Daniel Rodríguez Barrón (2025). Manual de resurrección para vagabundos y profetas, Ediciones del lirio/Cariátide México 2025, 256p.
Existen libros que más que por su género o trama deberían ser contados a partir de las provocaciones y apuestas que implican. En estos casos, la anécdota detrás de un título es un pretexto para que el autor exponga sus inquietudes, sus obsesiones, pero también sus apuestas.
La novela en el siglo XX pasó de ser un cuadro de costumbres, a veces imbuido en lo psicológico o lo ideológico, a un melodrama audiovisual que apostaba por los personajes, por el tiempo y por el lenguaje. Cansados de los grandes relatos, los autores exploraron la cotidianidad y, debido a la declarada muerte de la cultura letrada, se preocuparon por unos lectores a quienes (supuestamente) no les importaba la lectura, sino las historias “eficientes”, olvidables después de unas horas. La serialización de las tramas produjo libros empeñados en destacar la anécdota, la lectura sencilla y el consumo frecuente. Y las mesas de novedades, quizá todavía hoy, se fueron habitando por ejemplares que después de un año pocos recordaban.
Recientemente, como se dice esa palabra cuando se habla de conductas sociales o de cambios en el ambiente editorial, los libros comenzaron a explorar y explotar a las buenas conciencias y diversificaron sus historias pensando en un público cada vez más diverso y políticamente correcto. En paralelo con estos cambios, algunos autores siguieron concibiendo su escritura como una apuesta autoral no limitada por el mercado o por los productos de moda. Manual de resurrección para vagabundos y profetas, de Daniel Rodríguez Barrón, es prueba de ello.
La historia, difícil de sintetizar si no se quiere desarmarla hasta un punto de romper las finas costuras que la unen, parte de Meche Pastrana, una agente de investigación cuarentona a quien busca Elsa, un amor de juventud, para investigar la muerte de un crítico de arte. Durante la travesía, que la llevará al pueblo de San Dionisio Xipetotec, deberá enfrentar los miedos de su pasado, la inminente muerte de su padre enfermo de cáncer, así como confrontar las ideas que le han permitido continuar su vida después de una crisis. En medio de esto hay un cuadro ficticio de Diego Rivera, la historia de una cofradía que parece albergar un secreto, varias mujeres que permitieron un cambio en ciertas historias (Saskia, Vera, La Jorobadita, la valiente Anita y muchas más), así como algunas intrigas, marihuana, movimientos estudiantiles, vagabundos y muchos tomos de libros que se referencian de una u otra forma.
Además de ello, hay un autor a quien el lenguaje y la forma de enunciar le preocupan, por lo que en ocasiones se detiene en detalles que permiten una profundización en aquello que muestra (por ejemplo, en la frase: “Notaba el olor dulzón a flores vencidas de los viejos, ese olor de agua dulce estancada en un jarrón de cristal que es el primer anuncio de la muerte”), pero también hay un narrador quien hace posible que el lector se adentre en un lirismo que lo imbuye en una escena, en un ambiente y en un estado mental: “Tal vez, cuando estás en tus malos momentos y sales a la calle para caminar tu angustia y cansarla como a los perros demasiado nerviosos, de pronto das vuelta a la esquina y te topas con una niebla que danza como una bailarina jugando con sus velos y te invita a adentrarte, y sin pensarlos dos veces das uno o dos pasos, primero con tiento y luego decididamente, y entonces sin más te encuentras en San Dionisio Xipetotec y nadie vuelve a saber de ti”.
En esta apuesta por una novela que diga más que una anécdota, Rodríguez Barrón recurre a diversas voces narrativas y confía en que el lector las siga sin mediar explicación. Hay en este juego una imbricación de registros que permiten pasar de una historia a otra y, con ello, ir descendiendo en los diversos niveles que propone esta novela. Aunado a lo anterior, el narrador que hilvana estas voces apuesta por un lector que entienda las referencias culturales, literarias, pictóricas y cinematográficas a las que recurre. Algunas ocasiones de forma evidente, como cuando describe a un gerente que abre una puerta “para dejar pasar a Martita en su ajustado traje sastre, como el de las heroínas de las películas de Alfred Hitchcock, aunque ella era carnosa y morena”, pero en otras como sin darse cuenta, por ejemplo cuando refiere el inicio de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, un célebre poema de Renato Leduc, o el ensayo de Isaiah Berlin sobre el erizo y el zorro . Sin embargo, es necesario señalar que esta referencialidad puede no notarse, pues la forma como Rodríguez Barrón arma a sus personajes y sus discursos es natural, sin que se sienta metida a fuerza con tal de presumir una cultura.
