Un retrato de época

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De izquierda a derecha, Juan Tovar, mujer en proceso de identificación, Efraín Huerta, Thelma Nava, Alejandro Aura, Elsa Cross, Andrés González Pagés, Olivia de la Torre, hombre en proceso de identificación. Foto de autor desconocido, tomada a principios de la década de los 60.

 Andrés González Pagés

Para Gilia

Me da un enorme gusto que se celebre este homenaje a Andrés González Pagés, amigo queridísimo, a unos meses de su fallecimiento, y agradezco mucho la iniciativa y la invitación de Ángel Cuevas. Quisiera referirme, en especial, a la persona de Andrés, un Andrés joven, pues tal vez nadie más podría ya dar ese testimonio a estas alturas.

Conocí a Andrés y a Olivia, quien habría de ser su esposa, en un grupo de jóvenes escritores que se llamaba Cafés Literarios de la Juventud, en octubre de 1963, hace 62 años. (Por eso podría hablar de un retrato de época). Eran varios muchachos que celebraban sus sesiones en la Colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México, en la calle de Lerma, en un enorme local de lo que era entonces el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana, que después cambió su nombre.

Yo tenía 17 años, leía muchísimo, y estaba terminando la preparatoria en una escuela de monjas. Tenía un novio, estudiante de Derecho, que un día me invitó a ir a ese grupo, porque un compañero suyo iba a leer unos cuentos que había escrito. Fui, y los cuentos de su amigo no me gustaron, pero el grupo me interesó. Les pregunté si podía seguir yendo y a la semana siguiente les llevé un texto que publicaron de inmediato en una hoja que se llamaba Búsqueda. Fue mi primera publicación literaria, y quizá tanto Andrés como otros miembros del grupo, fue allí donde hicieron sus primeras publicaciones. En el consejo editorial figuraban el propio Andrés, José Agustín, Alejandro Aura, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre, Javier Molina y otros muchachos.

Ellos asistían también al taller literario de Juan José Arreola y me invitaron a ir. Para mí fue extraordinario encontrar a tantos jóvenes con las mismas inquietudes que yo, y trabajando bajo la dirección de un gran maestro, como era Arreola. En esa época los dos grandes escritores de México de que hablaban los medios, y los dos de Jalisco, eran Juan Rulfo y Juan José Arreola.

Recuerdo que había tres parejas en el taller: una era la de José Agustín y Margarita, que tenían 19 y 17 años, y no sólo estaban casados, sino que era el segundo matrimonio de José Agustín; otra era la de Leopoldo Ayala y Kristin Bendixen, que hacía unos dibujos exquisitos, y la otra pareja eran Andrés y Olivia, que eran novios.

Andrés era de Tabasco. Su padre había muerto cuando él era muy pequeño, y vivía con su madre en México. Esa pérdida del padre lo marcó profundamente, pues de algún modo buscaba esa figura. Incluso en un cuento chusco que se leyó en el taller. Todavía recuerdo cómo empezaba, pues nos tuvo muertos de risa durante toda la lectura. Decía: “Todas las tardes viene mi madrina Atala con un carajo. Eso dice mi papá.” Y el resto del cuento el niño trataba de averiguar qué cosa sería ese carajo, pues no veía que la madrina trajera nada.

El cuento se publicó en una hermosa revista que Arreola comenzó a publicar en 1964, Mester, donde reunía los mejores trabajos del taller; y le puso ese nombre para indicar que éramos aprendices de un oficio. Pero no fue un mester de clerecía, ni de juglaría, sino un “mester de arreolería”, según dijo un crítico literario. La revista recibió bastante atención.

En ese año yo entré a la Facultad de Filosofía y Letras a estudiar Filosofía; Andrés y Olivia, al igual que René Avilés Fabila, estaban en Ciencias Políticas; Luis Shein, otro miembro del grupo, en Matemáticas; José Carlos Becerra —tabasqueño, igual que Andrés— que iba ocasionalmente a las sesiones, estaba en Arquitectura; Jorge Arturo Ojeda, estudiaba Letras Alemanas; Raúl Pineda, pintor de la Candelaria de los Patos, era de los mayores; Antonio Leal y Miguel Ángel Flores eran los más jóvenes y estaban en preparatoria. Como se puede ver era un grupo muy diverso. E iban serios jefes de familia encorbatados, que escribían narrativa. A veces asistía también el actor Carlos Bracho.

Un año después, en 1965, Alejandro Aura y yo nos casamos, en enero, y diez días después se casaron Andrés y Olivia. No pudimos ir a su boda porque andábamos todavía en la luna de miel. Pero cuando estuvimos ya todos de regreso, instalados en la ciudad de México, las dos parejas empezamos a frecuentarnos mucho.

