Por qué no leer a Thomas Bernhard

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Traducción de Armando Pinto

 

Hace algunos años recibí la solicitud de una amiga, la profunda y muy cultivada Katharine Washburn, de que le enviara algo sobre Thomas Bernhard para la revista literaria de la cual era coeditora. Siempre deseoso de complacerla, escribí finalmente, a pesar de mis reservas, lo siguiente en forma de carta.

 

Querida K:

Cuando me pediste que colaborara en tu número especial sobre Thomas Bernhard, te dije que sólo había leído un libro de él y que no planeaba leer más, y tú me contestaste con tu pícara y gutural voz que eso también podía ser tema de un ensayo: ¿Por qué no leía a Thomas Bernhard? En ese momento me pareció una propuesta graciosa pero traída por los pelos que no tenía intención de aceptar, ya que una respuesta sincera a esa cuestión sólo habría expuesto mis limitaciones intelectuales y los prejuicios sin fundamento de mi gusto frente a un público de poco compasivos Bernhardianos. Sin embargo, como acababa de leer la un poco larga evaluación de Bernhard por Robert Craft en The New York Review of Books, me impresionó caer en la cuenta de que, basado en el resumen de las obras de teatro, novelas y memorias de Bernard hecha por Craft, seguía sin sentirme tentado a seguir leyéndolo. Tú me preguntaste la razón. Bueno, para comenzar, el favorable retrato que dibujó Craft era el de alguien cruel, solipsista, intransigente, que desprecia la mediocridad y a su país; en otras palabras, el de un ensoberbecido insoportable. Por supuesto, los devotos Bernhardianos (uno los imagina reuniéndose en sótanos en el Upper West Side) bien podrían sentir que el artículo de Craft no rendía justicia a su hombre, era o superficial o típicamente magisterial al estilo NYRB sin abordar el fondo, y no debía uno dejarse influir por él. La cuestión era que yo quería ser persuadido por él, para fortalecerme después toda una vida de desdeñar a este supuestamente importante escritor. Si Craft estaba en lo cierto, en que Bernhard algún día sería estudiado en todas las universidades norteamericanas, entonces yo tenía que aprovechar el impulso para rechazar leer otras cosas de él antes de que mi valor se resquebrajara.

