Todo es personal o de cómo la verdad se vuelve del dominio público

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Todo es personal, Malú Huacuja del Toro

Ediciones Malpaso, 2021 (Barcelona, México, Buenos Aires, Nueva York)

192 páginas

 

I

“Ahí comenzó la fragmentación de la línea entre la ficción y la realidad que ahora vivía”, se lee en las primeras páginas de Todo es personal. A primera vista pareciera que la detonación y el impacto de una bala determinará el curso narrativo de esta novela que se impone como un juego de encuadres que develarán, en sus fragmentados reflejos, los horrores cotidianos de un país sitiado por la delincuencia (la corporativa y la institucional, en maridaje abierto y cínico desde el aparato político-militar del Estado).

Si en las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado se veía al narcotráfico en México casi exclusivamente como una amenaza a la “gobernabilidad”, donde las relaciones político-criminales se distinguían aún como de contención y centralización; es decir, de una aparente “lucha” contra la delincuencia pero administrada políticamente, hoy esa frontera parece diluirse y, por el contrario, muestra una fusión orgánica a casi todos los niveles de gobierno, lo que deriva en la concepción de un narco Estado que no sólo ejerce y permite la violencia política, sino que amplía sus redes criminales hacia el ámbito electoral y de administración de justicia. El “monopolio de la coerción legal”, que Max Weber atribuye a una función estatal, se comparte ahora con las organizaciones criminales para someter a nivel subnacional regiones enteras (Colima, Zacatecas, Michoacán, Chiapas, etc.). El panorama no podría ser más sombrío en este país que se topa cotidianamente con otros lastres y que Malú Huacuja del Toro sintetiza con precisión en este párrafo: “El narcotráfico requiere un régimen tiránico, machista, feminicida, nepotista, fundamentalista religioso, supersticioso y simulador” (p. 84).

Estas ideas sirven de reflexión para adentrarse en la trama de Todo es personal, una novela que si bien se rige por los cánones del género policiaco, bordea territorios narrativos más complejos donde la sátira política, la denuncia, el recuento de las atrocidades de desapariciones y feminicidios, la historia política reciente, la crítica al negocio del espectáculo y el entretenimiento, entre otros, la alejan del encasillamiento fácil, con todo lo que dicho género pueda desplegar en sus variantes estilísticas. Sin embargo, la tensión propia del whodunit la define sólo parcialmente, pues estamos ante un entramado escenográfico donde la acción criminal (¿alegoría? ¿parodia?) es un nudo corredizo, una especie de montaje que oculta otras formas de violencia, de impunidad, de complicidades; el país —un personaje más que asoma temeroso entre bastidores— se configura espacialmente como un gran set donde pueden ocurrir todos los dramas, todos los absurdos, todos los enredos, porque como dijera Carlos Fuentes: “En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta.” O narcotelenovela, como en este caso.

No es gratuito que Malú Huacuja del Toro despliegue (como extraída de una escaleta) en esta obra su vasto conocimiento del lenguaje cinematográfico —es conocida y reconocida su faceta como guionista—, que lo entrelace con otras estrategias narrativas para explorar en planos superpuestos ciertas prácticas políticas que en nuestro entorno devienen prácticas delincuenciales. Esto necesariamente nos alerta para calificar con llaneza —como “policiaca”— una novela que se nutre de las mejores herencias que han subvertido el género para inscribirlo en una tradición con carácter propio, cuya raíz histórica viene desde Ensayo de un crimen (Usigli) y El complot mongol (Bernal). La nómina de autores y obras posteriores que han revitalizado al género puede ser discutible, pero sin duda en ella ocupa un lugar Malú Huacuja con, por lo menos, dos de sus obras: Crimen sin faltas de ortografía y Todo es personal (y aquí no puedo evitar un suspiro de añoranza por aquella prosa deslumbrante de Un Dios para Cordelia que, aunque no califica en el género, me volvió un sospechoso lector de la autora).

 

II

El zar de las narcotelenovelas en México, Santiago Parral, es asesinado en una de las recámaras de la casona donde se realizan las grabaciones de su éxito comercial “El Jefe”. Debido a sus grandes influencias y conexiones tanto con las altas esferas del poder político como con los cárteles dominantes, su asesinato debe encubrirse para evitar un colapso social y económico en la ciudad, en primera instancia, y en el país por las repercusiones que pudieran derivarse de la revelación pública de complicidades y negocios de su empresa productora con el medio de la farándula, las campañas político-electorales y el lavado de dinero del narcotráfico.

La versión “oficial” entonces debe ir en sentido contrario: un montaje a modo para que tanto autoridades como director sean exonerados de cualquier sospecha de negocios sucios y, por supuesto, de eficiencia en la administración de justicia: el afamado director murió al intentar salvar la vida de una actriz durante un ataque a balazos de uno de los cárteles más sanguinarios del país. Este acto de “heroicidad” es el final redondo para un guion obligado en las historias de violencia criminal que vivimos cotidianamente. ¡Tan acostumbrados estamos ya a los entramados del absurdo que los villanos se cubren de gloria!

