La pared desafiante

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Me siento en el sofá; la ropa húmeda hace que mi cuerpo tiemble. Me quito el cubrebocas. “Estuvo fuerte la lluvia”, pienso y sigo temblando. No fue la lluvia lo que molestó mi cuerpo, sino la indiferencia de mis amigos, es más, la burla que hicieron hacia mí. Vamos a publicarte tu cuento, el que habla de aquella mujer que vive cerca del panteón, la que dijo al albañil que tapara con cemento los huecos por donde salen hombres pequeñitos. Quedé pensativo. Jamás he escrito algo así. ¿Hombres miniatura? No. Están en un error: confunden mis escritos: jamás he desarrollado dentro de la computadora eso. Regreso a mi realidad. “No sé de qué hablan”, pienso y sigo tragándome mi tristeza. Mejor que digan que se están burlando de mí, monologo. Quedé esperando en la página del Instituto Cultural y no publicaron nada. Vuelvo a mi presente mirando mis zapatos viejos. ¿Cuánto tiempo tiene que no compro ni siquiera huaraches? Levanto la mirada y veo que la pared de la casa está húmeda. Pierdo la mirada en ella. Observo fijamente. Descubro lo que formó la humedad: un hombre calvo y cabezón con orejas largas, y una mujer obesa. Están abrazados. “Lo que hace la naturaleza”, pienso ante lo dibujado. Veo cómo mueven las cabezas hacia mí. Sonríen. Se dejan de abrazar. Vuelvo a mirar mis zapatos viejos. Cuando levanto la mirada, miro sorprendido que han salido a la vida real: están sentados en el sofá de enfrente.

¿Sigues burlándote de nosotros?, dice el hombre dibujando una terrible mueca en su rostro. Nunca lo he hecho, respondo. Son seres horripilantes. Jamás pensé conocer algo así. ¿Y si estuviera soñando? ¿Una pesadilla? Nada de esto, mi ropa sigue mojada. Además… ¿Además qué…?, gritó el hombre dando un puñetazo en el sofá. “Parece que me leyó el…” Sí. Te leí tu pendejo pensamiento. Siempre te hemos observado. De hecho, vivimos contigo, desde años atrás. El hombre estira el cuello, la mujer pone las manos sobre su vientre, respira profundo y se echa un pedo. Siento que me mareo por ese olor fétido, horrible; como si el cemento de la pared le hubiera tapado el culo durante años y endurecido la mierda, haciendo de esa putrefacción un arma letal. Por más que tapé mi nariz con lo que más pude, el olor penetró en ella como si estuviera totalmente desprotegida. Ese olor comenzó a debilitarme, siento que voy a explotar con ese gaserío dentro de mi cuerpo. Hago intentos de vomitar; no puedo. Mis ojos, perdidos en una locura extrema, atraviesan la pared y descubren algo insólito: cadáveres de seres pequeñitos, como los que están en el cuento de la señora que vive cerca del panteón, el que mencionaron mis supuestos amigos y que yo no conozco, a pesar de que dicen que yo lo escribí. El panteón está hacia abajo. Detengo la mirada frente a un hueco. Escucho un griterío desesperado: salen hombrecitos corriendo con desesperación. Descubren mis cuencas y quieren entrar en ellas, éstas se cierran evitando el escape de los pequeñitos. Se entreabren. Descubro cómo de aquel agujero sale una mano gigantesca y los atrapa. Los demuele como si fueran ratones. Aquella pestilencia salida del trasero de la mujer, sigue ahogándome. Regreso a mi realidad: nada de seres diminutos, ni panteón ni mano gigantesca: sólo ellos dos cerca de mí. “Me están aniquilando”, pienso ante la falta de aire puro, saludable. Jejeje. El hombre lanzó estos jes de burla, sabiendo que estoy derrotado ante ellos. Se levanta del sofá y viene hacia mí. De su boca horrible siguen saliendo muchos jes. Toma mi rostro con su mano tosca, lo aprieta hasta hacer que mi mandíbula truene. Más dolor no puede estar en mí. Empieza a escurrir baba de la parte izquierda de mi boca. Refréscale el hocico, tiene sed, le dice a la mujer obesa. Esta se levanta con lentitud echándose más pedos. Llega a mí. Saca el seno derecho, lo aprieta con fuerza y lo coloca en mi boca. No sé qué es lo más horripilante: sus pedos o aquel líquido negruzco que salió de su chichi. Ya no puedo, ya no puedo, digo con el pensamiento. Si puedes, dice el hombre y luego sus jes. Siento que en la parte izquierda de mi boca no tengo fuerza. “Parece parálisis facial”, pienso sintiendo que esa parte de mi cara no tiene control. No tienes lo que piensas, es algo peor por haberte burlado de nosotros. Vas a toser, pero en cada esfuerzo que hagas, recordarás una historia maldita de tu vida. Te injurio a que tosas sólo cuatro veces; ahí te vas a dar cuenta lo que es la verdadera muerte: la que nunca te dejará en paz.

