Vislumbrar el silencio: La clase de griego de Han Kang

8474

En la película Past Lives, de la directora Celine Song, la protagonista se muda a los Estados Unidos para cumplir su sueño de ser escritora. Cuando sus compañeros de clase le preguntan por qué se va, ella responde que “los coreanos no ganan el Nobel de Literatura”. A partir del 10 de octubre de 2024, esto dejó de ser cierto. A Han Kang se le otorgó este premio por su “intensa prosa poética que confronta traumas históricos y expone la fragilidad de la vida humana”. Luego de este descubrimiento masivo, los pocos ejemplares de su obra en español quedaron agotados. Algún oportunista intentó vender su copia de La vegetariana en Amazon por siete mil pesos y durante varios meses no hubo otra forma de acceder a sus libros que por medio de los EPUB que rondaban en internet. Y es que, cada vez que se le da dicha presea a un escritor, la pregunta inevitable sale a flote para todo aquel que se sienta con la autoridad para responderla: ¿Por qué esa persona? ¿Qué pudo haber hecho que la equipare a Faulkner, a Szymborska o incluso a Bob Dylan?

A pesar de que los criterios de la Academia Sueca no son de conocimiento público y varias de sus elecciones han sido objeto de debate, la discusión suele servirme para conocer a nuevos autores. Antes de ello, de Han Kang solo sabía que había comenzado su trayectoria literaria escribiendo poesía. La atracción hacia la cosmovisión del mundo coreano ya había permeado en mí gracias a numerosos filmes, como la brillante adaptación del cuento “Quemar graneros” de Haruki Murakami, llevada a la pantalla grande bajo el título de Burning por Lee Chang-dong; la frenética Trilogía de la venganza de Park Chan-Wook; y también Parásitos, de 2019, película con la que Bong Joon-ho terminó de consolidar su carrera en territorio extranjero.

Lo cierto es que la forma en la que manejan el silencio me cautiva porque proviene no de la parsimonia de un mundo en calma, sino del terror que produce lo indecible; aquello que aplasta pero no tiene masa, aquello que te cierra los párpados. Eso que en lugar de matarte, te anula en vida.

En su discurso de aceptación, Han Kang develó algunos de los puntos clave de su proceso creativo. “Cada vez que trabajo en una novela, me mantengo en las preguntas, vivo dentro de ellas. Cuando alcanzo el final de esas preguntas —que no es lo mismo que encontrar sus respuestas— es cuando alcanzo el final del proceso de escritura”.1 En el caso de La clase de griego, el cuestionamiento fue el siguiente: “Si debemos vivir en este mundo, ¿qué instantes lo hacen posible?”. No deja de parecerme intrigante que se conteste a sí misma con otra pregunta, “¿Puede ser que al mirar los aspectos más delicados de la humanidad, al acariciar el calor irrefutable que reside allí, podemos seguir viviendo después de todo en este breve y violento mundo?”. Si nos adentramos en la historia, es posible conocer de qué manera Han Kang se enfrenta a dichas interrogantes.

En su boca nieve. En sus párpados tierra”. Un salón a oscuras es el escenario donde nuestros personajes se conocen. Ella, una mujer sin nombre, apunta cada una de las frases que su profesor anota en la pizarra. La tiza es el único medio de comunicación entre ambos. Un silencio proveniente de “algún lugar más profundo que la lengua y la garganta” le arrebata el habla y por ello intenta recuperarla a través del contacto con el griego antiguo. Por su parte, él, un profesor sin nombre, dedica las tardes a enseñar un idioma que interesa a cada vez menos personas. Pronto quedará completamente ciego, fruto de una enfermedad que lo acompaña desde chico. Caminan juntos, sin saberlo, por un rumbo que conduce al aislamiento. Caminan y sujetarse con fuerza de esa mano que palpan por accidente en la penumbra puede ser la única manera de evitar que el “silencio se convierta en muerte”.

Las dos historias que convergen en la novela se encuentran profundamente marcadas por un trauma cuyo origen reside en el lenguaje. En vez de que este sea un vaso comunicante, es un aparato tortuoso, que solo sirve para enfatizar las diferencias que los separan del mundo exterior. Al revelarse mutuamente sus heridas, una complicidad nace y gracias a ella se vislumbra un atisbo de luz.

