Traducción de Armando Pinto
Segunda parte
Enero de 1924
Gide: –– “No hay día, casi ni hora, en que no piense en mi muerte. Sin nada de romanticismo, además: es el sentimiento de una evidencia… En todas partes, de visita, en mi baño, en una pastelería, en el asiento de un autobús, la idea me asalta de súbito: “¿Y si muero aquí?” Algunas veces pienso: “Aquí, estaría bien.” Pero, en general: “¡Ah, no, aquí no!” Y sigo en otro sitio… Esta obsesión no me perturba de ningún modo, pero redobla mi gusto por vivir, me incita todavía más a escapar de los impertinentes, a huir de quien me obstruye, el que limita… –– a rechazar, ahora, todo lo que no esté dedicado a mis fines”
*
Marzo 1924
Paseo con Gide en el Var, en La Bastide. Atmósfera saludable y amistosa. Nunca me ha parecido Gide más simplemente feliz, casi alegre.
La casa está llena: por falta de espacio nos alojamos en la misma habitación. En la mañana, en la tarde, de cama a cama, conversaciones interminables. Ríe de mis manías; yo, de las suyas. Así, descubro que, para dormir, se pone una especie de levita blanca, gruesa, de algodón. Cuyas faldas le llegan casi a los tobillos como un mandil de panadero; y se enrolla alrededor del talle, lo más apretado que puede, comprimiendo el diafragma, ¡una larga faja de tres metros de largo, de seda negra! Parece un mamamuchi fúnebre…
Divertido de sorprenderlo jugando con su hija, ––o más bien inclinado, con la curiosidad del entomólogo, sobre esta bebé de diez meses que se arrastra y agita sobre la alfombra. No se interesa más que en la espontaneidad de la niña, en sus reflejos, en las señales más insignificantes que revelan los instintos de este pequeño ser precoz, de mirada atenta, luminosa, que curiosamente agacha la cabeza para disimular su sonrisa, y que ya codicia con una gran intensidad los objetos fuera de su alcance, con los puños crispados, las manos temblorosas que se agitan, que se extienden locamente, cuyo cuerpo se levanta y estremece con una especie de delirio interior.
Gide está en el colmo del arrobamiento: no se cansa del espectáculo de su agitación. Sobre todo no quiere que uno le alcance el pequeño objeto deseado. Sea lo que sea, prohíbe que uno intervenga. Casi se disgusta: –– “¡Vamos! ¡déjalo! ¡Es muy curioso! ¡Déja que lo haga … Para contemplar…”
*
1924
Su necesidad de utilizar cada instante.
Este poeta, este independiente, este sensual: lo contrario de un flâneur. Ni un minuto de su día, ni un minuto de sus insomnios en el que el pensamiento esté de vacaciones, o el cerebro cese de producir materia para libros… Homme de lettres, de la mañana a la noche. Incluso en el placer, incluso en el amor… La impresión más fugitiva también es captada, traducida al estilo gideano, condesada en una fórmula marcada con su sello, presta a servir. El único fin de su vida: el enriquecimiento de la obra; (o del hombre, pero del hombre para la obra). Parece embriagarse de alegrías “gratuitas”, atracarse del zumo de las flores. Véalo bien: él no liba jamás sin aportar miel a la colmena.
*
Diciembre de 1924
Al lado de Gide, en la casa de salud de Reuilly. Nunca ha sido operado. Con o sin razón, y cierto que sufre poco, está persuadido que no volverá en sí. Lo encuentro acostado, inmóvil, con una bolsa de hielo en el vientre. El rostro pálido, extrañamente joven, embellecido; la mirada muy clara, muy pura; en los labios una sonrisa de niño sensato. No me habla más que de su testamento, de su última voluntad. Cuando razona, sabe bien que no está fatalmente condenado; pero, pensamiento y cuerpo, todo su ser, a pesar de él, se prepara a morir. Se asombra él mismo de aceptar la muerte tan tranquilamente.
—“Es, me dice, que yo morí hace algunos años, cuando descubrí que mi mujer había quemado todas mis cartas para librarse mejor de mí, para excluirme de su vida… Querido, cuando sufre uno como yo sufrí entonces, el resto no es nada…”
Y, después de un silencio:
— “Pienso en ella sin cesar. No lo sabrá jamás…”
*
Junio 1926
Vuelvo de París a donde fui a pasar algunos días para ver a Gide de regreso del Congo.
Llegué el lunes en la mañana a villa Montmorency. La puerta está entreabierta. El gran vestíbulo polvoso, atestado, como un depósito de paquetería con todas las maletas de la expedición, loncheras oxidadas, lo mismo que cajas, fardos, extraños paquetes maltratados, manchados de lodo, que exhalan un olor dulzón y fuerte, grito al vacío: “¡Hola!” Una voz lejana responde: —“¡Hola!” Acude, me estrecha entre sus brazos. Viste una chaqueta de un beige muy claro, de lana, holgada, y, alrededor del cuello un madras de fondo rojo que le da un tinte pálido. Me parece tan cambiado, los rasgos tensos y cansados, la mirada furtiva, Pero no logro examinarlo bien; me hurta su rostro sin cesar. ¿Es la emoción lo que lo vuelve tímido? Me lleva al comedor, en el que los restos del desayuno aún permanecen en la mesa. Él se pone a recoger los cubiertos. Y le digo: “—Pero déjame mirarte, vamos…”, él me responde tendiéndome un extremo del mantel: “—¿Quieres ayudarme a doblar esto, querido?”
Un fuego de leños, a pesar de la estación, mantiene una temperatura de invernadero en la habitación que ocupa desde su regreso, friolentamente arrebujado bajo la campana de la gran chimenea, en una silla baja junto a una mesita cubierta de cartas y artículos de prensa. Ningún libro. En el suelo, al alcance de la mano, un montón de leños que él mismo subió del sótano y puso sobre periódicos.
