Conversaciones que viajan en el tiempo y en el espacio

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Buscando información en la web sobre algunas revistas mexicanas de finales del siglo xx di por casualidad con información sobre el reciente Breve revistero mexicano de Guillermo Sheridan, que reúne ensayos sobre revistas mexicanas del siglo xx, desde Savia moderna hasta Tierra Nueva y, como suele suceder con este autor, incluye notables textos sobre Octavio Paz, en especial sobre su labor como editor. La casa editora es la unam pero lo hace como si quisiera que nadie se entere.  Fui a buscarlo a la Librería Universitaria del pasaje de los libros en el centro: no lo tenían, pero me informaron además que no lo tenían en ninguna de las otras librerías de la unam —pues no les daban ejemplares— y que sólo lo podría conseguir en el Centro de Estudios Filológicos de la unam. Tuve la suerte de localizarlo en la librería El Sótano de Juárez y allí me sorprendió el precio, casi 700 pesos.

Más sorprendería la información del colofón: 200 ejemplares. De allí el precio y la dificultad para encontrarlo. Que la unam publique en sólo 200 ejemplares un libro de uno de sus principales investigadores literarios es inexplicable por razones de buena fe —su red de librerías bastaría para colocar a diez ejemplares en cada una de ellas, es decir casi todo el tiraje. Las razones de mala fe también son inexplicables, pero pertenecen a otro ámbito. La cosa irrita más porque se trata de un libro muy bueno y de lectura necesaria en esta época en que las publicaciones literarias como las que Sheridan analiza están en franca crisis y no han sido sustituidas en su función, y están lejos de serlo, por los blogs y portales en la web. Como el autor señala las revistas son lugares donde el aire circula, se abren ventanas y se puede respirar de otra manera, y si de algo puede estar orgullosa la cultura mexicana es de algunas de sus publicaciones periódicas. En ellas se puede seguir la pista de disensos y coincidencias, de polémicas y formación de grupos (y de su disolución y a veces de su deformación también), las hemerotecas invitan a revisar nuestros cánones y nuestras verdades instituidas, a seguirle la pista a los autores injustamente olvidados y hasta a los olvidados con justicia. El Breve revistero mexicano señala razones “para leer un periódico de ayer”. Pero sobre todo para revertir la actual situación en donde los jóvenes escritores ya no piensan en hacer revistas (es mejor y más barato darse a conocer y encontrar lectores en la red, me han dicho muchas veces).

Esto es, sin embargo, una falacia. Cuando los editores españoles dicen que la poesía se está vendiendo de nuevo gracias a las redes y a los youtubers o las novelas gracias a la edición digital nos engañan. Vender las ocurrencias de un youtuber con tres millones de seguidores en una edición de 10 000 ejemplares no es que la poesía se esté poniendo de moda, es que no se entiende lo que es poesía (ni, tampoco, se entiende la mercadotecnia. La relación entre seguidores en la red y lectores/compradores de libro sigue dibujando un abismo, pues el éxito no lo han provocado ellos sino el youtuber, que sí la entiende). Cuando escribo esto, en plena emergencia sanitaria, las malas noticias para la industria editorial abundan: librerías cerradas, poca respuesta a las campañas de venta vía Internet y competencia desleal de los editores grandes (en Argentina Planeta, después de elogiar a las librerías y a la labor de los independientes, ofrece sus libros en venta directa al lector, rompiendo un pacto funcional de décadas).

Imaginar la cultura del siglo xx sin revistas literarias es imposible, pero no lo es tanto, lamentablemente, imaginar la del siglo xxi. Y es curioso —y peligroso— que se vuelva a plantear el problema de (la cantidad de) los lectores de poesía o de crítica. Pienso en un paralelismo: se dice que una lengua que tiene un número de hablantes reducido está en proceso de desaparición (y es una tragedia). ¿Se puede decir lo mismo de la poesía? ¿Es posible pensar que un reducido número de lectores de un determinado género pueda implicar su desaparición? Se ha contestado muchas veces que no, pero hay que insistir en el peligro de que pueda ser sí la respuesta.

