros— el acceso a las intrigas palaciegas del balneario y el tiempo suficiente para asentarlas en su diario.
Discutir el vichyisme de Morand sería baladí; asumir ese vichyisme como nazismo, sin embargo, no sólo es impropio sino imbécil. El Journal de guerre del escritor lo constata: en los desayunos del Majestic departían republicanos y liberales de derechas, antisemitas sociales y partidarios de la solución final. Ahí cabían todos y, entre ellos, Paul Morand, que no pertenecía a ninguno de esos grupos. Su caso era menos complejo en lo político, pero admitía más complejidades en lo personal. Por una parte, acusaba resignación ante el peso de los acontecimientos (para Morand era claro desde hacía décadas atrás que Europa habría de gravitar alrededor de Alemania); por otra, revelaba devoción por la paz y el orden, y el temor por la pobreza.
Hacia 1943, no obstante, el Estado Francés con capital en Vichy se acercaba poco a poco a su fin. Para quienes, como Morand, contaban con experiencia diplomática, alcanzar el salvoconducto de una embajada devenía la mejor de las opciones. Se consideró su envío a Lisboa, pero se malogró por el veto del general Salazar. Surgió así Bucarest. Su mujer era de ahí, conocía bien el país: resultaba ideal. En agosto, Pierre Laval nombró a Morand embajador ante el gobierno del general Ion Antonescu. Si su tiempo en Rumania fue corto (6 meses), sus logros fueron menos: el plenipotenciario se limitó a poner en orden la legación (al punto del rompimiento por las querellas entre gaullistas y colaboracionistas), especular con divisas y aguardar temerosamente el avance de las tropas rusas. Cuando éstas cruzaron el Danubio, alcanzó —siempre gracias a los oficios de su íntimo Jean Jardin, la eminencia gris de Vichy— la embajada en Berna.
La potencia y el acto, distinguidos por el griego, en este caso consistían en la nominación y el placet. El gobierno suizo, precedido por la reputación filonazi de Morand, resistió otorgar el pláceme al nombramiento. En ese periodo, el escritor erró entre Bucarest —donde permanecía su esposa—, París y Vichy, donde cargaba con la incertidumbre de lo que se avecinaría, acompañándose de la lectura de obras sobre Europa y Asia, comentando a Talleyrand en sus diarios. El 6 de junio, más de 150,000 soldados desembarcaron en Normandía; el 30 de junio, tres largas semanas después, Morand recibió el agréement de la Confederación Suiza. Los apretados seis meses de embajador en Bucarest tornarán apenas 35 días como plenipotenciario en Berna: el 25 de agosto, el general De Gaulle pronunció el famoso discurso (Paris! Paris outragé! Paris brisé! Paris martyrisé! Mais Paris libéré!) y, el 9 de septiembre, asumió la presidencia del gobierno de unidad nacional. Días después, revocó el nombramiento de los enviados diplomáticos de Vichy, de quien uno de ellos era Paul Morand.
Apenas asentándose en Suiza, Morand anotó en su diario: “la idea de pasar diez años viendo el lago de Ginebra me causa vértigo”. Y no obstante ése fue el tiempo que duró su exilio que, sin jeremiadas de por medio, se mostró sobradamente más cruento que el de Rousseau. Privado de sus derechos políticos y confiscados sus bienes, los Morand padecerán más de lo que sus enemigos han querido aceptar: si creemos a su propio testimonio, durante catorce meses, los Morand bebieron agua en el portacepillos de dientes y comieron en el plato de los gatos. Lo registra sin invocar la queja, con aplomo y resignación, como sus modelos: como el cardenal de Retz, como Saint-Simon, como Chateaubriand. Sirva como testimonio esta carta a Jean Cocteau, que acaso encierre todos esos años en una nuez:
Tu carta me fue dulce. Cuento a mis amigos con los dedos. (Me quedan varios dedos vacíos…). Estoy solo y bastante miserable. Pero era mi única oportunidad de hacer un saludo. Qué alegría sana no ser ya una celebridad, haber dejado atrás la moda, haber llegado al centro de las cosas verdaderas y haber burlado al tiempo. Ése es mi capital. Creo que me equivoqué, pero menos de lo que se supone.
La V República Francesa fomentó relaciones ambiguas con Morand: aunque no se le requirió en calidad de testigo durante las depuraciones contra colaboracionistas más notorios, el dandy no escatimó en precauciones. Visitó España un par de ocasiones —de donde tomó motivos para las nouvelles de aquellos años—, pero persistió sin cruzar los Pirineos hasta el 24 de julio de 1953. Ese día, el Consejo de Estado Francés admitió un recurso jurídico de Morand y anuló el decreto en virtud del cual se le desproveyó de bienes, pensión y derechos políticos. Diez años, dijimos, persistió en el exilio Paul Morand; él, que en un artículo de 1940 parecía prefigurarlo: “si la vida es un sueño, el exilio es un pesado letargo que se asemeja a la muerte”.
A esos acontecimientos infortunados, contrastaron otros de muy diversa naturaleza: el hijo único, ahora desprovisto del amor de la madre, se convirtió en protector de una nueva generación de escritores a los que se les conocerá más tarde como los húsares. Reputados por su filiación de derecha antigaullista, se opusieron al existencialismo y a la literatura comprometida de Sartre. Los años duros acaso ablandaron al hombre, que dejó entrar a dos personas en su vida por la puerta de la amistad: el primero fue el más avanzado de los húsares, Roger Nimier, con quien el escritor estableció una relación casi filial; el segundo, por su parte, fue el novelista Jacques Chardonne, que lo acompañará hasta el final de sus días.
