Marcos Hiram Ruvalcaba Ordoñez, Todo pueblo es cicatriz, Penguin Random House, México, 2023, 232p
La Violencia, con mayúscula, como el nombre propio de un peligroso animal que tememos, del que huimos a toda prisa y que sin embargo, pese a nuestros esfuerzos, se acerca cada día más a nosotros, es la exploración que Hiram Ruvalcaba hace en Todo pueblo es cicatriz, novela de autoficción en la que el autor jalisciense desentierra los recuerdos de su infancia en Tlayolan (trasunto de Zapotlán), cuando los asesinatos, las balaceras, los entonces llamados “crímenes pasionales”, recién comenzaban a teñir de rojo las calles y a quitarle el sueño a la gente.
Creo que todos estamos de acuerdo en que los principales problemas de México son la violencia y la inseguridad. Basta hacer una búsqueda rápida en internet para toparnos con la cifra apabullante: 171 mil asesinatos cometidos tan sólo en este sexenio. Una verdad que por su tamaño no solamente nos supera, sino que también nos aplasta. Una verdad que, aun desconociendo los números, confirmamos todos los días al salir a la calle. Así pues, la violencia y la inseguridad están tan presentes en nuestra vida que no sabemos si alguna vez se irá, o si primero nos iremos nosotros. Da la impresión de que éstas siempre han estado allí, listas para despedazarnos entre sus garras. No obstante, ¿cuándo fue que supimos que vivíamos en un país violento? ¿Alguien nos lo dijo o lo descubrimos por nuestra cuenta? ¿A qué edad nos enteramos? La respuesta a estas interrogantes, me parece, es lo que empuja a Hiram Ruvalcaba a contar su historia, pues él tenía ocho años cuando escuchó unas detonaciones afuera de su casa; su hijo, apenas ocho días de nacido.
Más que capítulos, la novela está dividida por puntos cardinales y fechada por años, como un mapa que busca reconstruirse desde el presente. Norte, Sur, Este y Oeste: el autor se mueve en esas direcciones por Tlayolan para recordar los hechos violentos que lo marcaron: el asesinato de Sagrario en 1996, cuando entraba a su domicilio; el feminicidio de Rocío Vargas en el 2000, sepultada a medias en la sala de su casa; y el asalto en 2005 del que fue víctima Antonio Ruvalcaba, el tío de Hiram.
Conocedor de su tradición, Ruvalcaba también trae a las páginas de este libro los ecos de Juan Rulfo y Juan José Arreola. En un juego intertextual, trata de establecer puentes con ellos y su literatura, pues tanto el autor de Pedro Páramo como el de Confabulario nacieron y crecieron en la misma zona: esa tierra mexicana que va desde el sur de Jalisco, donde el calor es seco, hasta los primeros municipios del estado de Colima. Sin embargo, Tlayolan (o Zapotlán) ya no es ese “valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento”, como Arreola lo describió una vez en “De memoria y olvido”. No. Ahora es un lugar en el que dejan a chicas tiradas en parques, en el que las peleas de escuela terminan en costillas rotas y cráneos fracturados, en el que hay llamadas de auxilio en plena madrugada. Con esto, lo que Hiram intenta mostrarnos, tal vez, es cómo la violencia contenida del Jalisco rural del siglo XX (que Rulfo retrató en libros como El llano en llamas), se ha drenado hasta nuestros días, contagiando así a todos los habitantes del pueblo. Por eso, en la novela, la madre cariñosa puede tener pensamientos asesinos, el padre comprensivo puede desear la venganza. De esta manera, Tlayolan se nos revela entonces como un pueblo trágico, un lugar en el que las autoridades brillan por su ineficacia, en donde los casos se empantanan en el caos burocrático y la gente, cada vez más frustrada de esperar una justicia que no llega nunca, decide arreglar las cosas por su cuenta.
Pero es un libro malo, o por lo menos un libro que falla en la manera de representar, exponer, traducir la realidad. Ahora explicaré por qué.