Me hace sentar, y, de pronto, como si nos hubiéramos dejado la víspera, se pone a hablar, —no de su travesía, ni del Congo, ni de Chad, ni del bosque ecuatorial, ni de su viaje junto a Marcel de Coppet— sino únicamente de la vida literaria parisina, de los chismes que circulan en el medio de la N.R.F., de ciertas acusaciones contra él, de las críticas aparecidas sobre sus Faux–Monnayeurs y de las que está impaciente por revelar sus inexactitudes, las interpretaciones falaces, las alusiones desagradables. Yo pensé que regresaba de África como si descendiera de Sirius; que le tomaría varios meses ponerse al nivel de la pequeña historia contemporánea… Me siento un poco decepcionado al verlo adaptarse tan rápido, con tanto ardor, a las querellas de tendejón, a las disputas de la prensa… Está nervioso, se agita sin pausa, se levanta, se vuelve a sentar, enciende un cigarrillo, lo apaga, lo retoma y vuelve a encenderlo, se anuda y desanuda la bufanda, se agacha para atizar el fuego. Siento, por su timbre, que esta febrilidad enfermiza lo pone sin cesar al borde de la irritación. Le propongo acortar mi visita. Me retiene. Y —siempre sin interrogarme ni dejar que lo cuestione— aborda por fin el gran asunto que lo obsesiona: su informe sobre las injusticias y abusos que descubrió allá. Y se desata: pone a juicio todo el problema de la colonización, clasifica los temas, agrupa los argumentos, se anima, eleva la voz. Noto que adopta un tono desacostumbrado, solemne, elocuente, persuasivo; emplea formulas de un estilo oratorio: “Ciertamente, no es que yo pretenda…” “Creo haber demostrado suficientemente…” “Pero, me objetarás tal vez que…” Debió de percatarse de ello, pues se interrumpió, y sonriendo: “—¿No te aburro, querido? Es que, tengo que decírtelo: esto me es muy útil… Es como un primer borrador de lo que he hecho allá, ante ti…”
(Noto también ese rasgo, que muestra hasta qué punto su sensibilidad ha sido quebrantada por las fatigas del viaje de retorno. En cierto momento abre un archivo y comienza a leerme un reporte oficial, fechado en 1902, en el que se encuentra descrito el estado miserable de no sé qué tribu indígena, decimado por el hambre, arruinado por los impuestos y el acarreo. Llega a un pasaje que yo reconstituyo de memoria: “abandonando sus viviendas y sus tierras sin cultivar, las hordas de fugitivos se refugian en la selva, alimentándose de raíces…” Ahí, se detuvo, ahogado por la emoción. Dos veces, traga su saliva, se seca los ojos, hace un esfuerzo por serenarse, por reemprender la lectura; pero, al no poder contener sus sollozos, me tiende el reporte, balbucea: “Lee… yo no puedo…”, se levanta vacilante y se refugia en otra pieza. Solo, leo la frase que lo ha trastornado tanto. He aquí, textual: “…y son decimados por una epidemia de fiebre recurrente.”
Sin embargo, esos hechos habían pasado en 1902, hacía entonces veinticuatro años…)
*
1928
Su séquito lo arruina con demasiadas complacencias. Él no toma en cuenta las ocupaciones, los deseos, las preocupaciones, los gustos de los demás. A duras penas comprende que uno no esté todo el tiempo disponible, —lo que significa: dispuesto, en el acto, a ponerse a su entera disposición; dispuesto, no solamente a visitarlo, sino a compartir, durante medio día, su vida, su trabajo, sus placeres, sus comidas; dispuesto a asumir sus menores deseos del día; dispuesto a hablar de los temas que lo atormentan, con exclusión de todos los demás; dispuesto a reír si él quiere divertirse; a indignarse si él tiene algún motivo de contrariedad o de desprecio; dispuesto a hojear pacientemente diarios y revistas durante el tiempo que él toma su siesta; dispuesto a leer las cartas que acaba de recibir, y a discutir con él las respuestas que él ha preparado; dispuesto a proseguir con él la lectura que él ha comenzado: dispuesto a acompañarlo si lo asalta la fantasía de visitar una exposición, ver una película o dar un paseo… Jamás tan afectuoso como cuando quiere, a todo trance, retenerte: —“¡No, no te vayas, querido! ¡Tenemos todavía tantas cosas de qué hablar!… Enciende una pipa, y sígueme: es absolutamente necesario que me rasure.” Me arrastra hasta el baño para que asista a la ceremonia de la barba, si no me escurro cuando me da la espalda.
…………………………………………………………………………………..
(¡Como soy injusto! ¡Y qué vergonzoso haber cedido a este momento de humor! ¿Pasé alguna hora junto a él sin salir enriquecido? ¡En los días más tiránicos, él encontraba veinte ocasiones para dar más de lo que recibía! Anima todo lo que toca. Su conversación es semejante al acto del sembrador: esparce granos raros que sólo esperan germinar germinar.)
*
1928
Yo desapruebo esta susceptibilidad que, ahora, lo hace sublevarse, no solamente a los ataques, sino a la menor inexactitud de un crítico, a la menor interpretación que él considera desagradable o solamente errónea…
Después de haber sido desconocido, ignorado, durante más de treinta años, y haberlo soportado con un hermoso orgullo resignado y silencioso, no resiste a la tentación de tomar por fin revancha. Viene a llenar con el ruido de sus reivindicaciones, de sus polémicas insignificantes, los bastidores más sonoros del pequeño mundo de las letras. ¡Ah, cómo quisiera verlo más alejado, más indiferente!
(Él cede también a la preocupación de la imagen que desea dejar de él. Quiere dibujarla él mismo e imponerla. Temo que sólo sea tiempo perdido: no se pone uno mismo la mortaja…)
*
30 de julio de 1931
Encuentro a Gide abatido. Me muestra un folleto en el que es acusado de “pervertir a la juventud”. Nada lo conmueve, lo indigna, lo desespera más.
—“¡Pervertir a la juventud! Bien sabe uno, por lo demás, lo que la gente “normal” entiende por eso. ¡Lo que siempre suponen!… Ellos, cuando corren tras una mujer es para poseerla: como consecuencia, buscar el amor de un muchacho, es evidentemente querer abusar de él. ¡Su imaginación no va más lejos! “Pervertir a la juventud”, quiere decir, en otras palabras: hacer invertidos a los jóvenes, aprovecharse de su amabilidad, de su pasividad… ¿Cómo me defendería, como los persuadiría de que, en lo que a mí concierne, —y no soy una excepción— nada es más falso? Se reirían en mi cara si les dijera que yo jamás, jamás…
“Ah, si pudiera decirlo todo, hacer una relación precisa de experiencias, dar ejemplos, ¡se vería hasta que grado sus acusaciones son injustas! ¡Cuántas veces no he sido inmovilizado por el respeto que me merecía un ser joven! A menudo he esperado meses antes de aceptar una caricia que se ofrecía… ¡Pervertir a la juventud! ¡Cómo si la iniciación a la sensualidad fuera, en sí, un acto de perversión! ¡Es, por lo general, todo lo contrario… Se olvida, o tal vez se ignora lo que acompaña a las caricias, ¡en aquella atmósfera de confianza, de franqueza, de noble emulación, nace y se desarrolla esa clase de amistad! ¡Créeme, querido! Puedo rendirme justicia: mi influencia, en los jóvenes que se han acercado a mí, mi influencia ha sido siempre útil y saludable. Sí, no es una paradoja: mi papel siempre ha sido moralizador. Siempre he buscado despertar o desarrollar su conciencia; siempre, ¡he conseguido avivar en ellos lo que tenían de mejor! A cuántos muchachos, metidos ya en el mal camino, no los he devuelto al camino correcto, ¡sin mí se habrían abandonado a sus instintos más viles, y se habrían definitivamente descarriado! ¡Cuántos rebeldes, perezosos, hipócritas, mentirosos no han escuchado mis consejos, y le han tomado gusto al trabajo, a la rectitud, al orden, a la belleza! Gracias, justamente, a esta recíproca atención, a esta recíproca ternura… Pero ¿cómo hacerlo comprender?”
