Alma del paraíso

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Para doña Francisquita, por la complicidad y el embullo.

 

Siempre he creído que moriré solo, que no tendré siquiera un perro que me ladre en los últimos momentos, cuando el pulso se me interrumpa y la glucosa en sangre se me reduzca a cero. ¡Ni un perro que me ladre! Y esto último lo digo literalmente. Y mientras llega ese día, fumo despacio, bebo con ira y bostezo de cinismo y aburrimiento en la cara de Iselda, que con esa gordura ya casi se ha vuelto Icerda, y pienso en los anocheceres junto a Irene, pienso en los larguísimos tragos de alcohol que terminan por encendernos la sangre en la vieja cobachita de madera repleta de afiches y de santos, a la que Irene se empeña en llamarle casa, en donde los caramelos pasan de boca a boca y el dulzor de su lengua se enreda en mi lengua para después terminar calle abajo del vientre, pasándonos la dulzura al sexo de cada cual.

Satanás se me abulta a una cuarta del ombligo. Pienso en ella y va mi lengua penetrando en el húmedo salitre de su vulva. ¡Bendito olor y sabor a marisco crudo!

Iselda se levanta temprano, barre el patio y le habla a las gallinas y los puercos. Bosteza de tontería y ama al prójimo salobre, desmerecido y chancletas. Emula con la Madre Teresa en casi todo; pero no sabe dónde está Calcuta. Quisiera ser mi mujer y mi madre y mis difuntas abuelas materna y paterna, o que yo sea un pedazo arrancado a su costilla. Pero ella es sólo la mujer que ronca en el sofá después de las nueve, que perdió por malicia del tiempo los vellos divinos, y ganó tres roscas en la panza, y que en materia sexual solamente una vez amó en la vida. Solamente una vez y nunca más. Y una vez nada más pecó en la vida. Una vez nada más y nunca más.

–¡Llévate esa perra, Fernando! –manda Iselda–. ¡Llévatela de aquí! Es ella quien nos trae las desgracias: después que ella vino, murió tu tía, tu madre va de mal en peor, hace un mes nos robaron las gallinas…Desgracias y más desgracias…Bótala, tírala al río, dásela al primer muchacho que pase…Y para colmo andas tú con tu problema.

–Irene no es un problema; Irene es una mujer.

–Irene es una puta que se ha templado a medio pueblo.

–Una puta que toma ron, brinca, salta…y que, al menos, no ronca en el sofá cuando en la novela están diciendo que el matrimonio es el invento más parecido a una cárcel.

–¿Y cómo quieres que no duerma, Fernando? –casi llora–. Me paso el día trabajando para ti.

Se pasa el día trabajando para mí. Los negros esclavos de Terry y Acea también pasaron sus días y sus noches trabajando para engordar a. sus dueños; pero nunca conquistaron el amor de esos güevones, si acaso un montón de limosnas piadosas que la historia exagera.

Iselda me aburre y defrauda hasta con su silencio. ¡Qué distinto es casi todo con Irene! Su boca no es de concha nacarada, no tiene dientes de perlas (el cigarro le ha puesto oscuros, casi negros, los labios), ni labios de rubí, orina en el patio, suena la cuchara, eructa en las comidas y su dentista le jura que muy pronto usará dientes postizos si no mejora el cepillado. Pero ella es el placer, es el descaro y la locura, la invitación constante a la erección. ¿De las mujeres?, las peores. Hace tiempo lo dijo un poeta con un nombre que ahora no recuerdo. Pienso lo mismo que el poeta.

–¡Llévate esa perra, Fernando, antes que tenga que escacharla en el medio de la calle!

La perra Violeta consume su última comida en casa. Arroz y picadillo que manda el gobierno. El ácido del picadillo la entusiasma. No quiero mirarle a los ojos; ahora su figurita parece más indefensa. Miente quien dice que hay humanos que miran con ojos de paloma. En verdad el hombre mira con mirada húmeda de vaca o de perro. Casi siempre de perro. Humedad escrutadora que dice, a sorbitos o a charcos, si el instante le inspira cólera, risa, ironía, arrebato…Esa humedad profunda me mata. No quedó bien del último parto y hay días en que se queja con aullidos de soprano.

–Si la tiras cerca del río, alguien irá a recogerla. Es una perra bonita. Quizás a otros les traiga suerte.

