¿Cómo comenzó su relación con el arte?
Mi vínculo con el arte no tuvo un inicio puntual, como quien marca una fecha en el calendario, sino que fue más bien un despertar progresivo, una especie de latido interior que desde la infancia comenzó a manifestarse silenciosamente, como una semilla que germina sin que uno sea del todo consciente de ello.
Crecí entre el olor a madera recién cortada y el sonido armónico de las herramientas en la carpintería de mi padre. Allí, en ese templo de virutas y polvo dorado, empecé a dibujar muebles que luego tomaban forma bajo manos artesanas. Sin saberlo entonces, ya me hallaba creando, diseñando, dialogando con la materia. Dibujaba, pintaba, y construía pequeñas estructuras de madera que, sólo con el tiempo, comprendería que eran esculturas nacidas del juego y la intuición.
A los 14 años, el barro llegó a mí. Trabajé un verano en una fábrica de cerámica y fue como pasar del lenguaje rígido y seco de la madera al susurro húmedo y moldeable de la arcilla. Comprendí que cada material tiene su alma, y que el arte consiste en saber escucharla. El barro me enseñó a esperar, a respetar los tiempos del fuego y la transformación.
Un año más tarde, tras una estancia en Boston, realicé mi primera exposición de pintura en el ayuntamiento de mi pueblo. Aquel gesto fue más que una muestra; fue una declaración inconsciente de pertenencia a un mundo que, sin saberlo del todo, ya era el mío.
Pero quizás uno de los momentos más significativos fue mi participación en la residencia de artistas plásticos que tuvo lugar durante una década en La Rambla, en la casa museo de Alfonso Ariza. Cada verano, la tierra andaluza se llenaba de voces creativas —Carlos Aires, Arcadio Blasco, Vilma Villaverde, Gustavo Pérez, Pere Noguera, María Bofill…— y yo bebía de sus palabras, de sus obras, de sus silencios cargados de sentido. Aquellos veranos fueron mi escuela no oficial, una suerte de iniciación artística y espiritual.
A los 18 años partí hacia Granada. Allí, en esa ciudad donde el tiempo parece detenerse, me sumergí en los estudios de Filosofía, con especialización en Estética, mientras simultáneamente cursaba materias en la Facultad de Bellas Artes. Granada fue el cruce de caminos entre la reflexión y la creación. Junto a otros creadores y guiados por Carmen Osuna, fundamos una asociación cultural, un espacio vivo que albergó las voces incipientes de artistas emergentes.
Tenía 20 años cuando lo comprendí con claridad: mi vida estaba consagrada a la cultura, al arte, a la creación —no sólo como artista, sino como gestor, comisario, facilitador de universos sensibles. Y desde entonces, trabajar con las manos ha sido para mí una forma de pensar, de rezar, de existir.
El arte no comenzó en mí como una vocación, sino como una forma de estar en el mundo.
En su Instagram se lee las actividades que desarrolla: Curador, Galerista, Artista floral, Ceramista, Diseñador de interiores. Todas estas actividades, sin duda deben ocupar un tiempo. ¿Cómo las organiza?
La organización de mi tiempo no responde a un esquema rígido, sino más bien a una lógica vital profundamente intuitiva, aunque paradójicamente atravesada por un cierto racionalismo que estructura mi día a día. Soy una persona activa, resolutiva y con una gran aversión a perder el tiempo; esa eficiencia silenciosa se ha convertido casi en una filosofía de vida.
Mis jornadas rara vez terminan temprano. De hecho, muchas veces la noche se convierte en mi aliada más fértil: la radio suena de fondo, siempre fiel, y no hay noche en la que no escuche las noticias de las dos de la mañana mientras sigo trabajando en algún proyecto. Es en ese silencio nocturno donde las ideas toman forma y los detalles encuentran su lugar.
Compaginar disciplinas tan diversas no es sencillo, pero el entorno humano que me rodea —mi asistente, colaboradores, amigos creadores— facilita que todo fluya de forma orgánica. Paso con naturalidad de diseñar una exposición en un espacio blanco, frío, casi clínico, a adentrarme en el campo y recoger ramajes entre el follaje húmedo, lleno de formas, texturas y poesía visual. Ese contraste, lejos de agotarme, me alimenta.