No deja de resultar llamativo que, en esta trama, donde la imposibilidad de aprehender las cosas por medio de las palabras es un proceso asociado al dolor, ninguno de los protagonistas tenga nombre. Dice Luis Villoro cuando habla del silencio que los nombres vuelven las cosas manejables, pues ayudan a que pierdan su carácter insólito: “Nombrar algo es identificarlo con otro fenómeno que ya ha aparecido y, a la vez, poder reconocer sus ulteriores apariciones. La recognición elimina la alteridad absoluta, la singularidad de lo insólito, y convierte en habitual el mundo en torno”. Desde fuera, ellos son vistos como outsiders, es decir, bichos raros inasibles para el mundo material. El hecho de que la narración únicamente los llame “la mujer” y “el profesor” solo refuerza esta idea.

El vínculo que ella tiene con el lenguaje apareció primero no por la necesidad de expresarle a otros sus urgencias, sino por la extrañeza que le causaba que los signos pudieran cambiar su pronunciación y significado dependiendo de que se les agregara o quitara alguna marca. También viene del asombro por el modo en que los ideogramas confluyen con la materia de la que hablan. “De todas ellas, la que guardaba como un tesoro era «» (bosque), cuya forma le recordaba a una antigua pagoda […]. Cautivada por esta palabra cuya pronunciación, significado y forma estaban envueltos en tanta quietud, la escribía una y otra vez: . . . El lenguaje es para ella una experiencia estética, ligada a lo que posteriormente sería su profesión como maestra de Literatura. Es como si viese en las palabras no significados y significantes, sino vasijas cuyo grabado puede contemplar por horas.

Su primer episodio de mutismo vendría después, a los dieciséis años. Ya que nunca pudo concebir el lenguaje como algo suyo, sino más bien como una sustancia invasiva, oír a los demás o leer le causaba escalofríos, no podía dormir. De un momento a otro, perdió la capacidad de acceder a la memoria motriz para hablar y escribir. Era la primera vez que experimentaba “un silencio anterior al habla, anterior incluso a la existencia, [que] absorbía el fluir del tiempo y la envolvía por dentro y por fuera como una esponjosa capa de algodón”. A pesar de haberla llevado con especialistas, lo único que logró recuperarle ese “órgano atrofiado” fue tener contacto con una lengua extranjera que aprendía por primera vez. Murmuró la palabra “bibliothèque tras haber sido escrita por su profesor de francés y no se detuvo a pensar en la importancia de ese momento. Pero ahora que había perdido nuevamente el habla en la edad adulta, quizás podría repetir el procedimiento.

Solo que, en esta ocasión, las circunstancias son diferentes. El dolor ya no es una sensación vaga e indefinida, es una certeza que la pulveriza y la reduce dentro de sí. De manera paralela, su exesposo le había quitado la custodia de su hijo y su madre había fallecido hacía poco. Los doctores creen que ese es el motivo de la regresión de su mutismo; sin embargo, ella no piensa que sea tan simple. Se inscribe a las clases de griego con la intención de recuperar el habla, pero también para ahondar en el carácter estético de las palabras ya mencionado, especialmente aquellas en que en un principio, por no conocer la lengua, no significan nada para ella, más que su forma y su sonido.

Pero esta historia no es solo sobre silencio, sino también sobre no ser escuchado. En lo que respecta al maestro, su conexión con el lenguaje también comienza desde el asombro y la admiración. Poco antes de marcharse de Corea para vivir en Alemania, su madre le da dinero para comprarse algunos libros y cintas de conversaciones en alemán. Él en cambio elige títulos relacionados con el budismo, entre ellos uno que contiene una conferencia de Borges al respecto. Aquellos libros fueron para él pequeñas ventanas a Suyuri, su lugar natal, en especial a la noche de verano en que fue a ver el festival de los faroles de loto. Escribe debajo de una frase de Borges que dice “El mundo es una ilusión y la vida es un sueño”, respondiendo “Pero ¿cómo es posible que sea tan nítido ese sueño? ¿Cómo puede ser un sueño si mana la sangre y brotan las lágrimas calientes?”. Aquí se observa lo que la autora describe en su discurso, las inquietudes que ella tiene también las tienen sus personajes, y el camino para explorarlas es lo que mueve la trama.

