Se busca

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Escapó unas horas después del primer temblor. Le llamo desde la puerta de la casa. Como ningún vecino se queja grito lo más fuerte que los pulmones permiten. Minutos después Aura entra. Su manto está limpio: aunque no pasó la noche en la maleta antigua de saxofón acolchada por terciopelo con diseño de cebra, su cama, parece tranquila. Pienso en el hoyo, me juro que mañana compro alambre, pinzas para cerrarlo; antes de rentar el departamento me di cuenta de que la malla que cubre la reja de la entrada no está completamente cerrada, se rompieron las abrazaderas de la esquina, justo donde arrancan las escaleras hacia la puerta de la casa. Aura nunca se va, me dije. Nos mudamos hace veinte días.

El segundo temblor me agarra comiendo pasta. Alcanzo la puerta, bajo aprisa las escaleras. El vecino sale cargando a su hijo recién nacido, la angustia con que me pregunta si estoy bien me hace sentir vergüenza: sigo sosteniendo mi plato. Carolina me llama por teléfono. Ella también está bien. El primer regaño que propina es por no haberle telefoneado a mi padre, a mi madre, a mis hermanos para saber si está bien. Sé que también me reclama por no haberle llamado primero aunque ya no se atreva a decirlo. Un instante antes de colgar me pregunta por Aura. Dudar entre decir la verdad y mentir es una operación mental que me lleva más de dos segundos. Carolina lo detecta.

—¿Qué le pasó a Aura? —grita.

—Todo bien —alcanzo a responder antes de que ella simule una despedida cordial, cuelgue. Sé que debe estar desesperada buscando las llaves de su camioneta, las de su casa, su bolsa, verificando que dentro vaya la cartera, eligiendo un cubrebocas, yendo desconectar el teléfono para meterlo también a la bolsa. Vendrá no sólo a comprobar que efectivamente a Aura le ha pasado algo grave, sino a restregarme de una manera sutil o contundente, ya no importa cómo, que una vez más, le he mentido, le sigo mintiendo.

Aura fue un regaló de Carolina. La rescató a orillas de una carretera. La misma asociación de la que Carolina es presidenta salvó unos días después a unos gatitos con horas de nacidos. Parecía que no sobrevivirían. Las rescatistas intentaban mantenerlos calientes acercándoles focos, cronometrando el tiempo para darles fórmula láctea. Aura se acercó, olió a los bebés, comenzó a lamerlos hasta callar unos chillidos que a Carolina le estaban provocando migraña.

—Se merece un buen lugar, quédate con ella —me propuso.

Me escondo escribiendo. Redacto vertiginosas viñetas sobre los desastres. No sé si subirlas en mi blog o mandarlas a aquel periódico que hace poco me publicó una crónica. No hago nada. La espero. Pronto escucho el motor, se apaga, la puerta al cerrase con furia, el timbre. Una. Dos. Tres veces. Muchas veces.

—Va a regresar, así también se fue con el primer temblor.

—¿Por qué me lo ocultaste?

—No tardó ni un día en volver, para qué angustiarte.

—Ocupas las mismas justificaciones para todo.

Carolina llora, esconde el rostro, se va.

 

No vuelve desde hace tres noches. En un documento de Word hago un cartel. Se busca. Se llama Aura. Hembra, esterilizada. Raza Azul ruso. Tiene ocho años. Ojos verdes, calva de las cejas. Maulladora. Mal aliento. Patitas cortas. RECOMPENSA.

Cada ruido provoca una posibilidad. El chirrido de los frenos de un coche, seguido de un maullido, me arroja a la calle, a no encontrar nada. En un artículo leo que si hace poco tiempo cambié de residencia es probable que Aura haya regresado a la antigua. Aún poseo un juego de llaves. Tardo veintisiete cuadras. Digo su nombre cargando una recién abierta lata de atún. Me doy por vencido a las cuatro de la mañana.

 

Aunque esté prohibido Carolina se estaciona frente a la librería. Al ver mi cara detrás del mostrador pregunta:

—¿Vas a mandar a hacer lonas de “Se busca”?

—Tengo poco dinero.

—Te presto, ¿cancelas el taller?

—Necesito el dinero.

—Pobre Aura.

A Carolina y a mí la secretaría de Cultura del gobierno del estado nos contrató para impartir talleres literarios en un municipio de la sierra. Supuse que por los temblores se habrían cancelado. Abandonar mi casa durante el fin de semana es demasiado tiempo. Debo presentarme a las seis de la mañana en las oficinas de Cultura. Subir a la vagoneta que a Carolina y a mí nos llevará. Ella acaba de escribir un ensayo que publica La tempestad, “El temblor no cambiará la manera en cómo tratamos a los animales”. Durante el camino permanecerá en silencio. Es probable que tarde varios meses en hablarme.

 

A dos casas maltratan a un poodle sacándolo durante el día. El perrito resguarda la calle seguramente alejando a Aura. También hay dos gatos, blancos con negro, muy parecidos, sólo el largo de sus melenas los distingue, se pasean cerca de la reja como gendarme que me protegen del regreso de mi propia chimuela gata.

Su arenero está en el patio, espero que su olor la haga regresar. Permanezco con las puertas abiertas. No escucho música. El insomnio por fin sirve.

 

Maúlla mucho, demasiado, exige sin restricciones cada que se le ocurre una nueva necesidad. Exhala un quejido apestoso y tremendamente entrañable. Pasan los días sin que el silencio sea quebrado por sus peticiones. La punta de sus pelos no tiene pigmento, refleja plata. Su pelaje es único. Ninguno de los gatos que en su búsqueda me he encontrado se parece a ella. Cada cuatro pasos grito su nombre. He cubierto al menos veinte cuadras alrededor de mi casa.

—¿Entras a los terrenos baldíos o sólo le gritas desde la banqueta? —me pregunta Carolina.

 

A pesar de que en los últimos días llovió, los carteles que até con cinta canela permanecen. En los baldíos no está, al menos no en los cercanos ¿Qué es cerca para una gata de ocho años? Sigo caminando, grito su nombre.

 

Casi nunca salta. Le gusta esconderse en los rincones. Me gustaría llamar a cada puerta de las casas vecinas, tantas como pudiera. Pedir entrar. Inspeccionar rincones. Lonas, colgadas, al menos una por cada calle: fotografías de linchamientos. Amenazas a presuntos rateros con la tortura a la que serán sometidos si osan robar sus riquezas. Ignoro si es medida efectiva para disminuir el índice delictivo. Prefiero no tocar.

 

Aún no amanece. Preparo la mochila con la que viajaré a la sierra. Dilato cada movimiento. Por tercera vez me cepillo los dientes. En diez minutos será insalvablemente tarde.

La escucho maullar. Es inconfundible. Corro a la puerta. Abro. Aura entra. La cargo. Ha perdido al menos dos kilos. No parece lastimada. Bebe agua, come. Descansa.

Carolina es la primera persona a quien le aviso, le llamo por teléfono. Se alegra, aunque de inmediato me pregunta si aún pienso ir a dar el taller. Respondo que sí.

—Yo cancelé. Pobre Aura se tendrá que cuidar sola. Espero nunca volver a verte —, cuelga luego de darme un momento en el que no sé qué responder. Durante años me recriminaré dolorosamente por no haber comenzado una justificación que terminara con una propuesta de reconciliarnos. Mi gata se estira, vuelve a echarse, me mira como burlándose.