Penetran de nuevo en la pared, mientras que mi garganta sufre por el primer tosido.

 

*

Sentado en un sillón de la peluquería, con trapo largo en mi pecho para evitar que el cabello se pegue en la ropa, veo cómo cae mi pelo cano frente a mí. Observo lo blanco. Tiene tiempo que no le pongo atención. Ahora lo hago. Una tristeza silenciosa recorre sobre mí. Cierro los ojos. Me imagino niño, cuando papá me rapaba para evitar el sudor en el cuero cabelludo. Siento cómo mi pensamiento atraviesa el espejo que está frente a mí y yo con él. Llego al lugar donde nací. Camino por las calles empedradas. ¿Qué año será? Comienzo a ponerme nervioso: avanzo y no encuentro a ninguna persona conocida. Me paro frente a una botica y descubro un espejo. Me doy cuenta que soy niño. Sí, un niño de escasos doce años. Miro asustado hacia adentro; descubro un almanaque. Leo en silencio: enero de 1957. “¿Qué es esto?”, pienso, sabiendo que estoy solo en este pueblo donde nací pero que hoy es otro, más antiguo, con pobreza en sus viviendas…en todo. Dentro de la botica, tienen puro preparado en frascos comunes. Unos dicen para la tos, la gripa, fiebre, diarrea y también para embarazos. Tengo hambre. Meto la mano izquierda en la bolsa de mi pantalón; saco monedas de cinco y diez pesos con fecha del año 2020. Recuerdo vagamente la pandemia que nos llegó un año antes. Siento terror porque no puedo recordar cosas específicas. Miro hacia un terreno baldío; hay señoras con canastas y cazuelas. Comienza a llegar el olor a comida. “No creo que me reciban estas monedas”, pienso y las vuelvo a guardar. Antes de que dirija de nuevo la mirada hacia la botica, descubro un hombre sentado en una piedra grande. Es hombre porque es hombre, pero es muy joven, quizá tenga diecisiete años. Me hace señas con los brazos. Quiere que vaya hacia él, digo entre dientes. Avanzo. Llego a su lado. Quedo sorprendido: somos idénticos de rostro. Sonríe. Mi sorpresa es mayor: saca un celular y se conecta a la música. Men at work, pienso al escuchar la canción de Desvelo. Quiero correr; no puedo. Comienzo a temblar mientras él sigue sonriendo. Es de tu época, dice despacio; mejor dicho, sonó cuando ya estabas ruco. No te preocupes, así es esto del tiempo. Tú leíste mucha Ciencia Ficción…y terror. Recuerdo a tus grandes masters en tus libreros; te fascinaban sus historias. Nunca pensaste estar en esa situación, me refiero a la de sus personajes. ¿A ti no te gustaron esas historias?, pregunto con voz temblorosa. Claro que me gustaron, los dos somos uno: lo que a ti te gustó, también a mí. Pero dejemos de platicar tonterías. Supe que ibas a venir, por eso te esperé en este lugar. Sígueme. Vamos a una especie de fiesta, dijo, con la sonrisa en el rostro.

Caminamos sobre una calle amplia pero empedrada. Él adelante y yo atrás.

La andada es en silencio. No hay cruce de palabras. Nada.

Llegamos a la iglesia. Entramos. Un niño iba a ser bautizado; padres y padrinos lo rodeaban. El bebé pataleaba en plan de juego. El sacerdote sacó de la pileta agua bendita; antes de mojar la cabeza de la criatura, preguntó: ¿cómo se llamará? Efigenio, dijo el papá sin pensarlo. Mi yo se acercó y me dijo en el oído: también nosotros somos Efigenio. Guardo silencio: no recuerdo mi nombre.