No suelo mirar hacia atrás. No vivo en lo que ya fue. Prefiero construir el presente paso a paso, con la mirada puesta en el siguiente gesto, en lo que aún está por hacerse. Mi mantra es sencillo: «una cosa tras otra». Es una forma de centrar la energía sin dispersión, de habitar plenamente cada instante del trabajo, con entrega total, sin ansiedad por lo que vendrá ni nostalgia por lo que pasó.
Para quienes lo observan desde fuera, mi vida puede parecer un caos creativo. Pero dentro de ese aparente desorden hay un orden profundo, una secuencia precisa en el proceso y una ejecución que responde tanto al instinto como a la razón. Porque, al final, todo en mi trabajo — ya sea una flor, una escultura o un montaje curatorial— nace del mismo impulso: el de crear sentido en medio del mundo.
Usted estuvo al frente de la dirección artística de la Cena de Patronos del Museo Reina Sofía. ¿Cómo fue para usted la experiencia de esa dirección?
He tenido el privilegio de asumir durante varios años la dirección artística de la Cena de Patronos del Museo Reina Sofía, una de las instituciones culturales más importantes del país. Desde el primer momento, el museo depositó en mí una gran confianza, ofreciéndome una libertad creativa absoluta, algo poco común en este tipo de contextos institucionales. Esa apertura me permitió desarrollar proyectos que no sólo fueran visualmente coherentes, sino también conceptualmente sólidos.
Ahora bien, trabajar con una institución de esta envergadura supone también afrontar una complejidad estructural considerable. Cada detalle del proyecto —por mínimo que parezca— requiere la aprobación de varios departamentos: desde los conservadores y arquitectos del edificio, hasta recursos humanos, dirección general y, por supuesto, el siempre riguroso departamento de protocolo. Es un proceso delicado, pero tremendamente enriquecedor.
Este evento reúne a las tres entidades que conforman el ecosistema del museo: el Patronato con la Fundación Museo Reina Sofía, el propio Museo y la Fundación Amigos del Reina Sofía. Se trata de una velada de alto nivel que acoge a alrededor de 200 invitados, con una estructura que incluye una visita guiada a una exposición temporal, seguida de un cóctel y, finalmente, una cena formal.
Cada edición he concebido un proyecto con un concepto que dialoga tanto con la exposición que se visita como con elementos arquitectónicos o históricos del propio edificio Sabatini. Todo ello se presenta y consensua con el equipo directivo del museo, en una colaboración basada en el respeto mutuo y el compromiso con la excelencia.
En la última edición, además, ampliamos los márgenes de la propuesta artística integrando al chef responsable del menú en el proceso creativo. El objetivo era convertir la cena en una experiencia inmersiva, donde la gastronomía también formara parte del discurso estético y sensorial, al igual que la luz, el sonido o la escenografía.
Esta experiencia ha sido siempre profundamente gratificante. Formar parte de la vida interna del Museo Reina Sofía, caminar por sus pasillos vacíos en los preparativos, dialogar con sus equipos y crear en ese entorno cargado de historia y contemporaneidad, es algo que me ha enriquecido tanto profesional como personalmente. Estar en las entrañas del museo es, sin duda, una vivencia fascinante.
Usted representa a artistas. ¿Qué condiciones debe tener para acceder a ser representado, descartamos, desde luego, el talento?
Representar a un artista es, para mí, un acto de compromiso profundo. Es una relación que va mucho más allá de lo comercial: es una forma de alianza, de complicidad intelectual y afectiva. Por eso, hay ciertas condiciones fundamentales que observo antes de asumir esa responsabilidad.
La primera, sin duda, es que el artista valore su propio trabajo. Esto puede parecer obvio, pero no siempre lo es. Si el creador no cuida, respeta y otorga dignidad a su obra, difícilmente podré hacerlo yo. El respeto por el proceso, por el objeto creado, por la coherencia interna de lo que se ofrece al mundo, es imprescindible.
Después está el aspecto técnico. No hablo de virtuosismo vacío, sino de una ejecución rigurosa que esté a la altura del discurso que se quiere transmitir. Ya sea pintura, escultura, fotografía u obra gráfica, la técnica es el vehículo que da cuerpo a la idea, y como tal, debe estar afinada, trabajada, sostenida por la práctica constante y el oficio.
Otro elemento esencial es la coherencia conceptual. Necesito sentir que el artista sabe qué está diciendo, o al menos que está en la búsqueda honesta de ese significado. No se trata de explicar la obra hasta agotarla, sino de que exista una intención, una tensión interna, una voz que le dé sentido a la creación.
