Membrana

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La mirada clara de G se adelanta hasta tocar una página sin ilustraciones. P siente cómo cosquillea sus hombros. G estará preguntándose por qué la demora, por qué no pasa a la siguiente, ya está retrasada. El pago de esta semana será menor al de la anterior si continúa con ese ritmo. ¿Qué pasa? La pregunta mueve los dedos de P, sus cabellos castaños resbalan cuando se vuelve a mirar el mentón de cicatrices rosáceas de la supervisora. Siguiente página. Hay un rostro muy pequeño junto al 13 de la esquina inferior izquierda. P voltea hacia el monitor. Llena el listado: página 13, ilustraciones 1, sin pie de foto. Página 14, ilustraciones 0. La supervisora G se aleja con sólo pulsar un botón de su silla, va a mirar desde atrás de una espalda distante. Otra empleada del área de catalogación dudará de su trabajo ante esa presencia de gafas y cabellos cortos.

Página 15, ilustraciones 0. P abre el portal de comentarios. Copiar y pegar de nuevo. El post anterior se llenó de reacciones donde el común denominador eran palabras como “paga”, “pobre” o “miserable”. Algunas gotas de empatía. Tres veces lo ha borrado a fin de mantener la actividad. Cero reacciones, enojo por la irresponsabilidad de una madre, burlas. Quizá los estudiantes, quienes por lo regular visitan la página de la biblioteca los jueves en la noche, comiencen a alabar su valentía.

G voltea hacia donde P cierra el portal de comentarios. La ve pasar la página, revisar el listado, las 9 líneas en cada columna, casi nada según el estudio de tiempos y movimientos. El cursor parpadea en la pantalla, como la hija de P, Malena, lo hará en el pequeño anexo donde duerme con su madre. La supervisora G no puede vigilar a la adolescente, pero P adivina su actividad. Se frota el mentón, seguro. Así es siempre: a esa edad se sufre la molestia de una incipiente membrana; son frecuentes la comezón y cierto grado de ardor.

P cierra el libro, un breve catálogo de pintoras con apenas retratos que mueve hacia la zona de los recién procesados. Toma otro, uno grueso. Artistas de la Edad Media, lee. Página 7, ilustraciones 1, pie de foto: pintor trabajando en su estudio, fecha desconocira. Desconocida, corrige; las palabras de la semana pasada todavía le brincan en las yemas. Página 8, ilustraciones 0. Nadie consulta los registros de quienes hacen el recuento de ilustraciones; ojalá con su nueva entrada en el portal de comentarios sea distinto.

Tal vez alguien… Vuelve a abrir el sitio web, lo actualiza. Entre sus brazos el libro con el que trabaja; dentro de los recuadros para comentar, nada. Página 9. Writing… Iludtraciones. Ilustraciones 2, pie de foto: 1) escultor frente a un bloque de mármol de Carrara, finales de siglo; 2) pintor posando frente a un lienzo en blanco, lugar y fecha desconocidos. Los puntos suspensivos persisten en el portal de comentarios. Ondulan, son los dedos que escogen, fuera de la biblioteca, las palabras con las cuales el pensamiento de un extraño sumará un eslabón al que dejó ahí, abierto, P.

Así elegí cada una de las palabras. G no la oye, supervisa los demás ordenadores, donde otras manos capturan datos a fin de completar una entrada del catálogo. Manos rápidas, sin titubeos en las yemas ni una segunda pestaña abierta en la pantalla frente a ellas. “Desde siempre se nos ha dicho que la adolescencia es una edad crucial. Para integrarnos a la sociedad, para elegir la ocupación con la cual nos mantendremos el resto de nuestra vida”. Busqué la mejor manera de redactar, sinónimos: palabras con sonido similar no podían estar juntas, ni siquiera cerca. La supervisora G, esos días, estuvo de receso. “Pero también es importante, y sobre todo en dicha etapa, asumir nuestra propia identidad”.

Como titular del departamento de supervisión, G recibió un reporte informándole de los retrasos de P. Debía entregar, mínimo, el registro de cinco títulos; no hizo ni tres durante su turno de ocho horas exactas. No importó si me tardaba, debía ser un párrafo que invitara a la reflexión, a la no indiferencia. G preguntó; la explicación fue la lentitud del sistema interno en esa zona, la del fondo. “En este rubro, ¿es tan importante practicarse una cirugía estética que ha de uniformar nuestros rostros, haciendo un mentón idéntico al de nuestro vecino, al de nuestras compañeras de trabajo?” G hizo que un avatar revisara el módem; las conexiones parecían estar correctas.

Junto con el informe del área de mantenimiento, la supervisora envió a la dirección un reporte. La importancia del acto que llevé a cabo compensa percibir la mitad de mi salario. “Por otro lado, ejercer y lucir nuestra identidad no debiera ser motivo de risas, de comentarios burlones, algo que el alumnado hace sin pensar, quizá, sin considerar los sentimientos del compañero o compañera que los recibe, siempre la cabeza gacha, los ojos húmedos de llanto”. Leerán, pensarán. Si hay interacciones, la opinión va a popularizarse.