Si las historias literarias son buenas hacen de su materia una novela en la que los personajes son los libros y los autores, y en este caso en Breve revistero mexicano, los personajes son las publicaciones periódicas. Y Sheridan construye un relato fascinante, apenas interrumpido a veces por un exceso de ácido sentido del humor que, desde que empezó a escribir, se volvió un sello suyo, del que hoy abusa, más aún cuando se le nota mucho el sesgo ideológico. No obstante, es un libro muy útil, que permite ordenar lecturas y revisar juicios. Pongo un ejemplo: hace unas semanas leí, guiado por la misma voluntad de muchos de los ensayos de Sheridan de recuperar la riqueza de la generación de Octavio Paz, un libro del poeta Octavio Novaro, Cantar de cantares a María, que me interesó. Sin embargo, también me atrajo por otra razón: es en la generación de Taller donde la religiosidad católica, casi se diría que congénita de la poesía mexicana, sufre una mezcla de agotamiento y colapso cualitativo (con una excepción: Manuel Ponce). El retrato que de Novaro hace Sheridan es inclemente y las referencias a un libro, Vigilias por Adolfo López Mateos, rozan de manera tan extrema el ridículo que hasta parecía inventado por el crítico. No dudo que tenga razón, pero tampoco puedo omitir que simplifica.

A los lectores que les gusta leer revistas literarias de hoy, ante su escasez o inexistencia, les queda un refugio diría que inagotable: leer las del pasado. O bien leer sobre ellas. Otro ejemplo, en un área contigua: las artes plásticas. El libro de Daniel Garza Usabiaga, El gran malentendido (Wolfgang Paalen en México y el surrealismo disidente de la revista dyn[1]) nos ofrece un ejemplo de ello.

Un par de exposiciones, más o menos recientes, en el Museo Carrillo Gil y en el Museo Franz Mayer han puesto de relieve no sólo la obra del gran pintor austriaco, su labor heterodoxa dentro del surrealismo, su importancia para el arte mexicano —México terminó siendo su patria de adopción—, sino la importancia de la revista dyn impulsada por él en los años cuarenta para nuestra cultura al proponer una visión innovadora tanto en la manera de ver el pasado precolombino y su arte como de establecer las relaciones entre ciencia y creación. A estas exposiciones les da una mayor permanencia y las prolonga el libro El gran malentendido. El legado de Paalen es extraordinario y está en cierta manera un poco oculto tras la idea de un surrealista menor que se tiene de él. En todo caso es un extraordinario artista y su importancia para México y América Latina enorme.

No es, sin embargo, sobre él que estas notas quieren reflexionar sino —una vez más— sobre la importancia de las revistas y de su papel en la continuidad reflexiva de una cultura y una sociedad. Fue dyn, sin duda, una revista que circuló poco, pero a la que la bastó esa poca circulación para influir profundamente en las culturas norteamericanas —en especial en sus artes plásticas— y de México en su mirada antropológica. De ello da buena cuenta, con información y buena pluma Daniel Garza. Un gesto minoritario, fruto de una iniciativa personal, en busca de relacionarse con la cultura mexicana, impulsado por Paalen, termina siendo esencial más allá —o a veces debido a— su condición minoritaria. Los vasos comunicantes de la sangre reflexiva y creadora no siempre están a la vista ni son evidentes. Eso ocurrió en general con los creadores surrealistas que vinieron a México y que vivieron poco o mucho tiempo entre nosotros y que, como sabemos por distintas investigaciones y testimonios, no tuvieron una relación del todo fluida con la ortodoxia reinante entonces en la plástica, ligada al muralismo y a las ideologías nacionalistas.

