Duchamp en Nueva York

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No recuerdo quién compró eso. O para qué. Supongo que llegó mientras yo no estaba. Lo tomo y finjo que es algo que me interesa y que he esperado durante mucho tiempo. No es pesado, es justo del tamaño de algo que se olvida, pero que en realidad no tiene importancia. Lo malo es que para mí sí es importante recordar. «Es tuyo, claro», dice Leda desde un día que tampoco puedo recordar con claridad. Está junto a la ventana, sosteniendo una taza de café con ambas manos. La luz de la tarde le divide el rostro en dos mitades que parecen pertenecer a mujeres distintas. No sé cuánto tiempo lleva allí. A veces pienso que Leda ocupa ciertos lugares de la casa desde antes de que nos mudáramos, que los muebles fueron acomodados alrededor de su cuerpo y que yo llegué después, cuando todo estaba dispuesto. Me observa sopesar el objeto. No dice más. Tiene esa expresión que nunca he conseguido interpretar, su poker face, como la llamo cuando quiero hacerla reír. Pero hoy Leda no ríe. Se limita a señalar el reloj que, con sus números rojos brillantes, ha comenzado una cuenta regresiva.

Desde nuestra ventana puede verse una porción de cielo encerrada entre dos edificios, algunas escaleras de emergencia y las ventanas de otros departamentos. Más abajo, en la calle, los repartidores avanzan sobre bicicletas eléctricas, esquivando automóviles que apenas consiguen moverse. Un hombre lleva varios minutos discutiendo con alguien a través de su teléfono. Grita, levanta los brazos, se aleja unos pasos y regresa al mismo lugar. Los peatones lo rodean sin prestarle atención. En Nueva York uno puede gritar cuanto quiera. Siempre hay alguien haciendo más ruido. Por las noches, cuando las luces se encienden, me gusta observar a nuestros vecinos. Una mujer se sienta frente a una mesa sin hacer nada. Un hombre permanece de pie junto a un refrigerador abierto. En el tercer piso, una pareja cena siempre en silencio, uno frente al otro, con una lámpara encendida entre los platos. Hay noches en que sus movimientos me parecen demasiado lentos. Otras, demasiado precisos. He llegado a sospechar que alguien les indica cuándo deben levantarse, llevarse el vaso a la boca o apagar la luz. Leda dice que eso es vivir. Que las personas hacen las mismas cosas hasta que dejan de hacerlas. No sé si está de acuerdo conmigo o si intenta explicarme algo que todavía no comprendo.

La primera vez que advertí una anomalía en nuestro departamento fue por una silla. Estaba colocada frente a la pared del dormitorio, a unos centímetros del sitio donde normalmente la dejábamos. No había nada que mirar desde allí. La pared estaba vacía, salvo por una pequeña mancha de humedad que tenía la forma de un animal dormido. Pregunté a Leda por qué había movido la silla y ella aseguró que siempre había estado en ese lugar. Al día siguiente apareció junto a la ventana. Después, frente a la puerta de entrada. Durante una semana la encontré en posiciones distintas, hasta que terminé por aceptar que la silla tenía una ubicación que yo desconocía. Me ocurrió algo semejante con una lámpara, con tres libros que aparecieron abiertos sobre el suelo y con un plato blanco que permaneció durante varios días en el centro de la mesa. Leda no parecía interesada en esas modificaciones. En ocasiones, sin embargo, la sorprendía contemplando algún rincón del departamento con la cabeza ligeramente inclinada, como quien comprueba que un cuadro no ha quedado del todo derecho.