Cita nombres, describe casos, multiplica los ejemplos. Al apasionarse poco a poco, me expone de nuevo sus ideas, hace el elogio de lo que él llama “el amor griego”. Nada, según él, en los años angustiantes de la adolescencia, reemplaza la influencia bienhechora de una relación a la vez carnal, intelectual y moral, con un mayor digno de confianza y de amor. Nada como las revelaciones de un camarada más grande puede ayudar al muchachito a franquear, sin daños, en una atmósfera masculina y de fervor fraternal, el temible umbral de la pubertad. Sola, una tal iniciación es capaz de alejarlo de las perniciosas tentaciones de la prostitución, de ahorrarle el envilecedor —y peligroso— descubrimiento del placer “en el lecho de una prostituta” … (¡Gide ha conservado de su educación puritana el terror a las enfermedades “venéreas”…!
*
1 de julio de 1932
Encuentro a Gide en Cassis-sur-Mer, donde vino a esperarme.
Él vive con la idea de su muerte; es el fondo de sus pensamientos, el leitmotiv de sus conversaciones: —“No es que quiera morir, querido… Pero, con más frecuencia, quisiera ya no ser.”
Lo incito a explicarse. Evoca la evolución rápida del mundo, de las ideas, de las instituciones. Reconoce que tiene problemas para seguirla, que se siente un poco “rebasado”. Los progresos sociales, a los que apela con todos sus votos, sabe bien que no vivirá lo suficiente para verlos realizados; y esta certeza contribuye a alejarlo. Después de un silencio, agrega: —“Es por eso que me he comprometido tan a fondo, tan imprudentemente (sic) con el comunismo…”
2 de julio
Esta mañana me habla de sus funerales. Obsesionado por el deseo de evitarle a su mujer experiencias penosas, quisiera que ella no tuviera que tomar iniciativas, que no tuviera que decidir ni el modo ni el lugar de sus exequias, que no tuviera que exponerse a las miradas de la asistencia. Además, desearía que la ceremonia no tuviera más testigos que algunos amigos y que no se pronunciase ningún discurso.
Me interroga largamente sobre los procedimientos, las formalidades de la incineración.
Le digo:
—“¿Por qué te importa? ¿Por qué quieres prever tú mismo y decidir de antemano lo que pasará después de ti?”
—“Porque quiero que todo, en ese momento, sea conforme a mi vida. No quiero ninguna manifestación religiosa. Quiero unas exequias estrictamente civiles e íntimas.”
*
1933
Divertida conversación sobre la oposición del arte dórico y del arte jónico, los cuales, para Gide, simbolizan las dos corrientes eternas del arte… Entre los dóricos apila, sin orden, a Rabelais, Molière, Corneille, Rude, —“y él mismo… (sic). Entre los jónicos: Clodion, Carpeaux, Renan, etc. —“Es verdad, agrega, que ellos tienen a Racine…” —“¿Y Barrès?” —“¿Barrés? Pero, vamos, ¡si es el tipo mismo de arte jónico! Le debe a Renan mucho más todavía que a Chateaubriand…” —““¿Y Montaigne?” “–Ah, ¿Montaigne? ¡Difícil! El bruto, creo que está a caballo entre las dos corrientes…”
*
Niza, abril 1934
Gide acaba de irse, después de haber venido a pasar algunos días aquí para leerme un largo fragmento de su Geneviève, escrito en Siracusa, en febrero.
Estaba ligeramente resfriado, algo huraño… Lo que me leyó estaba francamente mal realizado. Era un interminable capítulo que describía muy torpemente lo que fue el “Hogar Franco-Belga”, al que, durante la guerra, asistido por madame van Rysselberghe y Charlie du Bos, Gide consagró, con una perseverancia y una abnegación meritorias, tres años de su actividad. Excelente ocasión para él de hacer un retrato de cuerpo entero de Charlie; retrato bien fundado, a la vez verídico y caricaturesco, un poco feroz, un poco chirriante, muy divertido a ratos, pero que no tiene verdaderamente lugar en ese libro. Al leer esas páginas en voz alta, él mismo ha sentido su pesadez e improcedencia. Forzado por mí, tuvo que reconocer que se había consagrado a esa novela “a falta de algo mejor”, pues, en ese momento, ningún trabajo lo tentaba verdaderamente. Pero no sabía bien qué quería meter en esa novela. Tenía muchos bosquejos de planes, ninguno de los cuales era bueno; no lograba circunscribir el tema, ni inventar una fantasía, ni siquiera establecer el carácter de los personajes; flotaba en la imprecisión…
Estas constataciones poco alentadoras han ensombrecido nuestras conversaciones. Nuestra amistad tiene más de satisfacción, de calor, de eficacia, si tenemos buenas razones para estar satisfecho el uno del otro que si alguno de nosotros se siente descontento. Ha partido muy desconsolado. Parecía resuelto a abandonar el proyecto de Geneviève, que había venido arrastrando con él desde hacía años, y que se parecía a esos frutos recogidos demasiado pronto que se apergaminan, se momifican, en lugar de madurar.
En compensación, interesantes y numerosas conversaciones sobre los acontecimientos, la política, el comunismo. Me guardo de decirlo, pero creo sentir en él una reacción que se esboza. Se modera un poco. Con los “camaradas” se deja a menudo desviar más allá de los límites que se había trazado. Conmigo no afloja las riendas, se resiste mejor a los acarreos; se analiza limpiamente, y no trata de disimular ante mí —“ni ante sí mismo”—que, en efecto, está menos convencido de su comunismo de lo que se cree, de lo que se dice, de lo que se quiere creer en los medios militantes a los que se le atrae. No pretendo insinuar que su simpatía por la experiencia rusa se enfríe, ni que su confianza en el porvenir del marxismo se debilité. Pero su sentido crítico se mantiene muy afilado, muy viva su repugnancia innata a todo dogmatismo, demasiado empedernido su gusto de mantenerse en equilibrio inestable, sometido al balanceo de muchas atracciones contradictorias como para que pueda vivir a gusto en un clima de certidumbre, de intransigencia y de fe. ¡Era necesario que el Partido haya estado muy confiado, o mal informado, para que haya apostado en Gide! Qué imprudencia que le haya otorgado tanto valor a la afiliación de un espíritu tan naturalmente no apto para la convicción, ¡siempre más allá de lo que parecía haber estado la víspera! Temo que, a la larga, y a pesar de su auténtica buena voluntad, defraude un día a sus nuevos amigos.
