Lectura y nuevos vientos

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Recientemente, y a partir de la nueva dirección en el Fondo de Cultura Económica, se han publicado en nuestro país casi veinte títulos que forman parte de una colección llamada Vientos del pueblo. Dicha colección, de carácter popular, incluye obras de ficción comoLos convidados de agosto de Rosario Castellanos, La muerte tiene permiso de Edmundo Valadés, o El Rayo Macoy de Rafael Ramírez Heredia.De crónica o periodismo literario comoLos yanquis en México de Guillermo Prieto, Los esclavos de Yucatán de John Kenneth Turner, La huelga de Nueva Rosita de Mario Gill, y Loxicha de Fabrizio Mejía Madrid.Incluso, uno que podría entrar dentro del género de memorias o de autobiografía comoApuntes para mis hijos de Benito Juárez. Es una colección popular por varios motivos. Una de sus pretensiones es que el precio no sea impedimento para leer, que se escojan obras que estén escritas en un lenguaje sencillo, y que con ayuda de un diseño editorial que incluya ilustraciones o grabados, haga amena la lectura. El otro cometido, me parece, consiste en replantearse el concepto de libro y por ende de lectura, la relación misma entre el ciudadano y el libro. Si el libro ya no es ese objeto de la alta cultura, ajeno, casi convertido en fetiche de y para uso de los expertos, si ya no es sólo una herramienta de los académicos, entonces el libro adquiere nuevas dimensiones. El libro puede ser entendido entonces como un instrumento de inclusión social, de movilidad social, de auxiliar en las búsquedas identitarias ya sean estas individuales o colectivas. El libro, dispositivo que activa la memoria y la cultiva, puede y debe servir para acortar la distancia entre las personas y su historia. El mismo formato de los libros que integran esta colección, sugieren cierta inmediatez que le da un carácter de urgencia, prisa por leer sobre nuestro pasado, prisa por entender los procesos históricos remotos y recientes, prisa por descubrir al otro ignorado, prisa por circular de mano en mano estos pequeños dispositivos, prisa por compartir el pan de la lectura. Se deja de entender el libro como una mercancía. En un país en donde leer se había convertido en un lujo, leer adquirió la cualidad de la resistencia. Leer, recordar, entender, analizar, son verbos que pueden conjugarse en plural en círculos de estudio, en bibliotecas itinerantes, pero también en la plática de sobremesa con la familia, con los amigos, es decir en bibliotecas azarosas, gestadas como por generación espontánea por un grupo de lectores que se intercambian, no sólo los libros, sino los procesos de lectura, las experiencias, las historias y sus recovecos, trabajadas por cada conciencia en la intimidad del acto de leer. Comprar un libro en 9 pesos o 22 pesos, meterse en sus páginas, recorrer sus líneas, sumirse en esa barricada individual y casi siempre solitaria que significa la lectura, para después salir a la plaza pública y ver a los otros, y sentir que en efecto uno puede formar parte de una República de Lectores. Sentir que una historia de Elena Poniatowska o de Rudyard Kipling, pueden formar parte del dominio público y del imaginario colectivo, que pueden comentarse como se comentan entre todos, las series de televisión. Se pensaba que sólo el TV Notas o los diarios deportivos, o los amarillistas que se regodean en el morbo, eran las únicas publicaciones que podían circular de forma masiva y las únicas capaces de imponer ciertos temas, cierta agenda en el habla cotidiana, y eso implicaba asumir el derrotismo o el conformismo. Editar y publicar clásicos de la literatura mexicana o escritores recientes de nuestras letras, o incluso autores de otras latitudes como el boliviano Edmundo Paz Soldán, y hacerlos circular de forma masiva, no sólo fomenta el hábito de la lectura, que puede parecer una obviedad, sino que además pone en circulación contenidos que escapan a la superficialidad o al cotilleo. Se logra poner al alcance de todos y todas, un lenguaje que busca lo literario, formas de pensar la realidad, y cosmovisiones, que en definitiva ayudan a quitarle lo chato y simplón al acto mismo de leer, y a elevar el nivel de conciencia y análisis crítico en el pueblo. De ahí el acertado nombre de esta colección que, en contra de toda moda y normatividad mercantil, se atreve a recurrir a esa categoría en apariencia anacrónica, el pueblo. El pueblo que parecía haberse diluido en el imaginario neoliberal, como si este hubiese dejado de existir y se hubiera fragmentado en vagas e insulsas etiquetas tales como usuarios, sectores de mercado, compradores o clientes. La colección lo deja claro, se busca construir un pueblo lector.

