Amat Escalante: lo más hermoso que vas a ver en tu vida

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BARCELONA 28 04 2017 Icult Entrevista con el directorde cine Amat Escalante en la Filmoteca de Catalunya Placa de Salvador Segui 1 FOTO de RICARD CUGAT

El cine de Escalante no intenta montar un espectáculo violento o incomprensible, como mucha de la crítica lo ha acusado. Construye películas que pretenden recrear bajo una mirada realista que en ocasiones, particularmente en su selección y construcción de planos coquetea con la estética naturalista. Pero lo más interesante es su intención de crear sensaciones, de reproducir y concretar espacios simbólicos sumamente incómodos, en el mejor sentido del que el arte más vital echa mano.

El autor hace de su cine un largo y espinoso comentario social. Desde Sangre (2005), pero principalmente en Los bastardos (2008) y Heli (2013) ya vemos una serie de juicios claros y potentes sobre la Guerra contra el narco, la impunidad, la violencia, la migración, el desarraigo, el desplazamiento forzado de personas. Ahora, en La región salvaje (2016) pone bajo la lupa un sistema de valores entero: machismo, misoginia, homofobia, libertad sexual, valores tradicionales, y por supuesto un peligroso y abrumador deseo.

Es gracias a que su estilo realista es tan pulcro que Amat Escalante puede hacer una película casi de género. Porque para hacer ciencia ficción de la mejor, hay que ser un comprometido con un mundo en el que aquello que ocurre es posible, plausible, y parte inherente del conjunto de reglas, coherencias, incoherencias, lamentos y contradicciones de un mundo que nunca contempla, como tanto se nos ha dicho, que todo tenga sentido. Escalante va mucho más allá cuando logra trabajar bajo un registro melodramático, uno de ciencia ficción y de terror al mismo tiempo sin que ninguno se vuelva una caricatura de si mismo, ni en conjunto se vuelvan un horrendo pastiche como algunas películas recientes en nuestro país que intentan combinar la estética del narco y la tragedia con un tono humorístico de lo más ramplón.

El estilo visual de Escalante se va puliendo conforme avanza su carrera. Personalmente, Sangre me parece descuidada en su fotografía, regularmente encuadrada y con un movimiento de cámara muy poco sugerente. El salto cualitativo en Los bastardos y aun más en Heli es, aunque el sobreuso de calificativos hiperbólicos nos presente el riesgo de su progresiva y simultánea anulación, asombroso. Desde Los bastardos, y ahora con mucho mayor dominio en La región salvaje, Escalante provee al espectador de momentos que consisten un lujo en las artes, el momento en el que podemos ver “la mano” del artista en su trabajo; el momento en que vemos a un director pensando detrás de un diálogo, de una toma, de una conjunción audiovisual que permiten llamarlo autor cinematográfico con todas sus letras.

En Los bastardos Escalante y su fotógrafo utilizan planos increíblemente abiertos y sin aparentes asideros junto con tomas que rara vez llegan a menos que un plano medio. Tal vez estén intentando subrayar la insignificancia de dos migrantes cruzando la frontera entre dos mundos que los rechazan, su desamparo y tristeza absolutas. En Heli, la combinación entre planos cerrados y algunos inmensos en su amplitud y con un alto rango focal nos muestran representaciones de la violencia generada debido al narcotráfico y una falsa guerra contra las drogas. Una película potente que mucha de la crítica calificó de “excesivamente violenta”. Para mí, es el sello y firma que delatan la filiación de Escalante al Nuevo extremismo francés. No es una casualidad que para La región salvaje  decida trabajar con el fotógrafo Manuel Alberto Claro, extraordinario colaborador de Lars Von Trier en la cine fotografía de Melancolía (2011), Nymphomaniac Vol I y II (2013) y The House That Jack Built (2018). Destaco en La región salvaje ciertas tomas en las que prima una calma y expectativa grandiosa, el score de cuerdas punzantes hace de esta una película de género, pero con otro tipo de tomas, como si nunca necesitara recurrir a las convenciones de género para transmitir lo que busca. Igualmente, la dirección de Escalante es fantástica, cada decisión es notable en la cinta, su dirección contenida ante actores no profesionales, la selección de tomas hermosísimas de la naturaleza que se muestra indómita, grandilocuente y avasallante. Lo digo sin problema alguno, Amat Escalante está entre los y las 3 mejores directores y directoras de México actualmente, y La región salvaje, no dejará de competir como la mejor película mexicana durante muchos años.

La región salvaje no es reductible a su trama, ni por supuesto a sus aspectos técnicos, y mucho menos a los simbólicos. Escalante utiliza todos los elementos a su disposición para lograr urdir una compleja madeja que, paso a paso, lleva al escondite del minotauro, al deseo más desbordado y peligroso, porque como la propia creatura mítica, juega sobre el delgado filo de los límites entre lo humano y lo animal.