Mete la cabeza, Violeta. No vas a salir. Estate quieta cinco minutos. No voy a dejarte metida en el saco. Estate quieta. No soy ningún hijo de puta. En el río siempre hay agua y a la gente que allí está viviendo le gustan los perros. Tienen hasta cuatro y cinco. Alguien irá a recogerte. Para ti, simple perra, la clemencia del cielo siempre ha puesto el pulgar hacia arriba. Tres veces tuviste dueños que te consintieron. Cuando llegue la hora, tú no morderás a Dios. No tendrás derecho. Un cuarto dueño aparecerá mañana, antes que el frío y el hambre te sequen el estómago.

–¿Viste qué linda es, Fernando? –dijo Iselda cuando descubrió a Violeta parada como un zombi en el centro del patio–. Tiene un poco de sarna; pero es linda. ¿Qué nombre le ponemos?

–Ahora las personas llevan nombres de perros, y los perros llevan nombres de personas: Laura, Tania, Ñico…Es la moda.

–¡Violeta! ¡Voy a ponerle Violeta!…Cuchichi, Violetica, cuchicuchi… ¿Dónde está la patica de Violeta? ¿La perrita Violetica no le da la patica a su mamita?

El Ford está encendido junto al río, listo para el escape. Abro la boca del saco. Violeta está sofocada y el miedo alumbra en sus ojos. Ya no matará a esa tía que la quiso tanto, ya no tramará otra enfermedad contra mi madre, ya no dejará que los ladrones rompan las puertas, ya no será el pretexto para que yo me siga acostando con Irene. Salgo corriendo. A mis espaldas queda Violeta como una incertidumbre que me ladra; pero que no podrá alcanzarme.

Con el final de Violeta, ¿también llegará el final de Irene? Pensar en algo así me espanta. Dicen que no es vida esa que ella lleva. Les pide tragos a los machos, los chulea, se hastía de los maridos y les grita. Les da una patada y a la calle, pinga mocha. ¡Que haya muchas Irenes! Ahora, mañana y siempre. ¡A la calle, pendejo, pinga mocha!

–¿Soltaste la perra en el río?

–¡Qué remedio!

–De ahora en adelante, todo irá mejor.

Todo irá mejor, piensa Iselda. Y como pensar y callar significa demasiado esfuerzo para ella, también debe gritarlo al viento. Todo irá mejor. Me levantaré temprano, me pondré a barrer el patio y le hablaré a las gallinas y los puercos; amaré al prójimo salobre, desmerecido y chancletas; emularé con la Madre Teresa en casi todo y olvidaré dónde está Calcuta, y llenaremos tiernamente el espacio del sofá para roncar en pareja después de las nueve.

Perra perrita, perra del alma. Apiádate de Violeta, Diosito, que este amor tan fatal que atenaza mi mente me ha obligado a lastimarle el corazón.

–No lo hiciste por mi tía, ni por mi madre…Lo hiciste porque ya no quiero estar contigo, porque ando con otra mujer. ¿Qué culpa tiene un pobre perro de que tú ya no me gustes?

–¿Qué te pasa, Fernando? Te veo cocinándote el mollero –pregunta Sergio acodado en el mostrador de majagua, con un doble completo de ron en el vaso-. Métete un trancazo y ponte sabroso –dice subiendo el vaso hasta la altura de mis ojos–. ¡Prueba ese animal, mi yunta!

Y me doy un trago largo para encenderme el gaznate. ¿Panchito, Contreras, Blanca Rosa, el Benny?, pregunta Sergio ante un puñado de discos. Bebo el resto del vaso, me sacudo eléctricamente y no respondo. ¿Rolando Laserie? Doy un sí con poco entusiasmo. La voz del negro Rolando se desgrana. Quizás Violeta esté bebiendo ahora mismo con los borrachos ilegales del río. Será parte de un gran zoológico humano: allí la gente vive como animales, el alcohol los entigrece y la comida se nota solo si se mira a través de una lupa.  Pero dan los buenos días. La voz del negro Rolando se desgrana. Eche, amigo, más champán, que todo mi dolor bebiendo lo he de ahogar.

II

–¡Suelta esa perra, Fernando! ¡Suelta esa perra!

