Apología del beso como una de las bellas artes y otras sorpresas, de Hernán Lavín Cerda, Bonilla Artigas Editores / UNAM, Col. Asteriscos, 26, 2026, 416 pp.
Siempre he pensado que sería muy lamentable asumir esta realidad que transitamos todos los días como la única existencia posible. Permaneceríamos limitados, atrapados debajo de nuestra piel, sumergidos en nuestros propios dedos y dientes, detenidos en este tiempo nuestro, que se prolonga como la sombra en un muro. Pero cuando morimos y abandonamos nuestro cuerpo, un segundo cuerpo de luz, hecho de pensamientos y nostalgias, empieza a existir en esa frontera que palpita entre dos realidades. Y nuestro cuerpo vuela y flota sobre el agua y hace reuniones y tertulias y lee poemas románticos en congresos de fantasmas, al borde de un río, en un castillo a las orillas de Lisboa o en lo alto de una montaña… Posteriormente, esos fantasmas hechos de astros y de niebla, intentan establecer una conexión con algunos de nosotros, que permanecemos en esta orilla del espacio. Esa otra dimensión es otra forma de existencia, etérea, aérea, con un tiempo que sólo susurra, como si fuera una brisa volando sobre el mar.
Además de estas dos realidades, cada una de las cuales tiene su propio ritmo y su propia vibración, existe un tercer Universo, lleno de presencias misteriosas que se hacen visibles y luego se difuminan; una dimensión cuyos personajes cobran vida cuando los evocamos y los imaginamos. Este mundo extraño es muy difícil de comprender y de expresar en palabras. Me refiero al planeta de todas las ideas de los hombres. Cada persona que se presenta en esta Tierra, a partir de los caminos que va viviendo, a partir de sus historias, de sus brazos, de su rostro, de su voz, produce una réplica suya en el mundo de las ideas que se parece a un gran diamante iluminado de pensamientos y recuerdos.
Cuando una persona fallece en nuestro Universo, tan sólido y definitivo, su presencia alternativa en el Cosmos de las ideas se hace más profunda y más sólida, dicha presencia permanece inmóvil y oculta entre paños de terciopelo, esperando a que algún alma humana la evoque, la recuerde y la traiga de nuevo a la existencia, utilizando para ese propósito alguna nostalgia, o alguna inspiración vibrante, como la luz palpitando en el océano. Cada uno de nosotros transita, como un personaje de sí mismo, etéreo e ingrávido, en el planeta de las ideas creadas por todos los hombres; también viven aquí todos los individuos que han nacido en las novelas y en los cuentos, y también todas las criaturas fantásticas que han germinado en las profundidades de algún cerebro humano. Podemos encontrar en este Universo, la réplica de vivos o muertos, Napoleón, Cervantes, Einstein, Sócrates, Fernando Pessoa, Woody Allen, Sor Juana Inés de la Cruz, Juana de Arco, William Shakespeare, y las criaturas de los libros como el rey Lear, Pedro Páramo, Quasimodo, Drácula, Leopold Bloom, Hamlet, Artemio Cruz y héroes mitológicos como el Minotauro, el Pegaso, Venus Afrodita, Palas Atenea. En este planeta singular todos estos seres conviven entre ellos, intercambian ideas y recuerdos, evocan el mundo de los fantasmas, y también el del planeta Tierra que habitamos los mortales.
Después de varios días padeciendo un insomnio inexplicable, mi padre sintió el llamado de aquella misteriosa región, y decidió viajar a ese mundo etéreo y leve, como la pluma de un albatros. Cuando aterrizó en esa realidad leve como un suspiro, lo estaba esperando Fernando Pessoa, mi padre lo invocó, y Fernando salió de su casa, que es una estatua de bronce en Lisboa. Mi padre y el genio portugués caminaron por las calles de esa ciudad delicada y nostálgica, como el canto de un grillo disolviéndose en la lluvia. Hablaron horas de horas sobre la condición de la existencia, sobre la poesía, la contemplación, la experiencia mística, la amistad y el abandono… Pessoa le dijo a mi padre que él era real, solamente porque podía ser muchos hombres simultáneamente. Después de eso, mi padre entró en un túnel hecho de tiempo y de luz, y aterrizó en una novela de Victor Hugo, donde un jorobado se preguntaba, junto a la campana de la catedral de Notre Dame, acerca de lo que significaba en su vida el amor de la misteriosa Esmeralda y la humillación y el desprecio que vivía todos los días. Esmeralda, aquella mujer luminosa, esa mujer que llegó de quién sabe dónde, lo acariciaba, dándole un poco de agua, confortándolo, mientras el pueblo lo acusaba de ladrón y lo rechazaba por su deformidad, y el rey decidía castigarlo por su presencia monstruosa y por su reprobable conducta de ladrón. Pero Esmeralda, esa bellísima dama, veía su alma y de verdad le tenía afecto, y trataba de confortarlo en las horas más oscuras, sabiendo que el jorobado era inocente de los crímenes que se le imputaban. Mi padre se acercaba a Quasimodo, intentando aliviar su alma herida por la insensatez de los hombres, lo abrazaba y le decía al oído:
Ellos buscan lo bello, pero ninguno de ellos sabe qué es lo bello, Quasimodo, ¿tú lo sabes?
No, poeta, tú dímelo.
