Kenia Cano y Jorge Esquinca (sel. y pról.), Signos oscuros de mi boca extraña. Antología de poesía mexicana reciente, Bonobos Editores, Toluca, 2024, 400 pp.
En sus momentos de mayor desacuerdo con Alí Chumacero y José Emilio Pacheco, casi ya a punto de concluir Poesía en movimiento, Octavio Paz alcanzó a sostener que la de Carlos Monsiváis (Poesía mexicana del siglo xx, aparecida, como la primera, también en 1966) era una antología “completa y, al mismo tiempo, exigente”. Por lo tanto, para evitarse el intercambio de cartas sobre un tema que generaba discordias, bien podía renunciar al proyecto que ponía en riesgo la amistad. No sobrevino la ruptura, como muy bien se sabe, aunque Paz, desde la India, el sitio donde entonces se encontraba, debió aceptar las varias modificaciones que documenta Cartas cruzadas (1965-1970), el volumen de 2005 que recoge su correspondencia con Arnaldo Orfila Reynal.
Más de medio siglo después, tiempo en el cual se han elaborado reuniones, asambleas, muestrarios, confabulaciones de cuates, incluso antologías, Poesía en movimiento continúa siendo una referencia ineludible, más allá de que se aspire a disentir ––algo más que obvio, deseable–– o la intención estribe meramente en censurarla. Paz y compañía efectuaron, sin desdeñar otras aproximaciones, el acercamiento más sofisticado. Eduardo Lizalde y Gerado Deniz, las ausencias que insistentemente se mencionaron (y se mencionan a veces todavía) como descuidos, no podían afectar, disminuyéndola, una antología que se elaboró al margen de quienes disfrutaban del sigilo o que maduraron (y publicaron) tardíamente. En Autobiografía de un fracaso (1981), Lizalde ha explicado su condición editorial casi clandestina. Cartas cruzadas, entre otras cosas, brinda las claves del embrollo. El incidente, si es que vale la pena volverlo a mencionar, será sólo para ubicarlo en el lugar de los equívocos.
Signos oscuros de mi boca extraña ––un endecasílabo encontrado en un verso de Sergio Loo, quien, en vísperas de su muerte, generaba el efecto de haberse convertido en el poeta insignia de su generación–– es el más reciente acercamiento a la poesía mexicana que escriben los nacidos entre 1980 y 1997. Kenia Cano y Jorge Esquinca, sin más subvención que la de sus bolsillos, se abocaron a una empresa loable ya desde su origen. Por el talante con el que enfrentaron una materia cuya fuente de información se desplaza en gran medida con fortuna en internet, cabe suponer que la primera batalla por librar fuese la abundancia. Mediante la red sabemos (ahora decimos guglear) que un poeta perdido en los confines de la otrora provincia mexicana publicó en tal o cual fecha un libro inencontrable en librerías. Gracias a los pocos poemas que en el ciberespacio acompañan la noticia, la curiosidad se ve acicateada a menudo y, por ende, encaminada hacia su búsqueda.
A Henry Miller, un poeta que se decidió por la prosa, en 1955 le parecía ––y lo escribió en el Prefacio de El tiempo de los asesinos–– que “el estado y la condición del poeta revelan el verdadero estado de la vitalidad de un pueblo”. ¿Un eco, más o menos feliz, del pensamiento de Johann Gottfried Herder? No parece que en su prólogo Cano y Esquinca se vieran compelidos a abordar, pues no habría de por medio un porqué, su antología desde una perspectiva similar. Entienden, sin embargo, que los poetas escogidos representan, de algún modo, otras voces que no alcanzan a tener la plenitud de éstos y, por lo tanto, como en las filas que se forman para ingresar a los vagones del Metro, bien pueden aguardar el siguiente tren. “Escogimos ––certifican–– las expresiones que estimamos más propositivas, las de manifiesta autenticidad, las que encuentran una mejor resolución a sus propios planteamientos en el ejercicio de una libertad sin cortapisas ante todo lo que implica escribir poesía en un mundo globalizado”.
El corpus de la poesía nacional, cualquier cosa que esto quiera decir, carga con el estigma de ser abundante. Una suerte de indagación demográfica revelaría cuán prolífico se manifiesta el espíritu poético del mexicano. Cada tanto tiempo, con fundamentos o sin ellos, se recuerda que en la Nueva España, según González de Eslava, había más poetas que estiércol. Más de cuatrocientos años después no habría razones para imaginar que durante las dos primeras décadas del siglo xxi las circunstancias sean marcadamente distintas. Por ello no resultaría decepcionante, pese el estigma, si hoy se barajaran los nombres de unos cuantos mientras de fondo, como un retrato con paisaje, se pavonean personajes valiosos pero sin méritos suficientes todavía para figurar en primer plano. Todas las compilaciones, laicas o creyentes, deberían tener en su altar la máxima que, en la Antología de la poesía mexicana moderna (1928), formuló Jorge Cuesta. De esta manera, sin un parpadeo de duda, se evitaría la sobreabundancia en el papel: “La poesía mexicana se enriquece, seguramente, con poseerlos; multiplica, indudablemente, su extensión; pero no se empobrece esta antología con olvidarlos”.
