El Aleph es un biombo, Javier Caravantes
Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, 2024
136 pp.
I
Desconfío de ciertas aseveraciones improbables de algunos reseñistas: “en el panorama de la narrativa actual…”, “entre la generación de jóvenes escritores…”, “estamos ante una voz única en las letras mexicanas…”. Como si alguien, por mucho que estuviera al día en lecturas, pudiera tener una visión “total”, global, de lo que se escribe más allá de las novedades editoriales o en el entramado de las literaturas regionales. Hay vida en la periferia, más allá de esos universitos. No todos los escritores que están en el proceso de cimentar su obra están expuestos en el aparador, rubicundos y quietos, a la espera del reconocimiento gratuito. Mucha de la mejor literatura se gesta de manera soterrada, con parsimonia, cauta ante las dinámicas de la competencia editorial o curricular, en los bordes de una urbe desquiciada, deambulando entre el desempleo y el olvido; no necesariamente por un afán de asumir cierta marginalidad, sino porque las condiciones para escribir de manera “profesional” no son del todo propicias y publicar no siempre es una gracia del todo accesible, o si lo es, más bien constituye un logro de relaciones públicas, no necesariamente literario. Excepciones hay, claro. Esto no significa que el escritor deba situarse en ese margen, porque a la larga, querer asumirse como un enfant terrible sin tener ni la edad ni con qué, termina siendo una pose hasta ridícula. Aunque la multiplicación de las actividades literarias (mejor dicho, extraliterarias) sea hoy un campo vasto para el desarrollo de vocaciones y aptitudes (talleres, concursos, becas), la realidad es que sigue siendo inversa la (des)proporción entre calidad de la obra y cantidad de escritores, entre entidades editoras y autores, entre libros publicados y lectores (la población lectora mayor de 18 años cayó casi 20 por ciento de 2015 a 2024, según INEGI).
Pero hubo un tiempo en que no reinaban en el ámbito literario la dispersión y la desproporción (quizá hasta la década de los setenta), en que los escritores mexicanos orbitaban en la misma galaxia, se reconocían, remotamente, quizá, pero sabían “del otro”; tal vez entonces hubiera sido más acertado iniciar una reseña con la consabida frase “en el panorama de la narrativa actual”. Hasta los grandes maestros (que tallereaban y editaban, que promovían y hacían las veces de agentes literarios) caminaban entre los vivos y aconsejaban a sus pupilos mientras los conducían del brazo por entre las columnas del gran salón de la Literatura. Nostalgia. Luego vino el caos (hoy, hasta una nueva especie de “másters” coletea en páginas y redes sociales ofreciendo cursos de “escritura creativa”, una especie de emprendedurismo, de coachings literarios). Precisamente, recordé la arenga de Doménico en Nostalgia de Tarkovski: “los grandes maestros han muerto”.
No es un despropósito iniciar la reseña sobre este libro de relatos con esta aparentemente malhadada disertación. Me mueve un sentido meramente hermenéutico: a lo largo de sus páginas, la escritura de Javier Caravantes transcurre entre vericuetos y tramas donde la búsqueda del oficio convive de manera intrínseca con las razones existenciales; vida y literatura son el eje de lo circunstancial, sea abriéndose paso con su carga estética para habitar un medio hostil, muchas veces ceñido por las exigencias y frustraciones de “la vida literaria” y otras estrujado por la violencia o la lucha por el sustento. La crónica asoma entrelíneas porque es irremediable para el escritor testificar contra el deterioro cotidiano, el propio y el circundante, pero no con efectismos y menos con irritación o queja; más bien un poco a la manera de las pinturas de Édouard Pingret, despojadas de la acrimonia escenográfica de la pobreza mexicana, con pinceladas finas y resplandecientes. Creo que en los relatos de Caravantes se trasluce sin recato, con fidelidad, esa “necesidad de escribir” que otros usan más bien como eslogan. En alguna parte de Los Diarios de Emilio Renzi, Piglia lo diría mejor: “todos quieren ser escritores, pero nadie quiere escribir”.
