Alberto Adsuara: el cine consiste sólo en tener una cámara en las manos y saber qué hacer con ella

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¿Cómo comenzó su relación con el arte y, en particular, con el cine?

Sería bonito decir que todo comenzó siendo yo muy joven y que comencé a hacer exposiciones con 13 años. Como sería bonito decir que 3 o 4 años más tarde la estantería de mi habitación se combó por el peso de los libros hasta el punto de volverse peligrosa. Es lo que tienen los verbos condicionales, que dan pie a imaginar. Respecto al cine sólo puedo decir que comenzó, exactamente, cuando decidí dejar de ser artista. Una paradoja que daría para varios folios y que supongo adquirirá sentido a lo largo de la entrevista.

En muchos sectores de la sociedad, la pandemia ha ejercido una profunda influencia. ¿Cómo cree usted que ha influido en el cine y más aún: en su cine?

La Pandemia ha ejercido en mí una influencia definitiva. No tengo muy claro la influencia que ha ejercido en las sociedades civilizadas (sólo se moría en ellas, que nadie lo olvide, y siempre se hablaba de muertos, no de muertas), pero en mi caso ha sido total. Antes de la Pandemia yo tenía una idea del individuo del hoy bastante negativa, ahora la tengo mucho peor. Antes pensaba que el porcentaje de estúpidos era elevado pero aún salvaba a un tercio de los seres supuestamente civilizados, ahora no me salen los números; quiero decir, pienso que el número de estúpidos es realmente abrumador. Cierto es que todos somos estúpidos en algunas ocasiones, yo el primero, luego se trata de una cuestión cuantitativa: todo depende de los asuntos sobre los que se es estúpido y de la cantidad de veces que se es estúpido al día. En este sentido la estupidez reina y esto lo descubrí en la Pandemia. Y otra cosa importante, ser estúpido no te incapacita para ser una buena persona. En cualquier caso un estúpido es una bomba de relojería andante. En la Pandemia descubrí además el carácter pastueño de una inmensa mayoría de los ciudadanos y comprobé que todo deviene del mismo miedo a la libertad. Se demostró que los individuos no quieren ser libres, le tienen miedo a la libertad. Y por eso aceptaron rápidamente, no sólo las prohibiciones y las obligaciones, sino la misma censura que aún perdura porque se ha instalado definitivamente. Hay palabras sobre la Pandemia que aún no se pueden pronunciar en YouTube so pena de ser eliminados en la plataforma, y lo hemos normalizado. El miedo induce a la docilidad; se ha demostrado que mientras se nos encerraba a los ciudadanos los políticos hacían fiestas privadas, ensanchaban sus bolsillos, legislaban a su favor y jugaban con nuestro presente y futuro. Ni el índice de mortalidad ni las causas que configuraban el confinamiento hacía necesarias las humillantes medidas, pero los gobernantes vieron unas posibilidades de medrar inauditas. En el caso de España fueron sangrantes y ahora están saliendo a la luz algunos tejemanejes. Por otra parte, te dejaban pasear a un perro en el parque pero no a un niño. Mientras ellos negociaban sus salvoconductos nosotros no podíamos despedirnos de un padre agonizante que abandonaba su vida en la más estricta soledad de una habitación. Toda esa ignorancia que tan inocua resulta en el día a día de un ciudadano anónimo, se vuelve canalla cuando ese ciudadano entra en pánico. Y se nos indujo al pánico. El verdadero virus peligroso es el de la ignorancia, que más tarde o más temprano acaba en estupidez. En mi cine todo esto no ha influido lo más mínimo.

Usted en una entrevista, ha dicho: mi libro sobre Zizek trataba fundamentalmente de refutar el suyo: En defensa de la intolerancia, un libro perfectamente representativo de la esquizofrenia que padecen respecto al concepto de libertad los que viven instalados en la deriva reaccionaria de la izquierda. ¿Podría ampliarnos esta idea?