En honor a la verdad, Signos oscuros de mi boca extraña no es la primera tentativa por agrupar a los poetas que hoy rondan los cuarenta años. Las anteriores pecaban de un cariz acorde con las partidas de rosca en enero o, en su defecto, eran tan diáfanas en sus propósitos que más parecían un cónclave destinado a encumbrar nuevos beatos. Acaso por la premura, los perfiles de algunos antologados se desdibujaron más pronto de lo esperado. Esta antología, por ejemplo, y Divino tesoro ––la “memoria” de cierta reunión celebrada entre marzo y junio de 2008 en un sitio chilango––, que se debe a Luis Felipe Fabre, comparten coincidencias estéticas personalizadas en Sergio Loo, Inti García Santamaría y Feli Dávalos. Otro poeta que pudo ser incluido, Óscar David López, a riesgo de parecer que propongo la fusión de aquéllos con los de ahora, no tuvo suficientes bonos para ingresar a estas páginas. Paula Abramo, abierta la ventanilla de quejas, no habría encajado mal entre estos treinta.
El prólogo, aquí denominado simplemente “Umbral”, casi una advertencia, revela más sobre las circunstancias de los antologadores que sobre los autores seleccionados. La disposición alfabética, un orden salomónico por antonomasia, dificulta sin embargo un pelín la lectura más o menos cronológica. De hecho, no mucho importaría la estrategia ni la perspectiva si no fuera porque los últimos han sido años singularmente vertiginosos. Para mi gusto, la generosidad ha sido su mejor virtud. Las simpatías y las diferencias se ejecutan en silencio pero sus repercusiones están condenadas al bullicio.
Ha tiempo cobró notoriedad una lista atribuida a Borges en la que éste, con no menos desparpajo que severidad, calificaba a los participantes en un certamen poético convocado por La Nación. Algo similar, pese a no ser yo Borges, podría efectuar sobre Signos oscuros en mi boca extraña sin que pierda la poesía mexicana. En cuatrocientas páginas, con un espacio más que aceptable, treinta poetas comparten algo similar a las fotografías instantáneas. Dieciséis varones y catorce mujeres. La cifra, casi idéntica de unas y otros, se vuelve sospechoso. ¿Hubiera sido agraviante para el país si, después de lecturas y lecturas, el resultado revelara una cantidad más alta de mujeres? Por supuesto que no. ¿Habría sido criticable que, luego de esas lecturas, hubieran predominado los hombres? Sí. Es probable que por encima de sus razones estéticas, otra vez salomónicamente, los autores de la antología obraran con un criterio no exento de visión política.
Entre Ibán de León (1980) y Lazaro Izael (1997), el mayor y el menor de los poetas incluidos en este antología, se extiende un periodo que bordea los veinte años. Gerardo Deniz y Eduardo Lizalde realizaron gran parte de su obra en ese lapso y son todavía una referencia no menos necesaria como incómoda. A los 38 años David Huerta, quien se convirtió en la figura más llamativa tras la publicación, en 1987, de Incurable, estableció lo que no alcanzo a ver en estos cuarentones y treintañeros, acaso, con sus asegunes, Sergio Loo: una poesía que “testimonie”, hasta el límite, su lucha con el lenguaje y con una experiencia vital que se sobreponga, en sus mejores momentos, “al mucho haber leído”. Lo mismo que advierto en David Huerta debo decir de Coral Bracho, no por premiada (cosa que, en general, carece de importancia para mí), sino porque su mirada, con baches ante los cuales uno suele hacerse de la vista gorda, se mantiene más o menos fiel a su virtud primigenia.
Después de Incurable, como lo fueron en su momento Blanco y La estación violenta, de Octavio Paz, escribir poesía en México se convirtió en una labor que no podía obviar su existencia. No sugiero que luego de 1987, para mostrar que Incurable se convirtió en una lectura de cajón, la poesía “mexicana” tendría que rendirle homenaje a la endogamia. En realidad, de lo que menos hacen gala estos poetas es de apego a la “tradición mexicana”, suponiendo que sea posible hablar y esclarecer tal cosa a lo largo de las dos décadas precedentes. Más bien, gracias a su formación académica y a la inevitable ascendencia de internet, resulta reveladora en algunos de ellos su incursión en ámbitos poco frecuentados: Yaxkin Melchy, por ejemplo. De todos modos, enunciaré la pregunta: ¿es solvente esta poesía? Sí, sin lugar a dudas.