Esta novela, además, pone especial atención en temáticas que construyen a la protagonista, y que le implican decisiones éticas. Muestra de ellas es la mención al cuidado de los padres ancianos, la ayuda para el bien morir o los silencios que se imponen con tal de pertenecer a un grupo. Al mismo tiempo, en algunos momentos se recurre a una narrativa ensayística en la que la protagonista y varios personajes discuten lo que entienden por arte y qué tanto vale la pena continuar defendiendo un tipo de estilo cuando el mundo ha cambiado. Quizás en esto se encuentre la tesis de esta novela.
Por ello, lo que de principio parece una novela policiaca en torno a la muerte de un crítico literario, se transforma en la búsqueda por la identidad a partir del cuestionamiento de la protagonista hacia su historia e ideas. Manual de resurrección para vagabundos y profetas es uno de esos artefactos culturales que contiene en sí mismo las instrucciones para desarmar la bomba que implica su lectura. Lo que no tiene, en cambio, son las indicaciones para que el lector evite que tras su lectura le estallen cuestionamientos sobre lo que considera que es o no la literatura.
Esta novela es la apuesta de un autor que aún confía en lo estético de lo literario, que se preocupa porque cada palabra connote y no sólo exprese lo que enuncia. Hay detrás juegos verbales, como cuando nombra a ciertos personajes a partir de los tatuajes que llevan en la piel (“Zorro en el Tobillo”, “Mandala en el Cuello”, “Caligrafía China Danzando sobre el Vientre”); además de una visión que particulariza a Rodríguez Barrón en tanto narrador, pues lo que importa en su novela es cómo se cuenta, qué perspectiva usa, a qué referentes se remite.
En este libro que explora a una clase media ilustrada, la forma misma en que se detiene, en que pausa el avance de la anécdota, hace que se intuya la intención de convencernos de que estamos ante un objeto literario y no sólo ante una historia. Las obsesiones de Rodríguez Barrón que se aprecian en La soledad de los animales, Los nombres de la noche y Retrato de mi madre con perros están en esta novela también: el detalle descriptivo, el retruécano lírico, las escenas catastróficas a lo Brueghel y el abismo narrativo en el que siempre se puede profundizar más. La tendencia ensayística, su interés por el arte y su conceptualización del mundo a partir de las ideas que están presentes en Retablo portátil, toman una deriva propia en este libro. Manual de resurrección para vagabundos y profetas es, pues, la suma de los intereses y las apuestas de Daniel Rodríguez Barrón que hoy se conjugan en una historia, esa que parece machacada largo tiempo y que por eso permite urdir una trama que impone retos y riesgos para el autor y el lector.
En algún punto del libro podemos leer: “No hay deshonestidad más grave […] que la de un artista que se pone del lado del poder y usa su talento para hacer propaganda. Cuando una persona, se convierte en vocero del poder, lo ejerza quien lo ejerza, uno no puede más que sentir pena. Y no importa el éxito que esas personas puedan tener […] están ahí para recordarnos que el poder devora y que si uno no opone ninguna fuerza se caga en todo”.
Esta novela es la manera como Daniel Rodríguez Barrón intenta desarmar, controlar y parar a ese poder; mostrarle que es posible seguir escribiendo literatura (con letras mayúsculas), continuar arriesgándose en cada frase (a veces se triunfará y otras al menos se intentará), pero sobre todo es una apuesta por un lector que desea hallar algo más que lo que podría ver en la tele, apreciar en una serie o escuchar de un amigo. Manual de resurrección para vagabundos y profetas es una apuesta por un lector atento y, a cambio, ofrece esa aguja en el pajar: a un autor profesional y en plena madurez escritural.























