Hiram Ruvalcaba, Los niños del agua, FCE, México, 2021, 221p.
Las lenguas del agua para hablar con nuestros hijos
Vuelvo a pasar por donde un estallido de burbujas captó mi atención. Eso fue hace más de dos años, eran carpas que salían del agua para asomar sus boquitas; las abrían y las cerraban como si hubieran querido respirar el mismo oxígeno que yo. Les acerqué mi mano sutilmente, como había visto hacer a los niños curiosos, pero ninguna se asustó. Es más, parecía que veían en mis dedos deliciosas lombrices. Prefería que ninguna me mordiera, así que las dejé en paz para mirar la hora. Pronto darían las 6:05 p.m., en cualquier momento llegaría mi amigo Rurik. Lo esperaba en el Paseo San Francisco, una plaza comercial semiabandonada por los propietarios. Se trataba de un espacio insulso, que, pese a todo, albergaba un estanque con decenas de peces koi. Nadaban tranquilos en aguas oscurecidas por las sombras del local; entretanto, los compradores paseaban y ocasionalmente dedicaban unos segundos a perseguirlos con la vista. A veces les arrojaban migajas para ver cómo se abalanzan hacia ellas, dando la impresión de no haber comido nunca. O como si no hubiera alimento que los saciara. Las carpas, ahí encerradas en un espacio de ocho por cuatro metros cuadrados, me hacían pensar en lo reducido de su existencia: un puñado de vidas que desconocían la vastedad del universo. Aun así, no podía quitarme la sensación de estar perdiéndome de algo; creía que en sus aleteos cíclicos y callados tal vez se ocultaba una verdad de la cual yo no era consciente. Actualmente me deprime estar aquí, ya no se puede acceder al estanque; mi hermano me contó que ese espacio fue vendido a una universidad y él mismo presenció cómo unos hombres lo desmantelaban pieza a pieza. Sobre el paradero de los peces, ni él ni yo tuvimos noticias. Desaparecieron y hoy todo eso es una puerta cerrada.
Pero quizás hay formas para comunicarse con aquello que ya no está. Años atrás, Hiram Ruvalcaba se había encaminado hacia Ōtsuchi, el lugar donde se encuentra el kaze no denwa (teléfono de viento). Describió su peregrinar en el libro Los niños del agua, el cual releía junto al estanque mientras aguardaba la llegada de Rurik. Construido por un lugareño, el teléfono supuestamente podía permitirte hablar con tus muertos; Hiram se salió de su itinerario para visitarlo y tener la oportunidad de platicar con Tristán, su hijo fallecido hacía una década durante una complicación en el parto: a un costado del lago de Sayula, al sur de Jalisco, había recibido una llamada de su pareja para darle la noticia de que el niño no nacería. Yo nunca he visto en persona ese lago, pero las fotos me confirmaron el mismo paisaje que imaginé: un espejo entre la arena dorada, con 60 kilómetros de soledad. Es curiosa la manera en la que los libros que te marcan te encuentran. “Tu poema me recuerda a Los niños del agua, creo que te gustaría”, me dijo Rurik cuando publiqué una selección de mi primer libro en la revista Sputnik. El texto en cuestión se llamaba “Funeral japonés / Cementerio mexicano”, donde relataba un sueño que tuve hace siete años. Hablaba de la muerte de mi madre —quien aún vive—, y de cómo ella, en su lecho, era intercambiada por una mujer a quien nunca antes había visto. Una joven japonesa. “En realidad el sueño era truculento”, había escrito, “esa no era mi mamá / pero sí la de alguien más / alguien quizás de Oriente / que sepultaba a la mía / en algún cementerio mexicano”. A raíz del comentario de Rurik, me di a la tarea de buscar un ejemplar. Lo encontré en una librería del Fondo de Cultura Económica; su tamaño era de bolsillo y la portada azul mostraba, cómo no, un puñado de carpas nadando en una corriente azul. Me intrigaba conocer qué podría estar uniéndonos, aun sin saber del otro ni tener un punto de partida mutuo más allá de la escritura. Pero la mayoría de las veces, los lazos son hilos invisibles conectados por experiencias en común. La nuestra era la de haber sobrevivido en la etapa donde nuestro cuerpo era tan frágil como el aliento y ni siquiera éramos conscientes de nosotros mismos.