Respecto al talento, yo no lo entiendo como una chispa innata o un don caprichoso. Para mí, el talento es la síntesis de todos estos factores: sensibilidad, técnica, constancia, compromiso y evolución. Talento es, en definitiva, la consecuencia del trabajo consciente, de una sensibilidad afinada y de un pensamiento que acompaña al hacer.
Creo que algunas personas nacen con mayor predisposición sensorial o intelectual hacia ciertas disciplinas, pero sin cuidado, sin disciplina y sin desarrollo, esas aptitudes se marchitan. Por muy “dotado” que alguien sea, si no hay profundidad, esfuerzo y voluntad de crecimiento, no es alguien con quien yo podría establecer una relación profesional duradera.
Después de muchos años en el mundo del arte, uno desarrolla una intuición afilada. Esa experiencia no se basa únicamente en el conocimiento técnico o estético, sino también en algo más sutil: una vibración, una emoción, una certeza silenciosa. Hay artistas con los que uno siente una conexión inmediata, sin necesidad de grandes discursos. En esos casos, me dejo guiar también por esa intuición, que con el tiempo se ha convertido en mi brújula más fiable.
En la Galería Punto Rojo, usted desarrolló un muy activo trabajo de gestión cultural. Fueron muchas las muestras individuales, colectivas, talleres o conferencias que contribuyó a poner en marcha desde 2011 a 2016. ¿Cómo recuerda su paso por Punto Rojo?
La experiencia en la Galería Punto Rojo, en Granada, fue profundamente significativa en mi trayectoria profesional y vital. Fue un proyecto que nació de un encuentro casual pero lleno de sintonía entre Ángela Hinojosa y yo, y que terminó convirtiéndose en una apuesta comprometida por traer nuevas formas de entender y vivir el arte contemporáneo a una ciudad de gran tradición, pero con un mercado a veces algo cerrado a lo emergente o a lo no convencional.
Trabajar de la mano de Ángela fue, y sigue siendo, un placer. Punto Rojo fue mucho más que una galería: fue un espacio de pensamiento, de encuentro, de experimentación y riesgo. Trajimos propuestas que en ese momento no habían tenido cabida en Granada, como los talleres con la revista Sublime de Avelino Sala, exposiciones de artistas consolidados como Jorge García o Susana Guerrero, y presentaciones de libros como el de Juan Francisco Casas, entre muchos otros.
Lo curioso es que durante esos años yo compaginaba mi labor como chef en el restaurante Tragaluz con la gestión cultural en la galería. De hecho, muchas exposiciones se desplegaban simultáneamente entre la galería y la sala de exposiciones que creamos dentro del propio restaurante. Fue un experimento híbrido, una apuesta que cruzaba disciplinas y públicos, donde el arte convivía con la gastronomía, y ambos enriquecían el espacio y la experiencia del visitante.
El local de Gran Vía 33 nos regaló grandes alegrías, pero también duros aprendizajes. No todos los proyectos fueron comprendidos o aceptados por el circuito artístico de la ciudad, y eso nos enfrentó a una especie de «lucha contra Goliat», donde intentábamos demostrar que Granada podía y debía ser algo más que el eco eterno de la Alhambra. Que existía —y existe— un tejido de artistas plásticos contemporáneos con un discurso propio, vibrante, actual.
Finalmente, la galería cerró, pero su espíritu sigue vivo. Sigo colaborando con Ángela, porque compartimos una visión: la de democratizar el acceso al arte, dar visibilidad a los artistas, y recordar —una y otra vez— que sin cultura no hay posibilidad de un mundo verdaderamente humano.
Punto Rojo fue, sin duda, uno de esos proyectos que, aunque terminen físicamente, dejan raíces profundas. Fue un laboratorio de ideas, una escuela de gestión y, sobre todo, una declaración de amor al arte.
También ha sido propietario de El Tragaluz, en el corazón del Realejo, de 2010 a 2016; de La Tortillera, en Romanilla, de 2016 a 2018; y de Babel de la que aún sigue siendo propietario con un socio. ¿Qué gestión desarrolló en cada uno de ellos?
