Para Leda Rendón
Con seguridad habrá quien recuerde que sólo salíamos a alimentarnos durante los años rata. Con toda certeza ésas eran las temporadas más difíciles para los lugareños, aunque afortunadamente para ellos, son muy raras. Apenas los relojes acababan de dar la doceava campanada anunciando el nacimiento del nuevo ciclo, salíamos de los cuerpos que nos habían guarecido y como langostas asaltábamos campos, villas, ciudades… Una oleada oscura invadía todo aquello que olía a civilización. Nuestros chillidos se mezclaban con los gritos de dolor de nuestras víctimas. Había quienes nos dejaban tributos con la ingenua idea que con ello respetaríamos sus moradas y sus vidas. Otros pintaban enormes runas en las puertas pensando que de forma mágica nos rechazaría. Curiosamente quienes apelaban a esas medidas eran los primeros que caían; nos veían con los ojos enormes, perplejos mientras sus cuerpos eran destrozados y arrastrados por una voraz orgía. En medio del desenfreno, por alguna razón, siempre se escuchaba a un volumen altísimo, Hey, Porter, de Jhonny Cash (razón por la cual alguien propuso sin éxito que a estos ciclos se les conocieran como años Jhonny). Aprovechábamos hasta el último momento para devorar todo, hasta a nuestra lujuriosa gula, y con la última campanada del nuevo año regresábamos al interior de los cuerpos que nos albergaban, los cuales, habían disminuido su número. Ello nos obligaba a ocupar cada cuerpo por decenas. Ingresábamos de mala gana, como contorsionistas, maldiciendo entre codazos y empujones tratando de ganar espacios para dormir pero donde nunca podríamos sentirnos en paz. Tras nuestro ingreso, los dueños de los cuerpos recobraban conciencia y veían azorados la destrucción a su alrededor. Nunca llegaron a explicarse qué había pasado, y en vez de reconstruir lo que nuestra voracidad había devastado, preferían destruir lo poco que quedaba en pie y erigir nuevas ciudades dejando lo dañado como atracción de turistas. Contrariamente a lo que se pensaría, no me gustan los años rata, los detesto. El alimento no me deja una sensación agradable y por el contrario, me siento como si sufriera una mortal resaca, además termino herido como todos. Como podrán imaginarse fue en una de esas temporadas donde me arrancaron mi rabo, mi mano izquierda y uno de mis cuernos. Pese a que Anaís es mucho más joven que yo, también vivió un año rata. De hecho tiene una remera que dice “Sobreviví a un año rata”. Es evidente que con el trajín era casi imposible que llegara a reparar en mí. Yo sí la vi. Vestía siempre de negro. Nuestra vida ha sido una serie de desencuentros.
Los años lémur en cambio, los usamos para aparearnos. Se trata de feroces orgías donde una gran parte de nosotros resultan muertos entre el furor sexual y el afán de conseguir el mayor número de parejas. Hubiera querido conocer a Anaís en esos años y hacer mío su cuerpo perfecto pero la conocí en un año lagarto, cuando ambos nos encontrábamos aletargados, yaciendo en una marisma inmunda. Ella tenía acento extranjero, claramente venía de un año más activo. No obstante nuestras diferencias, decidimos vivir juntos con medio cuerpo metido en esa enorme charca a donde nos visitaban aves que se posaban en nuestras cabezas y se alimentaban con nuestros parásitos. Anaís y yo escuchábamos a diario el pronóstico del tiempo que cada día a la misma hora, señalaba: «lluvias intensas». Y efectivamente en ese momento caía una tormenta que apenas dejaba escucharnos. Aprovechaba esos lapsos para leer, y sobre todo para lavarme la verga con parsimonia buscando estar listo para los años lémur. Anaís me decía que no fuera perezoso, que saliera a lavarme todo el cuerpo en la lluvia. Es absurdo, le decía, pues al salir, la lluvia cesaría y el hombre