Bueno, pues ahora ya todo el mundo podrá leer las memorias de André Gide, porque acaba de hacerse una edición grande de ellas, en un solo volumen que no cuesta más de quince francos. Ya podrán solazarse algunas personas y enojarse otras. Y aquellas otras que compraron la primera edición en tres volúmenes pequeños de suntuoso papel Holanda, y que pagaron por ellos sesenta y seis pesos, y no hablaron de ellos en los periódicos de Francia, porque se los tenía prohibido el autor, ya podrán hacerlo aun en los de México. Y está claro que surgirá un Paul Souday —Sulfato de Souday— que se enoje aquí, truene contra el viejecito que, a la vejez, se ataca de viruela y cuenta todas sus puerquezas.
Se anuncia para el mes de abril, lo cual significa que llegará aquí durante el de mayo, una nueva obra del autor de Si le grain ne meurt que ha de llamarse L’ecole des femmes. Y no es lo único, porque también en el último número de Commerce aparece un estudio de Gide sobre Montaigne que será pronto publicado, en forma de libro, por la casa que emite las Editions de la Pléiade.
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Marc Stéphane, a quien conocen muchísimo en su casa, ha lanzado a través de la de Bernard Grasset un libro furibundo, La cité des fous, cuya carátula es tan imponente como su prefacio. Libro recetable a personas que deseen perder la paciencia y contagiarse de la santa rabia del autor, y volverse locos con él y con aquellos de quienes diserta.
No aprobaría tampoco, por ejemplo, el señor Stéphane, la Belle de jour de Joseph Kessel, porque en este libro se abusa del privilegio concedido a la novela moderna por los descubrimientos psicoanalíticos.
Severina que tiene ocho años, atraviesa, para ir a la recámara de su madre, un largo corredor. Este trayecto, que la molestaba, lo hacía siempre corriendo. Pero una mañana, Severina hubo de detenerse a mitad del corredor. Una puerta que, en este sitio, daba al cuarto de baño, acaba de abrirse. Apareció un plomero. Era pequeño, gordo. Su mirada, filtrándose por extrañas cejas rojas, se posó sobre la niña. Severina, que era, sin embargo, atrevida, tuvo miedo, retrocedió. Este movimiento decidió al hombre. Lanzó una breve mirada en torno suyo y luego, con ambas manos, atrajo a Severina. Ella sintió contra sí un olor de gas, de fuerza. Dos labios mal rasurados le quemaron el cuello. Ella se debatía.
El obrero reía en silencio, sensualmente. Súbitamente, Severina no se defendió más. Estaba toda blanca y lacia. El hombre la depositó sobre el piso y se alejó sin ruido.
Su institutriz encontró a Severina tendida. Se creyó que había resbalado y desmayándose. Ella misma lo creyó.
Y en adelante, durante toda su vida, Severina cumplirá el ceremonial impuesto a su espíritu por el trauma infantil de un desconocido que la estrechó en sus rudos brazos.
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Andre Beucler ha dado un nuevo libro, Paysages et villes russes. Libro pasivo, sin doctrina de aquellas que acostumbran insertar en sus descripciones quienes visitan ocasional y pintorescamente ese país. Sobre todo si se apellidan Álvarez de Vayo…
Y Wladimir Pozner firma la Littérature russe que sigue, en los Panoramas de las Literaturas Contemporáneas, de Kra, París, a la española de Jean Cassou.
Interés por lo español. El mismo Cassou viene anunciando en las Vidas de Hombres Ilustres de la Nouvelle Revue Française una Vida de Felipe II. Lo malo es que ya se le adelantó Louis Bertrand, que sabe hacerlas tan buenas como lo ha demostrado con las de Santa Teresa y San Agustín.
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Ave María Purísima. Otro libro de François Mauriac, que se llama Dieu et Mammon. Está muy elegante por fuera. Pero como acabo de leer su Chapitre de Vie, que forma parte de una nueva serie en que han de intervenir, con capítulos de sus vidas privadas, selectos escritores franceses, la mera verdad no tengo ahora ganas de leer Dieu et Mammon… Si le parece a usted, lo dejaremos para otro día.
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Paul Morand sigue viajando y publicando el resultado de sus viajes. Después de París Tombouctú llega Hiver Caraibe, que incluye al final aquellos capítulos sobre México que en su oportunidad tradujera Xavier Villaurrutia para su publicación en Revista de Revistas, del 8 de mayo al 26 de junio de1927… Lástima, pero no muy grande, que llame «El Velador» al Volador, que recorrió con Jenaro Estrada… Cada vez es más débil, más débil, el interés que despiertan las cosas y los países en este agente viajero de Morand. Y consecuentemente en sus lectores.