El restaurante El Tragaluz lo abrí justo después de regresar de vivir unos años en Austin, Texas. En aquel momento, España atravesaba una profunda crisis económica y no existía margen real para desarrollar un proyecto educativo de integración a través de las artes, como me habría gustado, ni tampoco para abrir una galería de arte. Sin embargo, de forma casi inconsciente —y como suelen suceder muchas cosas importantes en la vida—, tras una cena con amigos, tomé la decisión de abrir de nuevo las puertas de El Tragaluz, un restaurante que había cerrado hacía pocos años pero que, en su momento, fue toda una referencia cultural en Granada. El lugar era especial: ubicado en el Realejo, a pocos metros del Teatro Isabel la Católica y a los pies del Palace Alhambra, se había consolidado como punto de encuentro intelectual y bohemio. Por allí pasaron figuras como José Saramago, Joaquín Sabina o el arquitecto Alberto Campo Baeza.
Reabrir El Tragaluz fue, para mí, mucho más que emprender un restaurante. Era construir un espacio donde convergieran la cocina, el arte, el diseño y la conversación. Monté un restaurante como el que me habría gustado frecuentar: las sillas eran todas distintas, los muebles venían de anticuarios, las vajillas eran de principios del siglo XX —Limoges, Cartuja—, las tazas de café de mercadillos londinenses. Cada elemento estaba elegido con el mismo cuidado con el que se comisaría una exposición. Todo formaba parte de una atmósfera cálida, íntima, envolvente. La cocina, por supuesto, no era menos importante. Cada día iba al mercado a comprar lo más fresco, sin carta fija, dejando que el producto dictara el menú. Así, lo gastronómico se tejía en armonía con lo estético y lo afectivo.
En El Tragaluz cocinaba, dirigía y, al mismo tiempo, gestionaba un espacio cultural: organizábamos pequeñas exposiciones, tertulias, cenas temáticas. Era un lugar donde pasaban cosas. Durante esos años se forjaron amistades, se debatieron ideas y se compartieron momentos que aún me acompañan. Fue una etapa verdaderamente hermosa.
Años después, en 2016, puse en marcha un proyecto completamente distinto: La Tortillera. Quería hacer algo popular, directo, sin pretensiones, pero con un mensaje claro. Frente a la comida rápida de baja calidad que invadía Granada —los kebabs, las pizzas industriales—, propuse algo tan esencial y español como la tortilla de patatas casera. Era un pequeño puesto en la plaza de la Romanilla, en el corazón de la ciudad, donde se vendía únicamente tortilla, huevos camperos, encurtidos y bebidas. La idea era muy sencilla: devolver la dignidad a la comida casera, a lo cotidiano. Comer una tortilla de verdad, de pie, en la calle, era un acto casi poético. Fue un proyecto “canalla”, sí, pero con fondo. Me gustaba ver cómo la gente se paraba, compartía, hablaba. Era comida, pero también gesto cultural.
El siguiente paso fue Babel, un restaurante que emprendí junto a un socio y que sigue funcionando hoy. Aquí mi papel fue, desde el inicio, más empresarial que creativo. Diseñé el proyecto, la estructura financiera, las estrategias de mercado, el branding. Aunque durante los primeros años estuve cocinando y elaborando los menús, pronto el día a día operativo pasó a manos del equipo. Babel es un lugar donde las personas vienen a tapear, a disfrutar de una oferta cuidada pero asequible, a vivir la experiencia de Granada. Sin embargo, siempre he buscado que el espíritu artístico sobrevuele el proyecto. Por eso, de tanto en tanto, organizamos cenas-performance, colaboraciones con artistas o encuentros gastronómicos vinculados a otras disciplinas.
Cada uno de estos espacios ha sido un reflejo de un momento vital y creativo. En El Tragaluz pude reunir todas mis pasiones: la gastronomía, el arte, la arquitectura de interiores, el comisariado. En La Tortillera encontré una forma de hablarle a la calle desde lo esencial. Y con Babel sigo manteniendo un vínculo con el hacer gastronómico desde la perspectiva de la gestión y la estrategia, sin perder de vista el poder cultural de la cocina. Son capítulos distintos de una misma narrativa donde el arte, lo cotidiano y la emoción se encuentran.
¿Las galerías, deberían ser parte de la tarea de concientizar la pasión por coleccionar obras?
Sin duda, las galerías no sólo deberían ser parte activa en esa tarea, sino que, desde mi punto de vista, es casi una de sus misiones fundamentales. Una galería no es únicamente un espacio de compraventa, es —o debería ser— una pequeña institución cultural, un lugar donde se custodia, se interpreta y se da valor a la creación contemporánea. Por ello, concienciar, seducir, educar en la pasión por coleccionar forma parte de esa responsabilidad.