El libro comienza cuando “Papá Rokuro” le sugirió que visitara el teléfono de viento. Una llamada telefónica le había arrancado cualquier posibilidad de una vida junto a su niño, y ahora otra le devolvía la oportunidad de entablar una conversación con él. Hiram ignoraba qué le diría cuando estuviera en la cabina, o si realmente algo así podría ocurrir, no porque no creyera en el alma de su hijo, sino porque nunca tuvo el tiempo para dotarlo de una lengua. Mientras yo leía los pasajes, noté que, aun cuando apareció en la colección de crónica de Tierra Adentro, Ruvalcaba partió de ese género para configurar una serie de ensayos donde fluctúan la consciencia y el relato, explorando el dolor por la pérdida de los hijos tanto en Japón como aquí, en México. La crónica, en todo caso, no es sobre un suceso en concreto, sino sobre los años de duelo por su hijo. Los paralelismos entre nuestros rituales y los suyos se prolongan y diversifican, pasan por el territorio de la literatura, la religión, la vida personal y las denuncias sociales. En ambos mundos, contrapuestos entre sí, existe el mismo deseo por salvar sus almas y aliviar el dolor de los padres. En otras palabras, existe la esperanza por que la muerte no sea el final del amor.
A lo lejos por fin apareció Rurik. Me saludó antes de llegar plenamente. Guardé el tomo sin dejar de pensar en una frase recién leída y le mostré los peces: “Me pregunto si esa carpa está tratando de decirme algo en un idioma de agua que alguna vez todos supimos y hemos sido obligados a olvidar”, repasaba en mi cabeza, mientras distinguíamos un pez koi negro, vibrante en sus escamas. Si algo enseña la literatura, y no solo la oriental, es a contemplar el mundo circundante para encontrar en él un acceso a los signos. Ya lo decía Baudelaire en su poema “Correspondencias”, atravesamos un bosque de símbolos. ¿Qué veíamos nosotros en esos peces koi? Desconocía los pensamientos de Rurik, pero a mí me remontaban a la reencarnación y a Tristán. Incluso más ahora, al tener frente a mí la puerta cerrada, que en ese entonces, porque las carpas ya no están y evocarlas es darle al vacío una forma que no le corresponde. Hablar con el viento debió sentirse igual de extraño. Una vez frente a la cabina, Hiram observó a otro hombre que ya estaba hablando con su difunto. Mientras terminaba, se sentó para contemplar el paisaje y repensar lo que haría una vez dentro. “Me pregunto cómo se verán mis aguas a través de los ojos de mi hijo muerto”. Tristán forma parte del mizuko, traducido como “niños / agua”, o, dicho de otra forma, los infantes muertos a temprana edad; lo cual incluye tanto a quienes no sobrevivieron la labor de parto, como a los fetos abortados, así fuera por decisión de los padres o por causas ajenas1. A todos los niños que no lograron recibir las enseñanzas del buda les esperaría el Sai no Kawara, una suerte de limbo con la forma de un río azul, donde los pequeños apilarían torres con piedras en lo que Jizō san, un ser iluminado, iría por ellos y los llevaría a la Tierra Pura.