La petite infante de Castille es el último libro que nos llega de Henry de Montherlant, hispanófilo. El anterior era Le genie et les fumisteries du divin, siendo este Divin el Divino Calvo, Rafael Gómez el «Gallo», Y. en él hacía una divertida teoría comparativa entre el toreo antiguo y moderno en relación con los escritores jóvenes y antiguos, hallando una sutil relación cronológica, que me da pereza recordar.
Si la pasión de la parcialidad enriquece el temperamento y lo acusa, también ensombrece el sentido crítico. Nos da la razón el señor A. M. Gossez, que acaba de publicar una antología, Les poetes du XXe siecle, en la que se olvida, por el momento, de Paul Valéry, Georges Duhamel, Jean Cocteau, Jules Romains, quienes le parecen «no representar ninguna tendencia definitiva, o representarla de modo imperfecto».
¿No sería mejor que el señor Gossez afirmara su temperamento en actividades que nada tengan que ver con la crítica? (Eugene Figuiere, editeur).
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También los editores tienen derecho a escribir y, no sólo, a publicar libros: ¿Recuerdan ustedes los de Rafael Calleja? ¿Aquel espejo saludable que fue su Rusia, uno de los primeros documentos críticos sobre el nuevo estado de cosas y obras en la tierra de Ognev, el nuevo escritor de éxito merecido por su libro Diario de Kostia Riabtzev? Calleja se editaba en Calleja. Bernard Grasset, editor conocido, publica su libro fuera de casa, lo cual equivale a decir que Lúculo come fuera de casa de Lúculo. La chose littéraire se llama su obra editada por Gallimard. En ella sostiene que toda producción editorial contemporánea descansa en el descubrimiento. Cada editor tiene que ser un Cristóbal Colón de no importa que planeta con tal que sea nuevo. El último libro, añade, es el mejor libro. Criterio de editor y de navegante curioso. ¿El mejor viaje de Simbad no era, acaso, el último? Con tal que el último no sea, sino la preparación de otro viaje, de otro libro más. Lo que importa en este libro de Grasset es la libertad con que está concebido y escrito. Dice Grasset todo lo que piensa, y aun lo que pensamos nosotros sin atrevernos muchas veces a escribirlo, sobre editores y escritores.
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Dicen que Jean Cassou es de origen mexicano, lo cierto es que acaba de publicar en la serie de panoramas de literaturas extranjeras que edita la casa Kra una Literatura española. Más que un libro articulado, sistemático, el libro de Cassou es una galería de retratos de escritores españoles actuales, algunos muertos ya, pero no por eso menos vivos y presentes por la resonancia de sus ideas en la obra de nuestros contemporáneos. Ejemplos: Galdos y Ganivet. El retrato de Unamuno es el mejor logrado. El de Pérez de Ayala lo sería si no fuera porque Cassou lo compara, aunque sólo sea rápidamente, con Abel Hermant. No hemos leído en la obra de este escritor nada comparable a una página de Pérez de Ayala. Si este algo existe, no sabemos por qué razón Hermant no es, en Francia, un novelista de primera fila, entre los escritores de su edad. Cassou prefiere la poesía de Antonio Machado a la de Juan Ramón Jiménez. Esto es una opinión personal que no es todavía una opinión de crítico. En cambio, Ortega y Gasset, Ors, y Miró están tratados con inteligencia y conocimiento de crítico. Los jóvenes españoles no hallarán en esta obra sino sus nombres, ya que Cassou ha preferido tratar solamente a escritores realizados ya.
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¿Es usted amante de Baudelaire? Esta pregunta que no podía hacerse a una dama francesa a fines del siglo pasado, la formulamos ahora sin miedo de ruborizar a nadie.
Con una introducción y cuidadosas notas, Jules Mouquet acaba de publicar en las ediciones Emile-Paul, nuevos versos de Baudelaire. Obras de juventud —no falta el proyecto de obra teatral en verso que esta vez se llama Manoel y que Baudelaire concibió, si Mouquet no juega demasiado a las hipótesis, en el año de 1843.
¿Hasta qué punto es conveniente publicar los poemas juveniles y de dudosa paternidad de un autor consagrado? Los admiradores olvidan que si su propio entusiasmo no disminuye con la publicación de estos momentos de dudosa procedencia y gusto, la de los lectores desapasionados puede sufrir un descenso.