Coleccionar no se trata simplemente de adquirir objetos bellos. Es un acto de sensibilidad, de memoria, de compromiso con el presente y con las ideas que los artistas colocan sobre la mesa. Por eso es tan importante que las galerías cuenten historias alrededor de las obras, que ayuden a entender los procesos, los contextos, las obsesiones de cada autor. Hay que romper ese muro que a veces separa al espectador del arte contemporáneo. Las galerías deben ser puentes, no vitrinas.
Personalmente, siempre he sentido que cada vez que alguien se lleva una obra a casa —ya sea una pieza importante o una pequeña serigrafía— algo se activa en esa persona. Un lazo. Una relación íntima que no siempre se puede explicar con palabras. Ahí comienza realmente el coleccionismo: en el primer gesto de cuidado hacia una obra que te interpela.
Por eso, sí, creo que las galerías tienen un papel clave. No se trata sólo de mostrar, sino de acompañar. De abrir puertas. De despertar el deseo, la curiosidad. De cultivar una red de personas que entienden que el arte no es un lujo, sino una necesidad del alma.
Desde su vasta experiencia, ¿cómo debería encarar una nueva galería, ante la gran competencia que existe, para tener un perfil propio?
Desde mi experiencia como galerista, curador y gestor cultural, creo que una nueva galería debe construirse desde una visión clara y profundamente honesta, no desde la imitación ni desde la prisa por insertarse en un mercado saturado. La diferencia no se encuentra en competir con otras propuestas, sino en generar una identidad sólida, coherente y comprometida con una línea de pensamiento artístico bien definida.
Cuando iniciamos la Galería Punto Rojo en Granada, lo hicimos desde la voluntad de ofrecer algo distinto en una ciudad con un contexto cultural muy marcado por lo institucional y lo patrimonial. Apostamos por discursos contemporáneos, por artistas que no habían sido todavía visibilizados en esa geografía y por formatos que permitieran un diálogo más libre con el público. Exposiciones, talleres, presentaciones de libros y conferencias convivieron como una red de pensamiento vivo, porque entendíamos que una galería no puede limitarse a ser un contenedor de obras: debe ser un espacio de producción simbólica, de encuentro y reflexión.
Una nueva galería que aspire a tener un perfil propio debe hacer un trabajo introspectivo previo. ¿Qué tipo de obra se quiere mostrar? ¿Qué discursos se desea acompañar? ¿Qué tipo de relaciones se quieren establecer con los artistas y con el público? Estas preguntas no pueden responderse desde una lógica comercial, sino desde un compromiso con el arte como forma de pensamiento y transformación.
Por supuesto, la selección de artistas es crucial. A lo largo del tiempo, he aprendido que no es suficiente con que alguien tenga habilidad técnica o una estética atractiva. Represento a artistas que cuidan su obra, que conocen sus procesos, que trabajan con una ética rigurosa y que se expresan desde un lugar auténtico. Valoro profundamente la coherencia conceptual, el compromiso con la evolución de su práctica y una conciencia clara de lo que quieren comunicar con su trabajo. El talento no es una cualidad mística, sino la suma de la sensibilidad, el trabajo, la constancia y la capacidad de sostener un discurso.
También es importante recordar que una galería es un organismo vivo, que necesita crecer con el tiempo, adaptarse, escuchar su entorno. La experiencia trabajando en contextos tan exigentes como el Museo Reina Sofía me ha enseñado que la clave está en el equilibrio entre libertad creativa y diálogo institucional, entre rigor y flexibilidad. Cada proyecto curatorial debe pensarse como un ecosistema donde el espacio, la obra, el espectador y el discurso se entrelacen de forma precisa, sin artificios.
Una nueva galería debe aspirar, en última instancia, a ser un nodo dentro de una red cultural más amplia. No basta con mostrar obras: hay que generar pensamiento, abrir conversaciones, acompañar trayectorias, formar públicos. Y todo eso exige tiempo, paciencia y una profunda fidelidad a la propia visión. Cuando hay autenticidad en la propuesta, cuando se trabaja con cuidado y pasión, el perfil propio no necesita ser forzado: se convierte en una huella natural, reconocible, inevitable.
¿La crítica, cree usted que está a la altura del arte que actualmente se desarrolla en España?
Responder si estoy “a la altura” del arte que actualmente se desarrolla en España es, para mí, más una reflexión sobre el compromiso que mantengo con este ecosistema que una afirmación categórica. No me interesa situarme en un pedestal ni autoevaluarme desde la vanidad, sino más bien desde la responsabilidad.