Mi yo saca de su bolsillo un mecate pequeño; da pasos rápidos hacia el crío, lo enreda del cuello y comienza a apretar con todas sus fuerzas. Efigenio llora de dolor, se retuerce. Todos miran eso sin comprender qué sucede. No nos ven a nosotros. Mi yo sigue apretando el cuello del bebé. afloja un poco, es cuando el niño tose antes de quedar totalmente flojo del cuerpo: cof, cof, cof…

 

*

No sé por qué no le dije que la sigo amando. La tuve frente a mí, cara a cara; ella mirándome como la primera vez, yo añorando sus caricias. Soy un estúpido. Te traje de almorzar, me dijo cuando llegué a la escuela en ruinas. Lo raro, es que estaba vacía, sin alumnos, sin profes, nada: todo en silencio; Sólo lodo debido a los fuertes aguaceros. ¿Por qué me habrá llevado de almorzar si ya no vivimos juntos? No me lo dijo. Es más, se despidió con naturalidad: nos vemos en casa. Se alejó volteando de vez en vez, pero con una tristeza enmascarada. Ahora voy llegando a un pueblo que no conozco. No tiene calles con pavimento, todas empedradas; las casas también están hechas de piedra con ventanas de madera. Miro hacia todos lados y me encamino al parque: pequeño…muy pequeño. Escucho un griterío en las calles que dejé atrás. Volteo para ver qué sucede. Corran, corran, llegaron de nuevo; esos seres llegaron de nuevo. Corran y escóndanse donde puedan. Todas esas palabras las escuché con una claridad finísima. “¿Quiénes serán esos seres que les temen tanto?”, pienso, mi rostro impávido viendo que la gente buscaba refugio desesperada. Quedo parado unos segundos. Es cuando los veo doblar a tres calles abajo. Yo no sé si estoy soñando o estoy viviendo una realidad espantosa, hechos que sólo he leído en los libros de cuentos de terror. Lo real, es que esos seres son horripilantes. Al frente de ellos, veo un hombre de cabeza como embudo y orejas grandes y una mujer sumamente obesa. Escucho un ruido fuerte. La gente trata de protegerse la nariz; no lo logran: comienzan a caer. “Esos son pedos galácticos”, pienso con la desesperación en mi pensamiento. Se acercan. La pareja me señala como si me conocieran. Pego la carrera sobre la calle que es subida. Doblo a la derecha. Sigo subiendo en carrera. Acá, acá, escucho que me hablan desde una ventana semiabierta. Miro hacia allá, dándome cuenta que es mi exmujer. Doy pasos rápidos y entro en aquella casa de piedra. Siéntate y no hagas ruido, creo que te andan buscando; vienen por ti. Quedo pensativo. No entiendo nada. ¿Por qué me andarán buscando? Trato de revivir recuerdos. Nada. De nuevo estoy con mi exmujer. Sé que la sigo amando. Siempre quise este momento para abrazarla y decirle todo lo que siento por ella; mimarla, limosnear su perdón. En esta situación, es difícil llevar a cabo todo lo que he querido decirle: bebé, bebé, te amo, esto tú lo sabes porque lo has leído en mis lágrimas, mis ojos han sido para ti como una agenda de recuerdos: todas mis verdades están anotadas ahí. ¿Conoces al hombre cabeza de cono y a la mujer obesa?, pregunta de pronto ella. No, digo y sigo en silencio. Trato de encadenar ideas. ¿Cómo sabe ella de esos seres? ¿Dónde los conoció? Voy a descansar un poco, digo despacio y cierro los ojos. Mis pupilas comienzan a nadar en el recuerdo. Cada símbolo es importante para mí en este momento. Todo suceso tiene su importancia; mas no llegan a mí. Y son muchos. Entreabro los ojos y veo a mi ex sentada cerca de una paila donde hierve agua blancuzca. Me mira con tristeza, como si fuera la última vez que piensa verme. Se levanta de la silla, viene hacia mí y me acaricia la cabeza. Me siento como si fuera bebé: bebé-Efigenio. Pero yo no recuerdo de quien es este patronímico. Tampoco viene a mi memoria el nombre de ella. Vuelvo a cerrar los ojos. Es cuando veo en uno de mis recuerdos a un hombre joven ahorcando a un bebé al lado de una pileta. Éste llora desesperado, se retuerce y poco a poco comienza a agonizar. Escucho sus tosidos y todo se borra de mi memoria. Me incorporo sobresaltado. Chisss, no hagas ruidos, vienen en la calle corriendo, me dice en el oído. Es como un estruendo de caballos lo que escuchamos. Cuando el silencio volvió a la callejuela, nosotros estábamos temblando adentro de aquella casa de piedra.

Sé que te andan buscando, dijo después de ese suceso. Cerca de aquí sale un autobús que está trasladando gente para esconderla. Temprano te llevo para que llegues al escondite. Agarró mi rostro y me besó. Cuando nos separamos, mis mejillas estaban húmedas por sus lágrimas. “Me sigue amando”, pienso mientras ella me conduce a una cama para descansar.