          La colección apenas inicia, pero ya hay libros circulando con tirajes de 40 mil ejemplares, que son dignos ejemplos de lo que busca esta colección. Meterse en la sociedad del Comitán machista que describe Rosario Castellanos y hacer visible la situación desfavorable de la mujer, en Los convidados de agosto, permite entender la doble moral de cierta clase social que trata de una forma a los hombres y de otra a las mujeres. Hipocresía en los intercambios sociales, que aún en nuestros días sobrevive. El ejercicio de la sexualidad, la razón de ser de una institución como el matrimonio, el estigma de la soltería en las mujeres, son sólo algunos temas problematizados en este cuento. La cruenta realidad de las comunidades rurales en donde ha imperado históricamente la desigualdad y la injusticia, y en donde siempre existe la tentación de hacerse justicia por propia mano, se muestra claramente en La muerte tiene permiso, un relato ya clásico de Edmundo Valadés, uno de los mejores cuentistas contemporáneos de México y cuya forma de narrar nos obliga a ponernos en la perspectiva del otro, a entender o al menos conocer sus razones. Historia rematada magistralmente como suelen serlo la mayoría de las escritas por Valadés, que nos obliga también a poner en entredicho ciertos parámetros morales en torno a lo legítimo y lo legal. Ese cuento leído hoy, nos obliga a pensar y repensar la impartición de justicia en las comunidades periféricas o marginadas. En El Rayo Macoy, Rafael Ramírez Heredia, periodista y escritor tamaulipeco, con un oído extraordinario, recrea la vida de un boxeador, usando un registro lingüístico eficaz y popular. La historia de Filiberto Macario Reyes alias el Rayo Macoy, traza un largo arco dramático que comienza con un muchacho pobre que trabaja en una farmacia repartiendo medicinas trepado en una bicicleta en la Colonia Del Valle, pasando por la metamorfosis que lo transforma en un exitoso y afamado boxeador que es aplaudido en los centros nocturnos, hasta llegar a su obligada y predecible decadencia. La prosa de Ramírez Heredia recuerda los cuentos boxísticos de Cortázar, en donde el origen pobre de los pugilistas les da una dimensión épica pero humana demasiado humana.

          Respecto al género de la crónica tenemos también muestras de un criterio editorial que quiere reivindicar el género y ponerlo en la mesa de los lectores como plato fuerte. Martín Caparrós, maestro contemporáneo del género, cronista que literaturiza el periodismo, suele elogiar un periodismo cultural que crea una cultura, y no el que habla sobre la que ya existe. Ese criterio, me parece que lo comparte la colección Vientos del pueblo, la de crear una cultura. Según Caparrós, la crónica es el género donde la escritura pesa más, y como verdaderos pesos pesados la colección reúne plumas como la de Guillermo Prieto que, en Los Yanquis en México, narra y explica la derrota militar de 1846-1847. Cabe mencionar que parte de este texto fue publicado originalmente en 1848 en un libro titulado Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, y que fue mandado quemar por Santa Anna cuando regresó al poder, como dice la contratapa del libro. La parte final, la más interesante, es un texto publicado en 1858, y da cuenta de la valerosa y osada resistencia que los habitantes más pobres de la ciudad de México sostuvieron contra los invasores norteamericanos, armados apenas con piedras, como David contra Goliat.

          Ya en el siglo XX, John Kenneth Turner escribió México bárbaro, publicado en 1910, en la alborada de nuestra Revolución. En las primeras páginas, Turner decía que las dos profecías que él había escrito en ese libro se habían cumplido, la primera que México estaba a punto de iniciar una revolución en favor de la democracia y la segunda que los Estados Unidos de Norteamérica intervendrían con fuerzas armadas para defender a Díaz y a sus capitales. Un extracto de ese libro reportaje, Los esclavos de Yucatán, nos transporta al esclavismo de las haciendas henequeneras en donde hombres y mujeres, tratados peor que animales, apenas sobrevivían en un infierno en llamas. Es particularmente interesante saber que dos años antes, en 1908 y 1909, Turner conoció a Ricardo Flores Magón y a otros dirigentes del Partido Liberal Mexicano, que se hallaban prisioneros en los Estados Unidos. Es muy probable que la influencia del magonismo impactara en la voluntad del periodista norteamericano para viajar hasta nuestro país, hacerse pasar por hombre de negocios, infiltrarse entre negreros y explotadores, y poder escribir su México bárbaro con ese realismo crudo y extremo.