Desde muy joven he entendido el arte como una forma de estar en el mundo, de pensar, de conmoverse, de provocar y de construir comunidad. Mi camino ha estado ligado a múltiples formas de acompañar lo artístico: como galerista, curador, gestor cultural y, sobre todo, como alguien que escucha, observa, conecta y se deja transformar por las obras y los procesos que lo rodean.
He trabajado con artistas emergentes y con nombres consolidados, he abierto espacios para discursos que no siempre eran cómodos ni fáciles de encajar en los circuitos tradicionales, y he tratado de generar plataformas honestas para que las voces diversas que componen el panorama artístico español encuentren resonancia. Pero más allá de los logros o los proyectos concretos, lo que intento mantener es una actitud de apertura y de aprendizaje continuo.
El arte contemporáneo que se hace en España hoy es profundo, vibrante, desafiante. A veces se inscribe en tradiciones que lo sostienen, otras veces las rompe con absoluta libertad. Mi intención es acompañar esos gestos, no domesticarlos. No me interesa imponer una mirada, sino facilitar un contexto para que esas miradas múltiples puedan desplegarse con dignidad y fuerza.
¿Estoy a la altura? Sólo puedo decir que trabajo para estarlo. Que lo intento cada día, con conciencia, con rigor y con afecto por lo que hago. Que me equivoco, por supuesto, pero que cada error es también una forma de estar más cerca de esa altura: no como una meta que se alcanza, sino como un proceso que se honra.
Estar a la altura, para mí, no significa tener todas las respuestas, sino formular las preguntas adecuadas y saber rodearse de quienes, desde el arte, nos empujan a pensar más allá. Y en eso, confío, estoy caminando.
Hay quienes dicen que los que en verdad ostentan el poder, son los grandes coleccionistas. ¿Está de acuerdo?
Es una afirmación que encierra parte de verdad, pero que también requiere ser matizada. En el ecosistema del arte contemporáneo, el poder se distribuye de manera compleja, a veces difusa, y en muchas ocasiones silenciosa. Es cierto que los grandes coleccionistas, por su capacidad de compra, de visibilización y de legitimación, ejercen una influencia notable en la carrera de los artistas, en el posicionamiento de ciertas estéticas y, en muchos casos, en la orientación del mercado. Pero reducir el poder en el arte únicamente a ellos sería simplificar demasiado una red que es mucho más rica y más contradictoria.
Los coleccionistas tienen poder, sí, pero también lo tienen las instituciones que deciden qué se conserva, qué se exhibe, qué se investiga. Lo tienen los curadores que elaboran los discursos expositivos que conforman imaginarios. Lo tienen las galerías, que apuestan —o no— por determinados artistas. Lo tienen los críticos, las escuelas de arte, los medios especializados, incluso los comisarios independientes que generan nuevos relatos desde los márgenes. Es una red de poderes simbólicos y económicos que se entrelazan constantemente.
En el caso concreto de los grandes coleccionistas, su influencia depende también de cómo ejercen ese poder. Hay quienes lo hacen con compromiso, con sensibilidad, con una mirada abierta, apoyando procesos, investigando, acompañando carreras desde la discreción y el respeto. Y hay otros que lo ejercen desde la pura especulación, viendo la obra como un activo financiero más, operando en el mercado con lógicas ajenas a la creación.
El riesgo está cuando el poder se concentra de forma excesiva y cuando se impone una única mirada sobre lo que debe ser el arte, sobre qué es valioso y qué no. En ese sentido, es necesario fomentar una diversidad real de agentes, voces, espacios y narrativas. Y también reivindica el lugar del arte como territorio de pensamiento y resistencia, no sólo como objeto de deseo o inversión.
Por eso creo que más allá de estar o no de acuerdo, lo importante es mantener una mirada crítica sobre cómo circula el poder en el arte, y seguir generando contextos donde ese poder se diluya, se democratice, se discuta. Donde el coleccionismo sea una herramienta de apoyo, de cuidado y de compromiso, no un instrumento de dominio. Y donde el arte siga teniendo la capacidad de incomodar, de cuestionar, de proponer nuevas formas de mirar y de estar en el mundo.
En la muestra Arte de emergencia, con la que abre la temporada Espacio Doméstico, organizó una reflexión sobre la actual tendencia a olvidar artistas mayores. ¿Cómo fue la experiencia innovadora e inteligente que tanta falta hace en muchos lados?
