Deja vu o, como decía un catcher de los yankees, todo pasa de nuevo

1927

Les hago corto el cuento largo.

Nuestra hambre en La Habana, Editorial Plataforma, Barcelona, 2022, más que memoria o recuento es pura arqueología social. Su autor, Enrique del Risco, escarba en las ruinas de un pasado que hubiese quedado en categoría de mal recuerdo, si no fuese por su actualidad en la fecha que escribo esta reseña, doce de agosto de 2023. El Hambre en Cuba aún no ha alcanzado el estatus de memoria, vergüenza pasada. Todos desean marcharse. Dejarlo atrás. En cada puerta parece leerse: Hambre, esta es tu casa.

La revolución, su más alta dirección, es decir, el finado Comandante en Jefe, siempre fue ─sus sucesores aún lo son─ pródigo en denominaciones eufemísticas. Razón que explica, a nivel nominal, por qué al desastre ocasionado tras el colapso de la Unión Soviética y el cese de la emisión de subsidios, a lo que no era ni mejor ni único ni finito en términos de fecha de caducidad, el Primer Nominalista lo nombró Periodo Especial en tiempos de paz.

El Periodo Especial, o Perpetuidad Insufrible, ha sido un continuo en el acontecer de la isla en los últimos treinta y tres años.

En estas condiciones se dibuja el panorama que enmarca la realidad cubana a partir de los tempranos noventa. Panorama en que aparece el Hambre en dimensión inédita. Una escasez, o falta de que llevar a la mesa, tan fresca y robusta, razones por la que todavía hoy el periodo de marras es vulgar cotidianidad.

Pero no hay que adentrarse en las causas de ese estado de cosas que aún perviven e impiden que el entrañable Hambre no pretenda abandonar unas coordenadas en las cuales le ha ido de maravillas.

Comienza el PE y como por arte de magia, un truco digno de David Copperfield pero de autoría local atribuido exclusivamente a ya saben quién, se esfuman el pollo, la leche, los cárnicos, el pescado y un frondoso etcétera. El truco del Primer Mago es tan bueno que en lugar de comida aparece la polineuritis, si bien su intento de achacar la nueva calamidad a la CIA no tiene el mismo éxito que su acto de magia. Pero, querido lector, no se desanime la historia sigue.

Se volatiliza la jama… ─durante el machadato había harina de maíz y boniato, recuerdan los más ancianos─ y, no aparece Pánfilo, no: aparecen los escritores. No vienen racionados. Los hay por montones. Los poetas se dan como la verdolaga más profusa. (La verdolaga por cierto se sirve en el restaurante del Jardín Botánico como una suerte de tomate o pepino de repuesto, con la diferencia, aseguran los nuevos chefs adjuntos al Noticiero Nacional de Televisión, supera a estos hasta en vitamina Ñ, descubierta en los años noventa por José Luis Cortés.) Los vates eran una plaga más resistente que las cucarachas. Sin comida y después de la catástrofe que fuera, aún los bardos cantarían.

Y en el caso de los narradores, sin llegar a ser hemorragia imparable, también los hay a montones. A un crítico, mitad académico mitad asere del barrio de Buena Vista, se le ocurre bautizarlos con el mote de novísimos. Los últimos serán los primero, los inflama el citado asere. Y en la larga fila Enrique del Risco es uno de ellos.

Exacto a lo que sucede con la carne de cerdo y el pescado en la mesa familiar, las editoriales pasan de ser “las más lentas de Occidente cristiano”, a desparecer por completo. Poetas y narradores no se amilanan. La actividad editorial se reduce a la mínima expresión y florece la “industria” del plaquete, que venía a ser a las ediciones lo que el picadillo de soya y la masa cárnica al cerdo o al pollo. Ambos exuberantes, plaquete y el picadillo de soya, en vitamina Ñ. El plaquete, no el novísimo picadillo, consistía en una serie de hojas sueltas o presilladas en la que muchísimos de estos autores dan a conocer sus primeros trabajos.

Ahora bien, la pregunta se cae por su propio peso. ¿De qué escriben estos escritores emergentes?

Una serie de temas inéditos irrumpen en el panorama de la literatura cubana. Balseros, jineteras, homosexuales, soldados internacionalistas, sida, mucha hambre y mucho sexo. Y de repente sucede algo también inédito.

Ha cambiado la mesa del cubano, se ha extinguido el transporte y ha hecho su debut la polineuritis, ha cambiado la vida para siempre, ha cambiado la literatura. Lo único que permanece inalterable es el periodismo al servicio del gobierno. Da lo mismo el soporte que sea en papel, radial o televisivo. El triunfalismo alcanza cotas jamás vistas anteriormente: Se puede subir escaleras sin cansarse y librarse del viejo truco del elevador. Ambulancias de tracción animal, último grito de la modernidad durante la Guerra franco-prusiana de 1870. Lo importante es el cepillado, no la pasta dentífrica. La Habana y Ámsterdam, ciudades de ciclistas. La brecha entre periodismo oficial y realidad aumenta como nunca antes. La abismal distancia es cubierta por la ficción. Los novísimos, sin ser su designio, ocupan el rol de cronistas de los tiempos que corren. Si usted desea saber qué sucedía en Cuba en aquellos años, no vaya al Granma ni consulte ningún otro periódico archivado. Las voces de los novísimos acallan el triunfalismo de la prensa oficial.