*
1934
Hago alusión a un pérfido artículo en el que X. ha querido hacer su retrato.
— “Sí, dice riendo: todos los que no me conocen me han reconocido de inmediato.”
*
1934
“Espíritu prevenido”, ¡a veces!
En circunstancias graves, él da prueba, en general, de una conciencia meticulosa, de una valiente probidad. Pero, en las pequeñas cosas, no siempre es tan escrupuloso… Capaz de condenar sin mayor examen a un periódico que sabe animado de tendencias opuestas a las suyas; de ser injusto con una revista dirigida por católicos; de tener una indulgencia preconcebida hacia tal otra, de inspiración protestante. Capaz de sospechar, sin verificar, de todo escrito que lo haya agraviado diez años antes con un juicio inicuo, etc. (Capaz también, además, de olvidar completamente una injuria y tenderle la mano al grosero que seis meses antes lo había arrastrado por el lodo, —“y de reventar de risa en cuanto le señala uno su equivocación…)
*
1937
—“Frente a un arranque de lirismo, me mantengo siempre en guardia…”
—“Demasiado!… Mira, agrega después de una pausa, creo que si yo poseo una particularidad que me pertenece por derecho propio, es el de poderme abandonar al lirismo más loco, sin por ello perder pie, sin que se altere de ningún modo mi visión de la realidad… Sí, sinceramente, puedo afirmar hoy en día que mi facultad de exaltación jamás a afectado mi visión. Tengo ese don —“y me persuado al envejecer que es muy raro—“ de combinar en el mismo instante, dos estados tan diferentes, tan opuestos, como la pasión y la lucidez; la fiebre, el delirio del lirismo interior, y la fría razón…”
*
1937
Algunos nos preguntamos si, después de sus Faux-Monnayeurs, no habrá perdido el rastro… L’École des femmes, las Nouvelles Nourritures nos han dejado insatisfechos.
Su aventura política pone en videncia su coraje, su generosidad natural, pero también su ligereza. Él había descubierto lo social durante su viaje al Congo. Ha permanecido profundamente preocupado. Intentó leer El Capital. (Durante meses paseó un volumen de Marx en su bolsa: tenía el aire de haberse infligido un castigo.) No es por convicción política, es por esperanza y fervor evangélico que él ha acabado en el comunismo. Y es por desengaño evangélico que se ha desviado. Adhesión y retirada denuncian el mismo candor…
*
“La acción no me interesa tanto por la sensación que me proporciona como por sus consecuencias, sus repercusiones. He aquí por qué, si bien me interesa apasionadamente, yo creo que me interesa más si es realizada por alguien más. Tengo miedo, compréndame, de comprometerme; quiero decir, de limitar por lo que hago lo que podría hacer. De pensar que, porque he hecho esto, no podré hacer aquello, lo cual se me hace intolerable. Prefiero hacer actuar que actuar.” A. Gide (Conversación con un alemán. N.R.F., agosto de 1919).
*
1937
La indiscreción de Gide.
Constato con melancolía que las relaciones de Gide con sus íntimos tienden a devenir unilaterales. Es imposible devolverle la confianza que nos muestra. La molestia que experimentamos al encontrar en su Journal las huellas tan frecuentes de nuestras conversaciones no es extraña evidentemente a nuestra reserva; pero, aún más, ¡la irritación (o los serios líos) que ante unos y otros nos provocan muy a menudo sus perpetuas indiscreciones!
*
1937
Sus manías, sus chifladuras, se hacen verdaderamente tiránicas…
Él vive pendiente de sí mismo, ocupado en sus pequeñas miserias. No sostengo por cierto que sean fingidas, ni que las cultive; pero exagera su importancia; las sufre más de lo razonable, y hace sufrir a sus allegados. Es verdad que tiene insomnio, y que tiene necesidad después del almuerzo de tomar, como él dice, su “naping”; pero, para su siesta, ¿es verdaderamente necesario que pruebe uno tras otro todos los lechos y divanes a su alcance? ¿Y de exigir tal silencio a su alrededor que paraliza durante más de una hora toda la vida de la casa? Es cierto que tiene que cuidar su hígado: pero es un pretexto en la mesa para detener la conversación y entretenerse en graves, sutiles e insípidas digresiones sobre la propiedad de cada plato, que debe ser, a la vez, de digestión fácil y delicioso al gusto, —“pues es gourmet como una gata… Es cierto que es proclive a los resfriados, a la laringitis, y que debe tener cuidado para evitar los cambios de temperatura. Pero esta prudencia ha degenerado en una verdadera obsesión que lo hace cubrirse en exceso por miedo a un enfriamiento, después descubrirse intempestivamente temeroso de transpirar, de modo que no cesa de ponerse, de quitarse, de volverse a poner sus múltiples chalecos, tricotas, bufandas, polainas, mitones, o de enredarse las piernas con una de las cobijas o mantas de viaje que arrastra siempre con él… En el cine, es constante en cambiar tres o cuatro veces de lugar en el transcurso de una sesión, para alejarse del radiador, o al contrario para aproximarse; o para evitar la proximidad de alguna puerta de emergencia, que, de abrirse, pudiera dar lugar a un chiflón. Recuerdo un día en que, durante la proyección de una película, en el cine Récamier, me pidió un pañuelo; cuando la luz se prendió cuál no fue mi sorpresa al encontrar mi pañuelo atado en sus cuatro esquinas y convertido en gorro para gran diversión de los vecinos. Otro día, en Niza, en la noche, me susurró al oído que había tenido la enojosa precaución de armarse con dos calzones superpuestos: —“Si sólo consintieras en ayudarme un poco querido… aprovechando la obscuridad, podría no ser imposible, muy discretamente…” Tuve que amenazar dejarlo si continuaba un segundo más en su descabellada idea de quitarse a las calladas los pantalones…
Por desgracia yo tengo la debilidad de sufrir por el “qué dirán”… salir con él, ahora, es exponerse a convertirse en el punto de mira de la curiosidad general; un suplicio… Con él, a solas, no es mucho decir que yo soporto sus manías; me divierten, las provoco, bromeamos con ellas, y él ríe conmigo. Introducen en nuestras charlas un entretenimiento ritual, de alegres entreactos. (Lo veo con frecuencia jalar sus mangas: toser, rascarse el cuello; ya no escuchar; la mirada volverse inquieta, inquisidora: —“¿Buscas tus mitones? Se cayeron ahí, en el pliegue de tu mantón…” Se los tiendo; entonces se serena y la conversación recomienza más linda.)