Un alma leve como una pluma, un alma que tan sólo acaricie, como un suspiro entre las hojas de los árboles.
Y Quasimodo lloraba, pero después sonreía agradecido. Luego mi padre atravesó un triángulo de luz, y de pronto apareció rodeado del humo de un cigarrillo, en una buhardilla en la ciudad de Buenos Aires, donde dos excelentes narradores disertaban sobre el ritmo y la cadencia de la prosa. La línea narrativa de un cuento, diseñada lenta y cuidadosamente, característica de Julio Cortázar, contrastaba con la prosa de Saúl Yurkievich, en la que sorprendía la aparición de visiones, pulsiones y sensaciones que se agolpaban de forma instintiva generando una prosa menos analítica, menos racional, pero más viva y vibrante, como un latido desde las profundidades del origen. Mi padre hablaba con ambos escritores argentinos, intentando mediar en la discusión, haciéndoles ver que, en realidad, cada uno tenía un poco del otro en el diseño de su narrativa. Esta charla nunca sucedió en nuestro planeta Tierra, donde pesan las rocas, los árboles y la lluvia y el tiempo es una camisa de fuerza en las alas de la realidad, pero sí pasó en ese otro mundo mental, donde se vive distinto, donde la vida es muerte y la muerte es vida, y todo existe, todo está latiendo desde el principio y nada deja de latir.
Luego de unos meses, Hernán Lavín decidió un día crear una nueva presencia de sí mismo, hecha de palabras abiertas como vientos y luego aprendió a meterse entre las frases de cada una de las páginas y ya dentro de cada una de las narraciones de este nuevo libro, llamado Apología del beso, aprendió a invocar un sin número de presencias etéreas, hechas de una luz mental, la cual nunca se difumina totalmente. Y unos días después se me apareció en un sueño y me dijo: “Mira, Iván, cuántos amigos tengo entre estas cuartillas en blanco, he conversado con Pessoa, con Julio Cortázar, con Drácula, con el jorobado de Notre Dame… Woody Allen me ha enseñado el arte de la danza más refinada y también de la seducción envolvente; todos ellos, todos mis amigos, están vivos y también muertos, y me han dicho que la vida es muerte y la muerte es vida y que los mortales del planeta Tierra, y también de otros planetas, no entendemos absolutamente nada lo que significa existir, creemos que los muertos están muertos cuando simplemente palpitan distinto, como una brisa invisible sobre el mar… Pero aún me falta algo hijo mío.” ¿Qué te falta?, le pregunté. “Este mundo es muy flexible, todo se dobla, se estira, se hace pequeño y único, o grande y numeroso, y podemos ser todo lo que añoramos.” ¿Y tú que deseas ser ahora? “Deseo ser un pájaro.”
Y mi padre lo hizo, ¡en verdad lo hizo! Construyó su pico, sus plumas, sus alas, sus garras, usando letras y palabras que bailaban en el papel, y ya estando ahí, adentro de las páginas de su Apología del beso, invocó a su nueva familia de pajarraco y comprendió lo que significa vivir como un ave, ocuparse de volar de un árbol a otro buscando manzanas y naranjas, hacer nidos para recibir a los pequeñuelos, honrar a los padres y a los ancestros de grandes alas, regalándoles algunas plumas y algunas nubes de vez en cuando. Después me dijo que compartía vuelos interminables con su progenie, vuelos sobre el mar, y las montañas, y también sobre ciudades como México, Lisboa, Santiago de Chile, Buenos Aires. Me dijo que todos sus hijos y hermanos abrían sus alas como se abre el tiempo, y a veces se elevaban por encima de los ángeles.
¿Y te llamas igual? Le pregunté. “Cómo, no te entiendo.” Sí, te llamas igual en esa vida alterna. “No, como pájaro soy el ave Hernán López…” Y para terminar, estimado futuro lector de esta Apología del beso, la presentación de mi padre en su nueva existencia alternativa, como el pájaro Hernán López.
“En mi vieja casa de color azul, aquel azul como de cielo, todos me dicen Pájaro. Así me llaman desde siempre, sí, desde mucho antes de nacer…”
“Mi mamá es Amelia López de Pájaro, y su boca es un poco grande todavía, aunque tiene los ojos verdes y en su nariz casi todo es pequeño. Mi papá se llama Domingo Pájaro Benavides y su boca es muy chica. Tiene los ojos oscuros como de perro con algo de tristeza, y su nariz es muy grande. Yo me río, me alegro mucho, siempre me río con entusiasmo. Mi abuelita es doña Rosaura Cruz de Pájaro y su boca es un poco lenta. Tiene los ojos como una larga sombra y su nariz, que también es un poco lenta, se ha vuelto muy húmeda desde el último otoño. Mi perro es el Pájaro Mosca. Muy azul en sus ojos, aún más que el intenso azul de mi casa, y mi papagayo, semidormido en su jaula de cristal, es el Pájaro Mayor. […] Yo cumplí 10 años no hace mucho tiempo. Los cumplí en el jardín de las rosas amarillas, y también me llamo Pájaro, Hernán Rodrigo Pájaro, así es, Pájaro López.”
Apología del beso como una de las bellas artes y otras sorpresas, de Hernán Lavín Cerda, Bonilla Artigas Editores / UNAM, Col. Asteriscos, 26, 2026, 416 pp.