Para evitar la reproducción del índice, supongo que nada perderá la antología si extraigo los nombres que encuentro mejor asentados. Anaïs Abreu D’Argence, Andrea Alzati (con recursos retóricos muy evidentes aunque efectivos) y Tania Carrera. Inti García Santamaría y Luis Eduardo García, dueños de una técnica engañosamente elemental. De este último copio las siguientes líneas: “No puedo ver la belleza porque hay algo en el lente./ Hay quienes pueden verla, pero se quedan en la forma./ En el fondo de la belleza hay algo que se pudre”.
Naturalmente, Elisa Díaz Castelo (“Es absurdo:/crío a mis hijos aquí/mientras mi esposo crea/una forma brillante de la orfandad”), Isabel Zapata y Orlando Mondragón. A Emiliano Álvarez, un cuidadoso lector de David Huerta, lo respalda el volumen que fue publicado bajo el título de Salir el cuerpo, excepto esa salida en falso que son “Tocar madera” y “Temblor en el temblor”. Rescato, no obstante, dos versos del segundo poema, gracias a los cuales me he detenido para efectuar mi observación: “Ella es como un violín:/no se puede tocarla sin que tiemble”.
Novedosa resulta la inclusión de un poeta bilingüe, español y zapoteco: Elvis Guerra (1993), uno de los más jóvenes aquí incluidos. Karen Villeda, quien desde Tesauro (2010) ha venido mostrando el variado registro de su voz. Christian Peña, que entregaba a la imprenta volumen tras volumen sin tropiezos, los sufre cuando se adentra en un libro al parecer también temático: ¿O es sólo pasado? ¿Acaso avanzan por otro camino los siguientes versos, dominados por la inevitable facilidad de la anáfora? “Era de noche y dicen/ que el que venía manejando no lo vio./ Dicen que él fue quien se aventó al auto./ Dicen que no iba borracho,/ pero que lo distrajo de golpe/ un conejo blanco/ que atravesó corriendo la avenida./ Dicen que su sangre/ dibujó un alacrán en el piso”.
Lázaro Izael muestra una temática rural poco socorrida: “te recuerdas de cuclillas/ y el rumor de tu orina hirviendo la tierra más caliente/ ese desglose de aguamiel/ húmedo/ sobre las grietas/ de esa sed fluye el solar/ mientras la yunta pasaba ya de largo/ como una manada que no se movería/ a pesar de eso/ tú sentiste su mirar callado”. A su lado, ya que lo suyo es el poema en prosa, campea la arremetida lírica de David Meza, quien no oculta su proximidad con Raúl Zurita.
Ya desde el primer fragmento seleccionado (“Panal”), algo hizo que me mantuviera alerta frente a lo que escribe Diana Garza Islas. “Extraterrestre”, el epíteto que aspira a ser inusitado, no logra darle vida a la imagen: “Tengo un jardín en la palma de mi mano/ adherida a un submarino extraterrestre”. Suenan bien los dodecasílabos, qué duda cabe, pero nada más. Tampoco me impresionó su gusto por el hipérbaton en “azúcar y nieve mis ojos al espejo demolían” por manido, pese a que la suya parezca una propuesta que deliberadamente aspira a dislocar la sintaxis.
En Algo sobre la muerte del mayor Sabines, de Jaime del mismo apellido, el yo lírico que se ha regodeado en el azote efectúa un alto, recapacita y, en una suerte de anotación al margen, asegura que se avergüenza “hasta los pelos por tratar de escribir esto”. “Esto” alude al deterioro y la muerte de su padre. Como Sabines, Sergio Loo y Mónica Licea podrían sostener algo semejante. Los fragmentos de Operación al cuerpo enfermo (2015), el libro que Loo no alcanzó a ver publicado, es la “crónica” de su estancia hospitalaria antes de que el cáncer lo condujera a la muerte. Hermano, de donde han sido extraídos los fragmentos de Licea, es, se entiende, un libro elegiaco: “Puliré este dolor hasta volverlo transparente/ Lo convertiré en una joya que cuelgue de mi cuello”.
Las antologías son la cala de una literatura, la sorpresiva visita a la familia para impedir que oculte la ropa sucia en el armario. Por ellas nos enteramos de su salud y de sus vicios irredimibles. ¿La poesía mexicana recogida en este volumen será, bajo esta óptica, saludable? Sin reserva alguna. ¿Brillante hasta el deslumbramiento? Tras periodos de notable singularidad, me temo que luce ahora algo percudida. Pero dentro de diez años, cuando muy pocos de estos poetas disfruten de la juventud que largamente les ha prometido Conaculta, serán leídos sin duda con mayor justicia.