*
1937
¡Desconfiar de los “estilistas”! Para engañar sobre la originalidad de su pensamiento, para vestir de nuevo y volver irreconocibles ideas que uno ha encontrado a menudo en otros lados, ¡no tiene igual!
Con Gide, este trasvestimiento es doble, y opera en dos tiempos, lo que lo hace muy difícil de desenmascarar.
En primer lugar el enfoque, tan naturalmente insólito, de su espíritu: jamás puede pensar en línea recta; es necesario que siempre aborde las ideas dando un rodeo. (Su rodeo, lo concedo, constituye ya una originalidad; pero, no confunde la originalidad del itinerario con la originalidad del objetivo: tomar un camino indirecto, inhabitual, para alcanzar un punto conocido, no es explorar un país nuevo…) Esta disposición innata de su cerebro le ha permitido, con toda evidencia, hacer inapreciables descubrimientos; no en todos los casos, sin embargo. Y cuando, por efecto de una reminiscencia involuntaria, se ejerce sobre lo ya dicho, le da simplemente al pensamiento trillado que Gide hace suyo una falaz apariencia de novedad. (Del mismo modo que la cámara, sólo modificando el ángulo al que nos hemos acostumbrado a mirar un objeto usual, nos ofrece de este objeto una imagen tan diferente de nuestra visión ordinaria, que no lo reconocemos.)
Luego está la magia de su estilo. Este virtuoso es maestro en el arte de prestar, mediante la elección de palabras, su lugar, las particularidades de su sintaxis, etc. un contorno personal a ideas menos que inéditas… Y cómo ha adornado cualquier lugar común con las gracias de su escritura, hace falta una cierta circunspección para no dejarse atrapar.
(Ninguna superchería en todo esto, huelga decirlo. Gide es perfectamente inocente, y jamás tiene la mínima intención de engañar. Él es, además, su primer engañado: he constatado varias veces que, incluso prevenido, consigue difícilmente hacer una diferencia entre sus pensamientos personales, profundamente originales, —“que emite en gran número—“ y las banalidades sobre la moral, la religión, o la política, que, por su forma de presentarlas, ha simplemente gideisado.)
*
Septiembre 1937
Década de Pontigny.
Gide no ha tenido su lugar esta década. Los jóvenes se alejan de este viejo. Los menos irrespetuosos lo veneran todavía, pero como una pieza de museo. Uno de ellos, con el cinismo utilitario de la nueva nidada, me dijo: “No tenemos nada que aprenderle.”
Es su falta. Con raras excepciones, no tiene nada que aceptar: no se preocupa de mirar, de comprender a aquellos que las circunstancias ponen en su camino. Obsesionado exclusivamente por algunos problemas, desdeña a la gente que no puede divertirlo de sus preocupaciones esenciales. Lo más lamentable es que ha tomado la absurda habitud de querer disimular esta indiferencia con una máscara de extrema gravedad, del todo intempestiva, que, al atraer la atención hacia él, desconcierta y se presta a la burla.
Estoy resuelto a hablarle de eso sin miramientos. Esa excentricidad es ridícula, y como es felizmente superficial, Gide puede y debe corregirla pronto.
Durante estos diez días he observado bien su actitud en público. He sorprendido también las reacciones de unos y de otros. Algunos ya lo acusan de hacerla de “pontífice”. Nada es más falso, más injusto. Nadie menos que él se toma tontamente en serio; sus íntimos saben bien que los aires de importancia que se da no son otra cosa que disimulo; que el es tan sencillo como antes; y modesto; y duda de él. Justamente, porque duda de sí mismo, es que ha dado por camuflarse, bajo una aparente gravedad, esta timidez que él siente poco conforme a su edad y situación. La verdad es que, sobre muchas cuestiones, no tiene nada qué decir; nada, a menos que le parezca nuevo, excitante, personal; pero teme dejarlo ver. Entonces adopta un subterfugio fácil: se cubre con seriedad, se oculta detrás de una cortina de gravedad: finge escuchar con atención lo que uno dice, y se limita a menear detenidamente la cabeza, de arriba abajo, dando a entender así que la discusión es para él de un interés capital y que no sabría tomar parte en ella a la ligera; que el problema planteado toca el centro mismo de sus preocupaciones, y provoca en él un mundo de cogitaciones de una complejidad inexpresable… Esta mímica de viejo bonzo que sacude la cabeza es de una comicidad desesperante. Me apresuro a decir que no es ni consciente ni del todo deliberado. Para Gide no es más que un medio para ponerse fuera del juego, sin contrariar a nadie y sin correr el riesgo de decir banalidades.
Aquí —y creo no equivocarme— culpo a su reciente bandazo político. Lo llevó a los mítines; lo hizo marchar a la cabeza de comitivas populares; lo hizo presidir congresos, cantar himnos revolucionarios, pronunciar discursos frente a millares de camaradas. ¡Basta conocerlo un poco para adivinar hasta que punto él debía sentirse molesto, en el curso de ciertos debates inflamados, frente a esas muchedumbres tumultuosas, bajo la luz de proyectores y de cámaras! Ha buscado, cuando menos, ocultar su desconcierto, su incompetencia. ¿Qué máscara ponerse? De siempre la gravedad le ha sido natural; su fisionomía se presta fácilmente, tanto como la disposición de su espíritu. Por necesidad, esta actitud ha adoptado un carácter fáctico: se ha convertido en su uniforme de los días de exhibición… ¡Actitud cómoda entre todas! Piense entonces: para un neófito que el celo de los militantes ha promovido un poco demasiado rápido al rango de vedette, ningún tema político, ningún problema técnico, por embarazoso que sean, a los cuales no pueda uno hacer frente honorablemente más que balanceando la cabeza como un monigote, en un silencio solemne, cargado de meditación…
*
La compleja personalidad de Gide será tanto más difícil de delimitar, cuanto que, desde hace mucho, todo lo que escribe en sus cuadernos, incluso en sus cartas, es con la obsesión del juicio que “el futuro” hará sobre él. Todo es más o menos intencional, —“incluso las contradicciones. Todo concurre a dibujarlo de cuerpo entero, no solamente al hombre que es (y que se empeña en descubrir, comprender y describir fielmente), sino al hombre que cree ser, y que se esfuerza en ser y que quisiera que uno piense que lo ha sido. Tan pronto se acusa humildemente de una debilidad, de un vicio de carácter o de una falta, no resiste muchas veces a la tentación de disculparse de inmediato con la ayuda de explicaciones sutiles. (¡Que quien no haya pecado como él que arroje la primera piedra!)