Estoy arriba del autobús. Es un transporte viejo, más vetarros que los que transitan como urbanos en la ciudad de Oaxaca. Es de los que echan humo por medio de una trompa de lata cuando comienza a caminar. “¿A dónde nos llevará el chofer?”, pienso mirando el rostro de mis compañeros de viaje; porque eso son: gente que va a viajar para poder esconderse. Sin que me dé cuenta, el transporte comienza a realizar su recorrido. Va despacio, tratando de no hacer mucho ruido. A lo lejos, se ve mucho humo y llamas decreciendo. Están por allá, dice una voz en tono nervioso. Volteo para ver al dueño de aquellas palabras: es mayor que yo pero tenemos el mismo rostro. Él sonríe. Miro hacia la distancia donde está la humareda, volteo de nuevo para ver al hombre: ya no está: como si se lo hubiera tragado el tiempo. Trato de recordar dónde he visto ese rostro pero no logro hacerlo. Esto me pone nervioso. Sé que he iniciado travesías sin saber el motivo, como si brincara en diferentes épocas…, ésta es una de ellas.

El autobús baja por un camino resbaladizo. Recargo la cabeza en la parte superior del asiento. Veo en mi pensamiento el rostro de mi ex-mujer: sonríe. Eres mi amor, lo único que tengo. Te amooo…, pero tengo que matarte, ofendiste hace tiempo nuestras figuras. Ya no es el rostro de ella el que tengo frente a mis ojos, sino del hombre cabeza de cono y orejas largas; a su lado la mujer obesa. Se carcajean. Abren con fuerza descomunal mi boca y penetran en ella algo pestilente, como pus, pero de color verduzco. Escucho que de mi estómago sale una voz infantil: soy Efigenio, soy Efig…. Un movimiento brusco del camión hace que vuelva a la realidad. Saco mi pañuelo para quitar el sudor de mi cara. Tiemblo ligeramente. Creo escuchar una voz de niño que se ahoga en mi interior.

El autobús comienza a entrar en una cueva grande, formada por piedras potentes. Quedo asombrado. Entre más penetramos, me doy cuenta de lo recóndito de este lugar. En las paredes de este sitio gigantesco –y además profundo–, hay personas habitando. Es una miseria grande: corren arroyos de agua sucia arrastrando excremento humano, animales muertos ya en pestilencia. Hasta aquí llegamos, escucho la voz del conductor y frenó la carcacha. Comenzamos a bajar en silencio. Los habitantes de ese lugar nos miraban como si nunca hubieran visto gente, seres como ellos, sólo que no tan mugrosos. Cada quien agarró el lugar que creyó conveniente. “¿Adónde voy si no hay a dónde?”, pienso, también pensando en un cigarrillo. “Sería bueno fumar”, sigo pensando, anhelando tabaco. Sin pensarlo mucho, me profundizo más en aquella piedras grandes y picudas. Creo que he caminado alrededor de veinte minutos sin encontrar algo sorprendente. Vuelvo a recordar a mi ex. Aun con este olor, sigo memorándola. Camino sin sentido. Vuelvo a escuchar un chillido de niño dentro de mí. Resbalo en aquel lugar fangoso sin poder evitar la caída fuerte.

Vuelvo en sí. El dolor fuerte de mi cabeza, hace que la sobe de manera desesperada. Es cuando veo parados, a unos cinco metros de distancia, al hombre de la cabeza de cono y orejas largas y a la mujer obesa. ¿Te duele mucho?, pregunta aquel fenómeno. ¿Sabes por qué te vamos a seguir hasta la muerte?, por tus ofensas hacia nosotros; siempre despreciando nuestros físicos, siguió hablando. Veo a mi alrededor y no hay nada cautivador, pura porquería igual que ellos. ¿Sigues con lo mismo?, vuelve a hablar el hombre. ¿Somos porquería para ti? No respondo. Además de la cabeza, siento un dolor profundo también en el estómago. Quedo perplejo por lo que veo: mi ex viene caminando sobre un arroyuelo lleno de excremento. Trae de la mano a un niño. Tienes visita, dice el hombre; la mujer obesa lanza una carcajada grotesca. Mi ex se detiene, mas sigue dentro del agua puerca. Pone sobre la tierra babosa al niño, le dice que se dirija hacia mí. Antes de llegar, el hombre de cabeza de cono y orejas largas le da un pedazo de mecate. Es tuyo, haz lo que tengas que hacer, dice fuerte, como si diera la orden a un demente. El niño me ve, hace una mueca de desprecio y comienza a caminar hacia donde estoy. Sus pasos firmes demuestran más edad, pero es un niño pequeño, tal vez todavía de mamila. Observo sus ojos, éstos me muestran historias dentro de ellos: un niño que no logró ser bautizado porque fue ahorcado por alguien parecido a mí, en el otro ojo, la historia de un periodista asesinado. Siento terror. La criatura llega junto a mí. Enreda el mecate en mi cuello y comienza a apretar. Está tan cerca que creo ver que de su cabeza salen manos para ayudarle a apretar el mecate. Lo último que logro ver, es a mi ex llorando. Corre hacia donde estoy, se pone en cuclillas y dice: el escuincle salió de tu estómago. Veo por último sus ojos y cierro los míos. Antes de aflojar totalmente el cuerpo, comienzo a toser: cof,cof,cof.