Fernando se pone cada día más sinvergüenza. En cien leguas a la redonda no hay otro hijo de puta más grande que él. Ahora fue la perra quien tuvo que sufrirlo porque, en una de sus tantas borracheras, casi la estrangula con una soga. Parece que su puta no se lo templó muy bien. Y si no la coge con la perra, la coge con mamá. “¿Y usted, Paulita, hip, cuándo piensa morirse, hip? Ayer me dijeron, hip, que usted tenía el SIDA”. ¡Descarado! Decirle eso a una persona mayor, decirle eso a una vieja que no singa hace cuarenta años. Y si no es mi madre, es el vecino. “Oye, Mariano, anoche me levantaron un racimo de plátanos, me dieron durísimo. ¿Tú no serías el que andaba por el patio?” ¡A Mariano, un hombre tan serio, por Dios! Y después ataca a la niña. “Hija mía, se te va a pelar por tanto macho”. La cara se me cae de vergüenza por culpa de este Fernando. Y si una mierda es él, una mierda más grande y con más peste es esa caradura con la que está templando. Ni el mismo Fernando la respeta. Por eso ya le pedí a Babalú que le partiera las patas.

–Vete con Irene, cásate con ella, divide esta casa.

–Irene es una puta, una borracha, una cuatrera…Mi mujer eres tú.

–Pues deja a esa patasucia y vuelve a tu casa.

–Pero si ya no ando con ella –jura Fernando y se prepara para inventarme un discurso–. Mira, Iselda, hay algo que debo explicarte: un día estás en un hueco, pensando que la vida te ha llevado recio, y de pronto aparece una mujer y te saca los dientes (los dientes se los sacaría yo a ellos) y te das cuenta que esa mujer necesita compartir una experiencia contigo.

–¿Experiencia? ¿Ahora le llaman experiencia a ponerse en cuatro patas y encueros arriba de una cama?

Fernando me aburre y me defrauda con cada palabra. ¡Qué distinto hubiera sido todo con Alfredo! Fernando siempre fue pesado desde joven. Nunca tuvo una pizca de gracia. Empezaba recitando uno de esos poemas que se sabe de memoria y toda la visita decía: ¡qué lindo!, ¡qué lindo! y al minuto se tiraba un viento cochinísimo en el medio de la sala, delante de toda la visita. ¿De qué le sirve leer tanto periódico y tanta revista y saber poesía, si hasta malanga sabe que es una bestia?

Alfredo, en cambio, sí era un caballero. Lo es todavía. Es verdad que a veces se le iba la mano. Pasaba frente al jardín y me decía con aquellos ojos negros que querían desnudarme: “Cada día te pones más buena”. Y pasaba un año, y dos, y diez, y Alfredo volvía a repetirte con el mismo descaro de siempre: “Cada día te pones más buena”. Si le hubiera dicho ji, allí mismo en el jardín me la hubiera espantado. Y el susto hubiera sido tremendo, porque dicen que lo que calza allá abajo no es un zapato de canastilla, que si siempre usa pantalones apretados es para marcarse el cipotón que se manda. Dicen las malas lenguas que le dio un pingazo a María Julia, la tendera, que la puso a hacer cuclillas. ¡Solavaya!

De Alfredo también se decía que años atrás, cuando era joven, estuvo con una guajirita por Güira de Melena, a la que casi le arranca aquello de una mordida que le dio en una cuneta. Fernando jura y perjura que Alfredo fue quien mordió a la muchacha y se pone a recitar el poemita que le sacaron los jodedores: Y miren si es atrevida/, que espera recuperarse/ para volver a singarse/ al que le dio la mordida. No dudo que Alfredo lo hiciera. Con la vista solamente, Alfredo te quita la ropa, te la cuelga en un perchero, te mira de arriba abajo, te tiempla y te vuelve a vestir. ¡Ya quisiera ser Fernando la mitad de Alfredo, que hasta con miel de abeja le gustaba empavesársela! Y aunque vivía en su tarrito por aquí y con su puta por allá, como todo hombre, la gente de al lado escuchaba, a cada rato, a su mujer oficial gritar de noche, en medio de una gozadera que traspasaba ventanas y puertas y llegaba hasta el medio de la calle.

¡Yo también necesito eso, carajo! Si le paré la entrada al Alfredo no fue porque no tuviera para resistir al toro, que hasta Dios sabe que cuando una mujer es bien trabajada, en el hueco se puede dar hasta una misa. Lo rechacé por respetar a un hombre que no me respeta. “Cada día te pones más buena”. Ven a decírmelo ahora, o dime sencillamente que soy un tareco todavía singable, que con cinco o veinticuatro roscas en la panza, empavesados de miel o de menta, podemos hacer maravillas.

No es que yo ande con dos caras, que me vista con una cruz religiosa sobre una blusa negra sofocante y me ponga a cotorrear un montón de sandeces sobre la moral y, al bajarme del carro, la gente vea que yo llevo minifalda para hacer la putería, igual que vi en una película italiana. No. Le he cumplido siempre a Fernando, los enfermos de la calle son mis enfermos, mi botiquín terminó de farmacia de la cuadra, de la sopa que cocino ha comido el vecindario…Por eso todos me dicen: “Con lo buena que tú eres, Iselda, no es justo que Fernando te haga lo que te hace”.