No siempre fue así. Recuerdo la primera vez que me topé con un ejemplar fresquecito de Correction, la novela de Bernhard, por ahí de 1983, en la librería Rizzoli (¿Fue en la Rizzoli original de la Quinta Avenida, que me gustaba, con su escalinata de caoba brasileña y su galería superior y su sexi ambiente monacal, edificio que después sería ocupado por la tienda de departamentos Henry Bendel; o la segunda, la versión actual en West Fifty-Seventh Street, que es más impersonal?; creo que fue en la antigua Rizzoli), en una mesa junto a muchos otros libros de pasta blanda de una nueva línea, Aventura, la colección de literatura mundial contemporánea, de Vintage. Esta exhibición era casi pornográficamente tentadora para mí: en primera porque soy un apasionado de la cubierta de libros que crea un aura esnob de felices afortunados, y estos libros comerciales ofrecían ilustraciones a color rodeadas por una gran cantidad de blanco en cubiertas de gruesa cartulina blanca, y el prominente latigazo de la A de Aventura (el nombre mismo evocaba una de mis películas favoritas) sugería el sueño húmedo literario realizado de un brillante editor que caprichosamente desdeñaba los beneficios económicos; en segunda, porque mis lecturas preferidas eran de escritores extranjeros olvidados –supongo que competía con mis paisanos contemporáneos– , pues soy un adicto de hueso colorado a la literatura comparada, sólo dame un obscuro libro de un extranjero con sofisticada ironía, algo de Svevo, Pavese, Machado de Assis, Narayan, Pérez Galdós, Milosz, Bassani, Tanizaki, Soseki, Kundera, (antes de que se hiciera popular), Eça de Queiroz, Canetti, Zoshchenko y me sentiré en la gloria. Así que tenía muchas esperanzas de añadir a Bernhard a mi lista de melancólicos ingeniosos. El libro tenía en el frente una cita de Georg Steiner: “London Times Supplement: ‘Crece la percepción de que Thomas Bernhard es el novelista en alemán más original, más concentrado, de la actualidad.’” “Crece la percepción”: Eso me detuvo. No la percepción de Steiner, sino la percepción, el sentimiento de lectores educados de todas partes. ¿Y dónde estabas tú, Lopate, cuando esa percepción estaba creciendo? ¿No estabas, admítelo, prestando demasiada atención a los Mets, o yendo al cine, o leyendo sólo escritores difuntos, bueno, incluso escritores alemanes difuntos como Walter Benjamin y Robert Musil, pero ignorando bochornosamente a los escritores alemanes vivos, de forma tal que eras incapaz de ofrecer un solo rival de igualmente “original, concentrado” mérito para refutar la aserción de Steiner? Pensabas que sabías hacia dónde soplaba el viento, y mientras tanto un monzón Bernhardiano estaba formándose en las costas. ¡Bueno, es mejor que te espabiles, amigo! Por otra parte, George Steiner: ¿realmente respetaba a este hombre, o sólo era alguna especie de inflado sabelotodo? Steiner escribía para The New Yorker reseñas serias, solemnes, que alguna gente consideraba brillantes, pero que a mí siempre me parecieron apenas respetables; respetables en el más alto grado, mira tú, tal vez sólo mi estupidez me impida captar la particular contribución de Steiner al pensamiento moderno. Él escribió ese muy estimado ensayo sobre la literatura rusa, The Hedgehog and the Fox; no, espera un minuto, fue Isaiah Berlin, y Berlin es realmente brillante; aunque, pensándolo bien, a menudo he terminado alguno de sus ensayos en The New York Review of Books sin tampoco entender qué tenía de maravilloso. No, Steiner fue quien escribió ese otro librito acerca de la literatura rusa, Tolstoy or Dostoevsky, el cual leí como estudiante sin que dejara alguna impresión en mí. (Años después de este episodio de Rizzoli, fui a una conferencia de Steiner con la esperanza de aclarar el asunto de un vez por todas: ¿era brillante o no? Su presentación me pareció impresionante, erudita, definitivamente brillante, aunque un día más tarde ya no recordaba nada de lo que dijo, excepto que trató de un pasaje de Homero. Varias feministas amigas mías que estuvieron en la conferencia me dijeron que era un anticuado macho misógino que intentaba ocultarlo en sus presentaciones públicas, pero supongo que dice algo sobre mi poca confiabilidad en esos temas que yo fuera incapaz de captar alguna pista de esa tendencia en él; justo como antes, cuando leí Correction, ni siquiera noté que el libro estuviera “profundamente estropeado por la misoginia,” como escribió Craft; en cualquier caso, no fue eso lo que me molestó del libro.) Luego volteé el ejemplar y vi: “Sorprendentemente original, una composición de una extraña nueva belleza” (Richard Gilman, The Nation). ¿No era Richard Gilman el crítico de teatro que se había casado con la poderosa agente literaria Lynn Nesbit? ¿Estaba tratando de demostrar que era más que un peso pesado cultural proclamando a este denso, febril (ya le había echado un ojo a su prosa) escritor austriaco, de la forma en que algún crítico de cine entonaría un canto de alabanza a una figura literaria irreprochable como Primo Levy, sólo para elevar su posición cultural? Por otra parte, tal vez Gilman ya estaba ahí, en el centro de nuestra vida cultural, y yo sencillamente fui incapaz de captar ese hecho al ocupar mucho tiempo viendo los juegos de los Mets. Cogido en un movimiento de pinzas entre la autoridad combinada de Steiner y Gilman, y en medio de la incertidumbre de la indecisión, pensé: qué diablos, no es tan caro, y compré el libro y salí de la Rizzoli. Durante un tiempo permaneció en mi mesa del café para impresionar, confiaba, a las visitas que examinaran casualmente la pila de libros de ese momento. Luego una tarde, sintiéndome extrañamente lúcido y meticuloso, comencé a leer Correction. Al principio, el hecho de que no hubiera saltos de párrafo me molestó, significaba que cada vez que parpadeaba perdía el lugar, no había fisuras que proporcionaran un apoyo en esos sólidos peñascos de prosa, me atormentaba el cansancio de la vista, además la ausencia de cesuras visuales me hacía difícil establecer un paso, decidir qué número de páginas constituirían la cuota diaria, no había finales de capítulos que alcanzar, así que seguía leyendo, sintiéndome vagamente migrañoso; entendí que podría ser esa su intención dado que la escritura misma era febril, claustrofóbica, resistente a los personajes o a la trama en el sentido tradicional, era una especie de meditación; bien, me daba cuenta de lo que él estaba haciendo, no había nacido ayer, no por nada había leído todos esos libros difíciles en mi juventud, The Golden Bowl de Henry James, a todos esos anhelantes escritores y atormentados filósofos, Dostoievski, Céline, Kierkegaard, Nietzsche, Handke, aprestándome a una experiencia como la de Bernhard, con su tono obsesivamente insistente, dando vueltas y vueltas, rebotando como una bola de metal en un juego de pinball, ¿no era esta cosa discursiva la clase de mejunjes que me gustaban?, ¿mi debilidad? Y así, conforme pacientemente me abría paso por la novela, veinte páginas por hora cada vez, una vocecita dentro de mí decía: es difícil, ¿vale realmente la pena? Alejé ese pensamiento, pues estaba deseoso de apuntar a Bernhard en mi cuenta, de haber completado lo suficiente para jactarme de haberlo entendido antes que mis amigos. Y ciertamente, cuando terminé el libro anduve por ahí diciéndoles a todos lo brillante que era, que debían leerlo, que tenían que leerlo, exageraba mi entusiasmo porque después de todo quería alguna recompensa, algo de admiración por el esfuerzo que había hecho. Quería ser parte de esa creciente percepción, marchando hombro con hombro con George Steiner y Richard Gilman y Susan Sontag y los demás, y aunque nadie de ellos me reconociera o respondiera mi saludo al caminar juntos, sabía, yo sabía que había hecho mi tarea, no era sólo un holgazán que veía el juego de los Mets, era alguien que veía a los Mets y leía a Thomas Bernhard. Era un individuo equilibrado, de mente sana y cuerpo sano, mens sana in corpore sano, como acostumbraban decir en Columbia College.