Sin embargo, la noticia de la ceguera del profesor presupone la llegada de un “filo acerado”, igual que a Borges. “Él tomó su espada, y colocó el metal desnudo entre los dos”, reza su lápida. “¿Qué otra cosa pudo ser ese «filo acerado», sino la ceguera que aquejó a Borges en sus últimos años y lo aisló del mundo?”, se cuestiona. Aislarse del mundo también implica alejarse de la hija del oftalmólogo, una chica sordomuda con quien no podrá comunicarse una vez perdida la vista. Es por eso que le pide, aunque sea una sola vez, que le hable con su voz como le enseñaron en sus clases, para llevarse ese recuerdo a la penumbra que lo espera. No obstante, ella encuentra la proposición insultante, por lo que lo rechaza para no volver a dirigirle la palabra.

Han pasado ya nueve años desde que regresó a Corea, ahora tiene cuarenta, la edad aproximada en que su ceguera sería total. Todavía percibe las formas y, con la luz adecuada, puede arreglárselas con sus gafas verdosas de graduación aumentada. Mientras se prepara para ese momento, escribe cartas a su hermana y a la hija del oftalmólogo. Les cuenta sobre sus clases, sus alumnos, y especialmente sobre una mujer que nunca ha pronunciado una sola palabra desde el comienzo del curso. Le causa una intriga especial después de haber visto que tenía anotado un poema en griego. Quiere saber qué es lo que tiene escrito, pero ella se siente amenazada y se marcha. Él trata de detenerla para disculparse, lo hace en lengua de señas pues cree que también es sordomuda, sin obtener una reacción suya. El poema en cuestión es el siguiente:

γῇ ἔκειτο γυνή.

Una mujer está tendida en el suelo.

χιὼ ν ἐπὶ τῇ δειρῇ.

En su boca, nieve.

ῥύπος ἐπὶ τῷ βλεφάρῳ.

En sus párpados, tierra”.

La ligereza de la voz es el gran hallazgo de Han Kang. Pocas acciones externas ocurren en el relato, casi todo se desenvuelve en el interior, lo que podría llamarse alma. Es por ello que utiliza dos narradores completamente enfocados en los protagonistas. El primer narrador es el maestro, que habla desde el yo, desde cómo el mundo lo afecta a él. No tiene injerencia sobre las acciones que ocurren a su alrededor. En sus cartas el tono se vuelve suplicante, como si estuviera desesperado por leer cualquier tipo de respuesta. “Cuando yo camine hacia la completa oscuridad, ¿me dejarás que te recuerde sin este dolor pertinaz?”.

No obstante, el narrador de ella ciertamente es otra cosa. Casi todo el despliegue poético de Han Kang se encuentra en los capítulos relatados por un narrador en tercera persona focalizado en la psique de la mujer, acompañado por la escritura en verso que se hace más frecuente a medida que la exploración de la pregunta llega a su final. Es palpable su desesperación al no poder responderle a su hijo, o el disgusto que le causa que la voz le otorgue un espacio que ella no desea ocupar. “Desde que ha perdido el habla le parece que sus inhalaciones y exhalaciones se asemejan al lenguaje, pues inoportunan al silencio con el mismo atrevimiento con que lo hacía su voz”. Bajo esta perspectiva me pregunto, ¿qué es la respiración sino una lengua sin sonido? Puede que tal sea la causa de que su narración no ocurra desde la primera persona, porque esa voz que podría ser la suya no logra prendarse de ella.

Como ya he mencionado, el libro insiste en el carácter estético del lenguaje. No se fía de aquellas máximas que lo consideran un medio para comunicar, pues en el caso de ambos personajes, este mismo es quien los ha segregado. ¿Para qué sirve entonces algo que aterroriza, que aísla, que enseña al mundo lo vulnerables y solos que están? Quizás no tenga que servir de nada, porque todo aquello que puede contemplarse ya es bello por sí mismo, muy a pesar de que tenga la capacidad de destruir. La poesía de algún modo reivindica al lenguaje, pues a pesar de ser imperfecto, transmite cierta luz a los corazones en penumbra. Sirve también como punto de conciliación entre lo que se dice y lo que no se puede decir, así como lo expresa Luis Villoro: “Y tal vez, desde esta perspectiva, la poesía podría verse como un habla en tensión permanente entre la palabra y su negación, el silencio”.