Y lo peor es que se ríe. Y lo peor es que todo se le olvida a la mañana siguiente. La perra sufrió por su culpa y él no se acuerda. Apretó del pescuezo a la pobre perra y se rio y se olvidó el muy descarado. Pero si no la estoy ahorcando. ¿Verdad, perrita, que no te estaba ahorcando? ¿De verdad que anoche yo me puse a ahorcar a la perra? Además del corazón y la vergüenza, Fernando tiene jodida la memoria.

Un día me encapriché en que debíamos botar a Violeta. Pero no fue por maldad. En cada borrachera de Fernando, su vida peligraba. ¿Dónde está la soga? ¿La perrita Violetica no sabe dónde está la soguita con que quiero ahorcarla? ¿Violetica no le trae la soguita a su papito? El alma se me enfriaba.

A mi sobrino, un muchacho serio, le pedí que la dejara por el río. Allí los perros florecen y viven en su salsa y Fernando no podría nada contra ella. Besé una de sus patas al subir al carro. Ella me miró con miedo. Un ruido seco subió a mi garganta. Es por tu propio bien, Violeta, es por tu propio bien.

–Conque botaste la perra, ¿eh?

–Solamente le salvé la vida.

–Pues cometiste un pecado, señora Iselda…¡tu único pecado! No matarás, no robarás, no desearás al marido de tu prójima…y existe un onceno mandamiento: ¡no botarás a tu perro! Desde este momento, te niego el derecho a convertirte en Santa. Ya no serás Santa Iselda de la Pureza, como habíamos acordado. Su Santidad Jesucristo acaba de excomulgarte.

Fernando está borracho y se va a la calle. Seis horas más tarde regresa. Impresionantemente sobrio y perfumado, con dos chupones en el cuello. Trae una oculta en la espalda.

–Querida Iselda –comienza el discurso– hubiera sido imperdonable que yo pasara por alto este momento. Salí a la calle, conversé con mis amigos y a cada minuto te recordaba, y no sé por qué sentía que algo muy grande comenzaba a agitárseme en el pecho. Es el amor, me dije, ¡es el amor! Estás enamorado de tu esposa, Fernando. Hoy, precisamente, llevas veintisiete años amándola.

Saca la mano oculta y me extiende un ramo de flores. ¡Hermoso! Se inclina para besarme y lo detengo.

–¿Ya dejaste esa mujer?

–Un hombre como yo no puede querer a una puta –los ojos de Fernando se empañan–. Tú eres mi mujer, mi vida, mi alma…

–¿Fernando! –mis ojos también se empañan y lagrimean–. Yo tampoco sé vivir sin ti.

–Todo el mundo me lo dice: “Deja esa bandolera, Fernando, deja esa bandida. Quédate con tu mujer, que es un alma del Paraíso”.

Fernando me besa en el cuello y los labios y restriega su nariz en mis senos. Tiro sobre el sofá el ramo de flores. Fernando me abraza y me estruja y me canta al oído que este amor delirante que abrasa su alma es pasión que atormenta su corazón, que yo siempre estoy en su tristeza, estoy en su alegría y en su sufrir. Portillo, Fernando y yo nos vamos a la cama.

III

La llegada de Fernando cambió mi vida. Antes que él, mi vida era un desastre, un trago hoy, un macho mañana, un ratico debajo de este, un minuto arriba de aquel. Bájate el blúmer, ricura, que quiero metértela. Una vez en la sala, otra vez en el cuarto, a veces en la cocina o en el baño. Y el mismo chiste para enfrentarme a todos los desastres.

–Tener mucho dinero, mucho dinero –empezaba el chiste– no te hace rico.

–¿Que no te hace rico? –preguntaban tomándome por estúpida–. ¿Tú estás segura?

–No te hace rico –continuaba el chiste–. Mira tu caso.

–¿Mi caso?

–Tú tienes mucho dinero, mucho dinero; pero tu pinga no está rica, no sabes moverte rico en la cama, tu boca no está rica, tu cuerpo no está rico…. ¿entiendes ahora, pedazo de burro?