Sucede que cuando descubro a un escritor que me gusta, comienzo a adquirir todos sus libros, acumulándolos para el primer día de verano en que estoy libre de los ensayos de los estudiantes y puedo leer por puro placer. Pero me di cuenta de que algo me impedía adquirir otros títulos de Bernhard. Había algo demasiado fanático en él para mi gusto, era demasiado artificial, demasiado severo. Me preguntaba si tenía sentido del humor. Lo que echaba de menos en él y que disfrutaba en mis irónicos favoritos, de Montaigne a Machado de Assis, era el equilibrio giroscópico, la duda de sí mismo o modestia, que rescataba de la megalomanía el trabajo discursivo, de forma tal que incluso cuando el narrador parece desvariar todavía podemos captar por debajo la sonriente cordura del autor. No tenía la seguridad de poder confiar en que Bernhard estuviera realmente distanciado de su ampuloso narrador. Tal vez estaba intentando demostrar que el desapego y la objetividad eran un mito al transportarnos a un espacio claustrofóbico en el que el alejamiento y la perspectiva eran inaceptables: restregándonos en las narices, por decirlo así, el miope y malsano ensimismamiento que él consideraba una condición universal. Si es así, si esa era su intención, lo logró, muchacho, lo dejó claro; como el taladro del dentista, merece todo el crédito por atreverse, por experimentar, por llegar hasta el extremo, escritor de escritores, pero no deja de parecer una triquiñuela, un tour de force: y yo quería una novela. Mejor encomiarlo que sufrir el experimento otra vez. Si, como sostenía Craft, “Correction es el trabajo más profundo de Bernhard,” mayor razón para mantenerme alejado pues encontraba lo mejor de él no exactamente de mi gusto.