Los capítulos finales se concentran en un acercamiento entre los dos personajes. Ya que el profesor ha tenido un accidente en el sótano de la escuela, ella es la única que puede llevarlo al médico y a su casa. Toda la conversación entre ellos fluye a través de la escritura. Una vez llegados al hogar del profesor, este siente el deseo de contarle sobre su vida. Su pasado principalmente. Empiezan a aflorar los recuerdos de ella, sus historias se entrelazan, pero no de forma caótica, sino en armonía, como dos manos que encuentran entre los huecos de los dedos el surco para unirse.

Él, sin embargo, no sabe si continúa escuchándolo. Si ella pudiera decirle cualquier cosa, quizás le contaría de su hijo, de su madre. De la ocasión en que su perro fue atropellado y cuando ella corrió en su ayuda, éste la mordió ferozmente. Esos instantes de mudez que se provocan por la imposibilidad de alcanzar al otro con las palabras directamente me remitieron a Burning, y supe entonces que hacer hablar al silencio es un arte que solo alguien excepcional puede conseguir.

El discurso de ambos, el del profesor mientras le habla y el de la mujer mientras recuerda, se funde en uno solo a medida que avanza la noche. El siguiente diálogo pertenece al profesor, pero las itálicas sugieren que es un pensamiento compartido, algo que los dos sienten y que hace nacer su comunión: “Me aterra el silencio del espacio por el que se expande mi voz. Me aterra no poder enmendar las palabras una vez pronunciadas, que esas palabras sepan mucho más de lo que yo sé”. El profesor, que ha temido toda su vida el no saber qué palabras exactas utilizar y que éstas lo alejen más de sus seres amados, ha encontrado a alguien con quien puede hablar por medio de su silencio, un tipo de complicidad semejante a la que describe en la carta que le escribe a la hija del oftalmólogo: “Me di cuenta de que, aunque hubiéramos vivido juntos, yo no habría necesitado tu voz tras quedarme ciego, pues, al mismo tiempo que el mundo visible se alejase de mí como la bajamar, nuestro silencio se habría ido perfeccionando a la par”.

Ella sigue escribiendo en sus manos, ese tacto confiere mucho más de lo que las frases dicen. Aunque quisiera correr hacia su hijo para evitar que se lo lleven para siempre, aunque quisiera tan solo decir su nombre, solo alcanza a trazar líneas en las palmas de su profesor de griego para preguntarle dónde está la receta de sus gafas. Él intercepta ese dolor, no sabe qué es ni de dónde viene pero sabe que es dolor porque lo siente igual en su pecho. La abraza, le besa las cejas, ella le siente la cicatriz que le dejó el golpe de hace tantos años. Se reconocen.

Antes de separarte por completo de mi cuerpo,

me diste un beso lento en la boca,

en la frente,

en las cejas,

en ambos párpados.

Fue como si me besara el tiempo”.

La tierra y la nieve se han ido. Quizás para Han Kang, la pregunta de si vale la pena vivir a pesar del dolor no haya sido respondida todavía, pero para mí, la sola existencia del libro es la prueba de que sí, y de que si tenemos algo a nuestro favor para poder cambiar la realidad, ese algo es el habla. La novela finaliza con el capítulo 0, cuando la mujer se prepara para hablar. “Cuando por fin pronuncio la primera sílaba, cierro con fuerza los ojos, / convencida de que cuando los abra todo habrá desaparecido”. Es la primera vez que ella usa la voz narrativa, pues haber hallado en el profesor de griego ese mutualismo le permite habitar los espacios del lenguaje a los que antes le tuvo miedo.

La lengua solo comunica en la medida en que hay comunión. Es ahí cuando la palabra “texto” recupera su sentido etimológico para volverse “tejido”. Entretejer nuestros silencios con los de los demás es posiblemente el único método que la autora ha imaginado para vislumbrar el silencio.

Referencia:

Kang, H. (2023). La clase de griego. Penguin Random House.

Kang, H. (2024). Light and Thread. The Nobel Fundation.

Villoro, L. (2016). La significación del silencio y otros ensayos. Fondo de Cultura Económica.

1 Todas las traducciones a su discurso de aceptación son de autoría propia a partir de la versión en inglés. Dicha versión, así como la sueca y la original en coreano se pueden hallar en la página oficial del Premio Nobel.