A menudo se quedaban boquiabiertos o me soltaban una risita o no lo tomaban en serio por mucho que mi cara intentara decirles que no estaba jugando, que detrás de aquel chiste había una verdad y un desprecio. Eran los más. Los menos querían matarme. Uno de aquellos burros, que no quiso quedarse boquiabierto ni soltar una risita, me partió la boca de un puñetazo. “A un hombre no se le hace esto, reputa”. Los ojos se le pusieron vidriosos, tomó mi cara como si se tratara de un pedazo de fango y la escupió con rabia. “Que tu pinga no está rica, socio, vete al carajo”. No quiero recordar lo que pasó después.

No sé todavía qué rayos fueron esos tipos que llevé a mi casa. Buenos palos, medios palos, malos palos, pervertidos, inocentes capaces de llenarles la panza a su mujer, los hijos propios, los ajenos, los dudosos y también al amante…pero ninguno dejó dentro de mí una huella consistente.

Y los había graciosos, como aquel Pepe viejo que llegó del fin del mundo con el fin de montarse a una mulata donde nadie lo supiera y terminó montándome en mi propia casa, porque alguien le dijo que yo era la perica más caliente del pueblo y le daba raya y media a la negra más caliente que hubiera en la zona. La gente es del carajo, la verdad. Por eso tuve que parar en seco a un pendejo que una tarde me brindó un trago de ron y después me llamó Penicilina. ¡Qué va, mi chino, no hace un mes me revisaron la vagina y la tengo limpiecita! Mira a ver si la puta de tu madre la tiene como yo. Y suspende lo de Penicilina, que los nombretes se pegan. A la gente hay que pararla en seco.

El Pepe olía como la ropa que desinfectan en la aduana, adoraba el cachú y las sardinas y le gustaba retratar hasta la hierba. La colección de retratos de santería que está repartida entre la sala y los cuartos son parte de su vicio. “A mí gustarme tus santos, a mí gustarme mucho santo del perrito”. Él fue el primero que me propuso hacer algo distinto. Los demás me proponían hacerlo sobre la mesa, hacerlo por el huequito que no se debe, tragarme el resultado de sus calenturas, disfrazarnos de cuanto andrajo estuviera colgado en la casa para que el palo siempre fuera distinto y tu pareja siempre pareciera otra.

Pero el Pepe me propuso retratarme desnuda y llevarse las fotos para Europa y los Estados Unidos, donde los culos se miran como arte. Lo dejé que hiciera su negocio; aunque más de una vez le advertí que a nadie le interesaría mirar el retrato de una fea desnuda en una casa de espanto. “Cuba y cubana siempre ser linda en fotografía”. Sólo Dios sabe en qué lugar del planeta está hoy mi pobre culo llenando un retrato.

El tipo también me aburrió. Podía llevarse sus sardinas, sus cachuces, sus turrones y sus vinos al carajo. No soy puta cobradora, no desplumo a los tipejos que me meto entre las piernas. Quien tenga cara de hacerme gozar, es el dueño de mi cama. Si quieren tocarme con algo…Al Pepe también le hice el chiste cuando ya se volvió insoportable.

–Tener mucho dinero, mucho dinero, no te hace rico.

Of  course, darling! , no hacerte rico: si no tener amor, no hacerte rico.

El chiste, por primera vez, comenzaba a fallarme. Pero quería hacerlo.

–En realidad, lo que yo quiero decir…Bueno, yo tengo que explicarte que hay dos formar de ser rico: rico de dinero, de fábricas, de tierras, como los Rockfeller y rico de sabroso, de apetitoso… –el Pepe abrió los ojos sin entender nada–. Tú puedes ser rico de dinero y no ser rico de sabroso.

–No entender, Irene, no entender explicación.

Explicar un chiste es destrozarlo. Por eso traté de acabar de la mejor manera que pude:

–Que tu pinga no gustarme, que tu pinga no estar rica.

Tres meses después llegó Fernando. No era el hombre que aspiraba a desnudarte con la vista. Era más bien un hombre que sólo te desabrochaba el primer botón de la blusa. Con eso le bastaba. Un hombre siempre a medio camino, un hombre que reía con media risa y lloraba con media lágrima. Nunca con toda la pasión, nunca con toda la verdad, nunca con toda la mentira. Las mujeres decían que estaba enamorado de sí mismo, que se amaba locamente, que iba a morirse solo, que ni siquiera su sombra iba a ladrarle. Como defectos, no eran gran cosa. Templé con tipos peores, que me golpeaban sin misericordia o pretendían cagarme en el pecho mientras me la estaban espantando por la boca.