En el mundo de la publicación desmedida de libros, tal vez los que más llenan las mesas de novedades son precisamente los que hablan de violencia, es decir, de desaparecidos, feminicidios, crimen organizado. En segundo lugar, quizás, están los de autoficción. Pensando más en las ventas, en que el libro (o los libros) puedan ser llevados a la pantalla grande, como si ese fuera el requisito indispensable para validar su escritura, muchos autores se han dado a la tarea de publicar este tipo de obras, literatura que a mi juicio nace enferma de antemano, literatura o supuesta literatura que, apoyada nada más en el tema, se olvida de la literatura, puesto que no considera la forma, o mejor dicho, que la forma debe estar a la par, cuando no por encima, del fondo.
No creo que Ruvalcaba pertenezca, ni quiera pertenecer a este tipo de escritores. Yo empecé a seguirle la huella desde la publicación de Padres sin hijos (UANL, 2021), el libro de cuentos con el que ganó el Premio Nacional de Cuento José Alvarado. Conocía, pues, su destreza como narrador, su habilidad para construir tramas inquietantes, el ritmo ágil de su prosa, así que cuando empecé a leer su libro Todo pueblo es cicatriz, y más sabiendo que con él debutaba en el género de la novela, se me antojaba encontrar en sus páginas no sólo lo que había visto antes, sino también una propuesta que le diera la vuelta a esos libros coyunturales que hay por doquier, y cuyos contenidos podemos hallar en cualquier diario, para decirnos algo más sobre esta crisis humanitaria de la que no podemos salir. Lamentablemente, no fue el caso, pues la forma que ha utilizado para contar su historia, bastante conocida ya: un narrador en primera persona, tramas que se intercalan y se interrumpen en el clímax, hacen que todo el peso del libro recaiga en el tema. Tanto así que por momentos se siente repetitivo, cansado de leer, incluso predecible. Considerando la formación de periodista que tiene el autor, esperaba que al menos trajera notas de archivo, que jugara con la crónica y el reportaje, y, en fin, que explorara las posibilidades de la novela de autoficción, porque me parece que en ciertos momentos cruciales su propio testimonio no alcanza para representar la realidad, para invitar a una reflexión más profunda sobre la inseguridad y la violencia que se vive en el país. De repente, se queda mudo, y uno como lector, que ha aceptado descender a los infiernos con él, voltea a verlo para que diga algo, pero rehúye la mirada.
Otra cosa que lamento es el trabajo de autoficción. No por el género en sí, sino porque creo que para escribir autoficción se requiere ser cruel al igual que sensible, un balance que a mi juicio no consigue Ruvalcaba en esta primera novela. Pienso en Canción de tumba, por ejemplo, en donde Julián Herbert trata a sus personajes con cariño y con mano dura, de manera que éstos aparecen ante los lectores como lo que son: personas reales, de carne y hueso. Bien, eso no pasa en Todo pueblo es cicatriz. El autor-narrador, me parece, es condescendiente con sus personajes, los protege más de lo que los daña, lo que a su vez hace que no los alcancemos a ver, que no podamos entender por completo su psicología. Y, en ese sentido, tampoco la del propio Hiram.
Concluido esto, lo que acaso rescato del libro es la manera en que Ruvalcaba expone el pensamiento machista del siglo XX, el cual, lamentablemente, sigue prevaleciendo en una parte de la sociedad. Cosas que un hombre esperaba entonces de una mujer para que ésta fuera considerada “de bien”, como no divorciarse, no andar por la calle sola, no poder divertirse. Esto lleva al autor a pelear con su masculinidad, de manera que constantemente lo vemos tirando abajo ideas que le inculcaron para formarse otras. En ese sentido, valoro que Ruvalcaba ponga este tema en la mesa de discusión, porque creo que es necesario hacer una crítica profunda sobre lo que supuestamente un hombre “debe ser”. En realidad, me gustaría que en un futuro su literatura siguiera cuestionando estos paradigmas, pero la verdad es que por lo pronto me quedo con sus cuentos.