Toda la ola de puritanismo que vivimos desde principios de los 80 viene inculcada por la Izquierda posmoderna. Pasó del prohibido prohibir de la Izquierda marcusiana a querer prohibir todo aquello que no beneficiara a su supuesta noble causa, la del igualitarismo. Y así creo la estética y la ética del victimismo, generando tantos posibles grupos de víctimas que todo el mundo podría enclavarse en uno, generando así formas de vida dependientes, melifluas, pedigüeñas y cobardes. Más allá de lo jurídico la igualdad es un hecho obsceno. La corrección política fue un invento de la izquierda anglosajona que le ha venido muy bien a la clase política para tenernos subyugados con normas, reglas y leyes que no eran necesarias y que nadie pedía, pero que servían para controlar al ciudadano. Gramsci dio muchas pistas y Laclau lo enfocó; ambos se dieron cuenta que la batalla no se encontraba en la economía sino en la necesidad de sentimiento de culpa de ese ciudadano al que ya no le faltaba ni coche ni televisor ni teléfono; la batalla no estaba en denostar al empresario porque ya todos vivían mejor gracias a ellos, sino en sentirse víctima y por ello necesitado y dependiente. La corrección política nació como una forma de justicia social según sus primeros defensores, pero nunca ha sido otra cosa que una forma de encanallamiento social y de restricción de libertades, una forma de control en donde todos luchan contra todos exigiendo derechos sin atenerse a responsabilidades individuales. Conozco a mucha gente supuestamente inteligente, e incluso buena, que ha caído en la trampa de la corrección política y sin darse cuenta se ha convertido en estúpida.

En la misma entrevista usted dice: La influencia que han ejercido todas esas RRSS sobre el pensamiento y el arte ha sido, lógicamente, determinante. ¿En su caso como fue esa influencia?

Si nos ceñimos a la influencia ejercida sobre el Arte, que no sobre la sociedad en general aún detecto aspectos positivos en las RRSS. En el Arte han servido para que podamos conocer a “tiempo real” lo que se está haciendo en el presente continuo. De todas formas no conviene confundir información con conocimiento. En lo que respecta a la sociedad civil, la ha machacado. Sobre todo a los niños y a los adolescentes. En cualquier caso la existencia de las RRSS ha reconducido totalmente los caminos del Arte. De hecho, la Institución Arte aún anda mareada y aturdida por la paliza que le propinaron las RRSS. Los Museos de Arte Contemporáneo estancados desde hace 20 años.

La cuestión es que para el filósofo la historia del arte era una epopeya a través de la cual el espíritu humano conquistaba su libertad, con el famoso despliegue del Espíritu. ¿Usted cree que ya no es así? ¿Cómo lo ve ahora?

El despliegue del Espíritu tal y como lo planteaba Hegel debía ser algo así como un orgasmo cósmico. ¿Y cómo ha sido en realidad? Pues un chiste que se ha ido alargando hasta que se ha descubierto que el chiste no tenía final. Pero el problema no es tanto la cara de tontos que nos ha quedado a quienes alguna vez nos lo creímos, cuanto todos esos seres que siguen aplaudiendo delante de un vacío abismal.

¿Qué puede decirnos de su exposición Saudade?

Un homenaje a los paisajistas románticos. Una exposición muy grande que lleva emparejada un libro precioso.

¿Sigue siendo una tarea titánica, hoy en día, conseguir presupuesto para hacer una película?

Es titánica para todo aquel que crea que sin dinero no se puede hacer cine, pero yo pienso que el cine consiste sólo en tener una cámara en las manos y saber qué hacer con ella. Yo llevo 8 largometrajes, 5 de ficción y 3 documentales, y todo lo que puedo decir es que he disfrutado mucho tirando de posibilismo.

Si bien, en gran medida es cierto que: Los artistas son lacayos que se venden por un plato de lentejas. ¿La pregunta sería a qué se debe esa corrupción en el arte, que en muchos casos está a la vista con legitimaciones inexplicables?

Los artistas ejercen una profesión que les inclina a creer que siempre se merecen más de lo que les dan. Y eso los hace débiles. Tanto que prefieren creerse incomprendidos antes que ponerse a hacer cosas menos autocomplacientes. Por eso y por otras cosas son fácilmente sobornables.