Writing… Página 10, ilustraciones 1, pie de foto: La Gioconda, también conocida como la Mona Lisa, obra le Leonardo da Vinci, ahora perdida. ¿Cuánto tiempo puede tomarse una persona para escribir una simple respuesta? “En silencio, pues una queja en público no es sino combustible para el fuego de escarnio que en ese instante es el salón escolar, la casa rentada para vacaciones o el cuarto donde duerme un par de hermanos”. Estoy de acuerdo; es una tontería, no comparto tu opinión. Es todo, no es necesario nada más para que se registre actividad en el portal de comentarios. Writing… Página 11, ilustraciones 0.

“¿No es valiente, casi heroico, hacer frente a lo anterior con algo tan auténtico y singular como lo es nuestra propia identidad, nuestra personalidad? No voy a operarme la cara, dejaré que la membrana crezca, se desarrolle y cubra mi nariz y mis labios, me la bajaré cuando coma o tome agua y ustedes –todos– pueden reír hasta cansarse, si gustan, hasta quedar sin aire y sentirse estúpidos luego de insultar a quien no les ha hecho nada”. Seguro más de un paterfamilias lo piensa; es sólo una membrana, sin embargo la retiramos. La supervisora G, a veces, al salir del área de oficinas, se acaricia el mentón o el lóbulo de las orejas. En cuanto alguien se acerca, devuelve los brazos a donde deben estar: en el descansabrazos de su silla de ruedas, las manos cerca de los botones de control. P también frota la cicatriz rosácea y permanente de su rostro. Writing… Es casi invisible, pero la costumbre la ha hecho cubrirla con maquillaje.

3 nuevos comentarios. A veces la red es lenta. Las supervisoras deberían considerarlo. P va a leer las nuevas entradas del portal de comentarios de la biblioteca y la silla de G aparece tras uno de los estantes. ¿Todo en orden?, pregunta. P voltea, la ve frotarse la punta de la nariz, donde debía reposar la fina membrana del adulto. Sí, responde, sólo está un poco lenta la red, pasa mucho a media semana. G alarga los ojos: Página 12, ilustracones: 0. Corrija, ordena antes de alejarse. Su orden es un perro guardián. P posiciona el cursor sobre el error: click derecho, ilustraciones. Listo. Página 13, ilustraciones 0.

P respira; los brazos, en su rigidez, son parte de su silla. Se acomoda el peinado castaño, pasa una página del libro, hace click en la pestaña minimizada. Leer comentarios. Posiciona el cursor. Página 25. Un suspiro. Esas dos palabras no son un enlace; representan una puerta hacia posibles futuros, escenarios donde la cirugía para retirar una membrana, sólo porque desluce un rostro, es innecesaria.

“Creo que el “no me operaré la cara” de mi hija es lo que más me llena de orgullo, aunado, claro, a sus calificaciones, las más altas de su grado escolar en el instituto, y a su comportamiento en el ámbito doméstico. Esta soy yo y no van a burlarse. Si los demás quieren seguir llenando el bolsillo de los médicos a través de una cirugía estética inútil, está bien; son ellos, es su gusto, el mío es dejarme la membrana”. Se despliegan 3 cuadros de texto.

El segundo hace a P cerrar los ojos. “Vaya pretexto para no cumplir con una obligación; no es por estética, es por higiene. Borra esto, sólo te pones en ridículo”, lee, suspira de nuevo. Lo mismo escribió alguien antes, la segunda vez, cuando las burlas anónimas aún no aparecían respondiendo a su entrada. Un deber; P lo sabe. También sus padres, sus abuelos. Los abuelos de sus abuelos. Cada uno de ellos acudió a las clínicas, revisó presupuestos, presionó el dedo índice para dejar su huella en un contrato. Lo mismo pasa con el árbol familiar de la supervisora G.

Página 30, ilustraciones, 1… P da vuelta al libro para mirar la contraportada, donde un collage le pone enfrente muchas de las obras perdidas a lo largo de los siglos. Desnudos femeninos sin brazos, de piedra blanca, esculturas–árbol con ramas y hojas en lugar de manos y pies, autorretratos de un hombre triste casi de perfil, de una mujer de cejas pobladísimas, juntas, la imagen de una especie de dios, pues el sol de las divinidades brilla tras su cabeza. P ignora el nombre de ellas; roza la ilustración y luego se acaricia la cicatriz del mentón. “Muy interesante pensamiento, ¿me dejas compartirlo?”, lee en el tercer comentario. Claro, piensa; no escribe, busca la página donde se había quedado. No la recuerda. P regresa a la pestaña del registro y el cursor emite parpadeos junto a una P; Página, completa de inmediato. Por encima de esa palabra, números salteados del 1 al 30. G regresará pronto, lo hace siempre poco antes de finalizar el turno. “Sí, puedes compartirlo donde gustes”, teclea P debajo de ese último comentario, no importa si la supervisora la ve distrayéndose en actividades diferentes a las laborales.