Aunque ningún autor de “confesiones” habrá puesto nunca la más astuta sinceridad en modelar de antemano su estatua, y a establecer sólidamente el pedestal…
¡Lo que arriesga, además, al llevar todo al cumplimiento de sus deseos! Por poco que la posteridad presienta en esta introspección un cierto torcimiento de la realidad, podrá suceder que desconfíe en exceso de lo que él habrá dicho sobre sí mismo, (y que, en conjunto, es de una veracidad, de una claridad, excepcionales). Poco capaces, a la distancia, de hacer equitativamente la distinción entre lo que es complacencia, coquetería, y lo que es verídico, es de temer que los futuros historiadores de la literatura den crédito a los testimonios rencorosos de quienes no han reconocido a Gide, o lo han calumniado; y rechacen en bloque la imagen de él que él ha propuesto, para sustituirla por una representación diferente, legendaria, y probablemente menos exacta.
*
1938
Se le reprocha ser olvidadizo, voluble, ingrato: de dejar de ver bruscamente a aquellos de los que, algún tiempo, ha obtenido placer o provecho al frecuentarlos. Seamos justos: no es por capricho que es inconstante, ni por saciedad o negligencia que hace a un lado ciertas relaciones de ayer. ¡Ningún amigo más atento, paciente, generoso, fiel! ¿Entonces? Bien, él hace solamente lo que todos deberíamos hacer, de tanto en tanto: revisa sus acuerdos de alianza…
*
Bellême, mayo de 1938
Ocho buenos días con Gide, en Tertre. Más próximos el uno del otro que nunca.
La muerte de su esposa no data más que de algunas semanas. El lleva su pena dignamente, secretamente, sin patetismos; pero declara que es la primera gran aflicción de su vida. Está como un amputado convaleciente que hace pacientes esfuerzos para adaptarse a su mutilación. A veces los recuerdos lo asaltan. A veces olvida su duelo al punto, dice él, que cuando le llega su correo, maquinalmente busca la escritura de su mujer; pues ella le escribía fielmente varias veces por semana.
Me ha hablado largamente de ella, de su pasado, antiguo o reciente. (Es conmigo, dice, que él se siente más libre de hablar de ella, más inclinado a las confidencias; y yo creo que es verdad.) Sin que él lo reconozca, me he sentido sorprendido al constatar que su nostalgia no se agrava con algún sentimiento de culpabilidad. Con alguna señal de remordimiento. En efecto, no se siente culpable, ni responsable de ningún modo del infortunio de esa existencia sacrificada. Él piensa: “Yo era así. Ella era así. De ahí, los grandes sufrimientos de los dos; y no podía ser de otro modo.”
Su tristeza se suaviza mucho con la idea de que este fin súbito le habrá ahorrado a su mujer las pruebas de todo género que habría tenido que enfrentar si él hubiera muerto antes que ella; suavizada aún más por el recuerdo de los últimos años, de los paseos más frecuentes a su lado, de la atmósfera afectuosa y apacible que reinaba en Cuverville cuando estaban juntos y solos. Vuelve a ello sin cesar: me describe sus tête-à- tête, sus noches de invierno a un lado del fuego, sus largas lecturas en voz alta, sus atenciones recíprocas, la “inefable ternura”, dice, de sus relaciones.
Ella no dejó ningún escrito, ninguna nota íntima, ningún mensaje para él. Nadie sabrá con certeza cuál habrá sido su cruz, lo que ella comprendía, lo que sospechaba, lo que ella no quería saber, lo que ella ha sabido a pesar de ella, lo que ha perdonado, o no. Ella se ha llevado sus secretos.
Durante esos ocho días de soledad de los dos, no nos hemos dejado, podría decirse, de las diez de la mañana a las once de la noche. Acuerdo perfecto. Lamento no haber registrado nada de esas charlas interminables. Habría sido necesario escribir todo… ¿Y cuándo lo habría hecho? Me dejaba, cada noche, satisfecho, pero cansado. Me había dado el manuscrito del Tomo XV de sus Œuvres complètes, compuesto casi por entero de páginas inéditas, ¡que yo debía leer y anotar antes de dormir!…
De memoria no me arriesgaría a anotar todo lo que me dijo, sobre él, sobre su madre, sobre su envejecimiento, sobre nuestros amigos, sobre el mundo, sobre el porvenir, sobre el comunismo, sobre la iglesia, sobre Cristo, sobre algunas singularidades lingüísticas, —“sobre mi trabajo, sobre mí. Habría que encontrar nuevamente sus palabras, su estilo, su tono, y los múltiples meandros de un pensamiento cuyas asociaciones son muy a menudo elusivas. Pensamiento que parece abandonarse a la más libre fantasía, pero que obedece a leyes secretas, válidas para ella sola. Gide parece jugar al escondite con él mismo, y con el que le contesta. Su conversación, —interrumpida por paréntesis, recuerdos, anécdotas, graciosa comicidad— tiene la gratuidad, la despreocupación de un juego: idas y venidas, toques y retoques, vacilaciones, detenciones, con bruscos impulsos y bruscos retrocesos, con una mezcla de pudor y de cinismo, de reticencia y franqueza, de alusiones veladas y confesiones repentinas. Tanto precisa como una línea recta, tanto confusa como las circunvoluciones de un laberinto, se encamina, a su pesar, diría yo, a una precisión final, que, evidentemente vive, pero que no parece jamás presionado a alcanzar, tanto le place entretenerse en el claroscuro, —hasta el momento luminoso en que todo se resuelve en algunas fórmulas sorprendentes, pero que no sabría uno decir si es la chispa de una feliz inspiración, la casualidad de un hallazgo verbal, o el fruto de la experiencia, el resultado de una larga meditación.
De todas esas horas pasadas juntos emerge sin embargo un recuerdo preciso: la emoción con la cual me habló la última noche de ese Minos que quiere escribir, y que podría ser la gran obra de su vejez: un testamento. Habían sonado las 11. Se había levantado de su sillón, recorría febrilmente la pieza, con un arranque de entusiasmo, una mirada de visionario, incorporando a su manera, con una voz inspirada, los grandes mitos de la antigüedad, la leyenda de Pasifae, Deméter, Teseo; estaba incansable.
