Frutos de sal de Ángel Cuevas

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Recibo un atractivo cuadrivio del editor Alfonso D’Aquino que me motiva a abrir un paréntesis en mi jornal de por estos días, y que ahora, agradecido, comento:

Se trata de un libro-objeto cuyo título es Frutos de sal, mismo del conjunto de 13 poemas que lo ocupa, originales de Ángel Cuevas, así como de una exposición de 28 esculturas de Mar Gasca Madrigal y de la brillante presentación que Gabriel Bernal Granados hace de ambos artistas y su obra desde la contraportada del propio volumen.

Es decir, que se trata de una pequeña, colectiva y bella sala de arte, edificio de cuatro espacios de expresión óptima: en principio, el libro en sí mismo, poema gráfico del previo poeta verbal, diseñador y editor D’Aquino. De igual manera, habitan en él la dicha obra escultórica de Gasca Madrigal y la “cuarta de forros” de Bernal Granados, secciones sobre las que opinaré luego de referirme a la poesía y aun a la poética de Ángel Cuevas, que es, digamos, el anfitrión del festejo.

El poemario se inicia con la siguiente combinación de un verso corto y otro largo (mayor que el modernista alejandrino de 14 sílabas), dupla, en este caso, de un admirable nivel johnpersiano:

             ¡Se ha roto el dique!

¡Se ha vuelto cada vez más urgente, oh Mar, que en mí te reconozca!

 

Además de su métrica extremosa, esta bella pero también inquietante dupla muestra un juego de cacofonías que por la calidad de los vocablos a los que pertenecen, y por su ritmo sosegado, nos lleva de inmediato a ubicar el poemario de Cuevas en el rigor de cierta ley de la retórica clásica, en el sentido de que hemos de volver a encontrarlo a lo largo del mismo, ya como la tónica principal, ya en equilibrio con otras formas de versificación. O, si ya no cuantioso, al menos como un eco necesario, una o pocas veces más, a fin de que testimonie su voluntad de existencia y no sea percibido como un defecto o como una simple aunque bella casualidad. Por lo pronto, nueve versos adelante Cuevas reitera tal audacia con estos otros dos versos de la misma clase, turgentes éstos, de suyo, de un pasado a la vez bíblico y gaulesco:

 

…ese niño arrebatado que regresa sonriente entre las islas,

       trazo de pez espada que relumbra al nacer

A la vez que su aparición frecuente en el corpus del libro, en el dialogado y antepenúltimo poema XI de Frutos de sal leemos, entre otros, estos versos largos no menos brillantes que la generalidad de los mismos, los cuales confirman otros pareceres míos que en breve referiré:

¡Todo por aquel efebo que al oír tu primer canto(,) fuera de sí se arrojó contra las crestas!

    Exacerbada por la sangre, la prole hambrienta me arrebató hasta el último despojo…

    ¡Pero yo hurté el cofre que esas sierpes ocultaban!

Ahora te buscarán hasta profanar tu gruta y recobrar su tesoro…

    Conchas corales, caracoles anillos, algas collares, perlas vírgenes…

    ¡Frutos de luz nacidos en las profundidades!

 

Respecto de mis pareceres por referir, digo que en los dos versos que cito del “niño arrebatado” advertimos de nuevo, acaso ya como un abierto homenaje a Saint John Perse, una posible asimilación cueviana de los dos principales usos retóricos del poeta francés, que también el siglo pasado el mexicano José Carlos Becerra enarbolara: en primer lugar, el ya visto verso largo, mas, ahora, la búsqueda de la aliteración (sonido “bueno”) mediante su antes siempre ofensivo contrario que era la cacofonía (sonido “malo”), aquí a partir del fonema “rr”: “arrebatado”, “sonriente”, “regresa” y “relumbra”. Este efecto sonoro maximizado por Perse y por Becerra, mismo que antes Rogelio Ruiz y Rojas había tomado del modernismo por ejemplo en la siguiente estrofa (del soneto XVII de Preludio) con los fonemas “gr”, “br”, “pr” y “rd”:

El tigre se desliza por donde la tigresa

pasó con sus donaires de lúbrica princesa,

y en un idilio pleno de ardientes poluciones

le brinda cuanto puede brindar un tigre en brama…,

 

este efecto sonoro, digo, se me ha revelado siempre como uno de varios recursos de algunos poetas hispanohablantes de hoy para exaltar los “errores” humanos de la generalidad de los mortales y combatir el empingorotamiento de la poesía decimonónica llamada “decente”, aquella que además de evitar los improperios y los temas sociales o populares ignoraba de paso el verso largo mismo y, no siempre con razón, las cacofonías. Me refiero a los verdaderos errores, a las deficiencias o distracciones, a las verdaderas fallas, y no a los abusos embozados en cualquiera de tales posibilidades. Más acá, me he convencido de que en su primordial carácter de excesivos los recursos estilísticos que menciono expresan también el desacuerdo consciente o inconsciente de muchos hombres de veras “decentes” que nos oponemos al llamado “uso minimalista” del lenguaje, por considerarlo una manera de simular la destrucción del principal instrumento de la capacidad razonadora de los humanos.

Para agotar el tema de la aliteración y la cacofonía en función aliterativa, reproduzco la primera estancia o “estrofa irregular” de Anábasis, de Saint John Perse, en versión de José Luis Rivas. Se da aquí una ulteriormente bella combinación de la mejor aliteración en español, que es la del sonido ”s”, con la ya vista cacofonía en “rr”, “tr”, “gr”, y aun en “pr”, y con otra aliteración en “s”, para terminar con dos versos de luminosa sonoridad, ya no sólo de retórica, sino de semántica:

 

Sentando mis reales con honor en tres grandes estaciones, tengo un buen presentimiento del suelo en que he fundado mi ley.

Las armas y la mar son bellas en la mañana. Entregada a nuestros caballos, la tierra sin almendras

[nos vale este cielo incorruptible. Y el sol no es nombrado, pero su señorío es entre nosotros,

y la mar en la mañana, como una presunción del espíritu.

 

Otro uso léxico que inquieta desde el primer poema de Cuevas es la puntuación anárquica, o sea el riesgo culterano asimismo de los dos siglos anteriores que vuelve ambigua la lectura del verso y que a un lector incipiente puede provocarle el abandono de la misma, si bien al “avanzado” puede llevarlo a una insistencia con perspectivas de integración al proceso creativo del poeta que la gestó. Como prueba de ello, me he permitido agregar en una de mis citas anteriores una coma luego del vocablo “canto” del poema XI de Frutos de sal. Y ahora volveré a hacerlo al término del segundo “abismos” del tercer verso del poema I, y otra vez luego del vocablo “mismo” de este mismo, que cierra la estancia, o sea la estrofa irregular de la que forma parte. Por no poseer la coma el primero de tales vocablos, el verso obliga a cierta precipitación de su lectura, que al ser rectificada hace perder el alto aliento de su trazo. Éste lo recobra el lector “avanzado” en su inmediata insistencia, y lo regusta, y aplaude el verso igual que si el signo de puntuación hubiera existido, y sigue adelante en busca de otras bellezas como ésta; pero el lector incipiente, quien mucho me gustaría que se suscribiera a la poesía cueviana, podría enredarse allí y desecharla por siempre:

             ¡Se ha roto el dique!

¡Se ha vuelto cada vez más urgente, oh Mar, que en mí te reconozca!

             Que en mis abismos vea el pez que mora en tus abismos(,)

             el que ha quedado ciego, corroída la carne a la intemperie

             cuando salta de ti salido de mí mismo(.)

Luego, en el sexto verso del segundo poema de Frutos de sal lo antedicho se muestra aún con mayor fuerza:

savia sangre candente, coito todo

Si, pasando por alto la ausencia del punto final, aceptamos este verso como Ángel Cuevas nos lo ofrece, estaremos reconociéndole a la sangre, mediante el epíteto, su primordial cualidad nutricia. Lo mismo, digamos, que si dijera “roja sangre” y no lo modificásemos estaríamos aceptando tácitamente la coloración normal de la sangre humana. Pero en ningún caso será posible evadir la duda de que se trate de una lamentable errata por “sabia”. Y entonces, aun si en lo íntimo preferimos agregarle una coma a la primera palabra del verso en cuestión (savia, sangre candente…), el automático resultado del todo ya leído con la segunda cláusula del verso podría obligarnos a desatar una serie de tentativas cientificoides antes que nada distractoras, sacudidoras de nuestro pacto emocional con el poeta y que podrían así, incluso, proponernos a nosotros mismos, lectores “avanzados”, el abandono de la lectura. Es éste el riesgo de la puntuación anárquica, muy frecuente en la poesía en verso en español desde hace ya cosa de dos siglos, y que desde luego, estoy convencido, impide al lector incipiente enamorarse de la literatura poética en general o, al menos, puede retrasar en él esa intención ennoblecedora.