del clima quedaría muy mal. Además yo estaría desnudo a mitad del patio por nada. Una mañana maté una araña e hice la pantomima que me la comería. Anaís sólo me veía con reprobación y regresaba a su vida somnolienta. Otro día no me encontró en la charca y me sacó a rastras de una tumba que yo mismo había cavado. “¿Acaso no sabes leer?”, le dije mientras señalaba mi lápida. Anaís no entiende mi humor, nunca llegará a entenderme. Agradezco que sea año lagarto; no podría concentrarme en mis lecturas con su cuerpo perfecto sobre el mío. Entre sus charlas sobre telenovelas sueño con su piel, sueño con probar su pubis que huele a frambuesas. A menudo dice que recuerda a Platón, que ha leído a Aristóteles, que sabe de Gorgias. Creo que en buena medida alardea. Hace poco le pedí que me matara. Le extendí el hacha de mi padre que se encontraba oxidada e incrustada en un muñón de tronco fuera de la casa. «Dale ‘, le dije, «un golpe certero, justo aquí». Me vio con indiferencia y se rió mientras se alejaba. «»Tú y tus bromas». Sospecho que tiene un amante de Inteligencia Artificial que no respeta los años lagarto y que en medio de gemidos artificiales la penetra con violencia binaria cada noche desde su mundo virtual. Quizá nos odiamos o nos amamos en silencio mientras exponemos nuestras panzas al sol entre el zumbido casi hipnótico de las moscas que giran a nuestro alrededor. Es en esos momentos que recuerdo los años Mozart. Cómo los ansío. Recuerdo que en uno de ellos escuché todas las sinfonías del genio de Salzburgo y me vestí como gentilhombre mientras saltaba en una pierna evitando las rayas del pavimento.
Anaís no sabe que en un año Tundra viví en lo alto de un abeto con una ardilla. Procreamos una docena de ardillitas que me comí con avidez, pues para su desgracia, su nacimiento coincidió con el inicio de un año rata. Los recuerdo constantemente, eran seis. Mantengo sus fotos en la guantera del auto y a menudo, en las luces rojas, las veo conteniendo una lágrima. Como decía, Anaís no sabe de este episodio ni sabe que aún le extiendo una suma mensual como indemnización a la mamá ardilla. La veo de vez en cuando y juntos enterramos bellotas pensando con ingenuidad que en algún momento generarán bosques que salvarán al planeta. Sé que ha parido otras camadas de ardillas que a su vez también tratan de producir bosques que podrían llegar a salvar el mundo.
En un año lagarto soñé con una iglesia antiquísima y hermosa. Una especie de tesoro arqueológico impoluto durante siglos. El sueño fue tan vivido que estaba convencido de que esa iglesia existía. Cierto día viajaba en un autobús y pensé que la había visto, que esa debía ser la iglesia de mis sueños. Bajé rápidamente y me acerqué. Pero no, no era mi iglesia y a partir de ese momento me he convencido que fue una tontería, que los sueños son una tontería y que nunca debemos fiarnos de ellos. Ahora no sabría decir si yo existo fuera de los años cartesianos.
Antes sólo nos alimentábamos en años rata. Ahora todos lo hacen cuando se les antoja. Se asesina, se hace el amor, se trabaja sin preocuparse del calendario. Ya no hay respeto, ya no hay leyes. Seguramente he envejecido. Seguramente ya estoy viejo, de lo contrario no me preguntaría en medio de la marea de locura que me arrastra, porqué corro y sobre todo porqué mi respiración suena tan agitada. Corro por mero reflejo, porque suena la música de Jhonny Cash, porque recuerdo el pubis y los besos de Anaís, pero ya no recuerdo si persigo o me persiguen. Con seguridad es esto último pues sólo puedo pensar en mis libros, qué pasará con mis libros cuando ya no esté, quién un día, en el mejor de los casos, le dirá a Anaís revisando los libreros de la casa, “vaya, tenía buen gusto el muerto”.


