Mi resistencia a ahondar en Bernhard era parte de mi esfuerzo consciente por distanciarme de lo que podría ser llamada “la extorsión de la vanguardia.” Desde que era adolescente me tragué el argumento de que debía experimentar la dificultad de ciertas obras de arte porque honraba la lógica del modernismo, de modo que durante décadas cumplí, engullendo obras cuyo estímulo apenas compensaba su aburrida extensión: había esperado pacientemente el cambio de escena, a la vista del público, de una ópera de Robert Wilson; escuchado durante horas las repeticiones musicales de Philip Glass; mirado el examen de la cámara de cine de Michael Snow, en un arco de 360 grados mecánicamente programado, de un árido paisaje; estudiado en galerías de arte el polémico arte conceptual de Hans Haacke sobre los inmuebles de Manhattan; examinado las columnas poéticas de William S. Burroughs recortadas con tijeras de textos más amplios, todo con la esperanza de convencerme a mí mismo de que el tedio era un preludio necesario del éxtasis. De pronto caí en la cuenta de que jamás firmé ningún contrato que me comprometiera a entregarme al ejército del modernismo. No es que me considerara un antimodernista. Era sencillamente que ya no podía ser forzado a endorsar algo sólo porque proclamara ser el último grito estético. ¿Si Bernhard prolonga a Beckett, eso sólo lo hace merecer su lectura? Bernhard era un jeremías, el último indignado austriaco de conciencia desgarrada. Bueno, dejémoslo divertirse, pero no puedo hacerle compañía a un hombre que, por ejemplo, le da tanta importancia a odiar a su país, no que necesariamente tenga uno que amarlo, pero ¿porque pretender estar tan personalmente herido, tan ultrajado, tan sorprendido si el país es dirigido por mediocridades? Ciertamente, Austria tiene muchas cosas por las cuales responder, haber condonado el antisemitismo y a Kurt Waldheim, pero en realidad es un fantasma viviendo de las pasadas grandezas del imperio austrohúngaro que debería inspirar piedad no odio. El narrador en la película de Walker Percy, The Moviegoer, puede pensar que “sólo los que odian están vivos,” pero Percy procede a desaprobarlo escribiendo una animada novela sobre afables seres humanos incapaces de odiar.

No sostengo que el odio no pueda producir buena literatura. Céline, uno de mis escritores favoritos, invita a una interesante comparación con Bernhard. Céline y Bernhard son charlatanes incansables, fanáticos a su manera, testigos tendenciosos. ¿Entonces por qué tolero el fanatismo en el escritor francés, cuya actuación política fue totalmente reprochable, a diferencia de Bernhard, quien fue, si no un demócrata, por lo menos un antifascista? Podría deberse sólo a que tropecé con Céline en mi adolescencia, cuya rabia le hablaba a la mía, pero pienso que más bien se debe a que él creaba vívidas escenas y personajes inolvidables en la gran tradición novelística, porque poseía un genio cómico perverso repleto de mofa de sí mismo y compasión que trasmitía la falsedad de su autoproclamada misantropía, y porque idea un alivio catártico, ese alivio que Bernhard en gran medida puritanamente nos niega. Por supuesto, al haber leído sólo uno de sus libros puedo estar completamente equivocado. Pero esta carta no pretende ser una crítica seria a Bernhard, sólo un análisis de mi rechazo. Como tal, es sólo un análisis de mi ignorancia, pues ¿de qué otro modo calificarías mi renuencia a conocer más de un tema? Y si tiene algún valor, es sólo el de mostrar como retenemos determinados prejuicios contra este o aquel artista para no ser devorados por las monstruosas exigencias de la alta cultura.