Aquello que sirve al hombre para su conocimiento, perjudica al poeta para su gloria. Con esto se plantea un problema nada sencillo de ética y estética literarias. Wilde preferiría que no se publicaran los documentos. Gide, que se publicaran.
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Arndt Gusti es no sé si el autor o la autora —es bien difícil averiguarlo en tantas consonantes con tan pocas vocales— de una novela que acontece en México, pero que acaba de publicarse en New York por la casa Dodd, Mead. El persona Arndt Gusti je es Pancho Ortega, pintor mexicano muy estúpido, campesino que pasa sus perezosos días en un pueblo polvoriento y sucio de nuestro país. Pancho tenía alguna facilidad para el dibujo, pero ningún fuego, ningún poder dirigente, ningún interés en su talento. ¿Era un genuino artista? Tenemos nuestras dudas. Gran parte de la novela se va en contar los asuntos amorosos de Pancho, que le eran tan indiferentes como al lector mismo le resultan. Una que otra vez se nos dice que Pancho estaba trabajando en una pintura, pero no sentimos que vaya a tomarse siquiera ligeramente en serio su trabajo.
¿Es que se trata de una sátira dirigida a los pintores y a los artistas en general, en que se sugiere que todos ellos son sujetos perezosos, más interesados en sus mujeres que en su arte? ¿O es la narración trágica de la vida de un hombre que en otras circunstancias pudo haber sido grande?
Algunas descripciones de los primeros capítulos son excelentes. Comunican vívidamente el calor, la ignorancia, la letargia de los pueblecillos de México. Siéntese también vividamente la estupidez sin remedio de Pancho. ¡Ah! El libro se llama An artist passes. Let him pass.
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En la serie de panoramas de literaturas extranjeras que edita la casa Kra una Literatura española. Más que un libro articulado, sistemático, el libro de Cassou es una galería de retratos de escritores españoles actuales, algunos muertos ya, pero no por eso menos vivos y presentes por la resonancia de sus ideas en la obra de nuestros contemporáneos. Ejemplos: Galdos y Ganivet. El retrato de Unamuno es el mejor logrado. El de Pérez de Ayala lo sería si no fuera porque Cassou lo compara, aunque sólo sea rápidamente, con Abel Hermant. No hemos leído en la obra de este escritor nada comparable a una página de Pérez de Ayala. Si este algo existe, no sabemos por qué razón Hermant no es, en Francia, un novelista de primera fila, entre los escritores de su edad.
Cassou prefiere la poesía de Antonio Machado a la de Juan Ramón Jiménez. Esto es una opinión personal que no es todavía una opinión de crítico. En cambio, Ortega y Gasset, Ors, y Miró están tratados con inteligencia y conocimiento de crítico: Los jóvenes españoles no hallarán en esta obra sino sus nombres, ya que Cassou ha preferido tratar solamente a escritores realizados ya.
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La Sociedad de Bibliófilos Mexicanos acaba de extinguirse, después de dar a luz cuatro obras: La grandeza mexicana de Bernardo de Balbuena, el Viaje a México de Gemelli Carreri, las Obras de Sigüenza y Góngora y un póstumo tomo que contiene una «Crónica de la Merced de México», por el P. M. Fray Cristóbal de Aldama. Los doscientos cincuenta miembros de la extinta Sociedad de Bibliófilos han sido notificados de su defunción. Deja la Sociedad trescientos y tantos pesos que sobraron de las ediciones, y resma y media de papel. Con esta herencia, sus deudos recibirán no la ínfima participación de un peso y centavos, sino algunas poesías inéditas de Fray Manuel Navarrete, que si no valen el peso, valdrán los centavos.
Es tiempo, ahora, de que alguno de los exbibliófilos mexicanos recoja para la posteridad la historia doméstica de la Sociedad. No sólo que aprecien el esfuerzo de la mesa directiva, paciente y complaciente, que inscribió en lista condumial personas numeradas hasta el doscientos cincuenta, sino que se sepa lo que a algunas de estas doscientas cincuenta les pasó: a unos, irse de México y no pagar sus cuotas; a otros, extrañarse de que en vez de los Ripios ultramarinos de Balbuena, se reimprimiera su Grandeza mexicana… A otros, por razones muy disculpables, confundir el prólogo o tontería de Andrade con el primer capítulo del Viaje a México… Y finalmente, en este último tomo, algún otro bibliófilo podría agregar una clave para las notas, que no pueden leerse. Aunque las hiciera Gómez de Orozco, que, por supuesto, tiene el único ejemplar original.