Una tarde le pregunté si éramos felices. Habíamos terminado de comer y todavía quedaban migas de pan sobre el mantel. Leda recogió una con la yema del dedo y la sostuvo frente a sus ojos. Tardó tanto en responder que creí que no me había escuchado. Finalmente dejó la miga junto a su plato y dijo que nunca había sabido qué hacer con esa palabra. Quise explicarle que no necesitaba definirla, que bastaba con recordar alguna ocasión en que hubiéramos deseado permanecer donde estábamos, sin esperar nada más. Ella me miró con ternura. Después comenzó a retirar los platos. Aquella noche me abrazó mientras dormíamos (anudarnos, le llama). O eso quiero recordar. Al despertar tenía la impresión de que alguien había permanecido junto a mí, cuidando que no cambiara de posición.

Hay días en que salgo a caminar sin ningún propósito. Bajo por la Sexta Avenida, atravieso calles donde los andamios oscurecen las entradas de los edificios y termino en Washington Square, entre estudiantes que comen sentados en el suelo y hombres que juegan ajedrez por dinero. A veces me detengo frente a los escaparates y observo mi reflejo entre las prendas que alguien ha acomodado cuidadosamente detrás del cristal. No siempre consigo reconocerme. Una tarde permanecí tanto tiempo frente a una tienda cerrada que un hombre se colocó a mi lado y comenzó a mirar en la misma dirección. No hablamos. Después llegó una mujer, luego otra persona. Cuando me alejé, los tres continuaban allí, observando algo que yo nunca había visto. Pensé en regresar para preguntarles qué esperaban, pero el semáforo cambió y crucé la calle. Esa noche Leda me preguntó si había comprado algo. Le respondí que no. Pareció decepcionada.

No estoy seguro de que Leda comprenda la soledad. Cuando se encuentra conmigo, parece estar enteramente conmigo. No mira hacia otro lado ni se distrae con pensamientos que yo pueda reconocer. Si me escucha, lo hace con una atención que a veces resulta dolorosa. Me acaricia el cabello, me pregunta si tengo frío, acerca su cuerpo al mío con una naturalidad que nunca he conseguido imitar. Sin embargo, hay momentos en que su presencia vuelve más evidente la distancia que nos separa. Puedo tocarle los labios y sentir que están demasiado lejos. Puedo escucharla respirar junto a mí y tener la impresión de que ese sonido procede de otra habitación.

Hace algunas semanas descubrí que una de las ventanas del edificio de enfrente estaba iluminada incluso durante el día. Detrás del cristal había una mujer sentada en una silla. Su postura me resultó familiar. Tenía las piernas juntas, las manos sobre las rodillas y la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda. No pude distinguir su rostro. Permaneció allí durante horas. Cuando anocheció, una segunda figura apareció junto a ella y acomodó la silla unos centímetros hacia atrás. Después ambas desaparecieron. Al día siguiente, la mujer volvió a ocupar el mismo lugar. Quise mostrársela a Leda, pero cuando llegó a la ventana no había nadie. Le describí la escena y ella dijo que quizá estaban tomando fotografías. Pregunté de qué. «De alguien», respondió. No quiso decir más. Desde entonces evito acercarme demasiado al cristal. Me inquieta la posibilidad de que alguien, al otro lado del patio, esté esperando que ocupe una posición determinada.

El objeto que tengo entre las manos es una caja pequeña, de superficie lisa, sin inscripciones ni señales de haber pertenecido a alguien. Tiene una tapa que no recuerdo haber abierto, aunque ahora está levantada. En su interior hay dos cables, uno rojo y otro azul, que desaparecen bajo una placa metálica. El reloj se encuentra a un costado. Sus números brillan con una intensidad que hace parecer más oscuro el resto del departamento. No escucho ningún mecanismo. Tampoco siento vibraciones. Si no fuera por la cuenta regresiva, pensaría que se trata de una pieza desprendida de algún aparato doméstico. Tal vez de un reloj más grande, de una radio o de una máquina que hemos dejado de utilizar. Le pregunto a Leda si sabe qué es. Ella deposita la taza sobre el alféizar y se acerca. Mira el objeto con una atención semejante a la que dedicaba a la silla cuando aparecía en un lugar distinto.

—Es tuyo —repite.