Paalen reivindicó el arte precolombino y su interés por culturas antiguas o primitivas fue evidente, a la vez tuvo también una mirada profundamente moderna en su interés con los descubrimientos científicos de la época, los movimientos de vanguardia y los nuevos caminos de la antropología. Es Paalen quien tendió un puente extraño y no frecuente, original y necesario, y cuyo recorrido aún no tiene un final, pues el gesto permanece vigente en la mirada del hoy. En el origen de su interés por la antropología está la lectura de Franz Boas, uno de los padres de la corriente moderna de esa disciplina, que combatió los prejuicios cientificistas de la época con su subrayada carga racista, sobre las llamadas culturas primitivas. Todos tenemos presente el interés de Picasso por la escultura y el arte africano, pero no fue el único, hubo una atmósfera en aquellos años de las vanguardias en que se respiraba ese interés —esa inquietud— por entender el sentido otro que viene de esas culturas.  Esa atmósfera desembocaría, nada más y nada menos, en el pensamiento de Claude Lévi-Strauss.

El llamado a fertilizar no sólo el arte y la literatura con esas creaciones, y a poner en diálogo las ciencias —que asistían a un momento revolucionario potenciado por la carrera bélica de funestos resultados y por la desconexión del vértigo tecnológico con la sensibilidad del arte, mucho más vinculada a un sentido humano, no ha arraigado lo suficiente y hoy día asistimos a un conflicto muy acentuado entre las necesidades que la técnica satisface sujeta a la demanda económica y mercantil, y la esfera  de la cultura. La deshumanización del arte actual, para utilizar los términos de Ortega y Gasset, no pudo ser siquiera imaginada por el pensador español. ¿Es posible hoy una revista como dyn? Desde luego que sí, y su necesidad tal vez mayor que cuando la publicó Paalen, pero también es probable que las dificultades para hacerla hayan aumentado y descorazonen a cualquiera. Y es que si bien esa misma tecnología nos da recursos nuevos para su “edición” paralelamente ha transformado el impulso de realizar aventuras colectivas malversándolo en proyectos individuales como los blogs (y ojo; digo individuales y no personales, pues tienen algo de autistas).

dyn no sólo fue fruto del trabajo de Paalen, colaboraron sus compañeras Alice Rahon y Eva Sulzer, Manuel Álvarez Bravo, Miguel Covarrubias y Carlos Mérida, colaboración bien estudiada en el libro mencionado antes, y que es profunda y determinante para estos dos últimos pintores, así como lo fue dyn para el expresionismo abstracto norteamericano. Y como el propio Garza Usabiaga lo menciona, no sería difícil rastrear su presencia en la llamada Ruptura a través de Lilia Carrillo. Uno se podría plantear ese constante enigma: muchas de estas revistas, que no se hacen como negocio, sino como plataforma de comunicación y reflexión, tienen como destinatario a un grupo inmediato que se suele reunir con frecuencia en comidas, tertulias o eventos culturales ¿Para qué hacer una revista si lo mismo se da en la conversación? En efecto, las revistas suelen ser prolongación de las conversaciones pero les otorgan una duración y una permanencia distinta, les permiten un ritmo diferente a las reflexiones y terminan alcanzando un lector más allá del círculo que la edita, y en cierta manera incorporándola a él. Garza menciona que hay una edición facsimilar de la revista, que no conozco, pero el gesto editorial se inserta en ese proceso. Así, no es un acto de fe decir que sin dyn la cultura mexicana no sólo sería distinta sino sería peor, tendría menos riqueza.

Las revistas son conversaciones que viajan en el tiempo y en el espacio: al café de enfrente, a la ciudad cercana, al otro lado del planeta. Y ese viaje es también un proceso de filtrado, un camino en busca de lector llevado de la mano del azar y de la amistad. Eso es lo que no ocurre precisamente en la web, donde la navegación no es azarosa, es confusa, donde la amistad se pierde en un mar sin brújula ni sextante, donde la causalidad manipulada por la mercadotecnia pierde su sentido. La capa más superficial es la Wikipedia, sin duda útil y utilizada en exceso, pero el peligro es que debajo de esa piel no hay cuerpo, no hay nada. Por eso emociona ver, así sea en la vitrina del museo, los ejemplares de dyn.

 

[1] dyn, apócope del griego to dynaton (.το δγνατον., “lo posible”).