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La última novela de Jean Cocteau se llama Les enfants terribles y el editor Grasset ha hecho con ella el segundo volumen de la Colección «Pour mon Plaisir», de que es el primero otra novela, Les Varais, de Jacques Chardonne. Compondrán esta colección diez cuadernos inéditos, publicados bajo la dirección y al cuidado personales del editor. Esta colección «no pretende en modo alguno reflejar en todos sus diversos aspectos todo el talento de nuestra época. Se trata simplemente —dice Grasset— de obras que amo de manera especial y de las cuales gusto de ser el responsable personal. Para decirlo todo de una palabra: se trata de mi propio gusto».
Sabido es que Grasset tiene buen gusto, y que es con Gallimard, éste mucho más comerciante, un buen editor. No hace mucho que en su libro La chose littéraire nos daba cuenta pormenorizada de su sistema de examinación de originales, de su concepto de la bibliofilia y de su opinión sobre escritores y lectores. Su «plaisir» es garantía digna de confianza para el nuestro, en esta serie.
Pero lo es particularmente cuando no se trata de un escritor casi inédito como Chardonne, que no ha publicado, antes de Les Varais, sino L’Epithalame y Le chant du bienheureux; sino de nuestro viejo Cocteau. Una novela suya es lo que menos se esperaba después de su Mystere laic, estudio y mescolanza sobre Chirico, con dibujos del mismo y no, como en otros casos, del autor.
De algún tiempo a esta parte parece ser tema predilecto de los novelistas franceses modernos el de los niños excepcionales. Estos «enfants terribles» se asocian en nuestro recuerdo a cuando menos dos obras maestras: Los monederos falsos de Gide y el primer tomo, los primeros tomos de esa maravilla que se llama Les Thibault, de Roger Martin du Gard. Hay niños también en esta novela de Cocteau: Paul, el enfermo; Elisabeth, su hermana, Gerard, el amigo huérfano y rico, y en la penumbra de un delicioso segundo término, el amigo aventurero, pendenciero, Dargelos. Estos, los primeros tres niños. viven una vida total y salvaie en el universo caótico de su alcoba. Crecen. Elisabeth trabaja como modelo en una casa de modas y ahí conoce a Susana, de quien se enamora su hermano Paul porque le recuerda a Dargelos. Gerard, que amaba tiernamente a Paul, se enamora de Elizabeth, se pliega a los imperativos instintos de la muchacha. Esta se casa con un rico judío, Moise, que muere inmediatamente y la deja rica, en una casa extraña, de millonario americano. El universo caótico vuelve a formarse en el estudio del difunto Moise. Susana ama locamente a Paul; y la hermana de ésta impide la felicidad de los dos y fuerza a Susana y a Gerard a casarse. Lo demás que pasa es bueno que usted mismo lo lea.
La muerte de Moise es igual a la de Isadora Duncan. Ya la había descrito Cocteau en el Misterio laico y ahora la aprovecha, muy bien aprovechada, para hacer desaparecer a este personaje súbito y bien logrado, que envía y retira el Misterio.
Parece que el caso de Leopold y Loeb, el caso de Hickman, estos magníficos casos norteamericanos, impresionan a los escritores franceses y logran en su pluma la calidad de una obra de arte. Ojalá sepan de Romero Carrasco, y escriban o aprovechen su vida. Estoy casi seguro de que aquí no sabremos aprovecharla…
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Sobre la comedia mexicana del Ideal, corren los siguientes rumores, que acojo y patrocino:
Erik Satie ha escrito una ópera; mejor dicho, va a escribirla. Es una obra de perros. Pero hasta ahora, no tiene sino el decorado: el telón se levantará, todas las noches, sobre un hueso.
No es cierto, no puede serlo, que Catalina d’Erzell haya plagiado la obra francesa que se le atribuye. Porque no sabe francés. Ni Ricardo Parada León pudo plagiar la obra de Hernán Robleto.
Porque no sabe español…
Ahora que las «talkies» han conquistado a nuestra ciudad, que el cine hablado es un hecho, la comedia mexicana ha decidido hacer teatro mudo. El éxito es seguro.
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¿Qué están haciendo nuestros escritores jóvenes? ¿Concretan su esfuerzo, reducen su talento, al artículo semanario en los periódicos, al mensual en las revistas? jAy, el peligro de fragmentarse! ¡El riesgo profesional de quedar verde por toda la existencia! Pero no. De algunos sé que están ocupados, escribiendo, traduciendo. He aquí lo que sé:
José Gorostiza está escribiendo una obra de teatro a la que no ha puesto nombre. Además ha terminado ya la traducción de Mala, obra prohibida en los países de lengua inglesa y desconocida en los de habla española.