Mas, al parejo de todo lo anterior, intuyo que este nuevo barroquismo se muestra como un postulado de alegría sonora, como un heraldo de aquel mundo feliz en la libertad, acaso de veras y desgraciadamente utópico, enunciado primero por la naciente pintura abstracta de Antonio Pevsner o Naum Gabo, y luego por la ya más coetánea expresividad de Jakson Pollok o Franz Klane, iracunda en ambos artistas, y también con la reivindicada presencia de la niñez no vista como tal hasta el propio Siglo XX por el pincel y la espátula de Paul Klee o Joan Miro, y también en la escultura de este último.

de otra parte, regresando al igualmente poderoso fenómeno de la palabra, digo ahora que abundan en el poemario de Cuevas versos sumamente audaces y provocadores, tanto en los estilos ya revisados como en otras modalidades igual de complejas:

Con rima interna:

Pez renacido de tus secretas grietas (poema II, primer verso).

Con rima externa:

¡Ven caballo de las profundidades

renacido envuelto en llamas

llévame al mar sin fondo

bajo el favor de las deidades! (poema XII, versos 11º a 14º.)

 

Con rima externa y tipografía disímbola:

             …con los ojos abiertos a la nada

Aguas extrañas azotan esta isla solitaria… (poema VI, versos 9º y 10º.)

 

Con cacofonía anulada por su gradual desarrollo semántico:

Cultivo, caldero, cocimiento (poema II, 7º verso.)

Con polisemia notable:

¡Leva tus brazos..! ¡Surca mi piel..! (poema I, 9º verso. Es decir, torna el ancla de tus brazos en arado para el mar que es mi cuerpo.)

Antes de reproducir aquí uno de los poemas de Frutos de sal que más me han emocionado, agrego que me satisface reconocer como “hiperpoesía” todos los excesos o “licencias” de la actual expresión poética en verso, incluido el uso de arcaísmos o vocablos “domingueros” (vivos y elegantes, aunque no usuales), con lo cual, de paso, me inscribo en el ostensible “hiperismo” del habla contemporánea.

Pero tales excesos, agrego, se me revelan, además de como lo que ya antes acumulé, como la necesaria orquestación musical de la fiesta sinfónica que nos llega desde el otro lado de la ventana, para acompañar al instrumento solista que atendemos de frente y que nos emplena el espíritu. Desde luego, se sobreentiende, tales vocablos del “acompañamiento” pueden acceder (y así lo hacen a menudo) al plano de la melodía verbal, como ocurre con el sonido o con el ruido en las artes de la música instrumental y del propio canto.

Ya para terminar, por ser a la vez antecedente y contrapunto estilístico de Frutos de sal (como en un decidido oxímoron), me complazco en traer a este recorrido el poema “Sueño del ojo”, del anterior libro de Cuevas: El silencio del bosque (2010). Ya desde él podemos saludar algunos de los aspectos que aquí mismo he comentado, así como el cueviano gusto por la eufonía que el idioma español suele mostrar en sus más aplicados oficiantes:

            Una mano me ofrecía otro racimo

            de diminutos frutos cristalinos:

            áureas cabezas de las piñas

            palpitantes ciruelas

            pencas de dedos enguantados

entre enigmáticos coágulos nocturnos

 

            De un mismo tallo pendían

            giraban frente a mi rostro

            y mis yemas los rozaban…

 

            Sin verlo arranqué uno

            de verdinegra piel y vellos encarnados

            que al abrirse

            como un párpado áspero

            dejó ver un ojo ciego

            que reflejó en su retina

            mi asombro imborrable

 

            El fruto incierto

            caído de mis manos

            se hundió en la hierba…

            entonces desperté

            con este frágil aroma

            entre los dedos

 

Así, pues, además de la lectura recurrente de la obra de Ángel Cuevas, recomiendo, para agregar bonhomía y contento a nuestra cotidianidad, la memorización de alguna de las 13 versificaciones del libro-objeto que vengo degustando. Yo me propongo hacerlo con ésta que sigue y que es la encabezada con el número VII en su magnífico poemario :