Es por eso que el primer planteamiento narrativo de Todo es personal es también una tesis para entender el desarrollo argumental de la novela:

Dado que las fuerzas del desorden y los desgobiernos a todos los niveles de cualquier partido están involucrados, cooperando descaradamente con las mafias de venta de droga (o hasta provienen de familias de narcotraficantes que ya lograron instalar a sus siniestros retoños en puestos de poder político), el relato de los hechos que se da a conocer en redes digitales y a medios informativos tradicionales tiene poco o nada que ver con la realidad, atribuyendo la causa, a veces, al “crimen organizado”, sí, pero referido como un monstruo o abstracción casi metafísica de la que no se pueden extraer nombres con sus apellidos y señas particulares (p. 7).

Sin embargo, la inmersión en los datos duros de la violencia ejercida o tolerada o desdeñada o abrazada por y desde el Estado, nos hace entender por qué esta obra es más bien un recuento realista de nuestros desahucios. El homicidio de Santiago Parral, sea la versión “oficial” o la que la autora va estructurando a voces —como un corrido del domino público— es, creo, una estrategia de denuncia (muy en la línea narrativa de la saga policiaca de Rodolfo Walsh, aunque con el desenfado y la ironía de Rubem Fonseca) para dar voz a esos otros agravios que desata de manera periférica la acción criminal del narcotráfico contra la población civil; los levantones, las desapariciones, las ejecuciones… en una guerra donde las víctimas (madres, padres, hermanos, esposas, hijos) ya no distinguen bajo qué color partidista se amparan los verdugos.

Quizá el personaje más entrañable de Todo es personal sea, precisamente, una mujer que ante la indefensión no sólo busca a su hija desaparecida, sino encuentra el sentido de su proceso de concientización, donde surge un lenguaje que identifica el dolor de muchas de ellas: organización, resistencia, “acuerpamiento”.

Conforme Ana Cecilia fue entendiendo más lo que verdaderamente estaba aconteciendo en su país, y de lo cual su hija y ella eran víctimas directas (no “accidentes” ni “casos aislados”), más quiso involucrarse en la lucha de “las locas” contra los feminicidios (p. 113).

La cocinera, la exmujer, el socio, el díler, la cantante, el asistente, el político en campaña y hasta algún “asesor” narco del director Parral podrían ser los autores del homicidio —y motivos tendría cualquiera, como se dará cuenta el lector—, pero no apostarle a las pistas y al progreso lineal de la historia es, justamente, lo que hace de esta novela una obra donde lo tensional rebasa el canon policiaco y se inserta en el territorio de los entregéneros; decir que podría ser bajo las circunstancias actuales una novela costumbrista es casi un lugar común, un thriller o ficción criminal, o ese subgénero denominado presuntuosamente “narcoliteratura” (cuyos parámetros sólo un par de críticos y escritores de cortas miras se empeñan en justificar), sería reduccionista y flojo. En rigor, Todo es personal se impone como una novela donde la experiencia literaria —la de la escritura y la otra, la que se enriquece con la tradición— es la mejor herramienta de una escritora sin adjetivos.

 

III

En un mercado editorial altamente rentable, como el del género policiaco, no pueden faltar los afanes monopolizadores, no sólo en cuanto a la publicación y nómina de autores, sino en relación con el dominio publicitario (hablo de la cofradía de narradores nacionales y extranjeros que fuera del género no producen algo literariamente significativo), con sus autopremios, sus recomendaciones para publicar, sus congresos a modo, etcétera. Es decir, la misoginia y el machismo como un género dentro de otro género. Ha sido más redituable para las grandes empresas editoriales —y para el mundo del streaming— invertir en una narrativa que sublime la imagen de la narca o el narco, que los estilice para un mayor consumo del imaginario social, con apenas una embarrada de crítica política, a apostar por obras (que sí se escriben pero no alcanzan a entrar a ese mercado) donde la denuncia de la violencia no disfrace sus ramificaciones más extensas.

No se espere, entonces, de Todo es personal la concesión, las medias tintas, la ambigüedad en aras de esa sobada demagogia que es la “corrección política”; y sí la reivindicación de las resistencias a seguir ensombreciendo la de por sí negra realidad con la exaltación y promoción de una “narcocultura” (teleseries, novelas, música, moda…). En ese sentido, la novela de Malú Huacuja del Toro es una antinovela, un antinarcocorrido, de ahí esa voz narradora que otorga a los “testigos invisibles” —anónimos, de a pie—, que paradójicamente nadie escucha pero gritan, que están enmudecidos por el terror pero no por eso en silencio.

Sin duda, la apuesta de la editorial Malpaso para darle cabida en su catálogo a esta novela fue un acierto que recompensa a los ya fieles lectores —y a los nuevos, por supuesto— de esta autora mexicana; porque como escribiera ese guía indiscutible del género neopolicial hispanoamericano, Manuel Vázquez Montalbán, en sus Escritos subnormales: “Estos textos dan por sentado que el mundo siempre estará mal hecho y que hay que procurar arreglarlo un poco, pero no demasiado, porque el empeño puede evaporar la humedad de la ironía”.