II
El Aleph es un biombo es una indagación constante, circundante, de los procesos de escritura. Cada relato está en la búsqueda de sus propios “riesgos estéticos”, en “poner en riesgo al lenguaje”, como se plantea una y otra vez Caravantes en el texto que da título al libro. En triada indisoluble (autor, personaje e historia) están a prueba todo el tiempo, se yerguen desde la cotidianidad para ensayar una proeza existencial que nunca se cumple porque no alcanza a ordenar sus fragmentos y, a veces, ni siquiera a reconocerlos. Estos relatos comparten una contradicción, una simultaneidad paradójica que va desde el propósito por distanciarse de cierta mesura en el pulso (el impulso), por narrar desde la consistencia y lo tensional, desde las unidades sintácticas apretadas, hasta una oxigenación amplia en el ritmo, incluso con espacio suficiente para tallerear, para reflexionar acerca del oficio desde la imposibilidad que impone la exigencia, en un ejercicio demandante que reniega de sensacionalismos. Si quisiéramos ver en este libro de relatos sólo los avatares de una vocación literaria, o de una generación (el autor nació en 1985), con sus desencantos y frustraciones, quedaríamos muy lejos de los atributos de su urdimbre y de su propuesta narrativa. El punto de mira que propone Caravantes nos permite observar de lleno que la apropiación de sus materiales y recursos literarios no ha sido gratuita y mucho menos cómodamente heredada. Y lo dice con todo el peso de sus palabras:
“Ojalá una guadaña se descolgara de las alturas para cercenar el cuello de autores mediocres. Arrancar con recursos tan gastados. Quién sabe cuántos intentos después conservas vigente la posibilidad de narrar anunciando calamidad. Vas a cumplir una década esperando que la escritura te lleve a desarrollar estructuras y tramas complejas, a depurar la prosa hasta encontrarte singular. Vuelves la mirada al techo, lamentas con sinceridad que otros más, muchos más, incontables, hayan gastado el filo de esa guadaña” (p. 95).
El itinerario ficcional de estos relatos no persigue la sucesión de acontecimientos, más bien transcurre desde diversas perspectivas porque la necesidad de indagar es su verdadera conexión con la escritura. Como dice el autor precisamente en “Ejercicios literarios”:
“lo mío es una decisión ética que responde a la reflexión que conlleva ejercer un oficio. Para mí está mal simular de cualquier manera alguien que no soy. Me parece francamente ridículo imaginar sensaciones o pensamiento que efectivamente es imposible me sucedan” (p. 22).
Pero no es una “decisión ética” lo que Caravantes asume como manera de narrar, de insertarse en la ficción; el asunto —creo— va más lejos. Su noción de escritura, eminentemente referencial de una totalidad fragmentada desde el sujeto y su experiencia, sólo puede ejercerse desde una perspectiva metafísica; esto es, más allá de lo observable (que lo aleja de lo fantástico) y de lo tangible (que lo aleja de lo meramente autobiográfico o de la no ficción).
De los siete relatos que integran El Aleph es un biombo, podría decirse que tres funcionan a manera de visillos desde donde se atisba “el suceso” como una representación fragmentaria, ajena a una lógica narrativa que apele a lo secuencial (“Buscar”, “Hermanos”, “Verdes”); dos que bordean y contienen el libro en un plano intuitivo pero como fragmento de una dualidad muy cercana —si la asumimos en su complejidad paradójica— a una poética propia, a una especie de declaración de oficio (“Ejercicios literarios”, “El Aleph es un biombo”); y dos relatos restantes, los más estructurados a mi parecer, que desarrollan a plenitud los “riesgos estéticos” que Caravantes se propone no solamente como designio narrativo, como unidad de organización del lenguaje, sino como causa y principio de la experiencia y la escritura (“Árboles de ramas demasiado curvas”, “Obra”). Explico esta —quizá— arbitraria clasificación del contenido del libro: aunque en general los relatos mantienen un tono distintivo, un tratamiento orgánico y concentrado, una sintaxis precisa, sin efectismos, sin complacencias, casi de rasgos estilísticos veristas, cada uno incorpora fragmentos diversos de lo circundante, como un caleidoscopio que obedece al principio de simultaneidad donde no sólo lo cotidiano es tangible, sino que mira la realidad bajo sus propias y amplias significaciones. De ahí que se note (se “oiga” en el tecleo) cierta prisa por narrar, un asedio frenético de verbos que no necesariamente significan acciones en cascada, sino actos que apelan a la reflexión; como en el caso de Henry Miller (que Caravantes hace muy bien en homenajear) para quien la escritura, en su devenir autobiográfico, termina siendo un invaluable instrumento de investigación.
No recuerdo bien si fue Azorín quien dijo que, para el escritor, era necesario indagar en sus propios recursos estilísticos antes de intentar comprender el mundo. La afirmación puede ser debatible, lo seguro es que el aprendizaje de la escritura pasa necesariamente por ese estado que El Aleph es un biombo retrata con fidelidad y que —retomando la frase de Piglia citada al inicio—Caravantes asume de manera muy decorosa: le importa más escribir que “ser” (o parecer) escritor, y eso hace mucha diferencia.
III
Es inevitable no referirme al “trabajo” editorial (concediendo que pueda llamársele así) que el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla (IMACP) hizo con este libro. Preocupa e indigna, como lector, que no haya habido el menor cuidado no sólo de edición, sino del diseño editorial: párrafos cortados, sangrías a capricho, una caja tipográfica poco agradable a la vista, un par de líneas al final de un relato que no deberían estar ahí, cornisas saturadas… La lista es larga y no vale la pena enumerarla completa aquí. Sólo creo que el autor merece respeto y su libro un mejor destino; o por lo menos un editor responsable.























