Ángel Miquel, Matrioshka, collages de Ulises Carbó, Huitzilac, Ediciones Odradek, 2025, 152 p.
Matrioshka, la más reciente novela de Ángel Miquel, plantea desde su título mismo la fórmula que se propone desarrollar: a partir de la idea de que toda vida está compuesta por etapas, más o menos independientes, que le van dando su forma por agregación, irá contando su historia a través de una serie de bloques narrativos que retratan momentos distintos y surgen de una diversidad de puntos de vista. El efecto de esta combinación de voces, matrioshkas al interior de otras matrioshkas, es similar al de las piezas de un rompecabezas: reclama, para acabar de cumplirse, la participación activa del lector.
Narrativa panorámica, retrospectiva, propia de la madurez, implica inevitablemente un cierto desaliento propio de la madurez: la experiencia de primera mano de una multitud de vidas que muy rara vez culminan las expectativas de su juventud, el entendimiento ineludible de que tantas ilusiones nunca fueron otra cosa que espejismos y quimeras. Hay entonces en el libro un aire de nostalgia (acentuado con acierto por los collages que lo ilustran), una apenas insinuada melancolía, que le agrega densidad poética a lo que parece presentarse antes que nada como un proyecto analítico: el empleo de los recursos de la novela para redondear en la medida de lo posible uno de esos devenires siempre caóticos, arbitrarios, inconexos, que no parecen seguir ningún patrón ni conducir a ninguna parte. Y que al hacerlo no se propone únicamente regalarnos la sensación, perturbadora o tranquilizadora, según sea el caso, del cuadro completo, sino emplearlo como punto de partida para propiciar una serie de reflexiones que van más allá de la historia en cuanto tal y que acaso sean su verdadero objetivo.
Matrioshka es una novela de matices atenuados. No hay situaciones extremas ni desplantes estilísticos. Su lenguaje es coloquial, las diversas voces narrativas se expresan en los términos de intimidad familiar que corresponde con su lugar en la trama, y en el caso del protagonista, con una situación particular que acabará por revelarse. Su sello más distintivo es la claridad. Sostenido por un ánimo de transparencia, todo parece estar dirigido a narrar con pulcritud una historia que va cobrando peso y complejidad de manera casi imperceptible, sin sobresaltos, a partir del simple ensamble progresivo de sus piezas.
Sin embargo, como se va revelando, la aparente sencillez es engañosa. Tras ella, el libro se propone abordar temas de mayor calado. Su carácter prototípico, la deliberada intención de mantener las cosas dentro de una “normalidad” que nos resulta próxima, contribuyen a ubicar la reflexión en un ámbito reconocible, propio, familiar, que nos concierne por lo tanto de manera directa.
Esto se vuelve evidente cuando aparece en la trama, en calidad de personaje, el filósofo griego Cornelius Castoriadis. Mediante dicho recurso, la novela incorpora al texto su propia clave de lectura, nos invita a considerar su anécdota más allá de sus parámetros específicos, a reflexionar sobre las condiciones estructurales y políticas que toleran y propician el tipo de situaciones que está abordando. Si la novela ya podía verse como una especie de modelo para armar, aquí están las instrucciones que nos indican todo lo que podemos hacer con ella una vez que la hayamos armado.
Éste es sin duda uno de sus mayores aciertos, que termina por desbordar a la novela misma. Sin que parezca venir al caso (aunque enseguida resulte claro que sí que viene), aparece un elemento que nos recuerda la importancia del pensamiento crítico, en los términos de Castoriadis, lo que pone de inmediato en primera línea conceptos como autonomía, diálogo, democracia y antidogmatismo. Que debemos aplicar antes que nada, me imagino, a lo que estamos leyendo: una novela, casualmente, habitada por filósofos y ocupada en buena medida de las siempre paradójicas consecuencias de la ideología. Lo cual parece aludir de una forma bastante directa a la responsabilidad que implica el trabajo intelectual. Como puede ser, por ejemplo, escribir novelas. O hacer la revolución.
Ubicada de manera reconocible en el ámbito universitario de principios de la década de los setenta, que conduce al personaje, como pasaba con frecuencia en ese tiempo, a la militancia política insurreccional, la novela pone en marcha un repaso crítico no sólo de las ideas que ocuparon en diferentes medidas a buena parte de nuestra generación, sino de alguna forma, en diferentes escenarios y momentos, a todo el pensamiento libertario del siglo XX. Y lo hace sin entrar en argumentos y disquisiciones que ya hemos escuchado hasta el cansancio, sino a la manera matrioshka, por contraste y sobreposición. Basta la simple (en apariencia) combinación del periplo militante del protagonista, de los pasajes sobre Castoriadis y de la evocación de ciertas situaciones de su juventud, que derivan en una serie de revelaciones que alteran por completo la percepción que había tenido hasta ese punto de su historia familiar, para que el lector acabe de atar los cabos, tenga la imagen completa y saque sus conclusiones.
En mi caso, que no creo que sea el de todos, porque si algo no hace la novela es decirte lo que debes de pensar, tales conclusiones apuntan hacia la necesidad de un cambio de óptica y de escala en la forma como percibimos el mundo, sus problemas y la forma de resolverlos. De la Historia (con mayúscula), siempre ligada a la violencia, a las ideas categóricas, a las estructuras normativas y a la autoridad, a las historias (con minúscula), que suceden todo el tiempo a nuestro alrededor y que tendemos a trivializar. O tal vez más precisamente, como querría Castoriadis, a una síntesis de ambas, a partir de la idea, cada vez más extendida y evidente, de que las unas son reflejo de la Otra.
Dando el contraste tan señalado entre las dos vertientes de su trama, creo que el libro también alude a que en todo esto está implicada una cuestión de género: la variante totalizadora como expresión de un pensamiento más bien masculino y la variante intimista como expresión de una sensibilidad más bien femenina. De ser así, la novela puede verse como ejemplo de una práctica narrativa que si no realmente desde el feminismo, pero sí definitivamente por el feminismo, siente la necesidad de incorporar en su trabajo este tipo de consideraciones. Y que así se suma, desde la masculinidad, a la discusión de las ideas que el feminismo ha puesto en circulación, una discusión que ha cobrado para este punto una irrebatible centralidad. Castoriadis estaría contento.
Ángel Miquel, Matrioshka, collages de Ulises Carbó, Huitzilac, Ediciones Odradek, 2025, 152 pp.