¿Cómo cree que comenzó esa sintonía, entre los artistas y el pensamiento dominante. Sin duda una sintonía más que forzada, con la idea explícita, en algunos casos, de ser políticamente correctos? ¿O sólo es mediocridad?

Esa sintonía ha existido siempre. La diferencia del antes con el ahora es que ahora se creen libres y antes tenían claro a quién servían. Lo patético es lo de ahora, no lo de antes. Nada hay peor que alguien que se ha vendido (por un plato de lentejas) y no lo sabe. Por otra parte, luchar contra la corrección política era el único modo de escapar de ese patetismo, porque en realidad se trata de una forma de censura, pero los artistas han elegido estar con el Sistema… por un puto plato de lentejas.

Usted ha escrito ensayos que la crítica ha calificado de contracorriente. Como: De un espectador cansado (2009), 17 razones para no ser artista (2018) y Zizek, qué fácil lo tienes (2020). ¿Usted está de acuerdo con esa definición de su trabajo ensayístico?

Pues sí, tan contracorriente, diría yo, que muy poca gente los quiere leer. Entre otras cosas porque no critica tanto al Sistema como a la gente que le hace el caldo gordo a ese Sistema. El miedo a la libertad induce muchas veces a tomar caminos perversos. En mi libro Del Arte y su Obsolescencia conjugo las dos cosas comentadas, la estupidez y el arte, procurando describir el camino perverso que los artistas toman cuando se creen incomprendidos, pobrecitos. Es un libro diría que divertido.

En realidad el arte se vació de sentido ya en los años setenta, todo lo que hemos hecho en estos años ha sido estirar la agonía, tal es el poder de la inercia psicológica y financiera. ¿Continúa esa agonía?

Esa agonía sólo existe para quien se cree incomprendido. Quien ante las RRSS se cree incomprendido es que definitivamente es estúpido. Otra cosa es que las RRSS hayan acabado en manos de la mediocridad reinante, que también, pero ahí pueden descubrirse cosas maravillosas. Las RRSS pueden ayudar, pero no hay que tomárselas en serio jamás.

Usted en un ensayo le ha dado mucha importancia a la caída de la banca Lehman Brothers. ¿Podría explicarnos el motivo y la consecuencia que tuvo esa caída?

Sí, pero no se trata de una bravuconada, sino que se corresponde con un hecho real. Un par de años antes de la crisis de las subprime el Arte vivía una euforia desmesurada con los precios más altos de toda la historia, en galerías y subastas. El libro Coleccionar Arte de Taschen lo demuestra con claridad meridiana. Pero es que la caída de Lehmann Brothers coincide con el invento, auge y expansión de todas las RRSS. Se dio la combinación perfecta. Si a esto le añades una suerte de agotamiento finisecular que arrastraban todas las incongruencias de un hegelianismo ya periclitado obtenemos la ecuación perfecta. Y respecto a la mediocridad sólo apuntar lo ya dicho: no se puede esperar nada de un mundo configurado, en muy buena medida, por gente que teme a la libertad y cree en el igualitarismo. ¿Tan difícil resulta entender que si la igualdad fuera posible lo sería siempre igualando por debajo, jamás por arriba, y que eso sólo sería posible negando la libertad de forma rotunda, tiránica y cruel? ¿Tan difícil resulta entender que si se otorgara –o consiguiera– una real igualdad de oportunidades bastarían unas cuantas horas para que el mundo volviera a ser de nuevo diverso, desproporcionado, aleatorio…?

Usted ha dicho: No es que el mundo académico denuncie menos las ideas progresistas, sino que se adhiere a ellas de forma incondicional. Otra cosa sería discutir el concepto idea progresista. Hablar de pensamiento académico es incurrir en un ingenuo oxímoron. Hace más de cuarenta años que la Universidad dejó de producir Pensamiento; la burocracia y la mediocridad se fueron apoderando de esos corruptos micro mundos que son los Departamentos. ¿Es irreversible un escenario de esta naturaleza? ¿Debe el Estado ocuparse?