      Un haz azul agita la marea

      se hunde en el abismo

      se estrella y estremece

      quiebra los arrecifes

      fragmenta las olas erizadas

      aroma el aire que aletea

 

      Resurge en pez espada

      delinea su silueta

      su lengua rasga el aire

      recorta el horizonte

      traza círculos de vidrio

      y canta salmos de agua

 

      El horizonte arde

      su filo corta la mirada

      se ahoga en mi garganta

      dádiva de dioses ebrios

      que despierta la muerte

sacia la sed hasta inundarme

 

2

 

En la galería de arte que es igualmente el libro de Ángel Cuevas, la poesía literaria dialoga con 28 esculturas de Mar Gasca Madrigal. Pero para entrar en esta galería no hay necesidad de abrirla, oxímoron posible gracias a que el editor Alfonso D’Aquino tuvo a bien incluir en la carátula una de tales obras “matéricas” de la exposición: sobre un cuadrado color Océano Atlántico, los nombres del propio libro, del poeta y de la escultora se muestran en un denso arrecife de varias palabras albas y un quizás fragmento de abanico marino, que desde luego anuncia el que hallaremos, no abigarrado sino matizado apenas por ciertos ocres, grises o verdores, en cuanto iniciemos nuestro buceo. Y ya con esto, más la semántica misma del título y un antecedente definitivo que revelaré más adelante, como diría José Gorostiza (Pausas, 2), adquiere un sabor de sal nuestro pensamiento.

Una peculiaridad del arrecife de la carátula es la primera letra, de un verde aceituna que respeta la lisura tonal de los signos alfabéticos impresos. Esto lo notamos al ver que la primera escultura de Gasca Madrigal, que se ubica bajo su propio nombre, es, en cambio, volumétrica. Porque lo es, no obstante ser ella también una impresión tipográfica como la “F” del principio, en virtud del leve oscurecimiento que su coloración presenta en el lado izquierdo y en la parte inferior. Un perfecto Trump l’oeil, trasladado por el maestro D’Aquino desde el Siglo XVII hasta nosotros. Y al fondo, bajo la punta de la red silícea de la escultora Gasca Madrigal, y en modesta y debida pequeñez, el logotipo circular de la firma editorial dradek.

 

De esta manera, sin duda la mejor posible, la pregnancia de la carátula nos invita a comprobar que el mismo fenómeno de aceptación de lo óptimo mediante la bienhechura habrá de darnos momentos de goce pleno durante la inmersión en el, ya también, acuario escultórico que tenemos a la vista.

 

Influido sin duda por la ficha artística del libro-galería-acuario, pienso que la obra aquí presente de Mar Gasca Madrigal recoge el rigor de las estructuras del constructivismo ruso, pero reubicado en seres naturales, y no como los materiales de construcción o geometrías que urbanizan las telas de Alejandro Rodchenko o de Lazar El Lissitzky. Más bien, se notan humectados por el definitivo aspecto marino de la carátula del libro que los contiene y, luego, por el recuerdo de los brillos a la vez que por las porosidades de Hans Arp, de Antonio Pevsner o de Constantino Brancussi, y de algunos abstraccionistas colaboradores del primero, entre los que el más conocido quizá sea Enrique Moore. Éste, en particular, por el equilibrio entre la materia esculpida o modelada y los silencios de la oquedad, exigencia histórica y estilística tanto musical como visual luego de las euforias barrocas de Paganini o Ravel, o de la Capilla Sixtina y el rococó.

El rigor de Mar Gasca Madrigal domina ya, sobre cualquier otro ejemplo, desde la estructura reticular de la carátula, alarde de equilibrio dinámico. Esta obra inicial suya sugiere de inmediato un fragmento de abanico marino. Pero luego, en busca de la confirmación de esta supuesta obviedad, pensamos que quizás lo que esté recreando sea el microscópico esqueleto silíceo de un organismo arrecifal, “microbiolito” o “demosponja”, antinomia a dilucidar aún por los científicos. ¡Ah!; pero, en cualquier caso, cercano a los trazos fractales de los más antiguos símbolos del paganismo celta, irregulares en su semejanza con lo arbóreo de los bosques de tierras altas, anteriores a la pregnante regulación propia ya de los símbolos posteriores de la misma etnia y del infinitamente equilibrado arabesco del islamismo. El microbio al que me refiero, sea el que más adelante resulte ser, parece haber surgido durante el periodo “Ordovícico” de nuestro planeta. O desde mucho antes. Así dicho, está aquí desde hace entre 485 y 890 millones de años. Y además, si resulta ser una esponja, como parte de los biólogos lo propone y que en nuestro caso sería no sólo viable sino necesario, se trataría del primer ser vivo que adquirió la capacidad de evolucionar. Quiero decir con esto que hemos topado, merced a la poesía oceánica de la escultora de Frutos de sal, con un fundamento de la Geología y, más precisamente, no sé si ya validado o no por los conocedores, pero del todo fascinante a la vez que desgarrador resumen de nuestra propia Historia.

