La poesía de Miguel Casado

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Él es otro

 

Cuando escribo sobre mis contemporáneos siempre me surge la pregunta ¿cómo se los lee? ¿cómo los leo? No es lo mismo leer a un clásico o a un maestro que a un poeta que escribe al mismo tiempo que tu lo lees, y las estrategias de lectura son muy diversas, todas marcadas por el azar en sus diferentes maneras de manifestarse, una de ellas, la más frecuente, la amistad, otra la territorialidad (cercanía o lejanía geográfica) y el contexto (polémicas críticas, tendencias estéticas). Por ejemplo, la poesía de Miguel Casado, Deseo de realidad, recientemente publicada en Tusquets, que reúne su obra desde 1986, La condición del pasajero, hasta El sentimiento de la vista, de 2015. Treinta años de obra lírica. De Casado sabía y había leído varios de sus libros de crítica, no recuerdo quien me había hablado de él, si Juan Antonio Masoliver, Eduardo Milán o Pedro serrano, pero fue uno de ellos. Seguía sus reflexiones en revistas y libros, pero -curiosamente- eso no me había llevado a su poesía. Sabiendo que la escribía no sabía en realidad nada más. Supongo que si hubiera sido mi vecino en estos lares lo habría seguido texto a texto, me habría formado una idea de su desarrollo como poeta, pero no, aquí está Deseo de realidad con su obvio y sin embargo sutil guiño a Luis Cernuda y su La realidad y el deseo. Pero tal vez por la admirativa y no pocas veces emocionada lectura de sus ensayos me instalé sin ella sin dificultad ni desconcierto.

              Casado pertenece a una promoción, que no generación pues nunca, los poetas nacidos en los años cincuenta se presentaron en grupo, como lo hicieron los de las dos o tres anteriores (poetas de la guerra, poetas realistas, novísimos) y los debates entre escritura del silencio o de la experiencia no pasaron de escaramuzas periodísticas y tomas de posición política. Esto se debió, creo a que, a fines de los sesenta, principios de los setenta, la revelación de los novísimos quedo un poco en fuegos de artificio. Frente a cierto barroquismo deudor del 27 y de Lezama Lima de los novísimos, ellos evolucionaron a un cierto conceptismo, también barroco, pero marcado al rojo vivo por la concentración propugnada por Octavio Paz en aquellos años. Por eso, la figura tutelar será para él en España Luis Cernuda. Concentrado, reconcentrado, Casado no es sin embargo ni oscuro ni opaco, sino cristalino, no pocas veces transparente, sin resabios amargos, como señala el mismo título de la poesía reunida: Deseo de realidad. No sólo se invierte el orden de los términos cernudiano -La realidad y el deseo- sino que la “y” se transforma en d. ¿Conocerá Casado el ensayo de Eduardo Nicol “Poesía y filosofía: el problema de la y”?