A la rehabilitación de la década de los cincuenta, siguió la consagración de los sesenta: muerto el general De Gaulle, no hubo ya obstáculo que impidiese su ingreso a la Academia Francesa. El 24 de octubre de 1968, la Cúpula le admitió en la silla número 11 de Maurice Garçon. Morand tenía todo; sólo ahora estaba listo para perderlo todo.
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El último trecho del trayecto vital de Morand, se puede seguir a través de sus cuadernos de vejez: el Journal inutile. El más literario de sus diarios, es el único que se puede llamar íntimo en toda regla. El Journal inutile (cuyo título abreva del cómico Beaumarchais) es el lugar desde el que se guarece de un mundo. Todo le es ajeno: los hippies y sus largas cabelleras, las parejas tomadas de la mano o el marxismo cultural; todo ello le resulta igualmente insoportable que la democracia de la V República, la OTAN o el turismo en masa. “Soy —asienta en el diario en 1974— un cuerpo extraño a mi patria, a mi clase, a mi tiempo”. Ya es el viudo de Europa.
Álvaro Mutis, uno de sus mejores lectores, refiere que alguna ocasión recriminó a uno de sus biógrafos, Jean-François Fogel, hacer de Paul Morand un personaje frío, distante, alguien a quien uno no tendría muchas ganas de conocer. A lo que Fogel respondió: era peor. Otro morandiste, Philippe Sollers, tampoco logró sustraerse a esta opinión: “se puede decidir ser severo con Morand, es fácil. El juicio se despacha rápidamente: los orígenes burgueses, el éxito, la fortuna de un matrimonio ventajoso, Vichy, el antisemitismo, la misoginia, la homofobia, la Academia, la ausencia de arrepentimiento, la afirmación de la felicidad física, el ‘aristocratismo”. ¿Qué defendemos, pues, en Paul Morand?
Alego en favor del individuo que se equivocó y que, a diferencia de muchos, se resistió a apearse in extremis en el vagón de la Resistencia. Se mantuvo fiel a sí mismo: jamás adujo razones ajenas al pacifismo para permanecer en Vichy, jamás abjuró de su mujer y sus amigos, jamás profirió razones que no fueran las de la comodidad y el conformismo. Fue humano, como muchos, pero como pocos ayunó de sentimentalismo cuando la depuración fue por la cabeza de los colaboradores. Calló y aguardó, confiando en que, con el tiempo, se comprenderían acaso con mayor indulgencia los motivos del hombre, el esposo y el hijo.
Y está, desde luego, la otra defensa: la del escritor. Quienes imputan insolencia en las reflexiones del viejo Morand confunden principios; o, dicho mejor, las causas por efectos. Porque si, en efecto, parece engreimiento el arrepentimiento de Morand, éste sólo es superficial: existe debajo de él una sustancia que no es otra cosa que dolor manifestado por medio de la ironía. Y recuérdese al danés: la ironía es la facultad del individuo —“la primera y más abstracta determinación de la subjetividad”— para formar su consciencia individual y, en última instancia, iniciarse en la búsqueda de la verdad. La verdad en Morand es risa negra, melancólica e inútil (Beaumarchais), porque emana de la clarividencia en la observación de los fenómenos, trátense de él mismo o de la política internacional.
Morand roza ya los setenta años y durará muchos más, “una vida lo suficientemente larga —asentará alguna vez— para arrepentirse”. Ése ha sido el regalo supremo de la Providencia para con él. Porque profundamente humano, está cierto de que ha elegido mal; sin embargo, la sensiblería es para otros espíritus, no para el de Morand. Lector del cardenal de Retz, de Saint-Simon y de Chateuabriand, está dispuesto a exponerse y confrontarse con sus contemporáneos y con la posteridad. Es un moralista y para eso se sirve de una descarnada honestidad en su escritura:
Soy un ultra, al estilo de Carlos X, separado de la masa francesa por mi vida y mis gustos; pero un ultra sin fe; y que, a diferencia de otros, ha aprendido mucho y ha retenido mucho. Lo que he logrado puede parecer insignificante o mediocre comparado con otras vidas, pero es inmenso, fue colosal, si se considera la mediocridad de mi persona, mi estupidez, mi pereza, mi vulgaridad, mi avance a tientas, mi progreso a ciegas. Mi único mérito es reconocerlo con sinceridad y humildad, haberlo visto con suficiente rapidez y a tiempo, y haber dado siempre gracias a los demás y a la Providencia, diciendo siempre que no lo merecía.
Desde su mansión en la rue Charles Floquet, Morand vio menguar el hígado, la vista y la vida de su esposa; durante año y medio después, atestiguó el apaciguamiento de sus propias fuerzas. Abandonó el mundo un 24 de julio de 1976 en el Hospital Laennec de París. De acuerdo con su voluntad, sus cenizas hubieron de reposar en Trieste, junto con las de Héléne, en la ciudad en la que ella nació y donde él vislumbró el último bastión de la vieja Europa. Murió sin quejarse, escribiendo: fue un canalla y fue un hombre.























