La figura del mundo de Juan Villoro

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Juan Villoro, La figura del mundo, Penguin Random House, México, 2023, 272p.

 

Acaso más que en otras latitudes literarias, en América Latina el ensayo siempre estuvo vinculado, de un modo o de otro, con las inquietudes identitarias. José Miguel Oviedo, quizá el estudioso que se acercó con más sensibilidad y agudeza al género, señala que su práctica es anterior a la ibérica. Más aún, después de las independencias los escritores se valieron de su carácter especulativo y la forma relativamente libre con el objetivo de interrogar la idiosincracia de las nuevas sociedades. Pese a los vaivenes de diverso calibre, que van de lo social a lo cultural, el ensayo siempre se ha mantenido como un género privilegiado por los escritores. En tiempos de globalización, cuando la comunicación valoriza otros canales, más de corte virtual, en un momento en el que la experiencia parece exigir una formulación antes generacional que individual, el ensayo sigue siendo el territoro de las permanentes interrogaciones.

El mexicano Juan Villoro es uno de los ensayistas más versátiles del idioma. Con La figura del mundo, además de prolongar su trayectoria, contribuye a una temática que, en cierta medida, enriquece la reflexión acerca de los orígenes y las identidades. Esta vez no se trata de interrogar un ethos nacional, muy a la manera decimonónica, sino de explorar la patria personal, la de los afectos, la que determina el derrotero del individuo expuesto a la intemperie, obligado a buscar refugio en la memoria. Me refiero a la temática que, desde el ensayo, indaga en los vínculos con los progenitores, la cual cuenta con una tradición riquísima, entre cuyos cultores podemos mencionar a Marguerite Yourcenar, Colette, Annie Ernaux y Georges Bataille, sólo por dar algunos nombres. Creo que en literatura latinoamericana actual no es tanto la madre como el padre quien es evocado y, de esa manera, regresa a la vida mediante las palabras. En ensayo, Mario Vargas Llosa, Fernando Iwasaki y Jorge Volpi han seguido nutriendo esta línea.

Además de inscribirse en una corriente muy de actualidad, el ensayo de Juan Villoro explora de manera personal la figura paterna. Así, desde el inicio, se nos propone una disquisición que se mueve en diversos territorios. Si Luis Villoro, el padre del autor, era méxicano-catalán, el ensayista recorre América y Europa con la voluntad de mejor delinear la figura paterna. De este modo, movido por las emociones, junto con la voluntad de entender, el ensayista escapa del simple marco nacional. El recuerdo de padre, quien de niño le hablaba de antiguas civilizaciones, ciudadano de las ideas antes que de un espacio, exige un acercamiento dinámico y abierto, poroso a las fronteras. De ahí que la escritura plantee un ejercicio constante de extrañamiento que no significa distancia sino empatía. Así, el “yo” ensayístico de Villoro no se atrinchera en sus recuerdos personales; antes bien, enfatiza el aspecto dialógico para entender mejor al otro. Las conversaciones con su hermana y su madre, la lectura de otros libros, el recuerdo de su padre transmitido por colegas: todo es congregado para abarcar lo imposible. Los límites del mundo son los del lenguaje, escribió Wittgenstein, a lo cual Villoro parece responder que los límites del lenguaje son los de individuo. No hay sujeto más allá del lenguaje, razón por la cual escribir acerca del padre, también es recrear el idioma, a partir de los afectos y las fracturas.  

La figura del mundo es un ensayo basado en un personaje, pero desde una mirada, la del ensayista, mirada que no busca el recuerdo unívoco, sino que explora en la complejidad e incoherencias del individuo. Ese padre filósofo, hincha de fútbol, susceptible de recitar poemas de memoria, áspero en el trato familiar, pero profesor amado por sus estudiantes, con una relación complicada con las mujeres, a la vez lleno de amantes, sin olvidar sus ideas políticas confrontadas con su realidad profesional emerge en las líneas del ensayo. Si la memoria no puede regresarnos a los muertos, el recuerdo nos permite proyectarlos hacia el futuro, en las letras que parte como líneas de fuga. En este sentido, el lector cumple el rol de depositario, aquel que recibe el recuerdo del ser amado para ponderar el vínculo que reúne al hijo con su padre. Si el padre le dio la vida al individuo, este último bajo el avatar del escritor resucita al padre para una comunidad de lectores.

Ahora bien no se trata de una comunidad de lectores del todo abstracta sino que la lectura demuestra qué tan importante es la historia mexicana para el ensayista. La dimensión social y política no está ausente sino que recorre el ensayo entero. El padre de Juan Villoro fue un filósofo preocupado por actuar en su tiempo, simpatizante de revoluciones y movimientos sociales. De ahí que episodios como la matanza de Tlatelolco o movimientos como el de Chiapas adquieran un espesor particular en las páginas. En este punto, en cierta medida, me recuerda a El olvido que seremos del colombiano Héctor Abad Faciolince, cuyo padre también era una suerte de Quijote con la voluntad de hacer concretas las utopías. Ahora bien, lo que singulariza al libro de Juan Villoro es la mirada menos complaciente, más atenta a al tono irónico que, curiosamente, redunda en una forma de cercanía y hasta de intimidad. 

Félix Terrones, Tours, enero 2024