Porque al avanzar ya por el libro en busca los propuestos brillos verbales o táctiles, aparecen de súbito oscuras aletas con forma de planta de pie, aún sin dedos, pero ya aptas para traer a los primeros peces semiterrícolas a la vegetación de bosques y selvas, sugerencia de la planta de nuestro futuro pie, y luego asociaciones visuales con elementos también ya humanoides, como manos de seis dedos de alguna rama de Neanderthales, según alguna vez fue divulgado. Y abundan debidamente las chinches marinas, por lo general heptasegmentadas, y algunas de pronto extrañas realidades alejadas del mar, como peculiares globos terráqueos, y caparazones cuya real bidimensionalidad no nos impide asemejarlos, a los primeros, con nuestra percepción de la forma de los planetas del Universo, y a los segundos, con las amplias canastas de fibras vegetales con que al principio del tiempo hemos de haber atrapado en los oleajes a colonias y más colonias de artrópodos herederos de la suculencia de los trilobites. Luego, entre todo ello aparece alguna evocación de la navaja de sílex con que en nuestros primeros eones, ya en “tierra firme”, destazamos a las bestias o a las fieras que por igual fueron nuestro sustento.

Para esta elucubración de mi parte sobre la aumentada volumetría de las esculturas que digo, cuentan ostensiblemente las nuevas apariciones del efecto barroco engañador de la mirada que el maestro D’Aquino ha desplegado bajo ellas, apenas detectable, pero de consecuencias determinantes: la sombra que en cada caso una luz llegada de arriba, a lo Rembrandt, desde fuera de la página que sí vemos, sugiere la esfericidad de los mundos de piedra policromada de las páginas 13 y 14, así como el grosor de la navaja de sílex de la 15, exacto para su uso por la mano de nuestro antepasado paleolítico cuando destazaba al cuadrúpedo de marras.

Obviamente, los de Mar Gasca Madrigal son seres de evidencia húmeda, como corresponde a su origen. Pero entre ellos hay que exceptuar varios que aun en su propio fondo marino o en la humilde cercanía de los acuarios domésticos representan a muchos otros que ofrecen a la vista y al tacto esa cierta resequedad porosa de no pocos moluscos y fósiles. Nuevo oxímoron, que anuncia ya algo importante o es sólo un abuso retórico de mi parte. Inquietante aprieto.

Ahora bien, la serie de la penúltima sala de exposiciones, quizás cosecha común de los maestros D’Aquino y Gasca Madrigal, mezcla tremendamente la belleza vitalísima de los más pequeños seres de la escultora y una inevitable sugerencia de puntas de flecha, una panoplia en principio elegante, pero congruentemente agresiva. Hasta hoy, el más conspicuo antecedente del destino de la especie humana: el guerrero. Es el lamentable testimonio ulterior de nuestra conquista de esta “tierra firme” que quizás esperaba más de nosotros. Por eso, escudándome en la polisemia propia de todo arte, y entre otros ojalá más justos, hago así un último comentario sobre este espléndido aunque para mí contradictorio recorrido submarino por el tan inusitado edificio que ha resultado ser Frutos de sal. Sin duda, una óptima expresión léxica para sintetizarlo, en vez de mi antedicha “belleza desgarradora”, sería “Belleza cruel”. Pero ya Ángela Figuera tuvo a bien acuñarla para su poemario de combate. Porque quiero abarcar con ella mi personal estructuración de su contenido escultórico tal una variable del quijotesco y siempre polémico “Discurso por las armas y las letras”.