Nos leíamos los textos que estábamos escribiendo, y discutíamos interminablemente sobre cuestiones literarias y políticas, sobre cine y teatro, sobre música; componíamos y descomponíamos el mundo. Era una gran fortuna que no existían los celulares y cada quien leía y pensaba por sí mismo. Alternábamos visitas. Andrés y Olivia vivían en la calle de Naranjo, en Santa María la Ribera, y Alejandro y yo en un pequeño departamento en la calle de Shakespeare, en Anzures. Curiosas reincidencias, cuando nací mis padres vivían en esa misma calle de Shakespeare, al otro extremo, y cuando Andrés y Olivia se mudaron a Cuernavaca vivían en la de Naranjos.

En aquella época, Andrés trabajaba en la Editorial Novaro (que desapareció después), y llegó a ser un magnífico editor. Lo malo es que era un trabajo de tiempo completo, muy absorbente, y Andrés tuvo que dejar la Facultad, aunque no la escritura. Creo que fue la época en que dejó también el Partido Comunista, al que él y Olivia estaban afiliados, al igual que otro miembro del taller, Gerardo de la Torre. Nunca abandonó Andrés sus convicciones políticas, y creo que se trató más bien de un conflicto con la burocracia del partido; pero recuerdo que esa ruptura le provocó una neuralgia en la parte derecha del rostro, en el trigémino. Alejandro y yo pensamos que era una reacción inconsciente a su salida del partido, pues sentía —sin razón— que lo había traicionado. Andrés fue siempre una persona muy leal, muy íntegra; era alguien lleno de generosidad y de bondad. Y también, de inquietud y de curiosidad intelectual. Y también, de sensibilidad artística.

Trabajaba entonces en dos novelas: una que se iba a llamar La cocodrila, con un fuerte trasfondo de crítica social, y otra, La villa del cantil, cuyos personajes eran jóvenes. No sé si alguna idea para esta novela surgió de una noche en que nos fuimos las dos parejas a ver el cielo, desde un mirador muy alto en la carretera federal a Cuernavaca. Había entonces una especie de histeria colectiva con los platillos voladores. Se hablaba de avistamientos, abducciones y todo tipo de cosas, a veces muy absurdas, de las que no hacíamos caso. Pero lo que ocurrió fue que unos días atrás, en la noche, Olivia había salido al patio de la casita donde vivían, en la calle de Naranjo, y de repente algo atravesó el cielo con una luminosidad tan extraordinaria, que ella, según nos dijo, nunca había visto. Andrés trabajaba en su estudio, e incluso allí se encendió fugazmente esa luz que deslumbraba.

Días más tarde fuimos a ese mirador (que creo que después se cerró), y estuvimos mucho rato observando un cielo muy despejado y muchas constelaciones, pero no vimos ningunos platillos ni luces de ninguna especie. Pero estando allí a Andrés le llamó la atención una casa cercana, abajo del mirador, que parecía muy amplia y sin duda debía tener una vista espléndida de gran parte del Valle de México y de la propia ciudad. Ese fue quizá el escenario perfecto para su Villa del cantil, de la que nos leía después fragmentos muy interesantes. Pero ninguna de esas dos novelas llegó a completarse.

Andrés absorbía constantemente nuevos conocimientos, con más rapidez de la que podía ir registrando, y de pronto éstos comenzaban a rebasar los planteamientos originales, y el material escrito se volvía inoperante. Lo que sí publicó en esa época fue un libro de hermosos textos en prosa, llamado Los pájaros del viento, que en parte había trabajado en el taller de Arreola, y tenía, en consecuencia, un estilo impecable. En la portada había un dibujo de uno de tres amigos pintores de Andrés y Olivia, que terminaron siendo nuestros también.

Con frecuencia nos íbamos de noche al taller que compartían estos amigos, en la Colonia Roma. Uno de ellos, Alfredo Meneses, muy talentoso, había sido alumno de Benito Messeguer, un destacado pintor catalán que radicaba en México; los otros eran Jaime Mejía Servín, y Eliseo Mijangos, todos fallecidos ya. Otro amigo pintor, aunque no de ese grupo, era Octavio Vázquez.

En esa época estábamos en busca de nuestros medios expresivos, y el intercambio de ideas era muy enriquecedor, estuviéramos de acuerdo con el otro, o no. No era raro que se nos fuera la noche viendo el trabajo de los pintores y comentando lecturas; Andrés estaba deslumbrado con Rayuela, de Cortázar y Alejandro con César Vallejo. O también se nos iba el tiempo leyendo nuestro textos, y nos amanecía. Nos íbamos entonces al Sanborn´s de Lafragua, que era el único restaurante de la ciudad que estaba abierto toda la noche. Un par de veces vimos a Pita Amor en el bar, en piyama y con un abrigo encima.