La experiencia de organizar la muestra Arte de Emergencia en Paisaje Doméstico fue, sin duda, un ejercicio necesario y revelador en mi labor como galerista y curador. En la escena actual, donde la atención se centra casi exclusivamente en lo emergente, lo fresco, lo nuevo, es fácil perder de vista a esos artistas que cuentan con una trayectoria no sólo artística sino también vital, una historia profunda que se refleja en cada una de sus obras.
Este fenómeno, que podríamos denominar edadismo en el arte, tiene un efecto silencioso pero poderoso: desplazar y olvidar a quienes han dedicado toda una vida a la creación y que aún tienen muchísimo que aportar. En nuestra cultura contemporánea, la urgencia por descubrir lo novedoso a menudo se traduce en una falta de reconocimiento hacia el valor acumulado de la experiencia y el recorrido artístico de largo plazo.
Por eso, Arte de Emergencia se planteó como un acto de reivindicación. Contar con la participación de artistas como Marta Cárdenas, Paco Lagares, Teté Vargas Machuca o Rita Rutkoski fue esencial para mostrar que la vigencia no está limitada a la juventud ni a la novedad superficial, sino que puede encontrarse en la profundidad de un trabajo que se ha ido construyendo y madurando a lo largo del tiempo. Estos artistas aportan no sólo técnica y concepto, sino también una historia personal y un compromiso que enriquecen el panorama artístico y abren nuevos caminos de reflexión.
Desde la curaduría, esta muestra fue un llamado a romper con la lógica acelerada que prima en muchos espacios, donde lo que no es absolutamente nuevo tiende a quedar fuera. Se trató de ofrecer una plataforma para que las voces consolidadas pudieran dialogar con el presente, demostrando que la experiencia y la madurez son parte fundamental del pulso cultural.
Creo que, para que el arte sea verdaderamente plural y enriquecedor, debemos desafiar esa tendencia al olvido y abrir espacios donde las trayectorias se valoren tanto como las propuestas emergentes. La memoria, la experiencia y la continuidad son indispensables para que la cultura no se limite a un instante fugaz, sino que construya un tejido vivo, diverso y resistente.
En España ¿Hay un apoyo del Estado al arte?
En España sí existe un apoyo estatal al arte, aunque, a mi parecer, es insuficiente y limitado. El compromiso oficial con la cultura debería ser mucho más contundente, especialmente cuando se considera el valor que el arte aporta a nuestra sociedad, no sólo como expresión creativa sino también como motor de identidad, reflexión y cohesión social.
No alcanzo a comprender cómo, en pleno siglo XXI, la cultura sigue estando gravada con un IVA del 21%, una medida que, lejos de facilitar el acceso y fomentar la producción artística, se convierte en un obstáculo para creadores, gestores, galerías y para el público en general. Esta tasa elevada supone un freno que dificulta el desarrollo de proyectos culturales y limita la capacidad de crecimiento del sector.
En comparación, países vecinos como Francia ofrecen un modelo de apoyo mucho más sólido y estructurado. Francia dedica una parte considerable de su presupuesto cultural a la promoción y protección del arte y la cultura, con políticas públicas que incluyen desde la financiación de museos y galerías hasta subvenciones directas para artistas y proyectos culturales. Además, eI IVA cultural en Francia es considerablemente más bajo, alrededor del 5,5%, lo que facilita el acceso y la producción artística.
Creo firmemente que una mayor inversión y un tratamiento fiscal más favorable serían esenciales para fortalecer el ecosistema artístico en España. Apoyar la cultura no debería verse sólo como un gasto, sino como una inversión a largo plazo en el bienestar, la educación y el prestigio cultural de nuestro país.
¿Cuál sería, desde su punto de vista, el obstáculo de la poca difusión de artistas latinoamericanos, en España y Europa, en general?
Desde mi experiencia, considero que la escasa difusión de artistas latinoamericanos en España y Europa responde a una serie de obstáculos profundos, tanto estructurales como culturales, que atraviesan el tejido artístico contemporáneo.
En primer lugar, los circuitos artísticos europeos permanecen, en buena medida, anclados en sus propias geografías y tradiciones, centralizando la producción y visibilidad en ciertas capitales que a menudo reproducen estéticas y discursos dominantes. Esta concentración dificulta que la pluralidad y riqueza del arte latinoamericano encuentre un espacio orgánico y sostenido dentro de estas dinámicas. La globalización, si bien ha acercado territorios, no ha desdibujado las fronteras simbólicas ni las barreras de acceso.