          A mediados del siglo XX, una huelga memorable de los mineros de Coahuila cimbró al país. La huelga de nueva rosita, escrita por Mario Gill no sólo relata uno de los movimientos proletarios más importante de la historia de nuestro país, sino que además construye la atmósfera que permite entender el sentir de los mineros, sus pesares, sus demandas, sus encrucijadas y sus estrategias. Los mineros de Palaú, Cloete y Nueva Rosita, tuvieron que hacer una larga marcha hasta la capital del país para exigir el cumplimiento de sus derechos. Gill nos hace marchar junto a los cerca de cinco mil mineros que integraron “La Caravana del Hambre”. Mario Gill, periodista comprometido que escribió para El Machete, dibuja el clima político que imperaba en el sexenio de Miguel Alemán Valdés, nos mete a las entrañas de la odisea llena de dignidad y dolor que inició un 25 de septiembre de 1950 cuando mil trescientos mineros de Palaú, a 25 kilómetros de Nueva Rosita, abandonaron la mina. La crónica del conflicto es dramática, pues no se trataba sólo del problema de los mineros, sino que era el problema de la independencia de toda la clase obrera mexicana, su lucha contra el charrismo.

          Armar un clima, crear un personaje, pensar una cuestión. La primera persona de una crónica no tiene que ser gramatical, es, sobre todo, la situación de una mirada.  “Uno de los mayores atractivos de componer una crónica es esa obligación de la mirada extrema”, piensa Caparrós y agrega que la crónica sirve para contar las historias que nos enseñaron a no considerar noticia, eso es precisamente lo que hace Fabricio Mejía Madrid en Loxicha: los ejércitos de la noche, que Vientos del pueblo extrae de un viejo libro de Mejía Madrid del 2013 titulado Salida de emergencia. Crónicas del México Postapocalíptico. En este texto descendemos a otro infierno, como el de los esclavos yucatecos y los mineros de Nueva Rosita, sólo que esta vez se trata de finales del siglo XX, mediados de los años noventa, en Oaxaca, en donde policías judiciales en complicidad con pistoleros, delatores encapuchados y caciques cercanos al priismo, se las ingenian para inventar supuestos guerrilleros del EPR mediante la arbitrariedad, las desapariciones forzadas y la tortura sistemática. La voz de las víctimas, en su mayoría de origen zapoteco, se escucha a través de la escritura de Mejía Madrid. Como en efecto piensa Caparrós, la crónica es política. La crónica no sólo es un género, sino que es una forma de rebelarse contra una política del mundo, es una forma de pararse frente a la información. Los testimonios que reúne Loxicha llenan los inmensos huecos que los medios de comunicación masiva dejaron abiertos, y rebelan todo eso que no se pudo leer entre 1996 y 2001 en los diarios de circulación nacional y mucho menos escuchar en radio o televisión. 

          Como ha dicho Taibo, el libro es civilizatorio, se requieren más libros para ponernos a tono con los profundos procesos de cambio que están recorriendo este país. El libro, como la izquierda, es historia, identidad y destino. La lectura de estos libros pretende romper la idea de un sujeto o individuo totalmente disociado de la experiencia vital, aislado en su burbuja hedonista de lector ilustrado. Como escribe Ricardo Piglia “La utopía del capitalismo norteamericano es que los grupos de poder y las fuerzas sociales sean consideradas personas aisladas. Todos los individuos serían iguales, cada uno de ellos un Robinson que lee la Biblia en su isla desierta”. Justamente los nuevos vientos editoriales, hasta ahora, mantienen viva la idea de romper el aislamiento, el individualismo, y la lógica de mercado en la circulación de la cultura. Borges pensaba que el libro era una extensión de la imaginación y de la memoria, y nadie podría oponerse al intento de masificar este instrumento para tener una sociedad más imaginativa y memoriosa. No teníamos una colección popular como Vientos del Pueblo, y era casi un crimen de aristocracia, que hoy los nuevos vientos están borrando. Queda la difícil tarea de hacer llegar los libros a los lugares más apartados de las ciudades, hacer llegar el libro bus a todas aquellas regiones que históricamente han permanecido en los márgenes de la ciudad letrada.