Cuando el puesto de viandas estaba vacío, en su horario muerto, llegaba Fernando con su ceja levantada (cualquiera de las dos), encendía un cigarro y miraba la lista con los precios de las frutas y las viandas, y se ponía a cantar bolerones que decían ella es una perdida, que le mienta más y más, que su maldad lo hacía feliz, o que por alto esté el cielo en el mundo y por hondo que sea el mar profundo…seré para él. Serás para mííííí…, cantaba levantando las dos cejas al mismo tiempo y queriéndome tragar con los cinco sentidos.

Poco a poco caí en el juego. Quise caer. Fernando pedía, por ejemplo, las dos mejores frutabombas que hubiera en el estante. Yo, con más paciencia que un cura, debía demorarme en buscar y rebuscar, poner arriba y abajo y en el medio las mejores frutabombas, que nunca resultaban ser las mejores, porque aquellas de allá abajo, pichona (o aquellas de allá arriba, cariño) sí están maduras. Con toda intención perdía agilidad al buscarlas, me volvía torpe, le respondía siempre con la dentadura afuera, bien puta, y me quedaba en posición retadora para escuchar su flechazo después que, por fin, se decidía por un par de las dichosas frutabombas.

–¿Te gusta el bolero, linda?

–Depende de quién me lo cante.

Cualquier otro, en su lugar, hubiera respondido sin aportar nada nuevo: “¿Y si yo te lo canto?”. Pero Fernando respondió como Fernando:

–Conmigo no cuentes para que lo haga.

Siempre irónico y zoquete. Sus dos mejores virtudes para rendir a la hembra. Después salía caminando como un actor de cine, y al día siguiente regresaba cantando un nuevo bolero, y las miradas y las palabras se ponían más calientes. Hasta que al fin yo dije la última palabra:

–Anoche me prestaron un disco de Orlando Contreras… ¿Te gusta el bolero, lindo?

-Depende de quién me lo cante.

–¿Y si te lo canto yo?

Esa noche oímos a Contreras y vimos el Paraíso. Para su edad y su corazón defectuoso, Fernando levantaba demasiado bien su carpa.

Al principio todo fue discreto. Hasta la esposa de Fernando, la fofa, continuó saludándome amablemente. En el fondo sentía pena. Pero en asuntos de cama no hay amigos ni parientes que valgan. Dicen que hasta los padres desean a la mujer de sus hijos y no es una aberración de la naturaleza.

Fernando decidió que nada nos excitaría tanto como dormir en su propia casa. Aprovechamos una ausencia de Iselda y cerramos puertas y ventanas en un anochecer temprano y nos bañamos en pareja, cocinamos desnudos, comimos con los platos puestos en el piso y Fernando dejó que yo fuera Iselda, que vistiera sus vestidos y sus joyas olvidadas y también sus harapos de cada día. El miedo a ser descubiertos, lejos de contraernos, nos excitaba. Si no hubiera sido por aquella perra…

–Esa perra me está mirando con mala cara, Fernando.

–Dale unas papas fritas y unos huesos…Lo que tiene es hambre.

–¿Y por qué no la sacas?

–Si la dejo allá afuera, no hay dios que la calle. Siempre ha dormido aquí adentro.

Pero los huesos y las papas no le aflojaron el odio en los ojos. Aquella perra me estaba acusando de algún delito. Volví a advertírselo a Fernando. La perra no le preocupaba, ni mi inquietud tampoco. El colmo vino después, cuando la perra se paró en dos patas al frente de la cama mientras Fernando se entretenía en meter y sacar su lengua del centro de mis muslos.

–¡Bótala de aquí, Fernando! –grité con rabia; pero Fernando siguió en la luna de Valencia, sin oír, saboreando como un manjar aquella flor de pelo y carne. –Fernando, saca esa perra. Tu perra nos está mirando. ¡Fernando! ¡Fernando, cojones, saca tu lengua y saca la perra!

Fernando la encerró en el otro cuarto, con un platico de leche. Sin embargo, ya no pude estar tranquila el resto de la noche. Aquella perra me la había jodido. Fernando intentó excitarme ensayando nuevas formas: con un video porno italiano y una revista francesa de poses y de tipos que sacan su cabeza de una piscina y empuñan su lengua descomunal para lamer lo que una tipa rubia, bonita, desnuda y en cuclillas les ofrece risueña al borde de esa piscina. No tuvimos resultado. Al menos un resultado que valiera la pena. Sobre las cuatro nos vestimos. Al otro lado de la puerta del cuarto donde Fernando había encerrado a la perra, sabía que sus ojos misteriosos estaban vigilando. ¿Encontraría alguna forma de contárselo a su dueña?