Dije alguna vez que este hecho cervantino fue la cuota que nuestro alma pater hubo de pagar al poder de los belicómanos de su tiempo para poder legarnos su toral obra. Y que de él pudieron haber tomado ejemplo otros grandes como Alberto Einstein, al idear la bomba atómica, o el divulgador científico Carlos Sagan, al reprobar por sistema la evidencia de la relación “mágica” entre el hombre y la naturaleza, incluidos sus congéneres, en vez de indagar su causalidad, misma que hoy la mecánica cuántica ha comenzado a descifrar en el pizarrón de la realidad científica.

Afortunadamente, don Miguel incluyó en su mismo grandioso corpus literario el pasaje aquel en el que Don Quijote y Sancho van por el camino y se encuentran con un jovenzuelo que avanza a pie, con su pobre ato de ropa al hombro, cantando que va a la guerra obligado por la necesidad, pues si tuviera medios para vivir en paz no lo haría. Y para ningún lector responsable pasa inadvertido que ese jovenzuelo es el que el propio Cervantes fue en su momento. Sagan, por su parte, acepta en su novela Contacto la factibilidad de otra dimensión humana al dejar que su personaje central, la radioastrónoma que cuando era niña perdió a su padre y maestro, se reencuentre con él en un atisbo preciso a ese plano de tan lógico si bien restringido frecuentamiento por parte de los pueblos de siempre.

Declaro así mi parecer de que en todo caso Mar Gasca Madrigal ofrece al maestro D’Aquino, como el mármol a Miguel Ángel Buonarroti (si tal fue el caso; es decir, si no le fue sugerido por ella misma) la entraña marina evidente para diseñar la historia que yo he tenido la buena suerte de poder leer ahora. Su cuota, que es sin duda negativa en un primer término, se ennoblece, si bien dolorosamente, con el bimembre de su último y, siempre sí, justificado aunque quizás muy exagerado oxímoron: en vez de apuntar hacia arriba, hacia un futuro horroroso, lo hacen hacia abajo. Como si al fin los humanos estuviésemos recobrando con dignidad nuestro doble apellido taxonómico sapiens sapiens, de deplorable abdicación nuestra desde que salimos del Paleolítico, y dejáramos en prenda, con las siete nuevas muestras machistas que antes sólo insinuaron nuestra semibárbara condición de milenios desde las conchas de algunos moluscos del acuario de Mar Gasca Madrigal, para declarar con la propia artista que sí, que así estamos haciéndolo. Que hemos depuesto las armas con que, temporalmente desquiciados, quisimos consagrarnos como creaciones fallidas de la naturaleza.

 

3

 

Sin duda, la cuarta de forros de Frutos de sal, hecha por Gabriel Bernal Granados, es una de las mejores que he leído. En su caso, lo que no interviene para esta distinción de mi parte, y como ya el amable lector lo sabe, se trata bien a bien de dos presentaciones: la del poeta Ángel Cuevas y la de la escultora Mar Gasca Madrigal.

De no ser porque el cuadrivio que nos ocupa es una obra de arte que encierra las otras que vengo comentando, lo cual el lector advierte de buen golpe apenas lo tiene en las manos, no hubiera roto mi costumbre de leer o contemplar primero la obra objeto de la opinión de ese “tercero” que es, aquí, el mencionado presentador y que por lo general denota a algún columnista especializado. Por fortuna, entonces, la cuarta de forros de Bernal Granados me atrajo antes de abordar la lectura del poemario de Ángel Cuevas y antes de hacer la inmersión detallada en la escultórica de Flor Gasca Madrigal. Declaro que ha sido toda una experiencia, por cuanto desde joven me propuse hacerlo al revés, para no verme influido en primera instancia por el comentarista del caso, ni para bien ni para mal. Y aquí, como el amable lector lo concluirá de su propia lectura, me ha ocurrido exactamente lo contrario: no obstante el postulado del presentador acerca de que la amalgama de obras de arte de este libro “Se trata de… cambios intestinos previos a la aparición del hombre”, he podido convencerme de que es también, contradicción magnífica, una recreación de lo que ha sido nuestra propia historia. Por añadidura, se ha hecho evidente una vez más que el arte es una antonomástica polisemia.