Xavier Villaurrutia está terminando la traducción de L’ecole des femmes, última obra de André Gide.
Ermilo Abreu Gómez tiene ya casi lista su edición de la Crisis sobre un sermón de sor Juana. Poco a poco, de su laboriosidad y competencia saldrá la edición crítica de la monja jerónima.
Y yo… ¿os interesa saber lo que yo estoy haciendo, además de lo que ya se sabe? Pues estoy escribiendo una novela. Una novela un poco terrible, que no he de enseñar a nadie hasta que no esté terminada. Se va a llamar Lota de loco y es la historia de una taquígrafa y de su hermano. También es personaje importante en ella un policía técnico…
En la Argentina, los Cuadernos del Plata que dirige Alfonso Reyes van a publicar Línea, libro de poemas de Gilberto Owen.
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Otra muy bonita novela de las recientes francesas es Changement de propriétaire de André Wurmser, que acaba de aparecer en la N.R.F. André Wurmser nació en 1899 y no ha publicado hasta ahora sino una traducción, que hizo con Jean Cassou, del Incongruente de Gómez de la Serna; prepara Courier des solitaires y la extraña fotografía suya que contienen los anuncios de su novela lo muestra de espaldas. Es de profesión Consejero de Seguros.
Su novela hace pensar en Rip Van Winkle, hace pensar también en Fausto. Sólo que sería un antifausto y con Rip no tiene otro contacto, en realidad, que el hogar en que nadie le reconoce a su regreso. «¡Qué dicha, reza el epígrafe, ser ese señor que pasa.» Un bueno y joven consejero de seguros, con su esposa, con sus negocios prósperos, oye que cae de la escalera de su despacho un señor que rueda ruidosamente por ella. Que se lo llevan, que ha muerto, que le compadecen. Pero el difunto es él; el difunto lleva su nombre y su cuerpo. En el cristal del taxi que ha tomado la contempla un señor extraño, con barba, con anteojos. He aquí que ha cambiado de cuerpo, que no sabe cómo se llama, dónde vive, con qué cuenta. Es una horrible equivocación. Va a su casa y lo echan de ella, creyéndole loco. No tiene sino unas cuantas monedas en el bolsillo y el retrato de una mujer a quien no conoce. Se va a un hotel, trata de escribirle a su mujer, de explicarle todo; pero su letra no es la misma, como sus manos han cambiado. Se inventa entonces un nombre; se emplea de pianista en un cabaret; y cuando los amigos de su nueva existencia le preguntan por su pasado tiene que inventarlo, y va a escogerse un padre simpático en una tienda de fotografías antiguas.
Nuevo, otro, pospone constantemente la fecha de su regreso al hogar antiguo, en el que tendrá que explicarse. Ha asistido a su propio entierro, como Don Juan. Cada vez que llega la fecha que se ha fijado para el regreso, halla nuevos pretextos para posponerla. Y se enamora de una nueva mujer. Cuando esta lo lleva a anunciar sus bodas a una nueva casa, esta casa es la suya: tiene que conversar con su mujer cuando menos lo esperaba, con sus parientes anteriores. Y al salir exclama: ¡Qué gente más antipática!
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Marise Choisy es una reportera mal educada y parisiense. El año pasado se disfrazó de. criada, sirvió así en casas inconvenientes y escribió todo lo que vio: aquel libro suyo se llama Un mois chez les filles; su nombre lo describe suficientemente. Sólo la tolerancia francesa pudo permitir su circulación. Además de ser disgustante, está mal escrito.
Pero seguramente tuvo éxito, un éxito que la reportera mal educada quiso repetir, y disfrazóse de nuevo, esta vez de hombre, para escribir Un mois chez les hommes. Es su visita al Monte Athos de Grecia, en donde jamás ha entrado mujer alguna en el convento. Ésta fue la primera. Para disfrazarse bien, acudió a la cirugía y al caucho. Está muy orgullosa de haber logrado vivir entre los popes, de ser la primera y única mujer que lo hace. Pero, ¿es por eso que ella puede considerarse una mujer?
It you think meet, this alternoon will post.
To consummate this business happily…
(Shakespeare, King. Jonn, Act. V).
So long, kids
Estos fragmentos de la columna que Salvador Novo escribía para Revista de Revistas, fueron publicados en el número 56 (abril-mayo de 1994) de la Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla. La selección la hizo Sergio González Rodríguez.