Tardes después Fernando volvió a retarme. Me llevó escrito en papeles fragmentos de un libro árabe o hindú, que hablaba de templar y llegar a la locura con un montón de variedades de abrazos, que hablaba de atenazarse hombre y mujer como serpientes y poner las cabezas, las nalgas, los muslos, los brazos…en posiciones impensables.

–Lo vamos a practicar en mi casa.

–Mientras esté esa perra, no hay invento.

–Pero si Violeta es una perrita indefensa.

–¡Una perra con ojos de diablo!

–Y qué hago con ella. Dime. ¿Qué hago con ella?

La próxima vez no estaba la perra…

IV

Mi cabeza va a enfriarse; tengo que contar esta historia antes de que el alumbrón se cierre.

Mis dos primeros dueños se alegraron cuando supieron que yo tenía una nueva casa. Al primero le sobraban perros, al segundo le sobraba hambre, y a los dos les faltaba el poder de tía Esmeralda, Iselda y Fernando.

Mi última casa siempre fue tranquila y nunca me faltaron en el piso un plato de leche, un poco de arroz y unos huesos con tiras de carne. Mi vida dejó de ser vida de perros. De vez en cuando me atrevía a subirme a las camas y los muebles y mis dueños no parecían darse cuenta o les hacía gracia mi atrevimiento. Si alguna perra fue querida, esa perra fue Violeta. Aprendí a comer con grasa, con sal, con azúcar, con sazones…a diferencia de otras casas, donde la gente y los perros comían sin grasa, sin sal, sin azúcar, sin sazones.

Cinco veces me fui con los perros y cinco veces regresé preñada. A mi vuelta, salían a recibirme con honores, sobre todo tía Esmeralda, un ángel que hubiera dado sus ojos azules para que algún desgraciado no quedara ciego. Con ella tomé los mejores helados, mastiqué los mejores chorizos y croquetas, y pedazos enteros de carne. Perdí la mirada de golosa. Mi panza siempre estaba al reventar.

Pero tía Esmeralda se fue transformando. Pasaba todo el día y la noche en cama y empezó a dejar de ser bonita. Cambió tanto, tanto, tanto, que llegué a confundirla con una extraña. Y le ladraba.

–¿Tan mal estoy, Violeta, que tú ya no me conoces?

Tampoco su voz era la voz de tía Esmeralda. Murió sin avisar, de madrugada. La casa se llenó de un silencio sospechoso. No volvieron los helados (que aun desde la cama ella encargaba) y la carne fue sustituida por huesos calvos y pastas y picadillos ácidos. “Esto es culo de vaca molido”, decía Fernando, y vaciaba su plato entero encima del mío, para no tener que mandárselo por correo a cierta gente. Pero yo comía a gusto, aunque no fuera como antes. En algo Iselda se parecía a Esmeralda: las dos cocinaban bien hasta la mierda.

El primer escobazo lo recibí una mañana. “Ya esta perra me tiene cabrona”. Iselda estaba distinta. Habían quitado a una y puesto a otra. No era yo quien ladraba, era otra. No era yo quien sacaba los colmillos, era ella. No era a mí a quien picaba la sarna, era a ella. Mi dueña se había convertido en una perra colérica. Me acosté en rincón. La escoba de Iselda cayó sobre mi lomo. “Vete, vete de aquí”. Tomé de prisa la puerta de la calle y no volví hasta bien entrada la noche. Fui por la comida. El plato estaba vacío.

A su modo, un perro también piensa: si te dicen que no entres a un cuarto, tú no entras; si alguna de las personas con las que vives no quiere tocarte, tú no te acercas a ella; si alguien siente especial amor por ti, tú sabes distinguirlo entre todos; si eres perra te agitas, te diviertes, te sacudes si tu dueño es hombre; si eres perro, tienes excitaciones cuando tu dueña te pasa la mano por ciertos lugares del cuerpo…Podemos orinarnos de risa o de rabia; por donde no cabe un perro bruto de diez libras, cabe un perro inteligente de cuarenta, igual que les ocurre a las personas.

Sabía que el panorama se estaba oscureciendo. Ya nadie se hablaba o me hablaba en el tono moderado de antes. Fernando no cantaba bajito como antes, ni siquiera a media voz, ahora cantaba para todo el barrio que ella era libre de amar en la vida y él no la culpaba, que siguiera feliz su camino y que le fuera bien.