Consciente de lo que significa no contar más que con un párrafo para atraer a cualquier lector, y no sólo a mí, apenas en el segundo paso de los seis que hacen su trabajo completo hacia la altura del faro, o sea en el segundo de sus conceptos, Bernal Granados expresa:

 

…Sin saberlo de antemano, Mar Gasca y Ángel Cuevas han construido finalmente un entrevero: un punto desde donde mirar y reflexionar sobre el instante, la sedimentación del tiempo y pequeñas mutaciones que encubren, en un mundo apenas creado, el cambio de la materia en sustancia…

 

Renglones adelante, con no menor manejo de la belleza de nuestro idioma, el presentador refuerza así nuestra confianza en lo que habremos de hallar en la ya inaplazable lectura de Frutos de sal:

 

…En este escenario primigenio, del mar y sus murallas flexibles, emerge la palabra, palabra tan concisa y pulida como el barro que moldean las manos de la escultora…

 

Y afortunado conocedor yo de algo de la poesía previa de Cuevas, habiendo hojeado la galería “entreverada” en ella por la escultórica de Gasca Madrigal, y ante esta última gala de Bernal Granados, que me permitió regresar al José Gorostiza del dictamen

 

No es agua ni arena la orilla del mar…

(“La orilla del mar”, Pausas, 2)

 

completé mi ya naciente intuición de que ese “escenario primigenio” postulado por el propio presentador es en dialéctica parte, en su óptima fiesta de palabras y formas, la compleja historia humana.

Por si la motivación que digo no fuera suficiente (sí que lo es, pero me ocurre ahora que desearía seguir hablando un buen rato de todo este hallazgo) con gran acierto el redactor de la cuarta de forros cita los siguientes versos del poema XI, acaso los más bellos del conjunto cueviano:

 

Bajo el coral de tu corona se enciende la cicatriz de tu frente

quebradizo y blondo tu pelo eriza la brisa y en tus iris se desata un torbellino azul…

 

Ignoro si es Ángel Cuevas o si son sus editores quienes invitan a las fiestas como ésta a los presentadores de las mismas. Pero sea quien sea el responsable de la de Gabriel Bernal Granados, así como el de la de su anterior poemario, El silencio del bosque (Ediciones sin nombre, México, 2010), debe anotarse ese también plausible mérito. El de este anterior libro fue el poeta José María Espinasa, cuya cuarta de forros muestra conceptos igual de brillantes que los que ahora me han ocupado, los cuales cierran con la siguiente afirmación:

 

Poemario de excepcional seguridad en una voz que nace plena desde sus primeros acentos.

 

La de Bernal Granados se hermana con ella mediante este final del mismo peso ideológico y del mismo brillo léxico:

 

   Ángel Cuevas ha encontrado en este ejercicio de imaginación primitiva, en este retorno a los orígenes, la maduración de su propia voz.

 

4

 

He comentado ya mi parecer sobre el hecho feliz que significa la aparición del poemario Frutos de sal, de Ángel Cuevas,

En un aspecto menos lucido, el libro no sufre de ninguna errata. No siempre son necesarias la “perfección” o la “limpieza”, sobre todo cuando se expresa lo humano. Además, sigue vigente la conseja de que la excepción confirma la regla, variante, no del todo despreciable, pienso yo, de su versión original y legítimamente rigurosa: “La excepción pone a prueba la regla”. Incluso, nunca deja de rondar los linderos de la creación artística y de sus colaterales la referencia de Gillo Dorfles (El devenir de las artes, Fondo de Cultura Económica, México, 1963) de que los antiguos maestros persas de la tapicería solían dejar un hilo suelto en sus famosos tapetes, para que no fuera a creerse que eran obra de Dios; pero cuando hace mucho tiempo que tales tendencias se abandonaron en el trabajo editorial, hasta prácticamente enarbolarse en él la “imperfección” y la “suciedad”, ya por el descuido, la impreparación o la perversidad de los editores, el inusitado hecho es de aplaudirse con energía, como en el caso de Frutos de sal.

El marbete “Cuidado de la edición:”, equivalente al de “La edición estuvo a cargo de…:”, ha de reportar mucho orgullo al poeta y editor Alfonso D’Aquino. Remite, excepcionalmente, a una responsabilidad profesional que durante casi un par de siglos indicó progreso en la cultura, y no decadencia humana como la que hoy se evidencia en su insultante escasez.

 

 

Ángel Cuevas y Mar Gasca Madrigal, Frutos de sal, Ediciones Odradek, México, 2020, 48 p.