—Eso ya lo dijiste.

—Entonces, ¿qué más quieres que te diga?

No sé qué responder. Durante un instante me parece que la pregunta contiene una tristeza que no había advertido antes. Leda baja los ojos. Tiene las manos vacías y no sabe dónde ponerlas. Quisiera abrazarla, pero continúo sosteniendo la caja. Me pregunto si sería posible dejarla sobre la mesa y salir a caminar. Podríamos bajar hasta Washington Square, sentarnos cerca de la fuente y mirar a los hombres que juegan ajedrez. Recuerdo haber hecho eso muchas veces. Recuerdo incluso una tarde en que comenzó a llover y Leda se quitó los zapatos para caminar sobre el pavimento mojado. Sin embargo, cuando intento reconstruir el trayecto, sólo consigo recordar nuestro regreso. Leda entrando primero al departamento, yo detrás de ella, los dos dejando pequeñas huellas sobre el suelo. No recuerdo la lluvia ni la plaza. Recuerdo los zapatos húmedos junto a la puerta y el olor del cabello de Leda mientras se desvestía.

El reloj marca menos de tres minutos. No sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que comenzó la cuenta regresiva. Me parece que hemos hablado durante horas, aunque la luz de la tarde sigue cayendo sobre el mismo lugar del suelo. Leda observa los números. Después se dirige a un cajón de la cocina y regresa con unos alicates. Los sostiene por el extremo de las empuñaduras, ofreciéndomelos con una delicadeza absurda. No parece asustada. Tampoco está tranquila. Su rostro permanece inmóvil, pero advierto que tiene una pequeña herida junto a la uña del pulgar. Nunca la había visto. Me pregunto si se la hizo al preparar el desayuno o si lleva años allí, esperando que yo la descubra.

—¿Cuál debo cortar? —pregunto.

Leda contempla los cables.

—Yo qué sé.

—Tiene que haber uno correcto.

—¿Por qué?

Quisiera explicarle que así funcionan las cosas y la vida en general. Que siempre hay un cable que debe cortarse y otro que debe permanecer intacto. Lo he visto en las películas. Un hombre sudoroso examina un mecanismo mientras alguien le grita instrucciones por teléfono. Los segundos disminuyen. La cámara muestra el primer plano del rostro de una mujer que espera ser salvada. Finalmente el hombre elige, cierra los ojos y corta. A veces acierta. Otras veces la pantalla se llena de luz. En ambos casos hay una consecuencia que justifica todo lo ocurrido. Pero Leda no parece conocer esa convención. Me observa como si estuviera esperando una respuesta a su pregunta.

—Porque de otro modo no tendría sentido —digo.

Ella asiente lentamente. No sé si me ha comprendido o le ha importado.

Desde la calle llega una sirena que aumenta de intensidad y luego se aleja hacia el sur. La escucho perderse entre los edificios. Después suena otra, quizá de una ambulancia, quizá de un vehículo que persigue a alguien. En esta ciudad las desgracias tienen sonidos muy parecidos. Recuerdo una madrugada en que Leda y yo despertamos por los gritos de una mujer. Nos acercamos a la ventana y vimos a varias personas reunidas alrededor de un automóvil detenido. Alguien sostenía un teléfono sobre su cabeza. Otro parecía estar llorando. No conseguimos comprender qué sucedía. Permanecimos allí hasta que llegó la policía y dispersó a los curiosos. A la mañana siguiente, el automóvil había desaparecido. En su lugar había un repartidor esperando que alguien bajara a recoger una bolsa de comida. Leda dijo que le parecía extraño que las cosas pudieran cambiar tan rápidamente de significado. Después volvió a la cama. Yo me quedé junto a la ventana, esperando reconocer a alguno de los que habían estado allí durante la noche.