EDR es uno de ellos: “Letras en las paredes”, “Posépica”, Pérdida y recuperación de la inocencia. Aún se leen, no sólo como brillantes relatos, sino en tanto ejemplos magníficos de crónicas sobre aquellos duros años. Genealogías, a diferentes niveles, de Nuestra hambre en La Habana.

Retomar el Periodo Especial como argumento era demasiado arriesgado. Recordarnos más hambre en medio del Hambre sería placentero sólo para masoquistas. Revisitar la realidad de los noventa a la manera en que EDR lo asume posee algunas ventajas que lo exoneran de la mera letanía repetitiva. El autor de Siempre nos quedará Madrid se decanta otra vez por el género autobiográfico y testimonial. Y en esta ocasión lo hace desde el humor. Por supuesto, el novísimo narrador ha madurado, cada página de Nuestra hambre… es testigo de una vivacidad y rotundez estilística que nos hace perdonarle a su autor el dolor intrínseco de lo que nos obliga a recordar.

Aunque Nuestra hambre… está escrito desde la experiencia personal es válido reconocer que también lo es de toda la nación. En definitiva el Hambre impulsada por su artífice principal (hablo de quien tú sabes) es única e indivisible, adquiere tanto dimensiones míticas (la pizza de preservativos y el bistec de colcha de trapear el suelo) como reales (el picadillo de cáscara de toronja y de plátanos).

El hecho de abarcar a todo un país desde el epicentro habanero nos lleva directo a esas zonas temáticas tan caras a la literatura de los novísimos que decíamos: balseros, jineteras que pululan en la órbita turística, gente hambreada y sedienta de sexo en calidad de sucedáneo alimenticio… Pero, ojo, estos temas vistos desde la distancia y la madurez de un narrador sobrado en recursos tienen la levedad y la desfachatez artística que jamás tuvieron.

Es precisamente esa desvergüenza la que nos permite leer Nuestra hambre… como una novela picaresca. Que habita muy cerca de esa obra maestra de la picaresca cubana que es El color del verano. La diferencia entre ambas es precisamente la involución del pícaro. En Arenas los pícaros desean ser libres. En EDR los pícaros solo desean comer. Y ante la gran frustración ambos acuden al mismo paliativo: el sexo.

La picaresca nacional como estrategia de supervivencia se extiende a lo largo y ancho de la isla. El suceso del Maleconazo es recreado por EDR de manera tangencial. Mas, nos queda claro que la picaresca, esa estrategia de salida de emergencia, sustituye a la alternativa de una sublevación masiva de ciudadanos en contra del sistema que los hambrea sin piedad. En este sentido, y también a lo largo y ancho de la isla, Nuestra hambre… puede leerse como un road book, un libro de carretera, género impulsado por Julio Cortázar con Los autonautas de la cosmopista, pero sin fotografías.

Carretera adentro EDR, acompañado de su Carol Dunlop, se aventura en plena Hambre por los territorios orientales de la ínsula. Las páginas dedicadas a este viaje, además de lo dicho, nos comunican una inesperada ternura expresada en el encuentro con personas a las que el Hambre y su creador (saben de quien les hablo) no han logrado segarles la generosidad, el amor y el desinterés.

Confieso mi gran resistencia a leer Nuestra hambre…

Bastaba con mis recuerdos y experiencia. Conocía muchos de los hechos que EDR recrearía en sus páginas. Sabía que volvería sobre la idea de que si eres joven puedes ser feliz donde quiera que estés. Que leería de cómo traer de vuelta al Bobo de Abela a pesar de la censura. Sabía que allí aguardarían amigos que aún hoy lo son.

Una noche abrí el libro…

Abrí el libro. Pensé. Nuestra hambre en La Habana haría las delicias de Salvador Redonet, el asere de Buena Vista. Otro artífice. Porque si quien tú sabes nos obsequió el Hambre y la etiqueta Periodo Especial, Salvador Redonet, repito, les puso el nombre. Novísimos. E hizo lo imposible por visibilizarlos en el panorama de la anquilosada literatura cubana. Algo infinitamente más noble que lo primero.

Pensando en retrospectiva en la obra de EDR. Después de varios volúmenes de relatos, premiados en su mayoría. Después de tantos y tantos ensayos. Después de haber publicado su premiada novela Turcos en la niebla. Creo que finalmente con Nuestra hambre en La Habana estamos en presencia de su libro más logrado desde cualquier punto de vista. Las novelas recrean universos cerrados en los cuales se resuelve o no la tensión entre lo verosímil y lo real, de ahí su éxito o no. De ahí el triunfo o no de lo literario. El secreto de ese éxito lo percibo en la fluidez. Y Nuestra hambre… es fluidez absoluta.

¿Y el Hambre? ¿Qué es lo que tiene que, como Los Van Van, sigue ahí? ¿Vitamina Ñ?

Sobra el Hambre. Pero ya no hay novísimos. Hay youtubers, periodistas independientes.

Quizás sobre la literatura.

Montreal, agosto de 2023