En una ocasión nos fuimos más lejos para amanecer en la pirámide de Tenayuca. Además de su inquietud por cuestiones literarias y sociales, Andrés y Olivia tenían un gran amor por las culturas prehispánicas. Habían cultivado una amistad cercana con Antonio Rodríguez, un crítico de arte portugués de filiación izquierdista radical, exiliado político en México, que publicaba artículos en la revista Siempre, cuyo director, coincidentemente, era tío de Andrés, José Pagés Llergo, tabasqueño también y también de izquierda. Junto con otra revista llamada Política, que tenía entre sus colaboradores frecuentes al Ing. Cuauhtémoc Cárdenas, la revista Siempre, era entonces una de las propuestas editoriales más críticas del sistema, a mediados de la década de los 60 y no muy lejos ya del 68.

Andrés compartía con Antonio Rodríguez no sólo convicciones ideológicas, sino que también aprendía mucho de él sobre arte. Recuerdo que incluso aquella vez en Tenayuca, después de desayunar algo en los puestos que había cerca de la pirámide, fuimos hacia ésta y Andrés y Olivia nos explicaron por qué eran tan distintas de tamaño y disposición las serpientes que hay en los flancos del basamento: son muchas y muy disparejas. Y dijeron que durante cierto período el tamaño había sido proporcional al rendimiento de la cosecha de maíz de cada año. Ni Alejandro ni yo teníamos idea.

También íbamos a Teotihuacán, y ellos conocían bien las épocas y los estilos. En una ocasión hicimos un picnic cerca de la zona y tratamos de excavar, a escondidas de los guardias, esperando desenterrar algo, cosa que no sucedió. Sí ocurrió una vez en que Andrés y Alejandro fueron a algún lugar de Veracruz con uno de los pintores, Eliseo Mijangos, que era de Minatitlán, y regresaron con decenas de pequeñas cabecitas sonrientes de barro, que hallaron en el lugar mismo donde pusieron la pala. Yo todavía conservo una.

Poco después, las dos parejas, cada una en su momento, hicimos un viaje a Europa. Hubo poco tiempo para compartir y comparar experiencias. En 1967 Alejandro y yo nos separamos, y perdí contacto con Andrés y Olivia. Muy ocasionalmente los veía y me dio mucho gusto conocer a sus hijos después, a mediados de los 80, en Tabasco, adonde se habían mudado. Andrés era director de publicaciones del Instituto de Cultura. Yo fui un par de veces a Villahermosa a hacer unas lecturas de poemas, y fue un reencuentro entrañable. Me llevaron a pasear por La Venta y también a Palenque. Escribí un poema que les dediqué.

Supe después que cuando seguían en Tabasco, en una ocasión en que Andrés se recuperaba en un hospital de algún padecimiento, empezó a observar pájaros —lo cual cuenta desde hace mucho tiempo con aficionados en todas partes del mundo, los bird watchers. Me pareció una muestra más del interés y la frescura con que Andrés miraba las cosas. Pensé que volvían sus pájaros del viento. Esa afición nunca lo abandonó y siempre recordaré el entusiasmo con que recibió un regalo que le hice, el Catálogo de los pájaros, de Olivier Messiaen. También este importantísimo músico francés, se dio tiempo para escuchar pájaros de distintas regiones de su país y poner esos cantos en una composición deliciosa para piano solo.

Volvimos a encontrarnos cuando se vinieron a vivir a Cuernavaca. Andrés y yo habíamos publicado varios libros, cada uno por su cuenta, Olivia estaba haciendo unos dibujos con líneas de gran finura y sensibilidad, y Gilia, su hija, una fotografía estupenda. Andrés contó que estaba escribiendo una novela cuya idea me pareció muy original. Su título era El libro de Andrés González, y en ella se enlazaba una serie de retratos de varios personajes históricos que habían llevado, a lo largo de los siglos, el nombre de Andrés González. Eran muchos y la novela se complicaba, pero Andrés seguía adelante.

En 2008 falleció Olivia, y fue un sacudimiento para todos, como lo fue para mí, meses después, la muerte de Alejandro, que siguió a la de nuestra hija Cecilia, el año anterior. También se fueron ya muchos de los miembros del taller de Arreola, como mi querido compadre José Agustín, y otros como José Carlos Becerra, que murió hace mucho, Federico Campbell, Leopoldo Ayala, Avilés Fabila, Gerardo de la Torre —de los que he tenido noticia.

Y enlazo estos párrafos no desde el espacio de la melancolía y la culpa del sobreviviente, sino más bien, desde un feliz reencuentro en la memoria, con Andrés y Olivia, con Alejandro, y también con todos los demás compañeros. No me aflige en lo más mínimo pensar que pronto pueda verlos por allá; siento que nos separa una tela muy delgada. Y lo que más quisiera es que, de algún modo, la obra de todos ellos pueda rescatarse. Pienso, en especial en la obra de Andrés, que está dispersa y con muchísimos libros inéditos, y también en la de Alejandro, cuyos libros deben estar ya agotados; su poesía merece reunirse en un volumen.

Desde aquí, en dondequiera que estén, les mando a todos ellos un abrazo muy fuerte.

ELSA CROSS

Texto leído durante el homenaje póstumo a Andrés González Pagés (1940-2025), celebrado a fines de octubre de este año en Cuernavaca, Morelos.