Hilario Peña: Un pueblo llamado redención

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Un hombre llamado Hilario Peña

En México, el western es un género literario ignorado.

Como temática es muy popular, gracias a una mar de películas e historietas, que lo pasteurizaron, le cribaron la brutalidad y lo adicionaron con cursilería, lo cual terminó convirtiéndolo en algo casi casi familiar, por no decir infantil.

No por nada la expresión “cuéntame una de vaqueros” se usa para señalar un inocente embuste de parte del interlocutor. De manera errónea, todo lo que suena a “viejo oeste” es considerado ñoño o incluso, anticuado.

El referente inmediato del western en México, es por supuesto, El Libro Vaquero, una historieta de publicación semanal que desde hace 40 años surte los puestos de revistas. De un tiempo a la fecha, El Libro Vaquero se ha vuelto sumamente chic, sobre todo entre las nuevas generaciones, quienes lo ven como un objeto recién traído de un viaje al pasado.

Pero el western, como género literario, es mucho más que eso. Se trata de uno de los mayores obstáculos para un escritor, por las reglas básicas que exige. En el western no se permiten los escamoteos narrativos, ni complejas figuras retóricas. Tampoco los finales sacados de la manga, ni las tramas en código que tanto gustan a la crítica actual.

Luego de hacer el fabuloso remake de 3:10 a Yuma (2007), adaptado del cuento homónimo de Elmore Leonard, el director James Mangold ofreció los siguientes argumentos sobre el género: “La oportunidad de un western es que toma los problemas de nuestra cultura: conflictos, conflictos raciales, injusticias económicas, qué es bueno y malo, qué es homicidio y qué es justificado y los pone en un panorama fantástico que nos permite, como lo hace la ciencia ficción, ver estos problemas libres de nuestras lealtades. Es estar en un mundo donde no tengo partido. Soy forzado a ver el problema y su trasfondo, desde una perspectiva nueva”.

Para ser claros: en el western es una lucha binaria: Blanco contra negro. Bien contra el mal. Vida contra la muerte.

Y desde esta simpleza hay que edificar un universo.

Pero en nuestro país, estos universos literarios son una rareza.

1.- Porque ese fenómeno social (la ocupación anglosajona de territorios indígenas en América del Norte) influyó muy poco en la historia mexicana. Algunos remanentes del viejo oeste tuvieron cierta relación con nuestro país, pero no fueron neurálgicos. A finales del siglo XIX, México tenía en el horno su propia epopeya: la Revolución. Y fue ésta la que determinó el universo narrativo posterior.

2.- Si al género policiaco, tan enseñoreado en otros países, le ha costado tanto trabajo consolidarse en México, al western le costaría el triple conseguirlo. El policiaco lo ha hecho con base a mucho esfuerzo, con base a la bendita necedad de algunos autores que jamás abandonaron el tema y con base a una pléyade de muchas y muy buenas novelas. Eso no ha ocurrido con el western mexicano (literario): no hay antecedentes a este género, al menos desde la literatura. En la cultura popular, insisto, las historias de vaqueros son muy llevadas y traídas, aunque eso no ha propiciado que se tenga un público especializado, pese a los incontables guiños al género.

Por supuesto, esos guiños también provienen desde la literatura mexicana: están los guiones de El Libro Vaquero escritos por Yuri Herrera (así como su extraordinaria novela Trabajos del reino) y Jordi Soler; está el guion que escribió Ricardo Garibay para la película Los hermanos del Hierro; está el cuento El resucitador de caballos, de Carlos Velázquez; está en las novelas Temporada de alacranes, de BEF o Nostalgia por la sombra, de Eduardo Antonio Parra. Y también está en algunos relatos de Jesús Gardea.

Pero un western en forma, no. Nada. No hay.

En su simpleza radica su complejidad. Quizá por ello pocos lo han conseguido.

Algo que me queda claro, es que no se puede escribir western si tus influencias son sólo películas de vaqueros. Es como aspirar a ser Messi, solo con ver partidos de futbol en la televisión. Es cierto, mucho del universo western ha llegado a nuestro país desde la esquina cinematográfica. Sobre todo la estadunidense. Existen verdaderas pepitas de oro del género western.

Sin embargo, por el lado literario (en su mayoría, también estadunidense), existen verdaderas piedras de toque, historias que superan las fronteras de género y se han convertido en auténticos clásicos de la literatura. Sin embargo, su grandeza no ha cautivado a los lectores mexicanos. Autores como Larry Mcmurtry, Thomas Berger, James Werner Bella o Charles Portis, pertenecen a una extensa constelación que durante mucho tiempo alumbró los estantes de librerías, que alimentó las producciones de cine y que puso los cimientos de una cultura popular sobre el viejo oeste. Pero como novelistas se les cita poco, se les lee aún menos y es casi imposible hallar ediciones en español.