La capturista lee el primer comentario, el más extenso: “¡Cuánta razón en una humilde entrada de blog! Esto tendría que llegar hasta nuestra legislación. Confieso que he pensado lo mismo, ¿por qué me operaron tan pequeña? Nadie me preguntó; ahora, en vez de rascarme la barbilla, presumiría la secuela de lo que una vez defendió a la raza humana de un peligro de extinción, mucho antes de Capsule. Porque eso fue la mascarilla, no un simple cubrebocas ante el incremento en el nitrógeno atmosférico y nada más. La membrana debería tener su sitial de honor junto a las sillas de ruedas. Si llego a tener hijos, no los operaré”.

P aprieta los ojos, claros como los de la abuela, y reposa su palidez en el respaldo, como si hubiera terminado los volúmenes correspondientes a un turno doble. Ojalá ese argumento hubiera sido suyo. G se asoma a la pantalla. ¿Y el registro? P la escucha sin tomar el mouse ni abrir el libro con el que está trabajando. La supervisora mira otra vez, se retira. De nuevo el depósito será proporcional a las actividades realizadas. G habla con los ojos en una pantalla donde es rápido el registro y la atención está puesta en los asuntos del trabajo, pero P se acoda sobre la mesa y encorva el cuerpo: el peso de esa sentencia, aun dicha lejos, alcanza a debilitar sus ánimos.

No identidad sino orgullo. Lo usaré después si siguen las burlas, susurra la capturista; el libro abierto en el índice, páginas 255 y 256. Aunque Malena quizá sea joven para el orgullo, para presumir una característica de su cuerpo; el Registro Poblacional todavía no la designa como A, la inicial del apellido de su padre. Sin embargo términos como “defendió”, “raza humana” o “peligro de extinción” son gratos al Poder Legislativo. P guarda la página entre sus archivos personales y vuelve al inicio del registro. No puede revisar nada del trabajo previo: tiene enfrente la cabeza clara de su hija. Estudiará en la estancia, se frotará la incipiente membrana tratando de rasgarla. Te volverás una heroína, va a decirle P. Y la adolescente sonreirá sin querer. Sólo necesita acostumbrarse, olvidar las promociones de los hospitales, ignorar las imágenes de burla que llegan hasta su ordenador. “Serás tú, serás única”, seguirá P. Y Malena lo creerá, no importa si va entrando a esa edad en la que los hijos no les creen a sus padres y tampoco siguen sus instrucciones.

La alarma anuncia el fin del turno. P aprieta uno de los botones de su silla, se desplaza hasta el corredor. Antes de llegar al anexo, su móvil le vibra entre los dedos. Una mirada a la mitad, se despliegan los anuncios. Cirugías estéticas, clínicas donde retiran las membranas en su etapa temprana, sin ningún riesgo, sin anestesia. Sin dolor. La publicidad es iridiscente; Malena ve las dentaduras blanquísimas y perfectas; los precios se ofrecen a la atención de P. Tres veces su paga mensual. Aun a crédito, está muy por encima de sus posibilidades: poco queda en su cuenta de nómina tras los descuentos por vivienda, servicios públicos y alimentación. Eso es para divertirse con su hija. Los conciertos de los idols virtuales, alguna película vieja; nada más.

Como hace cada día, P libera memoria en el móvil borrando los trípticos publicitarios. No seré mi padre, no recortaré gastos para completar una mensualidad impensable, mastica, ve al hombre de silla de ruedas: teclea en el móvil, se acerca al ventanal de la estancia porque su pensión no cubre los servicios de alumbrado. La cicatriz rosácea de todas las operaciones se le ha vuelto a infectar. A Malena va a enseñarle esa entrada anónima en el portal de comentarios de la biblioteca. Mira, la valentía de una adolescente al ser ella misma, dirá P, ¿no suena bien?, y no, hoy no he recibido nada del Sector Salud. Su hija la verá apenas, regresará a sus dispositivos en silencio. Después insistirá en la cirugía como regalo de cumpleaños. Acabará convenciéndose, susurra P al abrir con su llave–tarjeta. Malena voltea; tiene los audífonos en los oídos. Su madre la ve detrás de una sonrisa. Adivina la pelusilla que por ahora es la membrana; si no funciona ser ella misma, acaso la haga reconsiderar su operación el argumento del orgullo. O el de los videojuegos: se sentirá como pasar del nivel Suburb al Capsule; ¿te imaginas?, llegar hasta donde ningún jugador ha llegado, deberá gritar P, mientras su hija conserva los audífonos y no le dedica ni un gramo de atención.

El móvil vibra una última vez. P lee el título del mensaje: Baja productividad. En el cuerpo, la Dirección de Bibliotecas le notifica que se le sancionará con un nuevo descuento en su pago. Además, mañana tiene junta en la oficina de supervisores. ¿Otro?, murmura mientras su hija le muestra el flyer impreso de un hospital reciente. Tienen las cirugías estéticas a mitad de precio.