Otra razón para rechazar a Bernhard, la cual no es falta de él, tiene que ver con la forma en que la reputación literaria es tramada en Norteamérica; en particular la reputación de un estimable, difícil, supuestamente subestimado escritor extranjero. Los lectores norteamericanos son siempre reprendidos por nuestros árbitros culturales porque somos holgazanes y estúpidos, porque comparados con Europa no tenemos vida cultural; y cómo podemos encaminarnos por lo menos en la dirección correcta consumiendo el ejemplo intelectual del mes. Me siento en conflicto en cuanto a este asunto porque daría todo por ser uno de los árbitros de la moda cultural, y porque sospecho que nuestra vida cultural podría en verdad ser poca cosa comparada con la de Europa (aunque ¿cómo estar seguro sin haber sido nunca parte de la vida intelectual europea?) y también estoy de acuerdo en que Habermas, Rulfo, Chiaramonte, y otros, son autores valiosos. Por otra parte, me deja helado el imaginar que ellos podrían estar tratando de engañarnos al exagerar los méritos de algunos de estos escritores extranjeros y empequeñecer sus defectos. Por ejemplo, me gusta el escritor suizo Robert Walser pero aun así no puedo aceptar que me lo quieran hacer pasar como un autor mayor cuando sólo es una intrigante figura menor, del rango de Lautréamont, quien pudo haber inspirado a los surrealistas, pero no fue un Balzac o un Baudelaire. Algunas ocasiones los académicos se sienten fascinados por los Lautréamonts o los Walsers precisamente por su marginalidad o su desbalanceada imperfección, lo que permite toda suerte de especulaciones. Recientemente una revista, más oscura que la tuya, me pidió que contribuyera a su número especial sobre Robert Walser, por un igualmente invisible pago, y complaciente entregué un entusiástico comentario sobre The Walk. Es un lindo cuento, pero no tuve las agallas de manifestar mi profunda reserva, la cual consiste, con todo y el excéntrico encanto de Walser, y él ciertamente merece ser leído –es un mundo de risas comparado con Bernhard—, en que sólo puedo tomarlo en pequeñas dosis antes de que su preciosa, inmadura sensibilidad, ya sea falsamente ingenua o genuinamente infantil, me saque de mis casillas. Es, para decirlo sin rodeos, un chiflado, como, hasta cierto punto, Bernhard me parece un orate. Cuando leo a alguno a de los dos, su lenguaje obsesivo tiene una intensidad visionaria que puede dar vislumbres exquisitos de los límites de la normalidad. Pero también es agotador, del mismo modo en que es agotador escuchar a un paranoide esquizofrénico por más de diez minutos. Yo he tenido cierta experiencia en esta cuestión, un amigo tuvo una crisis nerviosa que tomó la forma de una aterrorizada, incesante verborrea, una locuacidad cuyo nombre médico es, creo, logomanía. Era muy angustiante; duró años; telefoneaba alrededor de las 11 de la noche y hablaba precipitadamente durante una hora hasta que yo tenía que colgar. Por último, se mató. Tal vez, al decir esto he tropezado con la clave de mi reacción alérgica a Bernhard: me ataca los nervios sentirme amenazado por la proximidad de un discurso, agresivo, circular, mañosamente lógico, producido al borde de la locura.

Es lo más parecido a una respuesta que puedo dar.

Sinceramente

P.

 

Lo anterior fue escrito hace algunos años. Mi maravillosa, ronca amiga, Katharine, murió de cáncer pulmonar después de toda una vida de fumadora; Richard Gilman falleció también, y supongo que algún día leeré el obituario de George Steiner. Mientras tanto he leído otra novela de Thomas Bernhard, The Loser, que me impresionó por su excelencia, por ser satisfactoria en todos sentidos, incluyendo trama y personaje; y un libro de enardecidos y divertidos ensayos, llamado My Prizes. Confío en seguir leyendo con placer a este autor. Después de haber expresado mis reservas puedo sentirme libre de que me guste. Qué extraño.