—¡Ah!, querido, la fábula griega es una mina sin fondo, un tesoro de verdades eternas… ¡Como los Evangelios, es asombroso descubrir en la mitología el número de filones maravillosos que permanecen inexplorados! No hay quien lo dude. Utilizamos siempre los mismos elementos, se limita uno a las mismas interpretaciones; sin atreverse, pasa uno al lado de lo más raro, ¡de lo más significativo!… Un ejemplo: veamos, querido, ¿hay algo más admirable, más sugestivo, que el reencuentro de Teseo y Edipo? Esta confrontación conmovedora del joven constructor orgulloso, triunfante, con el anciano fundador del imperio, viejo, decaído, ciego, errabundo. Desde los griegos, ¿quién lo percibió?
*
Diciembre 1943
Ramón Fernandez escribe en Itinéraire Français:
La originalidad de R. M. G. es haber reunido y organizado en su obra dos corrientes literarias que, hasta él, no habían sido reunidas: la corriente naturalista y la corriente gidiana.
Es esa, yo creo, una impresión del espíritu; (y de un espíritu sistemático…); una de las ideas de apariencia nueva y seductora, (como la géographie littéraire de Thibaudet); que no son del todo falsas, ni del todo exactas, sino puramente arbitrarias.
A todas luces, mi estrecha intimidad con Gide, con su persona, su vida, su entorno, ha tenido para mi formación interior una importancia considerable, de la que no he cesado, de la que no ceso jamás, de obtener provecho. Sin embargo, estos beneficios son de un orden general. El ejemplo y el contacto de Gide han elevado ciertamente mi escala de valores, acrecentado mis exigencias sobre la “cualidad de la obra de arte. Pero, por el detalle, por la concepción de la novela, por la composición arquitectural (y no sinfónica) del plan, por la elección de temas, por el método de trabajo, la técnica, nuestras formas de ver son irremediablemente irreconciliables. Al hacer referencia a una “corriente gideana”, que sería, según él, perceptible en mis libros, Fernandez pretende una influencia mucho más inmediata y más determinada. Es esto lo que me parece poco justificable. Las críticas, los consejos literarios de Gide no son jamás subjetivos. Lejos de buscar ejercer un ascendiente “gideano”, él se olvida, él olvida sus propias tendencias, para meterse en la piel de quien lo consulta y lo orienta muy objetivamente. (Lo que le agrada tanto en el curso de las sesiones de trabajo en común, creo, es desaparecer él mismo, desdoblarse para asumir momentáneamente la personalidad del otro.) Rememoro las múltiples lecturas de manuscritos que le hice; jamás sentí pasar, de él a mí, la mínima “corriente gideana”.
Ni siquiera para la interpretación de su obra. Ya que, es un hecho, ningún libro de Gide ha sido para mí uno de esos libros de cabecera, en el cual uno se modela imperceptiblemente a consecuencia de una lenta y larga frecuentación.
Tolstoi, sí. Chejov, Ibsen, George Eliot, sí. Y otros también. Pero Gide. No. Ni siquiera sus Nourritures; tampoco su Journal.
*
París, agosto 1945
No había visto a Gide desde hacía tres años: después de su partida de Niza para África del norte, en la primavera del 42.
Nada envejecido. Sorprendente para sus sesenta y seis años. A primera vista ningún cambio. Apenas un poco delgado; siempre ágil, alerta, inquieto, curioso de todo; y ocupado… De entrada, nos reencontramos en el mismo plano, como si nos hubiéramos dejado la víspera.
A pesar de ello, al verlo más en el curso de estas tres últimas semanas, constato ciertos cambios. La adulación de la que ha sido objeto, tanto en Túnez como en Argelia, ha dejado algunas huellas. Está más que nunca centrado en sí mismo. Escuchado con deferencia, durante tres años, por amigos de su devoción y más jóvenes que él, ha perdido el hábito de dialogar; se ha acostumbrado a seguir su pensamiento sin que se le interrumpa y a expresarse en un silencio aprobatorio. De ahí cierta firmeza, cierta solemnidad, que son totalmente nuevas entre él y yo. Mis interrupciones lo desconciertan. Su primera reacción dejaría incluso adivinar algo de impaciencia si no hiciera esfuerzo por dominarla.
Defecto de viejo, defecto de gran hombre, doblemente excusable; sin embargo yo reconocía su voluntad, no hace mucho, de escapar totalmente a esa deformación de la edad y el renombre. Felizmente son superficiales, más aparentes que reales, y no alcanzan para nada el fondo de modestia congénita que subsiste en él. He tenido la prueba de ello al verlo acoger con gran sencillez, incluso alegremente, mis señalamientos sobre su Thésée, del que me había dado a leer el primer acto: me gustaban mucho las notas graves; pero ciertas preciosidades de estilo, ciertas estrofas de una desenvoltura, de una impertinencia sobrepuesta, me habían desagradado. La dosificación irrespetuosa de pompa y de cinismo, de seriedad y de bufonería, de grandeza lírica, de nobleza y de descuido, tan deleitable en su Œdipe, me parecía, aquí, artificial y un poco forzado. No estuvo de acuerdo, pero toleró de buena gana lo que le dije.
*
Paris, mayo 1947
Nunca tan afectuoso como ahora.
Desde que estoy en París y supo que mi circulación sanguínea era defectuosa, que cuidaba mis piernas, él era quien se desplazaba. Contrario a sus costumbres, salía en la tarde después de comer, hacía sonar sus tres golpes a mi puerta: —“¿No te molesto, querido? Me lo dirías, ¿no es cierto?” Se instala. Yo le hago su infusión de naranja. Charlamos. Hacia las once, recoge el pequeño volumen de La Eneida que lleva consigo a todas partes y vuelve a su casa. Lo imagino, regresando a Vaneau a pequeños pasos, y, (como a menudo lo he visto hacer) deteniéndose de tanto en tanto bajo un farol para descifrar un dístico sobre el cual medita y reclama su traducción al caminar.
Ayer, me ha leído la alocución que ha preparado para su recepción de doctor honoris causa por la Universidad de Oxford. Texto refinado, pero, ay, de una manifiesta banalidad de pensamiento… Se lo hago observar, no sin alguna reserva. Él lo reconoce de buen grado. Pero, esta vez, lamento mi franqueza. — “¡Pues claro, exclama, tienes mucha razón, querido! Es absurdo que me obstine en este castigo. Mañana les voy a telegrafiar que no cuenten conmigo… ¡Renuncio al título!”