Lo que debería hacer el Estado es preocuparse, solamente, de quien de verdad se encuentra necesitado, que para eso se pagan impuestos y no para poner leyes que restrinjan libertades y nos impongan una forma de hablar. ¿Irreversible? Probablemente, por desgracia. Construir en zona limpia ya es difícil, reconstruir sobre escombros es todavía más difícil. Insisto en que Pensamiento Académico es un oxímoron. La burocracia que tanto gusta en las Universidades y tan cachondos pone a los políticos no es sino una forma de dificultar el acceso a la corrupción.

Para un sector, la figura de Harald Szeemann significó la posibilidad de repensar los museos, espacios públicos en general, ante el avance de las redes. Usted es crítico de la iniciativa de Szeemann. ¿Nos podría ampliar esa idea?

Soy crítico benévolo, creo que a Szeemann le tocó ser el adalid de una nueva forma de configuración del espacio expositivo, y desde ese punto de vista tiene el mérito histórico. Él simplemente fue el último de los que aún vivieron con una idea de Arte muy hegeliana. Ahora sería un perfecto anacrónico. Es más, ahora es anacrónico todo aquel que aplaude al vacío. Y la mayoría de los integrantes del mundo del Arte se encuentran al borde del abismo.

Hoy los curadores dominan, en gran parte, la escena del arte. ¿Cuál es su mirada al respecto?

Llevamos con esta historia de los comisarios (¡curadores!) desde principio de siglo. Mi mirada es que ya no hay mirada. Sólo me interesan, y mucho, los comisariados de las exposiciones historicistas anteriores al siglo XX.

¿Cuál es su opinión de los festivales de cine y si son un lugar donde se puede legitimar obras y talentos?

Precisamente desde la Pandemia los Festivales de cine se han convertido en los verdaderos nidos de corrupción del cine. Afortunadamente el cine se encuentra muy por encima de ellos. Las plataformas tienen el problema de la ideologización (como las productoras y las distribuidoras) pero gracias a ellas puedes ver cine que de otra forma sería inaccesible. La existencia de plataformas es una autentica maravilla, el problema es, como siempre, quién las usa y cómo. Y en este sentido sigo siendo pesimista… pero no tanto. Esa es la diferencia entre los Festivales y la Plataformas: los primeros no pueden evadirse del factor ideología y de los segundos se libran de ella los que quieren. Otra cosa es que a partir de la Pandemia “hayamos convenido” en que más de dos tercios de la población civilizada es estúpida y que por tanto los espectadores verán lo que las plataformas le pongan en las narices, que será aquello con lo que puedan sociabilizar al día siguiente.

Usted es Director de la carrera Art&Design en ESAT desde 2004. Háblenos de esa experiencia.

Es cierto; mis alumnos tienen siempre la misma edad mientras yo tengo cada año un año más, y eso me permite tener una visión ajustada de la realidad. Hay una cosa que sí es una constante desde 2004: su creciente desinterés por la lectura. Eso les impide, en una primera instancia, entender un texto medianamente complejo, y en una segunda instancia aprehender algo más allá de lo técnico o lo superficial.

Todo lo que haga ahora el arte, si sigue los patrones de los últimos doscientos años, es patológico y ridículo”. ¿Cuál sería el camino ante las resistencias de los poderes culturales, en el arte en particular, de visibilizar lo nuevo que, queriendo o no, cuestiona lo anterior, lo que conocemos por el statu quo? ¿Cómo vencer esa resistencia?

No se trata de resistir ni de rebelarse, se trata simplemente de olvidarse del concepto Arte tal y como se ha entendido durante 250 años; o si lo prefiere, de otorgarle un nuevo sentido al concepto. Se trata de no esperar nada de nadie y, en todo caso, de despreciar las falsas ayudas de quien ofrece lentejas como si fueran langostas.

¿Qué experiencia le dejó su colaboración en la revista Archipiélago?

Una de las mejores experiencias literarias e intelectuales de mi vida. Entré en la revista gracias a Félix de Azúa y tuve la oportunidad de colaborar con ella durante muchos años. Ahora sería imposible una empresa de ese tipo.

¿En qué proyecto se encuentra hoy?

En la preproducción de una nueva película que se llamará Diálogos fungibles, un homenaje a Platón. Y en la escritura de un nuevo libro, Viaje a la Belleza en una montaña rusa, un ensayo sobre la Belleza.

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