A las 6:20 p. m. salimos de la plaza en dirección al jardín donde se pretendía construir un orquideario y del cual sólo pusieron las señaléticas. Recordé cuando terraformaron la naturaleza central para destinarle aquel espacio al proyecto. Llegó la pandemia y todo rastro de avance se congeló. El sitio tenía la pinta de un cráter, el rededor permanecía vivo mientras el centro era un hueco estéril. Hoy en día, seguramente por la imposibilidad de sembrar otra cosa, esa parcela resguarda naturaleza desértica, dando al lugar un aspecto extraño, como de dos ecosistemas obligados a convivir. Al atravesarlo, me puse a imaginar el jardín de Ryoanji, también mencionado en la obra. Lo he visto en fotos, las piedras y la arena conjugadas en una simulación de las ondulaciones del mar. Durante su visita a Japón, Ruvalcaba lo recorrió sin saber exactamente cómo debía mirarlo: “Hacía un esfuerzo enorme por comprender la belleza de lo que estaba presenciando; pero nunca es fácil arrancar significados del silencio de las piedras”. Este otro jardín, que funge más bien como un monumento al capricho humano, me traía cierta nostalgia. Adentrarme en sus caminos como en mis años de preparatoria me hacía olvidar momentáneamente la mancha urbana. Para mí nunca fue difícil arrancarle significados al entorno; las piedras, las orugas, el sol de mediodía, todo ello es verbo; lo difícil es hacer que esos significados me permitan mantener la cordura en un mundo cada día más hostil. Quizás por esa razón, el segundo capítulo está dedicado a dos tragedias provocadas por la acción humana: la intoxicación de las comunidades de El Mentidero, en Jalisco, y de Minamata, en Kyūshū. La contaminación de sus respectivos cuerpos de agua por plaguicidas y residuos industriales llevó a la muerte a cientos de niños, no sin antes hacerles sufrir síntomas infernales. “Paraíso en el mar del dolor” se aleja del tono contemplativo que estableció el autor para insertarnos en una realidad sinuosa, la del desprecio por todas las formas de vida en pro de la avaricia. Hermanados por el duelo, los padres de ambas comunidades denuncian, imploran y en últimas instancias maldicen a las autoridades incompetentes y a las empresas responsables; su rencor se convierte en una peste que perseguirá a los culpables hasta el fin de los días… o al menos, eso se dicen para poder recibir un poco de consuelo. Los mundos ultraterrenos que todo lo juzgan protegen a los niños hasta que puedan reunirse nuevamente con sus padres. Mientras tanto esperan, pero sobre todo desean. Anhelan que los niños, ya a salvo de todo el dolor de este mundo, puedan escuchar los timbrazos del kaze no denwa y contestar la llamada.
Cuando el otro hombre había dejado el teléfono, vino el turno de Hiram. “El estado más puro de nuestra vida es el adiós”, escribió al rememorar su conversación con Tristán. “En aquel simulacro no fui capaz de decirle a mi hijo que lo amo. Que lo siento mucho”, añadió. La escena descrita por él se proyecta hacia un futuro donde tendrá el valor de responder a las preguntas del niño, así como sus silencios, su perdón y su rabia. Pero al mismo tiempo se instala en su presente, en la aceptación de su partida, en la asimilación de que nuestros muertos siempre nos acompañan, aunque debamos seguir adelante. Hiram y el hombre se acompañaron un rato más, hasta que este último profirió: “Ya salió el sol”, para después partir en dirección al mar.
Rurik me señaló con cierta mordacidad una de las partes más profundas del jardín de San Francisco, donde yacía el esqueleto de lo que pretendía ser un riachuelo artificial. El cauce estaba delimitado por una estructura de cemento atravesado por un puente. La ironía no terminaba ahí. Debajo de nuestras pisadas y del concreto y de la tierra cruda, un río de verdad exhalaba vapores tóxicos. Entubado desde 1963, el afluente ha servido de drenaje para la parte centro de la ciudad. Los motores de los autos ahogan el rugido de un agua que otrora podía desbordarse y arrastrar todo a su paso. “No cabe duda”, pensé, “pisamos los restos de un gigante”. Él y yo cruzamos el puente después de haber visto lo tarde que era. A las 6:30 p. m. tendríamos que estar en nuestro destino. A diferencia del riachuelo falso, el río dormido me hizo acordarme del Sai no Kawara. Imaginaba a los niños apilando piedras, aterrorizados por los demonios, hasta que llegaba Jizō san a guarecerlos en su manto. En el libro, esta figura divina es retratada como el protector de los niños pequeños, alguien que orientó su camino hacia la iluminación en beneficio de los seres sensibles, lo cual se conoce como bodhisattvaa. A pesar de no ser exactamente lo mismo, la idea me parece similar a cuando mi madre me enseñaba a rezarle a mi ángel de la guarda. Si bien, Jizō defiende a los espíritus infantiles y los ángeles de la guarda se encargan de velar por el bienestar de los vivos, permanece ese talante por cuidar a nuestros seres amados más allá de lo que nuestras limitaciones corporales lo permiten. Un deseo que se intensifica en periodos de peligro inminente, como aquel que mi madre y yo experimentamos en mi primera infancia.