Además, existe una carencia palpable de infraestructuras y apoyos institucionales que permitan una movilidad cultural real, que facilite la presencia constante de estos artistas en ferias, galerías y museos europeos. Las dificultades económicas y logísticas son un hecho ineludible, pero también lo es la necesidad de una política cultural que entienda el arte como puente, diálogo y encuentro entre diferentes mundos.
No puedo dejar de señalar la persistencia de ciertos estereotipos que simplifican y reducen la complejidad del arte latinoamericano, encasillándolo en narrativas exóticas o temáticas marginales, que empobrecen la percepción y limitan el reconocimiento. Es un fenómeno que, aunque sutil, afecta la manera en que se valora y se integra esta producción artística en el discurso dominante.
Finalmente, la ausencia de un compromiso curatorial y mediático constante con el arte latinoamericano contribuye a que su presencia sea episódica, fragmentaria, más vinculada a eventos puntuales que a un diálogo profundo y sostenido.
Para revertir esta situación, es imprescindible construir redes de colaboración que vayan más allá del simple intercambio comercial, impulsando residencias, programas de producción, y proyectos curatoriales que pongan en valor la riqueza conceptual y formal de estos artistas. Sólo desde un compromiso ético y estético auténtico podremos derribar las barreras que todavía separan estos territorios creativos y ofrecer un espacio real a la diversidad cultural que tanto necesitamos.
Los museos, ¿deben reinventarse ante un mundo tan líquido, tan veloz?
Los museos, como guardianes de la memoria y custodios del patrimonio cultural, se encuentran hoy en día en una encrucijada fascinante dentro de esta era líquida y vertiginosa en la que vivimos, donde la velocidad con la que circula la información y la cultura parece devorar el tiempo mismo, y las certezas se disuelven con la misma rapidez con la que aparecen. En este contexto, reinventarse se presenta no como una opción, sino como una exigencia inevitable para estas instituciones. Ya no pueden limitarse a ser meros depósitos estáticos de objetos o colecciones; deben transformarse en espacios vivos, dinámicos y en diálogo constante con su presente, abiertos además a la incertidumbre y las múltiples posibilidades que ofrece el futuro. Esta transformación implica que los museos, como el Museo Reina Sofía en Madrid o el Centre Pompidou en París, deben abrazar la innovación y la experimentación sin renunciar a su esencia fundamental: la reflexión profunda y la preservación crítica del patrimonio cultural. La incorporación de nuevas narrativas, el uso de tecnologías contemporáneas, la exploración de formatos alternativos, y el diálogo con comunidades diversas se convierten en piezas clave para construir plataformas flexibles que permitan conectar con públicos variados. La velocidad del mundo actual no debe ser enemiga del pensamiento crítico; por el contrario, representa una oportunidad para repensar los modos en que accedemos y nos relacionamos con el arte y la cultura. Esto implica cuestionar modelos tradicionales de exposición y participación, abrir los museos a experiencias más inclusivas y colaborativas, y crear encuentros que vayan más allá del mero consumo visual, para generar vivencias emocionales y conceptuales profundas que desafíen la fugacidad propia de nuestra época. Además, esta apertura requiere un compromiso con la complejidad y la diversidad, invitando a reflexionar sobre cómo el arte dialoga con las problemáticas sociales actuales y las diferentes identidades culturales, sin perder de vista la historia y las tradiciones que fundamentan el presente. De esta manera, el museo se convierte en un espacio de tenso equilibrio entre la memoria y la innovación, entre la estabilidad y el cambio, entre lo local y lo global.
¿En qué proyecto se encuentra?
En este momento, estoy inmerso en un proyecto que prefiero mantener reservado por ahora, pero sí puedo adelantar que mi intención es volver a entrelazar dos grandes pasiones: el arte y la gastronomía. Creo que la unión de estas dos disciplinas ofrece un espacio único para la experiencia sensorial y cultural, una combinación que permite explorar nuevas formas de expresión y conexión con el público, creando ambientes donde lo visual y lo gustativo dialogan y se enriquecen mutuamente. Es un camino que me entusiasma profundamente y que espero poder compartir con más detalle muy pronto.