 

No necesito contar la película, para eso bastaría verla, y tendrían una mucho mejor impresión de lo que es. Tal vez valga decir que en el bosque aledaño a una pequeña ciudad de Guanajuato (lugar predilecto de Escalante para ubicar historias), ha caído un meteorito que contenía a cierta creatura extraterrestre cuyo fin principal, parece, es provocar placer, junto con todas las complicaciones que eso puede tener en aquellos con los que tiene contacto. Verónica tiene que curar sus heridas, por ello ve a Fabián, hermano de Ale, cuyo marido Ángel, es secretamente homosexual.  Entonces, puedo decir que existen Ale y su marido Ángel; Fabián y Verónica; una pareja de científicos en una cabaña en el bosque; un meteorito y una creatura alienígena. Casi todos los personajes habitan un mundo anodino y con una violencia normalizada al punto de la locura. Hasta que todos y todas, ponen un pie en la región salvaje. Ahí, se pierden, ponen en riesgo lo interior y lo exterior. Sacrifican, desean, expían, gozan. Todos pierden el control, porque nunca nadie lo tuvo.

En una mezcla entre naturalismo, melodrama, fantasía y horror, pasamos de una toma lenta de un asteroide girando sin rumbo en el espacio. Corte a un plano medio de Verónica a punto del orgasmo. Como este, varios de los cortes de Escalante son abruptos, desconcertantes, como la propia fotografía, casi incómoda, con cabezas cortadas, movimientos rugosos que logran su propósito, transmitir una sensación de incomodidad al espectador.

Si en Los bastardos se asoma Haneke, en La región salvaje es visible Lars von Trier, el hentai japonés (aunque Escalante niega conocerlo), Cronenberg, Possesion (1981) de Andrzej Zulawski, y tal vez Solaris (1961) la novela de Stanislaw Lem que inspirara grandiosamente a Tarkovsky, y pésimamente a Soderbergh.

El deseo enmarcado en papel tornasol, nunca totalmente visible su color ni textura. El director logra hacer a través de una obra de ciencia ficción con sus bases en un melodrama casi anodino, un comentario social impecable sobre la violencia (de género, de odio, o sexual), la homofobia, el machismo, la deconstrucción personal que provoca en ciertos miembros de la sociedad en habitar un ecosistema plagado de valores, reglas, morales, tradiciones, ansiedades, podredumbre. El deseo como una caldera que necesita alimentarse para mover la voluntad. Siempre bajo el riesgo de apagarse, excederse o explotar. Y el Hotel Overlook sonríe. El deseo presente en todas las películas de Escalante, no como una repetición estéril de los mismos asuntos por una cuestión simplemente temática, sino en la búsqueda de respuestas a su apuesta poética: la exploración, encuentro y descripción del deseo, y lo violento, sublime e inexplicable que lo habita.

En una iteración, que no repetición, la primera de estas fuerzas que puja por salir a la superficie y liberarse es el deseo sexual, el que más resguarda una naturaleza animal, y que tarde o temprano, sin importar la manera en la que se le encauce en un principio, se convierte en una fuerza destructora que nos confronta como una adicción. Un deseo como fuerza tan poderosa que es capaz de dominar y destruir a los personajes, que les brinda la posibilidad de liberarse trascendiendo el género, pero también otros peligrosos límites. Pero no hay una condena al deseo en la película de Escalante, absolutamente lo contrario, se trata de poner en el centro al cuerpo, al placer, de explorar los límites, de explorar el abismo que nos mira de vuelta.

Un bellísimo guiño a Tarkovsky –perro, steadycam, bosque, sonido- un magistral plano secuencia nos muestra el cráter en el que, asumimos, debió de haber caído el meteorito. Decenas de parejas de animales de todo tipo, copulando frenéticamente en una escena de la que nadie, más que el espectador intruso es testigo. Animales que asemejan una imagen tan bíblica como dantesca, un moderno retablo de El Bosco, un brochazo de un jardín de las delicias.

Deseo que consume por incontrolable, por negado, por sublime. Deseo que convierte a los personajes, que los modifica desde lo profundo. Alguien diría que el deseo según el otro, es siempre el deseo de ser Otro. Él mismo vería una especie de hipótesis de la sustitución, la cual se basa en que un inocente es elegido para pagar el error o pecado de uno o varios culpables. Pero la relación entre la víctima potencial y la víctima real no puede ser definida en términos de culpabilidad e inocencia ya que no hay nada que “expiar”. Es la propia pareja de “científicos” la que le dice a Verónica: “Lo que está allá en la cabaña, es la parte primitiva de todos. Nunca se va a extinguir, sólo se va a perfeccionar. Es lo más hermoso que vas a ver en tu vida, en el Universo probablemente. Nada va a volver a ser igual”. Ante esa violencia, misoginia, homofobia, machismo, restricción social del cuerpo y del deseo, me pregunto, ¿quién quisiera que todo vuelva a ser igual?