Claudina Domingo: Una vida sin rumbo

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Claudina Domingo, Dominio,

Editorial Sexto Piso, México, 2023, 240p.

 

La literatura latinoamericana contemporánea ya no es dominada por los grandes hombres del boom. La de nuestra época, al menos en esta parte del mundo, se encuentra en poder de las mujeres. Son ellas quienes se han encargado de dar voz y estilo a nuestras letras. Podemos mencionar algunos nombres que han cobrado fama en las últimas dos décadas: Valeria Luiselli, Cristina Rivera Garza, Mónica Lavín, Mariana Enríquez, Fernanda Melchor, Liliana Colanzi, María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Samanta Schweblin, por mencionar sólo a algunas de las más representativas. Claudina Domingo busca despuntar dentro de esta lista.

La autora nacida en 1982 y oriunda de la Ciudad de México intenta crear un estilo en el que se fusionen la ciudad y su propia biografía. Dominio (2023) es una novela introspectiva: lo que se ha dado en llamar novela de formación. Claudina narra, desde la primera persona y con un alter ego con su mismo nombre y aspiraciones, una trama que bien podría ser la historia de su propia vida o, simplemente, un sinfín de vivencias inventadas. En realidad, la veracidad de las anécdotas no importa en lo más mínimo.

Se dice que para ser narrador tienes que imaginar que tus padres están muertos, en otras palabras, tienes que atreverte a escribir sin tapujos, sin el miedo al qué dirán, a lo que puedan pensar de ti tus familiares y conocidos.

La adolescencia de Claudina Domingo en Dominio es la descripción de una vida sin rumbo, la existencia cotidiana desde que es una joven de secundaria hasta cumplir sus cuarenta años de edad.

En la obra de Claudina Domingo se encuentran tres grandes tópicos: la sexualidad, el dolor físico y la búsqueda de la identidad. Posiblemente debería recortar estos temas y tomar únicamente los dos primeros. La búsqueda de la identidad es inherente a toda obra narrativa; sobre todo en una novela de crecimiento o descubrimiento. Después de todo, qué es lo que hace un adolescente mientras va volviéndose adulto si no descubrir su propia identidad, como si se topase con ella como por descuido. Así conocemos a una Claudina demasiado joven e inexperta recorriendo las calles de una Ciudad de México desafiante, violenta en diversos grados, y no me refiero a la delincuencia, puesto que este tema no se encuentra presente en la obra. Sino que la ciudad y sus habitantes resultan agrestes para una joven preparatoriana que intenta saciar sus apetencias sexuales. Los hombres mayores intentan aprovecharse de la nínfula, quien, sin duda, se acerca a ellos esperando que tomen la iniciativa. Sin embargo, ninguna de estas experiencias logra cumplir con sus expectativas. Ni los hombres mayores ni los de su edad logran llenar ese vacío existencial. Aquello que Baudelaire solía llamar el “spleen” o el “ennui” parece dominar cada vez más a la protagonista. La ciudad es como un espejo de esta situación. El espacio citadino siempre presenta la apariencia de algo inconcluso, raro, bizarro.

 

Quienes pertenecemos a la generación de la autora nos identificamos con ella en mayor o menor medida. Principalmente, en la falta de patrimonio, de seguridad social, o de un empleo que pueda garantizar una pensión después de la jubilación; también en la soltería y la falta de hijos. La protagonista, por ejemplo, se siente frustrada ante el hecho de que a sus casi cuarenta años no pueda ser completamente autónoma y tenga que recurrir al apoyo económico de sus padres ante una emergencia hospitalaria, ya que, de no ser por ellos, no habría podido pagar los gastos que su situación generó. Tampoco cuenta con una pareja estable en ese momento ni con algún hijo que dependa de ella.

La ciudad es áspera, caótica, cínica, en la obra de Claudina Domingo, como si las antiguas deidades precolombinas se alistasen a regresar por lo que alguna vez fue suyo. Existe cierto encanto nostálgico por ese pasado prehispánico. La autora a veces lo menciona de manera directa. Sin embargo, pienso que más que en la cita directa de ese pasado remoto, la relación fehaciente con ese lado de la historia se encuentra en el ambiente de otredad que logra recrear la novela, como si por debajo de la ciudad subyaciera otra ciudad mucho más violenta y arcaica cuyos ecos retumbaran en las calles actuales. No es la misma ciudad de México que habitaba Ixca Cienfuegos en aquella Región más transparente del aire, en donde el pasado precolombino parecía reflejarse en un ánimo aguerrido como si los protagonistas fueran los herederos de los otrora grandes guerreros aztecas. En Dominio no existe ningún Ixca Cienfuegos, poseedor de una conciencia de clase firme que funcione como orientadora de los distintos mundos habitables de la Ciudad de México. En esta obra de Claudina Domingo no existe esa polifonía tan cacareada en la novela de Carlos Fuentes. Y es que Dominio no intenta ser un crisol multicultural de la gran ciudad. Claudina Domingo es una habitante más de esta inmensa urbe, como los otros millones de capitalinos que alimentan los engranes de esta metrópoli mientras van siendo engullidos poco a poco por la ciudad misma.