               Escribir es para Casado deseo de realidad, se desea la realidad para que esta sea eso, real, pero no es eso lo que la vuelve real sino deseable, su propia condición deseable. Por eso su concertación se resuelve en descripción, en aparición, en momento y atmósfera, de esa realidad y ese deseo. Por eso, por ejemplo, él, que se ha ocupado de reflexionar sobre mucha poesía experimental, desde las vanguardias hasta nuestros días, no es un poeta de laboratorio, como se decía hace unos años de las neovanguardias. Aquí vuelvo al asunto de los novísimos: la antología de Castellet no incluye ni a Juan Antonio Masoliver ni a José Miguel Ullán, tal vez los verdaderamente nuevos de aquella promoción. Ullán es para Casado un escritor central, se ha ocupado críticamente de él y es el editor de su obra poética. Ullán es si bien conocido en México creo que no es muy leído, sus huellas en la poesía mexicana de el último cuarto de siglo y lo que va de este nuevo no parece muy visible. Su experimentalismo es si no extraño sí algo ajeno a nuestra lírica a pesar de estar muy vinculado a la obra de Octavio Paz en el periodo que va de Salamandra a El mono gramático, pasando por Ladera este, sobre todo Blanco y los Topoemas. Pero Casado es un poeta claramente existencial en el sentido profundo de esta palabra: encarna la experiencia vital, sea esta una lectura, una película, una obra plástica, una experiencia amorosa o una epifanía. Por eso no pocas veces relata, cuenta, paseamos con él frente a un paisaje, a la orilla de un río, por un determinado lugar. Es un poeta de atmósferas. Su libertad expresiva proscribe cualquier método. Hay, por eso, también un sentido de diario en el quehacer poético, de constancia de vida en donde todo lo cotidiano aspira a lo excepcional. Por eso la sabia mezcla de acotaciones costumbristas con guiños hipercultos -al cine, a la pintura, a la música- sin necesidad de explicitarlos, casi haciendo de la referencia un talismán que busca crear en su lector la misma atmósfera que él, el poeta, no quiere olvidar. Porque se trata de una poesía de la memoria, aunque no del recuerdo. Es por ello poco nostálgica, no vuelve la vista atrás, mira en presente y por lo tanto se quiere presencial, y vuelve un valor la presencia. Casado cambia el sentido de lo excepcional haciéndolo residir en lo cotidiano. Esto sin embargo no sucede como ocurre en la narrativa como un tiempo continuo: la discontinuidad es propia de la poesía, por lo menos de la moderna, pero es una discontinuidad con duración. Por eso a veces parecen páginas de un diario. Y eso nos lleva a la pregunta siguiente ¿un diario se escribe necesariamente en prosa? Es, sí, lo más frecuente, pues se considera que el verso tiene en sí mismo un acento esencialisado y discontinuo. El poema no puede ser sino excepción y la excepción no puede permanecer, es fugaz y efímera. Pero el tiempo de lo volátil también es en la medida de su propia temporalidad duración. Y ese es el meollo de esta escritura: su duración. El poema tiene algo de tarjeta postal dirigida a uno mismo, ese que seré cuando el que soy ya no sea, con la voluntad de que siga siendo en paralelo al que soy. El problema del tiempo en la poesía es siempre complejo. Casado suele tener referencias al arte -la pintura, el cine, la música, otras escrituras-, incluso uno de los libros se llama Falso movimiento como un guiño al cine de Wim Wenders. Otro título, de una de sus más inspiradas películas, En el filo del tiempo, podría definir su lírica. Casado es conscientemente un poeta en y de su tiempo, ese tiempo que ha hecho de la mirada el camino a la revelación implícita en ese deseo de realidad apuntado en el título.

              ¿Mirar un paisaje o mirar un paisaje pintado, pongamos uno de Van Gogh, entiende de la misma manera la palabra mirar? Hay un ejercicio exponencial en ese nuevo/distinto mirar, y sin embargo el texto no debe dejarse llevar por esa condición proyectiva -al cuadrado, al cubo- sino permanecer en la condición de potencia del texto mismo. Por eso Casado regresa -no se si es la palabra adecuada, pues en realidad nunca se fue- al hecho mismo. Así su tentación conceptista desemboca en una concisión que multiplica su capacidad expresiva y le permite a él y a su lector esa duración que no es velocidad sino demora en el texto/hecho mismo. Y de allí obtiene entonces su mismidad. Es este camino el que lo aleja del barniz decorativo que aquejaba a la (primera) poesía de los novísimos y del formalismo de las neovanguardias. Por otro lado, él dialoga de manera mucho más abierta con los poetas latinoamericanos, no sólo los referentes clásicos de Lezama y Paz, sino con sus propios contemporáneos a los que lee y analiza sin mimetizarse a las modas. En libros como La mujer automática, Tienda de fieltro (el que yo prefiero) y El sentimiento de la vista la madurez de su escritura es evidente. El volumen se cierra con este último, de 2015. Han pasado ya casi diez años ahora que se presentan en reunidos como para festejar sus 70 años.

               Vuelvo a mi reflexión inicial ¿Cómo leer a nuestros contemporáneos? Hay quien ha dicho que hay que hacerlo como si se leyera a un clásico y algo de razón tiene. Pero no es fácil porque el tono de la lectura presupone no el error en la interpretación sino el cambio de vereda (de él y uno mismo) y ese uno se pregunta qué estará escribiendo ahora ese otro, ese él, porque como todos sabemos después de Rimbaud (a quien por cierto tradujo) que “él es otro”.

              Ese es el desafío de la poesía del siglo XXI, volverse escenario para otro, para un él, sin mayúscula, desprendido del histrionismo que para bien y para mal nos legó el romanticismo. Una otredad que reside en el texto mismo y que por eso va más allá del texto.