 

*                

“Siento que me ahogo”, pienso con desesperación al tener este periódico enredado sobre mi garganta. Lo jalo, pero parece que está hecho de hule, un hule blando pero fuerte, capaz de enredarse en cualquier cosa. Ahora está sobre mi pescuezo. La respiración casi taponeada; el periódico sigue enredado en mi cuello, como si tuviera vida. Una vida que quiere arrancar otra. Esto parece. En mis adentros, creo escuchar que se carcajea, sí, su risa es estruendosa, lastima mis oídos, todo mi cuerpo. No puedo luchar contra esta cosa, más que periódico, parece culebra. ¿Y si es periódico extraterrestre? Creo que esta prensa no habla de asesinos, éstos cobran vida en sus páginas, debido a su alta tecnología. Claro, estoy siendo atacado por la sección policiaca. Quisiera que esta cosa tuviera sección de sociales, puede que salga una actriz. Pero acá hay actrices ladronas, estafadoras, puede que en el planeta de donde viene este periódico también existan. Incluso, asesinas. Ya no puedo respirar, Por más que quiero librarme de esta maldita prensa homicida, no puedo. La única vez que tuve una página de periódico sobre mí, fue cuando me llevaron al parque de mi pueblo. Tenía cinco años de edad, acababan de raparme y yo sentía vergüenza. De pronto llegó un aire fuerte comenzando a levantar hojas de los árboles y papeles. Una página llegó a mi cabeza rapada. Llevaba mierda y ésta se quedó en mi cuello. Lloré de coraje. Quería quitarme ese mugriento papel pero no podía. Era tanta mi desesperación que vi sobre mi cuerpo caminar gusanos. Sí, gusanos de aquel excremento podrido. Y el olor en mi nariz. Comencé a rodarme sobre el mosaico. Nada. Seguían conmigo los gusanos. Quise pedir ayuda, mas lo único que estaba cerca de mí, son esas estatuas de la familia totonaca: la mujer montada en el burro, el niño agarrando el mecate y el padre arriando al animal. Creí ver que esas esculturas comenzaron a moverse y me señalaron con sus dedos. Es un tonto, es un tonto, es un tonto, escuché que me decían. Miré al cielo. Cuando volví la mirada, esas cosas seguían inmóviles, en su mismo lugar. Por fin me quité aquel papel, mierda y gusanos: todo desapareció, como si nunca hubieran estado en mi cuerpo. Me paré debajo de un framboyán. Unas cáscaras rebotaron en mi cabeza. “De cacahuate”, pensé al ver ardillas sobre las ramas. Estas comenzaron a reír. Es un tonto, es un tonto, es un tonto, escuché que también me gritaban…

Ya no puedo, ya no puedo, siento que muero.

Mi cuerpo sin fuerzas. Sigo de rodillas. Agarro mi cuello con desesperación: Ya no tengo el papel. Entonces descubro en el suelo una hoja de periódico. Colega periodista ahorcado, se desconoce el móvil del crimen, alcanzo a leer. Mi cuerpo tirado en un lugar desconocido: la fotografía en el papel lo señala. Siento que me sumerjo en algo negro …profundo.

Por la señal de la santa cruz. De nuestros enemigos. Líbranos señor de todo mal…

Fueron las primeras palabras que escucho en mi nueva vida.

 

*

Un adolescente llora; ha estado cerca de mi cama. Mira hacia todos lados. “¿Qué hago si estoy solo? El abuelo ya no respira”, piensa y sus ojos dejan escurrir lágrimas.

El muchacho se parece mucho al viejo, ¿comenzamos a jugar con él?, dice la mujer obesa al hombre de cabeza de embudo y orejas largas. No, dejemos pasar cincuenta años para repetir la historia, responde el hombre.

Desde adentro de la pared observan todo, como si fueran voces narradoras omniscientes. Pero nada de eso son. Ellos forman parte de una pesadilla que jamás terminará.

Suena el celular del muchacho. Da entrada a la llamada ¿Efigenio? Pregunta una voz desconocida…