A los seis meses de mi nacimiento, sufrí de una enfermedad provocada por un rotavirus. Mi mamá suele contarme que súbitamente mi piel se volvió grisácea, presentaba fiebre, sudaba frío y mi llanto no tenía lágrimas. Entiendo que el virus causa asimismo diarrea, pero esa parte nunca la menciona. A lo mejor no le gusta crear en sus oyentes una imagen mía denigrante, como si ese bebé tuviera algún pudor que guardar ante la muerte. Ningún tratamiento me ayudaba, por lo que debí ser internado en un hospital de la Cruz Roja la víspera de Año Nuevo. Mientras me examinaban, mi mamá caminaba de un lado al otro del pasillo, rezando por una buena noticia después de tantas que sólo conducían a la posibilidad cada vez mayor de no sobrevivir aquella noche. Me gusta, sin embargo, lo ocurrido a continuación: las enfermeras, despojadas como cada año de la oportunidad de pasar la fecha con sus familias, se reunieron para compartir un poco de ponche y tortas de bacalao. Alguna debió percatarse de mi mamá y le ofreció no solo las viandas, sino algo de compañía. En mi versión, la veo rodearse de las enfermeras, quienes le darían palabras de aliento y, por qué no, le sonreirían. Así, mi mamá dejó de llorar, pues había encontrado cierto alivio en la buena voluntad de todas esas muchachas y señoras, como si de alguna forma todas ellas pudieran influir en el éxito de mi recuperación. Y quizás sí me curé por ese motivo. Al día siguiente fui dado de alta, me dieron algunos sueros, pero sobre todo el tiempo suficiente para escucharla narrar esa historia y pensar en que pude haber sido el niño de agua de mi madre.
Me acordé de aquella anécdota cuando leí el capítulo que da su nombre al libro. Ruvalcaba narra que sus padres pasaron por algo similar. El niño no mejoraba —también de una infección estomacal—, por ende, hicieron una peregrinación hacia la capilla del Santo Niño de Atocha de Huescalpa para suplicar por la preservación de su vida. Asimismo, se vieron forzados a bautizarlo en el segundo mes de su enfermedad debido al miedo de perderlo en los umbrales del limbo. “Kokoro no naka (心の中), así llaman los japoneses a un sentimiento que se gesta en el corazón y que nos obliga a tomar acciones para remediarlo”. Después de haberse encomendado a las fuerzas más grandes que conocían, emprendieron el camino de vuelta, pasando por el lago de Sayula —donde veinte años más tarde, completamente vivo, recibiría la noticia de Tristán—. El bebé dejó de berrear, se quedó inmóvil, y a pesar de los intentos por reanimarlo, todo parecía indicar que ya no pertenecía a este mundo. Su padre lo tomó de los brazos de su esposa y salió del auto, avanzó unos metros sin decir nada, hasta que Hiram, a saber por qué, volvió a reír. Retomaron el rumbo hacia la clínica donde terminaría de curarse. “Médico divino”, así le llaman los creyentes al Santo Niño.