Conciencia de clase, por supuesto que la hay, pero no se encuentra enarbolada en algún discurso. En realidad se mofa de este tipo de prédicas cuando quien las pronuncia es desenmascarado como un estudiante que las emplea para atraer y seducir a las mujeres que se dejan cautivar por sus palabras. La conciencia de clase de Claudina Domingo se manifiesta cuando se asume como una mujer de su época. Desafía al patriarcado al intentar ser libre para pensar y actuar como quiere. No le preocupan las críticas que sus padres, o la sociedad en general, puedan tener sobre su persona, su manera de vestir, su actitud frente a la vida, o por el hecho de que cambie constantemente de parejas sentimentales o de amantes. En otras palabras, pareciera actuar como un hombre ante los ojos del patriarcado. En términos freudianos se diría que Claudina Domingo tiene envidia del pene. Pero ella, en realidad, simplemente actúa como una joven que intenta ser libre. No hay moralina en la obra, de lo contrario la protagonista recibiría su castigo por desafiar lo establecido, ni tampoco se halla un falso pensamiento idílico, en donde ella “recapacite” en la forma de vida que practica como una fase “experimental”, hasta encontrar una “madurez” que la haga retornar al “redil” de la realidad. Los obstáculos y tropiezos a los que se enfrenta no son un castigo por su indisciplina, sino la natural consecuencia de nuestra realidad mexicana; llámese capitalismo, consumismo o machismo. En Fanny Hill, novela inglesa del siglo XVIII, la prostituta protagonista de la historia termina su vida licenciosa al encontrar el amor verdadero. Entonces su felicidad es completa y reniega de su pasado de excesos convirtiéndose en la esposa ideal y abnegada que era el canon para la época. En Dominio los príncipes azules no existen, la protagonista se cansa de besar sapos y descubrir que seguirán siéndolo para siempre; el golpe de realidad no da tregua a lo largo de toda la novela. ¿Será que otra de las características de nuestra época es que estamos incapacitados para amar? Tal vez esa sea una de las tesis enarboladas por la autora.

El dolor nunca es una metáfora, es una circunstancia inesperada que domina nuestra realidad. Recuerdo cierta clase en la universidad en la que se habló de la problemática de la enfermedad en el entorno laboral. En ese momento creo que todas las participaciones se dirigieron hacia el tema de la discriminación, de los abusos que esta circunstancia podía generar en el trabajo; motivos de despidos injustificados, malos tratos, etc. Sin embargo, creo que nadie se enfocó en el entorno inmediato: el dolor. Ante el dolor y el sufrimiento poco puede hacerse, salvo padecerlos, y esto quiere decir aprender a vivir con ellos. El dolor, sobre todo cuando es crónico, es algo que llega para quedarse, como un inquilino molesto del cual será muy difícil deshacerse. Es entonces cuando se tendrá que aceptar que nuestra vida no volverá a ser la misma y que tendremos que aprender a vivir o, mejor dicho, a sobrevivir con ello. Esto sucede con la protagonista de la novela, el dolor se va volviendo algo constante en su vida, de tal manera que las visitas a los hospitales se vuelven su día a día, convirtiendo su existencia en algo más caótico de lo que ya era. Pensemos en una condena criminal. Qué significa estar preso en una cárcel. Puede significar varias cosas, pero veámoslo como un tiempo suspendido, como si tu vida entrara en un periodo de receso, en el cual todos tus planes se vieran detenidos hasta nuevo aviso. Algo así es la enfermedad, es un secuestro de la realidad. Susan Sontag y María Luisa Puga escribieron específicamente acerca de este tema. Ambas se vieron presas de esa terrible condena: Puga por una artritis reumatoide y un cáncer y Sontag igualmente por el cáncer. La conclusión a la que llegaron ambas escritoras fue vivir, y escribir, adecuándose a su nueva circunstancia. Algo parecido sucede con Claudina Domingo; las molestias que padece su organismo terminan por secuestrar su vida, obligándola a cumplir su sentencia en los hospitales, sometida a un sinnúmero de procedimientos médicos, operaciones, revisiones, tratamientos. Ella entra en una paradoja, se vuelve a la par una sola con su cuerpo, es decir, se funde su conciencia con su sentir inmediato: el dolor; pero también, en los momentos de tregua que parecen darle sus padecimientos, se desdobla como si pudiera observar a su cuerpo desde afuera, transformándose en dos seres: esa conciencia que atribulada puede pensar casi sobre cualquier cosa, y ese cuerpo adormecido, adolorido por el sufrimiento, que esa capacidad innata de sentir la ha obligado a mantener recluido en la celda de un hospital.

Hay tres rasgos distintivos en el estilo narrativo de la autora. El primero de ellos ya lo he mencionado: la concepción de la Ciudad de México como heredera de un pasado precolombino a la vez glorioso, pero, sobre todo, agreste, por toda la violencia habitual del mundo azteca. En su narrativa quieren resurgir esos dioses arcaicos y sus rituales poderosos y sumamente violentos, como si por momentos pudiera brotar de las grietas de la ciudad la sangre de los sacrificios.

Existe también cierta prosopopeya en el lenguaje de las flores. La protagonista parece tener la capacidad de comunicarse con las plantas. Como si su habilidad para generar empatía se redimensionase al encontrarse cerca de ellas y pudiera despertar ese don para entenderlas, escuchar lo que están diciendo y sentir las emociones que ellas experimentan. Y, por último, cierto onirismo en su escritura, un desdoblamiento generado en algunos momentos por el dolor físico, pero también por el placer sexual, a la par de que esa ambientación extraña, un tanto bizarra que logra concebir en torno a la ciudad, termina generando, por momentos, la sensación de que lo que estamos leyendo tal vez sea un sueño, un sueño despierto; una ensoñación.

Napoleón decía que el poder residía en la apariencia del poder. De igual manera, pretender el dominio no es más que una vaga apariencia, poseer el dominio es pretender ejercer el control sobre nuestras circunstancias, algo que escapa ampliamente de nuestras posibilidades. El Dominio de Claudina Domingo es estar consciente de que carecemos de dicha capacidad ante la vida. Seamos optimistas, dejemos que la vida nos sorprenda.