Todo Héctor Santiago

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La prosa de Héctor Santiago es manigua narrativa. Prosaica hasta el desaliño. Irreverente hasta el sufrimiento. Ajeno y propio.

Es la primera idea que me viene a la cabeza después de leer Morir de isla y vivir de exilios, un cuaderno de relatos que, de sólo (h)ojearlo, reafirma una contundente cualidad de “papa caliente” literaria.

Como indica o avisa el título, el libro está conformado por dos secciones. “Somos de donde hemos venido” recoge una serie de cuentos que suceden en la isla. ¿Qué isla? En la ínsula “zarrapastrosa”, cortesía del gran evento acaecido en enero de 1959. Y la segunda parte, “Somos de a donde llegamos”, se ubica en una dispersa geografía que atañe a muchos exilios. Una parte engendra la otra, como alien inevitable, que no como criatura liberada, parido luego de infinito dolor. El alien es monstruoso, nace de una e infinitas, también monstruosas, circunstancias.

Los relatos recogidos en “Somos de donde hemos venido” no son del todo elucubraciones de pura ficción. Son las vidas de muchos. No hay en ellos nada que no haya vivido, visto o sabido a través de otros. Y todo eso vivido, visto o sabido en la experiencia de Héctor Santiago se convierte en una serie de alaridos de impotencia o denuncia. Es la vida de muchos, decía. Reportes de vejaciones, interrogatorios, delaciones, prisiones, humillaciones, partidas y fugas…

Reportes igual a obsesiones.

Hasta aquí nada nuevo. Parecería ficción venida del poco esfuerzo. Prosa vacía de atributos. Elusiva de originalidad.

Parecería…

El material acumulado, prosa esculpida a cincel, fragmentos tan barrocos como desaliñados se reivindican hasta trascender la cotidianeidad ─el mero relato─ de perseguidos, balseros, policías, chivatos y maricas.

En literatura los límites también son elusivos.

Estas miserables vidas recreadas por Héctor Santiago alcanzan una magnitud artística a través de la adición de elementos fantásticos y surrealistas a una realidad en la que estos supuestamente no tienen cabida.

Imaginemos, por ejemplo, que a “Conejito Ulán” se le endose un expediente fabricado por la Seguridad del Estado contra la protagonista y el mismo conejo. Algo de esto sucede en esta primera parte del libro. Desde “Amores marineros” hasta “Las lágrimas de Hans Christian Andersen”.

Esta asociación en apariencias imposible tampoco es nueva. Fue explotada hasta el delirio por Reinaldo Arenas, y por Mijaíl Bulgakov y Andréi Platonov, autores estos últimos que también erigieron gran parte de su obra como un grito de interpelación contra el sistema, el mismo bajo el cual Arenas y Santiago iniciaron su travesía literaria.

No se trata entonces sólo de originalidad. La clave es precisamente el delirio. Singulares hasta el plural, los de Héctor Santiago se construyen desde una personal autenticidad. Es la vuelta de tuerca que abarca Morir de isla y vivir de exilios.

A pesar de la cercanía estética entre Arenas y Santiago hay algo que los diferencia. El humor. Lo que en el primero es salvaje, desmandado, en el segundo apenas se nota, y no porque la prosa de Héctor Santiago esté henchida de fatua trascendencia. La apuesta en este caso toma por los recovecos del humor para escorar a diferente destino: el absurdo. Algo que, por momentos, demasiados diría, lo acercan más a Virgilio Piñera.

Si le contara de qué va la historia de “En el país de los Patagones”, el lector pensaría que le cuento algo escrito en los tempranos ochenta por otro Héctor, Zumbado para ser precisos. Lo que en el humorista provocaría la risa, en Santiago a cuenta de grotesco, la burocracia y la ineficiencia endémicas del sistema que ya sabemos, se transfigura en página de horror y desesperanza. ¿Cómo lo logras, Héctor Santiago? A trazos de honestidad literaria. Cada escritor tiene su propio infierno. Y el suyo se excede en círculos. Cada relato. Cada historia arde en su peculiar originalidad. Mostrarlo a los lectores es su pacto.

La segunda parte del cuaderno “Somos de a donde llegamos” es, más que todo, una lección de vida. Una amarga lección de vida. El emigrante cubano es un producto seriamente dañado, manufacturado en “una cárcel que no tiene que ser necesariamente una cárcel, también lo puede ser tu casa, tu calle, tu barrio, tu ciudad, tu país”. El descubrimiento será tan personal como inflamable. Basta repasar los casos de varios de los escritores y artistas de la generación, o grupo, del Mariel, al que Héctor Santiago pertenece en tiempo y afinidades estéticas y no.

Abandonar la isla no es punto final de las angustias. Los defectos antropológicos persiguen a los que parten. No importa donde estén. Cuba se lleva dentro como larva fatal a punto de transfigurarse en monstruo. No hay paz.

Es la tonalidad de “Somos de a donde llegamos”. Héctor Santiago hace de este axioma el eje central de los relatos que la integran. Lo distintivo, no obstante, se visibiliza desde “La loca de Hialeah” y “Noche de luna llena en Crab Keys”: la recurrencia del elemento fantástico.

De nuevo la vulgaridad de la vida ordinaria, lejos de la isla ahora, trasciende a través de la incorporación de elementos extraordinarios y sucesos sobrenaturales al entramado cotidiano. Siempre sin perder de vista que lo fantástico no es, en este caso, atributo edulcorante o escapista, todo el libro de Héctor Santiago lo clama, palmario, a voz de cuello: “Ni en la fantasía encontrarás la paz”.  Me atrevo a asegurar que pocos autores han tratado de manera tan original, no hay otra manera de decirlo, las manidas zozobras del emigrante tanto como ser real como en su condición de sujeto y objeto narrativo. Bajo este prisma encontramos verdaderas gemas literarias. Son los casos de los relatos “Cocó”, “El mundo imaginado II”, “Rumba para nalgas y timbales”, “El vuelo M”, “El misterio del palacio árabe ─¡turco!─” y el citado “Noche de luna llena en Crab Keys”. ¡Casi nada!

Por último, de Morir de isla y vivir de exilios podría decirse que estamos ante la presencia de un libro que viene a ser una suerte de testamento narrativo. No en términos de la vida del autor, sino por todo lo que resume y de la manera en que lo resume. ¿Qué más necesita Héctor Santiago después de entregarnos esta obra sin dudas exquisita?

Creo que muy poco. O nada.

Por otra parte, el estilo barroco, apresurado, descuidado por momentos ─el compromiso del autor es más catárquico que formal─, apuntan hacia esa idea. A la vez que hacen de la lectura de Morir de isla y vivir de exilios una experiencia pasmosa, a veces claustrofóbica, brillante página tras página.

Montreal, agosto de 2022

Héctor Santiago, Morir de isla y vivir de exilios, Editorial El Ateje, Miami, Estados Unidos, 305 p.