Cultisur
Me tocó nacer en una familia católica de clase media en la Ciudad de México. Nada exuberante, en realidad, sólo con más comodidades que limitantes y un sentido bastante claro de lo moralmente “bueno” y de aquello que en mi círculo pareciera alcanzable: Tener una carrera universitaria, casarse, tener hijos (en ese orden), más el obligado viaje a Europa y si acaso rentar cerca del Centro de Coyoacán. Pedir más sería mera ambición. Y entre mis parientes y amistades el panorama no era tan distinto. Había uno que otro que se permitía un poquito más, un auto inútilmente nuevo, así como a quienes les tocó arreglárselas con un poquito menos, un auto inútil. Dentro de lo que cabe la expectativa de éxito en este nicho era homogénea, y en general lo que intentáramos se consideraría suficiente, siempre y cuando nos hiciera felices. No obstante, el sur de la capital no es igual para todos. Conforme fui creciendo, mi red de camaradas trascendía los límites de la escuela, sea por medio de las clases de música (por elección) o del fútbol (por imposición), empezando a notar que había quienes ya llevaban ventaja. Sus padres sabían de más, se relacionaban con gente peculiar y se ganaban la vida de formas no ortodoxas. Todo aquello permeaba en sus críos, que crecían con esa facilidad para navegar el mundo a sus anchas, con la noción de merecerlo todo. Ávidos antisistema consentidos por la maquinaria contra la que, después me daría cuenta, luchaban con tanta vehemencia. Una vez empezado el bachillerato las diferencias entre sureños eran evidentes. A los quince, mientras que mi rostro se esforzaba por mostrar cualquier signo de madurez, tenía compañeros ya con barba y otros que fuera de todo canon conservador ya portaban perforaciones. We’re not in Kansas anymore. Claro, siempre hubo algunos con mezclilla hasta el ombligo y el casquete corto regular, sin embargo me sentía inclinado —francamente fascinado— por estas criaturas que desafiaban la idea del niño bien portado, saliendo del molde de lo que para entonces consideraba convencional. Intenté emularlos, estrenando mi llegada a la adultez (en lo legal) con una arracada, sólo para ser recibido en casa por la mirada de decepción de mi madre, añadiendo: “si querías ser niña, te hubieras cortado el pito”. El paquete venía completo. Ideología subversiva, estampados irreverentes, indumentaria combativa, sexualidad a flor de piel. Encontraba patrones en sus nombres, alusivos a sustantivos de la naturaleza, conceptos abstractos e incluso colores. Percibía cierta arrogancia en su andar y una ligereza ante las preocupaciones del día a día. Sabía que si quería conocerlos a fondo tendría que adentrarme en sus madrigueras. Ahora bien, acercarme no era en absoluto sencillo, pues mantenían cierto recelo ante los bautizados santurrones y otros miembros de las viejas costumbres. No sé cómo lo hacían, pero tenían una suerte de olfato canino para identificar a los forasteros de aquella comuna. Por mera cercanía decidí estudiar en la Universidad Nacional, sin dimensionar que era ésta el génesis de toda resistencia, alma mater por excelencia del librepensador. Más allá de mis esporádicas visitas a Filosofía y Letras para hacerme de un pagable café tipo latinoamericano, creado en directa oposición al imperialista brebaje yanqui, mi interacción con la academia y sus exégetas era nula. No fue sino a través de mi obsesión con formar una banda que tuve oportunidad de adentrarme a la logia; “toquines” en bares y galerías de arte me acercaban a estos personajes enigmáticos que disfrutaban del jazz, punk, y ska, con Manu Chao al centro del altar. En ocasiones las tertulias iban patrocinadas por viejos mandos de esa misma ola: pintores de contracorriente, escritores y poetas, quienes imprimían en las nuevas generaciones ese aire de soberbia. Eventualmente estos conciertos derivaban en la degradación pura. Abundaban las drogas recreativas (lo que sea que consideren “recreativo”) y pasada la medianoche las conversaciones se tornaban un tanto pedantes, dejando al arte en segundo plano. Como buen infiltrado comencé a ubicar algunas figuras clave, notando quiénes definían a aquello que parecía una escena artística donde la nueva tanda de talentos parecía haber heredado el derecho a ser la vanguardia en turno, a llamarse a sí mismos contracultura. Su propuesta estética resultaba un tanto contradictoria, un menjurje de eurocentrismo e indigenismo, la alabanza de los maestros clásicos montados sobre una fachada folklorista. Como hicieron Frida y Diego en su momento, involucrarse con lo mexicano era oportuno solamente en lo superficial y a una distancia sana, llevando lo “plástico” de su arte hacia un significado pleno. Para esta cuasi secta, su irónica posición ante el arte era un reflejo de su persona. Hijos y nietos de exiliados de la España de Franco vestidos con harapos chiapanecos, adquiridos en trueque durante su estancia de alfabetización autoimpuesta. Esbeltos galgos de estirpe aria y apellido rimbombante portando glifos aztecas en el brazo, alzado en símbolo de apoyo al régimen de izquierda. Coleccionistas de litografías, piezas arqueológicas y libros —varios autoría de sus padres y abuelos— obtenidos a manera de legado, uno que a su vez representaría tanto una cuna de oro como un peso a cargar al vivir bajo la sombra de tremendas eminencias. Lo socialdemócrata emanaba de sus poros; se trataba de ser progre en la mayor cantidad de áreas posibles, siendo su sátira máxima la ausencia religiosa. No digo falta de credo, porque la necesidad de sentirse parte de algo más relevante que uno mismo estaba presente tanto en ellos como en