Fernando me ignoraba por completo. Entre su olvido permanente y el olvido malintencionado de Iselda, mi plato quedó vacío muchas veces. Rebajé varias libras y parí la última vez sin ayuda del veterinario. Dos perritos negros y uno blanco pasaron por este mundo, lo sintieron, lo escucharon, lo olfatearon, pero no lo vieron. Quedé con infección y un orificio que apesta y desparrama el orine. En esa casa, al parecer, terminaremos todos podridos.

No sé qué hice, qué mal. Pero Fernando pasó una soga por mi pescuezo y comenzó a estrangularme. Se me cruzaron los colores y los sonidos. “¿Tú no querías ahorcarla? ¡Pues ahórcala, cabrón, ahora mismo!” La voz de Iselda me llegó de ultratumba. Pero Fernando soltó mi pescuezo.

Fui una perra demasiado estomacal. Hubiera podido largarme con los perros, como lo hice otras veces, y no volver nunca más, que el pellejo es el pellejo. Pero fui una perra demasiado estomacal. Al fin y al cabo, el arrocito y la pastica o el picadillo ácido me llenaban de vez en cuando el plato y la panza. Y un perro callejero debe caminar mucho y pelear demasiado si quiera echarse a la boca, al menos, un pedazo de cartón con sabor a huevo roto o una hoja manchada de salsa de pizza.

La gota que desbordó la copa llegó con la mujer que cocinaba desnuda y gemía en el cuarto como nunca oí gemir a Iselda y Esmeralda. Me puso en el plato un montón de papas fritas y los huesos de un pollo entero. ¿Estarían de vuelta los viejos tiempos con aquella desconocida? De los huesos pasaría seguramente a la carne, de la carne a los helados…del fango a lo más sublime. Me asomé a la cama. Quizás la mujer tuviera más papas fritas, pues vi que le había puesto un puñadito al santo de la sala.

Mientras Fernando mantenía su cara entre las piernas de la mujer, algo la asustó a ella. Entonces su voz se puso agria como la voz de Iselda en los últimos tiempos. Fernando me llevó al otro cuarto con un platico de leche. Me quedé pernoctando encima de la cama y en medio de lo oscuro. No sé ni me interesa qué pasaba afuera. En mis tripas sonaban alegremente la leche, los huesos, las papas…Había vuelto a comer como en los tiempos gloriosos de Esmeralda.

Al mediodía siguiente, la casa volvió a retumbar. “Pero qué hace esta perra aquí adentro”. Una patada contra mí dejó tambaleando a Iselda y la hizo caer de espaldas en la cama. Desde el colchón continuó disparando. “¡Perra, carajo, fuera!” Los insultos siguieron volando sobre mi cabeza, pero aquel bulto no pudo levantarse y escapé a la calle.

Mi tiempo estaba contado. No avisé cuando un ladrón rompió la puerta del patio y saqueó el gallinero. A mí qué me importaba que se robara hasta la mierda, si mis dueños no me daban ni el pescuezo de la gallina más flaca. Las maldiciones volvieron a volar sobre mi cabeza, pero esta vez en compañía de un pedazo de hierro.

Me escondí durante tres días. Volví una noche, cuando la casa estaba cerrada a cal y canto. No sé quiénes estaban adentro. Quizás estuviera la mujer que se asustó al verme subir a la cama. Ni una sola señal de vida. La casa permanecía silenciosa. Quizás la cerrazón fuera cosa de Iselda, que también clausuraba la casa para que las borracheras de Fernando no hicieran la sobremesa del vecindario.

Afuera había un plato con arroz y carne de la que Fernando quería enviar por correo a cierta gente. Comí unos bocados. Aquel sabor amargo me dio mala espina… ¡La espina, la espina, la espina! Bebí toda el agua que pude de un charco sucio. Un mareo comenzó a llegar, después una fatiga y un dolor agudo. Amanecí sin fuerzas sobre un vómito espumoso y blanco. No recuerdo quién me echó en un saco. Su cara estaba nublada. Escuché la palabra río. Después mis oídos ya no distinguían una voz de un susurro o un grito.

Ahora me estoy muriendo junto al río. Un hombre extraño ha sacado mi cabeza para que respire. Me llama pobrecita. Comienza a parpadear el alumbrón en que toda tu vida pasa frente a ti. Mi cuerpo se va poniendo rígido. Después de algunas contracciones, quedaré inmóvil… ¿Qué le dirán mis matadores al hombre con muletas que está en la sala con sus perros, al hombre que Iselda llama padrecito, al que Fernando le pone tabacos y la mujer desconocida papas fritas? ¿Qué historia le contará cada quien a su conciencia?