He comenzado a sospechar que nuestra casa está dispuesta para alguien que nunca llega. Hay demasiado espacio alrededor de ciertos muebles. La lámpara del dormitorio ilumina una zona donde nadie se sienta. Los libros permanecen abiertos por páginas que no estamos leyendo. Incluso nuestra cama parece colocada para que pueda verse desde la puerta. Hace tiempo intenté modificar esa distribución. Moví una mesa, cambié de lugar las fotografías y acerqué un sillón a la ventana. Leda me ayudó sin hacer preguntas. Trabajamos toda la tarde y al terminar nos sentamos en el suelo, satisfechos. Por primera vez tuve la impresión de que el departamento nos pertenecía. Pero al despertar, todo había vuelto a su lugar. No pregunté quién lo había hecho. Leda dormía a mi lado, con una mano extendida sobre la almohada. Me pareció cruel despertarla para hablar de los muebles.

Soy Duchamp en Nueva York. Lo digo en voz baja, casi para mí mismo. No sé por qué necesito convencerme de ello. Imagino a un hombre sentado en una habitación, rodeado de cosas que no pueden acompañarlo. Afuera, los automóviles avanzan lentamente bajo la lluvia y alguien arrastra bolsas de basura hasta la esquina. Una mujer camina hablando sola, aunque quizá lleva un auricular escondido bajo el cabello. En una ventana se enciende una luz y en otra se apaga. La ciudad continúa sin detenerse para nadie. Leda duerme junto a mí todas las noches. Siempre está allí.

Los números rojos disminuyen. En el edificio de enfrente se enciende una luz. Distingo una silueta junto a una ventana, pero no consigo saber si mira hacia nosotros. Leda se sienta frente a mí. Lo hace con un movimiento pausado, acomodándose la falda sobre las rodillas. Durante un instante reconozco en su postura la de aquella mujer que observé días atrás. Me pregunto si también ella tiene delante un objeto, un reloj, dos cables que desaparecen bajo una placa metálica. Quizá está esperando que alguien le entregue unos alicates. Quizá lleva mucho tiempo sentada allí y no sabe por qué. Me gustaría levantarme y comprobarlo, pero el reloj marca menos de un minuto.

—Leda —digo.

Ella me mira.

—¿Alguna vez te sientes sola?

Su rostro cambia apenas. Una pequeña contracción junto a los labios, algo que podría ser el comienzo de una sonrisa o de una mueca de dolor. Después vuelve a mirarme con esa expresión que tanto he amado y que nunca he conseguido descifrar.

—Ahora no —responde.

No sé si quiere decir que no está sola o que no es momento de hablar de esas cosas. Me gustaría preguntárselo. También quisiera saber quién envió la caja, o cuánto tiempo lleva sobre nuestra mesa, o por qué no recuerdo haberla visto antes. Quisiera preguntarle si alguna vez ha deseado vivir en otro lugar, si hay algo que todavía espera de mí, si conoce el nombre de la mujer que permanece sentada en el edificio de enfrente. Pero el reloj continúa avanzando. Leda tiene las manos sobre las rodillas. Su taza permanece junto a la ventana, en el mismo lugar donde la dejó hace un tiempo que no consigo calcular. Abajo, un camión intenta doblar por una calle demasiado estrecha. Escucho los gritos del conductor, el claxon de un automóvil y el sonido de algo metálico que cae sobre el pavimento. Nadie parece alarmarse. Leda no aparta los ojos de mí.

Me tiende los alicates. Los tomo. El cable rojo está más cerca de mis dedos, pero no es esa la razón por la que voy a elegirlo. Tampoco sé cuál es la razón. Quisiera que Leda me dijera que todo va a estar bien. Que se levantara de la silla, me quitara la caja de las manos y me abrazara hasta que los números dejaran de importar. Pero permanece sentada, mirándome. En la ventana de enfrente la silueta continúa inmóvil. Leda inclina ligeramente la cabeza. El reloj marca los últimos segundos.

Corto el cable rojo.

¿Tendría que haber sido el azul?