Sarabia: visiones complementarias

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Julio Eutiquio Sarabia, Don de la oblicuidad, Ediciones Monte Carmelo, Tabasco, 104 pp.; Como una piedra roja en la ventana, Mano Santa Editores, Guadalajara, 54 pp.

Al enfrentarme a Como una piedra roja en la ventana y Don de la oblicuidad pensé en el peso de las obsesiones. Uno lee lo que tiene entre manos a partir de lo que tiene en la cabeza. Con esto quiero decir que vamos decodificando las lecturas que nos llegan a partir de nuestras obsesiones. Es por eso que el encuentro con un libro resulta tan especial (lamento lo sobado del calificativo): lo “amoldamos” de inmediato a los temas que en el momento ocupan nuestra cabeza. Por eso profundizamos en aquellos aspectos del libro que “nos hablan más”. Evitemos confusiones: no es la sincronicidad lo que nos pone ciertos temas enfrente –mucho menos “el universo”–, somos nosotros quienes fijamos la atención en esos temas. Acunar obsesiones tiene sus consecuencias. Una de las mías, ahora, es la del linaje de los autores, obviamente, el linaje literario. Y la menciono porque tal como en libros anteriores, en estos dos alcanzamos a distinguir el linaje de Julio Eutiquio Sarabia.

Junto a lo anterior, pensé en lo imposible que es permanecer en el presente de un autor. Esto es, cuando conocemos el trabajo de un escritor resulta sumamente difícil quedarse con su “último” libro (o dos últimos, en este caso) sin echar un vistazo al pasado. Cada que leemos nos convertimos en la esposa de Lot: a sabiendas del peligro de volvernos sal, nos atrevemos a mirar atrás. Pero no hay que confundir esta mirada con una añoranza del pasado; se trata simplemente de la necesidad de una vista panorámica, pues desde ahí creemos tener más posibilidades de descubrir secretos en la obra, de quitar velos a las lecturas.

Me parece que la publicación de Como una piedra roja en la ventana y Don de la ubicuidad en 2022 –en Mano Santa Editores y Ediciones Monte Carmelo, respectivamente– fue mera casualidad. Quizá el tiempo de la pandemia haya acelerado el proceso de escritura de alguno de estos libros; en todo caso, no importa. Lo que quiero señalar es que dada la proximidad de su edición podemos leerlos en un periodo cercano, como si las circunstancias nos precavieran de olvidar uno u otro; como si las circunstancias nos obligaran a leer uno sobre otro, uno tras otro, uno con otro.

Si emprendemos el ejercicio de leerlos en paralelo, veremos que proponen visiones de conjunto pero distintas, que la cadencia de uno y otro es casi opuesta. Ambos títulos son sólidas pruebas de las exploraciones temáticas y de estructura del autor; también de sus obsesiones con la belleza y la contemplación, los detalles y el acercamiento a los objetos, los cuerpos y el paso del tiempo, los sueños.

A mi parecer, Como una piedra roja en la ventana es concreto, va al punto, su mecánica es bastante pragmática. No que coarte la imaginación, sino que escoge un lenguaje directo, estrechando la senda por la que debemos ir hasta alcanzar la imagen deseada por el poeta. Aunque parezca trillado, el autor parece tomarnos para guiarnos, más como un espíritu que desea mostrarnos el presente de este mundo, pero mediante su pasado, el pasado del poeta. Ese es el tono que encuentro. Sin erigirse juez, hay una inclinación a contarnos sobre la madurez alcanzada, a advertirnos sobre sus errores para eludirlos, si es que sirve el consejo, porque si acaso nosotros no sabemos, él sí: no hay marcha atrás, el tiempo no vuelve. Existe cierta sabiduría despojada de ornamento, porque en el límite entre los mundos –el suyo y el del lector–, los ornamentos sólo estorban. Es una escritura cotidiana, pero igual de procaz que en sus libros anteriores.

Quien nos habla y conduce parece haberse despojado de cargas mientras platica con nosotros de la vida. A diferencia de sus libros anteriores, sin detenerse tanto en el amor –que no en el deseo (aunque por ahí encontramos una línea preciosa en que ruega que los ojos de ella se posen sobre él), la invitación que nos hace es elegante y provocadora, da cuenta del contrato y la voluntad: “Si otra vez quieres asomarte,/ encuentra en el muro una ventana”.

Además, estos poemas tienen una “Melodía alterna” –título de uno de ellos–, como un sonido constante, como un ritmo que captura, como un mantra que nos obliga a repasarlo, a volver a él y al consejo. Y es así como entramos en intimidad con ellos y con quien los escribe, que ofrece el paseo de una noche a la manera del diablo en El maestro y Margarita para asomarse a la vida desde las alturas. ¡Eso es! El autor es el maestro –por no decir diablo– que invita a Margot a descubrir el mundo desde las alturas y en una sola noche.

Al viaje hay un solo invitado, el lector, pero el poeta no es el único anfitrión, pues ha convocado un linaje que encontramos por dos vías. La primera es evidente y se trata de la hipertextualidad, con líneas, fragmentos robados o guiños y evocaciones a Piglia o Conrad, por ejemplo. No es una mera cita de textos o lista de nombres con los que Julio Eutiquio Sarabia pretende estar relacionado. No es un ejercicio esnob; la prueba está en que por medio de estas alusiones dispone los elementos necesarios para entablar un diálogo con nosotros. No es menor, sobran nombres de quienes recitan citas para alardear. “Testamento con fotografías” lo dice más claro: “Naderías llenan las bocas de los fingidores”.

La segunda vía exige más agudeza, porque resulta de una escritura propia, pulida a partir de la de sus maestros: Rimbaud, Baudelaire, Eduardo Lizalde, Gerardo Deniz o Sergio Pitol, y me atrevería a decir que hasta Bach. Es la que más me interesa. Porque es la forma de conocer caminos menos evidentes, de profundizar en las imágenes pretendidas por cada poema. Se darán cuenta que las de Don de la ubicuidad son variadas y a veces ambiguas como en “La llama antes del alba”. Este poemario se explaya más en cada imagen, se detiene en la lengua y toma su tiempo. Me atrevo a decir que describe un poco más.

Por cierto, si antes dije que se detiene menos en el amor y hay más deseo, éste es aderezado con mucho humor y soltura. Se darán cuenta en el poema “En secreto que nadie me veía”, cuya voz convoca en el mismo espacio a Beatriz y a Scarlett Johansson. ¿Qué osadía! Los sueños, verán, están muy presentes.

Los sueños y la cotidianidad. Y aunque poco tenga que ver, no puedo dejar de citar:

(descuelgo el teléfono,

me acomodo en el sillón

y me procuro un antifaz).

Quizá ahí está el secreto para tener éxito al convocar a Beatriz y a la Johansson. Quizá en los sueños vueltos escritura esté “la piedra del muro que torna visible la escritura”. ¿Es acaso la piedra angular?

En todo caso, debo confesar que sería maravilloso hablar de poesía de una forma tan despojada y limpia como el género poético mismo, pero a algunos simplemente no se nos da y camuflamos nuestra incapacidad con muchas palabras. Cualquiera lo nota, por eso lo mejor es acercarse sin intermediarios a los libros. Siendo así, cierro con la elocuente predicción de estas palabras en “Dictamen”, último poema de Como una piedra roja en la ventana:

Está escrito que se borre

El escrito debe de borrarse

Borre este escrito

Que se borre

¡Bórrese!