Rurik y yo tomamos el camión, los últimos haces del día se refractaban en el vidrio. Olía a la gente hacinada, pero no me molestaba, era un signo de vida. La acción final de Hiram tras haber hablado con su hijo en el teléfono de viento fue dejar una torre de piedras, como seguramente lo estaría haciendo el niño mismo en el Sai no Kawara según las enseñanzas del buda. El capítulo final toca el tema de los butsudan, altares dedicados a la memoria de los familiares fallecidos, quienes posteriormente se convierten en los protectores del hogar. Papá Rokuro y mamá Mariko, como se refirió él a sus anfitriones, levantaron uno en honor a su hija Aiko Momose. La foto la mostraba con un vestido blanco, unos guantes de lana y una diadema adornada con una pequeña flor artificial de sakura. El señor estaba encargado de levantarse todos los días a las 6:30 para llevarle un vaso de agua y una mandarina, tocar una pequeña campana, encender un incienso y rezar el Nembutsu: “Namu amida butsu” (Tomo refugio en el Buda Amida). Ruvalcaba escribió: “Un altar es un amuleto de amor, un faro que se enciende contra el olvido, nuestra manera de decirles a nuestros muertos amados que jamás renunciaremos a su memoria”. Para mí, esa frase resultó clave, pues es necesario recordar con insistencia que un libro no es aquello de lo que habla, sino cómo y para qué lo transmite; por tal motivo, no se me ha quitado la idea de que Los niños del agua es a su manera un butsudan especial para Tristán, y todos los lectores repetimos el sutra que lo mantiene en paz con su breve, pero imperecedera existencia.
Durante mi primera lectura, un detalle se me escapó; a pesar de que las palabras “niños” e “hijos” pueblan todo el texto, no es exactamente sobre ellos el libro. Mientras charlábamos en el camión sobre su tesis, Rurik me lo hizo notar cuando dijo: “Son muy pocos los escritores de literatura para niños que tienen en mente a quien le escriben”. Y claro, puede ser que el autor sólo pensara en su hijo cuando arrancó con la obra, pero los verdaderos protagonistas de Los niños del agua no son ellos, sino los padres. Esas figuras de rostros ensombrecidos por el dolor son quienes dan sentido a la memoria, ya sea con la creación —como en el caso de Ruvalcaba—, la honra —como papá Rokuro— o simplemente el reconocimiento de su paso por la vida —como el tío de Hiram, quien debió cargar con el cuerpo de su hijo por toda la ciudad hasta que algún médico se dignó a entregarle un acta de defunción—. La mayor revelación del libro recae en ellos, pues son los encargados de velar por la vida eterna de sus hijos, la cual no depende de la salud del cuerpo, sino de la fuerza de sus recuerdos.
Poco antes de las 7:00 p. m., bajamos del autobús. Llegamos tarde, mas con la certeza de que alguien siempre nos aguardaría. Miramos a nuestra amiga, Carolina, en la parada también con un libro. Rurik le preguntó por su lectura y nos nombró a Clarice Lispector. Enseguida, él añadió otro nombre a la conversación y nuestra vida siguió fluyendo como si nunca fuera a acabar. ¿Era ese nuestro propio nado cíclico como carpas de la vida? Tener seres amados es un privilegio, lo sé cuando los veo. Lo reafirmo ahora mientras cruzo nuevamente por esta plaza, con el estallido de burbujas que sale, ya no del acuario, sino de una madre que juega con su hijo; en ellos advierto lo mucho que he crecido gracias a mi propia madre por no dejarme morir tanto de cuerpo como de espíritu. Yo no comparto su fe, ni tampoco me encomiendo al Buda, pero me enseñó a creer en el amor, único dios con el poder de hacernos inmortales. Nos alienta a desenterrar las aguas abandonadas por la indiferencia y limpiarlas, pues es el lugar donde nuestros muertos necesitan reposar. Mi madre, mis amigos, Hiram y su familia, papá Rokuro y mamá Mariko, yo mismo; todos somos partícipes del fenómeno más importante de la existencia: navegar en el río de lo breve, amando, nada más que amando.
1 Según el autor, una de las diferencias más notables entre la percepción sobre el aborto para los budistas y los católicos es el hecho de que los primeros no juzgan a la madre cuando ha optado por no seguir con el embarazo; para ellos, es parte de un “sufrimiento necesario” para salvaguardar su bienestar o su deseo. La perspectiva católica, por el contrario, suele ser condenatoria, e incluso facciones más tolerantes rezan por el perdón de las madres, pues el acto constituye un pecado.