Tal vez para muchos es un género vetusto, pero los westerns modernos nos indican lo contrario: Jane got a gun (2016), Slow west (2015), Bone Tomahawk (2015), The revenant (2015), The hateful eight (2015), The salvation (2014) o The homesman (2014), por mencionar producciones recientes

Un pueblo llamado Redención, de Hilario Peña, sienta varios precedentes sobre el género en nuestro país: es el primer western mexicano en toda la extensión de la palabra, en el sentido estricto del género, pero sobre todo, es un western muy del lado mexicano, pero que trae en ancas toda la tradición de las grandes novelas norteamericanas del género.

Peña, quien también ha escrito novela policiaca, narcowestern y literatura juvenil, tardó tres años para lograr esta ambiciosa novela. Se trata de una trama cuyo chasis está construido con hechos reales que ocurrieron en el norte del país: la promulgación de la Ley Lerdo que desamortizaba las fincas o el hecho de que en 1849 el legislativo de Chihuahua aprobara el pago de 150 pesos, a nacionales y extranjeros por cabellera arrancada a indio hostil. Desde estos hechos reales, arranca la novela.

Redención es un pueblo donde se ha juntado gente de la peor calaña. Y como hasta en la maldad hay niveles, de este toda esta podredumbre, surgirá la figura de Higinio Montoya, hombre conocido como Perezas, un pistolero de mala reputación, pero con una noción un poco más clara del bien y el mal. Montoya hará frente a un temible Cornelio Callahan, un tipo criado por los mojaves, con nervios de acero e hígado de buitre, quien está bajo de las órdenes del coronel don Vicente Ildefonso Ponce de León.

La inercia de la narrativa actual puede jugar en contra de Un pueblo llamado Redención: la novela se toma su tiempo para entrar en calor. Sin prisas, barajea los tiempos con sutileza. Si el lector está acostumbrado a los primeros capítulos incendiarios, esta novela puede llegar a desubicarlo. Peña enreda los hilos narrativos de forma metódica, describiendo escenarios, climas y personalidades caóticas. Se toma ciertas pausas para describir (conocedor de la importancia de la ambientación). Esta cualidad está dosificada con precisión médica, lo suficiente para lentificar la trama, sin obstruir totalmente el flujo, para luego soltarlo en una metralla.

El sarcasmo es, en cierta medida, imperceptible, convirtiéndose en precisos contrapuntos humorísticos. Y es que Hilario demuestra su experiencia novelística con notables referencias a acontecimientos históricamente ciertos, lo cual le brinda verosimilitud a un género que, ya sabemos, es ficción. Pero hay un dato más: no sacrifica la ficción para sacar raja de la reconstrucción histórica. Lo cual se agradece.

Hay algo de psicológico, pero también de reflexiones impresionistas, sin restarle épica, un valor necesario para el género. Esto es muy importante para la trama, pues como se recordará, en el western la mentalidad de los personajes es crucial, pues se lucha contra muchos enemigos. Se lucha contra los hombres blancos. Se lucha también con los nativos. Se lucha contra el clima. Contra el desierto. Contra la enfermedad y, sobre todo, contra uno mismo.

Pero no crea que toda la novela son bonitos paisajes tipo comercial de Marlboro, cantinas con duelos a la puerta y mujeres bonitas. No.

Un pueblo llamado Redención es una historia sumamente violenta. Tal cual nos enseñaron las grandes novelas del oeste. Lo mismo encontrarán cuerpos destripados carcomidos por los cerdos, que empalados en lanza, cuerpos desmembrados o mujeres llenas de pelo que tocan piano en la inmensidad de la nada (¿Acaso un homenaje a Julia Pastrana?)

Hilario Peña conoce las exigencias de género. Acatarlas no le cuesta trabajo.

Con rapidez esboza recuerdos paralelos a lo que viven los personajes. Suelta los adjetivos con precisión y no duda a la hora de usarlos. Es un pistolero de la palabra.

El premio de novela José Rubén Moreno le fue otorgado en 2016. El jurado estuvo integrado por Elmer Mendoza, Francisco Haghenbeck y Víctor Emiliano Solorio. En el acta del jurado se destaca: “el minimalismo de su prosa; por presentar una colección de personajes eclécticos e interesantes de carácter histórico; por una lectura ágil y novedosa; por revalorar un género perdido en la literatura mexicana y porque aborda la violencia fundacional del norte de México”.

Más allá del merecido reconocimiento, la novela consagra a Peña como un escritor que desdeña el rasero literario: en vez de aprovechar su residencia en Tijuana para escribir sobre el narcotráfico; en vez de sacar a la luz todo lo que sabe sobre migración; en vez de plegarse a las modas editoriales (crónica, novela histórica o payolería musical), Hilario se lanza a escribir lo que quiere leer: western.

Luego de consagrarse como escritor del género policiaco, ha emprendido una cruzada en la temática western y con Un pueblo llamado Redención, parece haber llegado a su destino, aunque sabe de antemano que los lectores no llenarán filas, pero serán fieles. Pues como dijera José Agustín, “la admiración de pocos vale por mucho”. Jau jau.

Hilario Peña, Un pueblo llamado redención, Grijalbo, México, 2017, 416p. ISBN 9786073155946

@balapodrida