Espero que cambie de opinión. Supongo que antes de enviar su comunicado, releerá una última vez su discurso, declamará sus frases, se deleitará de sus gracias de estilo, olvidará mis críticas, y no resistirá la tentación del viaje, a la curiosidad de la ceremonia, a la diversión de ataviarse ridículamente de toga y birrete…
*
1948
Que se le reconozca o no desde hoy, el valor, la energía de su pensamiento, la importancia histórica de Gide, se mide en la pasividad de los defensores de la moral ordinaria frente a la insolencia de sus ideas y la obstinación que ha dedicado, impunemente, a exponerlas, sostenerlas y esparcirlas. Pasividad imprevista, y que parece delatar una falta de confianza en la reprobación tradicional. Pasividad tan sorprendente que uno acaba por preguntarse: ¿será la manifestación de un fenómeno contemporáneo, provisional o no? pero que parece ser muy general: el desvanecimiento progresivo de ciertos “tabús”, del que resultaría una mucho mayor tolerancia a las libertades sexuales.
Un pequeño hecho significativo a este respecto:
Bajo los auspicios oficiales de la Academia real de Suecia aparece anualmente un florilegio en honor de los laureados con el Nobel del año. He aquí un extracto del volumen publicado del año 1947:
“A menudo se le ha reprochado a Gide depravar y desorientar a la juventud; la gran influencia que estamos forzados a reconocerle es considerada por muchos como nefasta. Es la vieja acusación que usamos contra todos los emancipadores del espíritu. No tiene caso objetarla: basta con considerar el valor de sus auténticos discípulos… Sin duda es por eso, aún más que por sus obras literarias, que ha merecido el honor que acaba de concederle Suecia. (Les Prix Nobel en 1947, p.90)
*
Mayo 1949
Clínica de Niza
Tiene más de 80 años; el corazón debilitado está sin cesar acerca de ceder; el hígado dilatado, tal vez se ha formado un absceso; la urea envenena la sangre. Él lo sabe. Sabe que, de un momento a otro, el corazón podría dejar de latir, o que una crisis de uremia podría provocarle en pocos días duros sufrimientos. ¡Apenas si piensa en eso! Y con una suerte de curiosidad, y como una aventura sin precedente: la última… Aún más, este insomne de nacimiento, después de que fue encamado, no cierra los ojos. ¿Cómo soporta esta prueba? ¿Qué terrores atormentan el insomnio de este viejo mortalmente herido? ¡Ninguno! Él ríe cuando yo me inquieto: — “¡Vaya idea que tienes!… Ocupo la mente como puedo, espero, escucho las horas, sueño despierto, me recito los poemas que sé de memoria… Soy así, no tiene ningún mérito, querido: creo no haber experimentado jamás miedo por lo que me pudiera pasar…” En la interminable soledad nocturna, no, no es en su fin que el piensa: es en aquel pasaje de la Eneida que él acaba de releer por quincuagésima sexta vez, y en el que cree, jubiloso, haber descubierto, la víspera, una secreta intención de Virgilio, que se le había escapado hasta ese momento; o bien, un escenario que le gustaría sacar de los Caves du Vatican; o bien, es una de las ideas recientes que lo habitan, que se repite , que alimenta, y desarrolla, y precisa para poder anotarla en su cuaderno si le vuelve la fuerza para escribir…
Cuando, en la mañana, acudo a su cuarto, ansioso de saber si la fiebre ha por fin cedido, y cuáles fueron los incidentes de la noche, rechaza, para comenzar, cualquier interrogatorio; ¡lo que está apurado de decirme es a sus ojos más urgente! Si insisto, si quiero consultar la hoja de temperaturas o interrogar a la enfermera, se disgusta, me hace señas de que me aproxime, me atrae muy cerca de su lecho para controlar su ahogo, y, con una voz baja, entrecortada, resume para mí sus meditaciones nocturnas:
—“¿Has reflexionado alguna vez en eso, querido? Los hombres, durante siglos, no han tenido casi duda de su doble naturaleza…Saben que su cuerpo es perecedero, pero su alma eterna… Y, de repente, ¡esta certeza se esfuma! ¡De repente, deja de creer en esta inmortalidad espiritual! ¡La importancia de este hecho! ¿No es algo perturbador, querido?
Otro día, es en la necedad de un alto clérigo que se detiene. Ha recorrido, esta noche, una antología de las obras del cardenal Midczenty. Lo encuentro descorazonado, asqueado, sublevado —y pugnaz:
— “El trágico proceso de Praga me ha aterrado. ¡Pero lee los sermones, las cartas pastorales del pobre cardenal! ¡Es de una banalidad, de una puerilidad, de una indigencia de pensamiento, in-su-pe-ra-bles!” Su rostro afiebrado se crispa, su mirada se endurece. Jadea, pero prosigue: “¡No, no! ¡Las Iglesias y la fe han hecho demasiado mal! No puedo quedarme indiferente: ¡hasta el final me negaré a aceptarlo! ¡Hay que destronar a las Iglesias! ¡Desbaratar sus artimañas! ¡Liberar al hombre de sus maleficios!… ¡Tú eres demasiado conciliador, querido! ¡La tolerancia es dar armas al adversario! Renunciar a combatir es tanto como capitular, como reconocerse vencido…¡Yo, yo no quiero hacerlo! Mientras tenga aliento, será para gritar: ¡No! a las Iglesias.”
Esta mañana, después de una mala noche, se queja, lo cual es raro. Enumera, sonriendo, las dolencias, las miserias, de su viejo cuerpo enfermo que acribillan con piquetes.
—“Es en momentos como este que atraviesas, le digo, que sería maravillosamente consolador creer en un alma inmortal…”
Ríe: —“¡Creo que no! En este aspecto, ni la vejez, ni la enfermedad, ni la proximidad de la muerte, tienen efecto en mí… No sueño en otra vida… Por el contrario: cuanto más pienso, más inaceptable me parece la hipótesis del más allá… ¡Instintiva e intelectualmente!” Luego, después de una pausa: —Yo creo, además, al decir esto, que me muestro más auténticamente espiritualista que los creyentes… Es una idea a la que le doy vueltas a menudo y que me gustaría poder desarrollar un poco, si el tiempo me lo permite…”
(Me dijo eso con una suerte de alegre serenidad, justo la mañana del día en que, a dos kilómetros de allí, Maurice Maeterlinck, aquejado de una crisis cardiaca, murmuraba al expirar —por lo menos es lo que afirma la prensa local—“¡Viva la inmortalidad!”)
*
París, lunes 20 de febrero de 1951
Eran exactamente las 22 horas con 20 minutos.
Desde ayer no he visto levantarse sus párpados. Tristeza ensimismada, más que dolor.
La calma de este final es bienhechora; esta renuncia, esta aceptación ejemplar de las leyes naturales, es contagiosa.


