mí, aunque su fe nunca me fuera descrita en términos tradicionales. Ya no bastaba con ser ateo; había panteístas, agnósticos, y fieles a Pachamama, con tal de refutar cualquier afiliación institucional carente de raciocinio. Su conexión espiritual exigía una experiencia cósmica a la altura de sus ambiciones terrenales. Sin embargo, mi fascinación por ese críptico colectivo no estaba exenta de conflicto interno. A pesar de su postura desafiante, estas figuras tan distintas al entorno conservador de mi infancia compartían con él algo en común: un sentido de superioridad moral. Reconociéndome atraído por ese aparente libertinaje, me inquietaba la idea de que en su intento por oponerse a la banalidad y las “buenas costumbres” sólo hubieran construido una nueva forma de conformismo, uno que juzgaba con igual intransigencia a aquellos que no se ajustaban a sus valores. Durante mi formación universitaria, aquellos afiliados al movimiento con quienes tenía contacto se autoseleccionaron en profesiones inclinadas a lo etéreo, lo incorpóreo y lo intangible. Científicos (con particular afición por la biología), artistas, filósofos y algún aventurado político constituían la nueva generación de la hegemonía cultural no sólo de la capital, sino del país. Gente que crea, piensa e imagina, que vale por su intelecto. Quién sabe, quizás de ahí salga la primera mujer presidenta. En suma, se inclinaban por un involucramiento laboral somero y cómodo, sin ensuciarse las manos, de índole poco ejecutiva y más cognitiva. Se valía incluso ser artesano, mientras fuera sin fines de lucro y de manera independiente, llámese laudero o carpintero. En contraste, escaseaban los abogados, contadores, y —naturalmente— curas, dado lo mundano de estas ocupaciones, algunas consideradas poco valiosas e incluso de mal gusto. Ciertos disidentes se aventuraban hacia medicina, empero virando a psiquiatría para mantener lejos lo sórdido del oficio, evitando abordar desde fluidos corporales hasta la misma muerte. El evento fortuito que me revelaría el nombre de este ilustre clan llegó durante un encuentro audiovisual de música experimental (sorpresa), donde llegué a escuchar quienes conversaban: “Qué pequeño es el mundo.” “Más bien el Cultisur.” ¡Bingo!, digo… ¡Lotería! Ya decía yo que entre ellos había un código compartido para autodenominarse; ahora estaba ya en mi diccionario de esta corriente, justo antes de la E de “erizo” y la F de “frito”. Desde luego, cual nobleza feudal todos se conocían y asociaban, haciendo uso de ese extraordinario tercer ojo para identificarse mutuamente. Incluso antes de presentarse ya se ubicaban, quizás por conexiones mutuas del puñado de escuelas activas, quizás por ese hablar confiado y estruendoso, quizás por esa vibra única y especial que a cada uno le acompaña, consolidando así dinastías enteras que se jactaban de la importancia de sus aportaciones. Si bien el centro de operaciones yacía en el sur, el culto se extendía donde quiera que la ciudad ofreciera esta aura alternativa, con potencial de estar a la altura de su genio. Descuida, no desalojes presuroso tu taller en la Condesa, sigues siendo Cultisur. Me tocó nacer fuera de ese círculo, negándoseme por ius sanguinis el derecho vitalicio a ser uno de ellos. Ni la masonería era tan tajante; lo Cultisur no se compra ni se gana. Más que factible, era evidente que mi lugar no era necesariamente dentro de ese grupo, sino en una posición intermedia, donde podía tomar notas sin necesidad de abrazar por completo su modo de vida. Total que ni quería. Había algo liberador en no pertenecer del todo a ningún bando, en no tener que calibrar cuidadosamente cada comentario para no delatar mi falta de sofisticación. Ahora mantenía la distancia suficiente para entender tanto a mi propia realidad como a este dandismo a la azteca al que empezaba a conocer. Mi nuevo ideal de involucramiento, ahora exclusivamente etnográfico, me llevó a ejecutar el truco más viejo del libro: Emparentarme con una de sus miembros. Se trataba de una ninfa literata recién regresada de su año de autodescubrimiento en París, patrocinado por sus padres, a quien conocí en el Eurojazz. Su feminismo desafiante, junto con su apasionado discurso rojillo de solidaridad con el proletariado, me cautivó de inmediato. La tenía en un pedestal, aún si ella no me tenía ni en su lista de contactos. Ciclo de Tarkovsky en la Cineteca, vino serbio orgánico, función de danza contemporánea y presto, acceso desbloqueado. No sin vicisitudes, me vi prácticamente condicionado a “compartir” mi afecto desde el inicio, siendo que mi dama era un alma libre (cita textual) quien inspirada por Beauvoir vivía sin ataduras afectivas ni etiquetas formales. Lo nuestro, como sea que se llame, funcionaba en medida que la alabara como a una musa, bajo el constante acecho de ser desplazado por aquel pintor abstracto de Mazunte con quien hacía cerámica. Tenía que aguantarme si quería que las cúpulas de la élite bohemia se abrieran ante mí, a la vez que desarrollaba mi verdadera ilusión por formar una bella familia PANista con ella. A pesar de que lo nuestro no duró demasiado —aún me invita a sus funciones de teatro—, sigo atento la actividad del gremio, ya no como espía, sino como un simple espectador contento con el rol que desempeñaba; un burócrata sin abolengo, pero con arete y que ya conocía Europa. Mi trivialidad serviría como acto supremo de sublevación hacia lo que no pude ser, alojada en un espacio transitorio entre los cafés de especialidad y el café soluble. Eso sí, con sede en el sur y de preferencia en Coyoacán.
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