Adolfo Castañón y el “fulgor de la presencia”

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La campana en el tiempo, 1970-2020 (Poesía, fábula y a veces prosa), Universidad Autónoma de Sinaloa/Universidad Veracruzana/Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2023, 860 páginas

 

 Aunque Castañón ha publicado poesía desde la década de los setenta, su reconocimiento como figura central de la literatura y la cultura mexicana ha recaído más en su labor como crítico, ensayista, traductor, editor y redactor, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, erudito gastronómico… Su paso por revistas y suplementos literarios marcó también una época en nuestra historia biblio-hemerográfica: “La Cultura en México”, “Plural”, “Vuelta” y “Letras Libres” son una muestra de la impronta de su oficio editorial. Ha reconocido infinidad de veces la influencia y enseñanzas de sus efigies magisteriales: José Luis Martínez, Octavio Paz, Ernesto Mejía Sánchez, Carlos Monsiváis y, de manera más reciente, George Steiner, de quien ha sido traductor. Pero la presencia más influyente en su obra es, sin duda, la de Alfonso Reyes, de quien ha realizado no sólo una gran cantidad de estudios biográfico-literarios, sino organizado parte de su vasta obra y correspondencia (especialmente esa cátedra de estilo que comparten Reyes y Henríquez Ureña). En su Arbitrario de la literatura mexicana, Castañón encontró la manera de hacer que comulgaran los espíritus reverenciales que le obseden: “Reyes es toda una literatura y encarna ese Renacimiento que para nosotros los mexicanos está, espiritualmente hablando, tan lejos. Reyes es un príncipe, es nuestro Montaigne”. Renacentista e hispanista, pero de anchas raíces grecolatinas es la esencia de la vocación bibliófila de Castañón.

Basta ver el índice de autores estudiados en ese libro para trazar una ruta crítica hacia el entendimiento de las “fuentes legendarias” (de aguas eclécticas, sin duda) del autor: Reyes y Paz, por supuesto, Fuentes, Xirau, Zaid, Elizondo, entre otros —“paseos”, por cierto, les llama también Castañón a esos acercamientos de amistosa lectura; práctica de nostálgico caminante que ejercerá en sus prosas poéticas iniciales, pero marcadamente en las que constituyen su libro Perfiles del camino.

Ante el abrumador recuento de esta trayectoria profesional y literaria —abigarrado, presuroso e incompleto, sin duda—, que merecería un estudio amplio y minucioso, conviene preguntarse cómo ubicar en el panorama de la poesía mexicana la obra de Castañón y por qué ha sido muchas veces ignorada de las antologías representativas de nuestra lírica. Esta interrogante se relaciona con la publicación de este volumen que reúne la mayor parte de su poesía y prosa publicadas desde 1970 hasta 2020. Para lo cual habría que delimitar la noción de “obra completa” que el mismo Castañón traza en un apartado de su libro Trópicos de Gutenberg. Escenas y mitos del editor (Trama editorial, 2012):

“Si se considera, como lo hace Michel Guerín, que sólo es digno del nombre de obra aquel circuito sintáctico con un cierto grado de autonomía editorial y discursiva, si se piensa que un libro es unidad cerrada y no caben en su claustro autosuficiente los textos misceláneos y los poemas sueltos, salta a la vista que el orden de la obra completa se constituirá en este caso en un sentido restrictivo y que, paradójicamente, las obras completas de un autor dispuesto a seguir este criterio resultarán más breves y condensadas que la suma de los volúmenes ya publicados […]” (p. 128).

Entonces, lo que encontramos en La campana en el tiempo, obra que concentra más de medio siglo de escritura poética en más de 800 páginas, no es “la suma de volúmenes ya publicados”, sino la ondulación de un tiempo que cada tanto, pero incesantemente, hace tañer de regocijo el verso o la prosa en los entreactos del festín intelectual. No es que la constancia lírica de Castañón se haya supeditado a su labor profusa como crítico, no que haya madurado por caminos separados de su ejercicio ensayístico o de traductor, sino que creció desde la misma raíz, nutriéndose subterráneamente de las mismas aguas y los mismos lenguajes; una máquina literaria que funciona a condición de que todas sus piezas giren en la misma dirección de pensamiento y experiencia vital. No sé si cierto sentido de timidez o humildad del propio autor, o la innata parcialidad de los antologadores de la poesía mexicana de las últimas décadas, haya modelado la idea de que la poesía y la prosa de Castañón (o al menos una parte de ella) no amerita un lugar en sus recopilaciones, o que no son aptas para sus criterios metodológicos, o que ambas ocupan un segundo plano en el espectro de su obra total, pero si algo muestra La campana en el tiempo (1970-2020) es que ahí hay una voz, una cadencia, un tono que distinguen al crítico y editor como poeta.

Confieso que mis lecturas de Castañón habían sido irregulares, parciales, en el sentido de que siempre me interesó más su vena ensayística, ya sea de sus estudios sobre literatura mexicana o acerca del oficio editorial. Conocí en los años ochenta el libro que abre esta antología (necesaria y urgente), El Reyezuelo, prosas que ya delineaban algunos rasgos de su escritura: la herencia elegíaca y dramática del helenismo, una incesante búsqueda de incorporar a su lírica elementos de la modernidad, y la alquimia entre el humor y lo grotesco, que en ese primer momento lo acercaban al Rimbaud de Illuminations y lo emparentaban, sin duda, con el lujo poemático de Álvaro Mutis. Técnicamente, ese centelleo de juventud es un libro de híbrida brillantez, de anunciados fulgores. En Trópicos de Gutenberg, Castañón proporciona pistas certeras de su génesis:

“Aunque lo trabajé muchas veces después de escribir los primeros intentos, El Reyezuelo es un libro que salió de un tirón y que está compuesto en un 30 por ciento de noticias nacionales leídas en la revista Proceso, otro 30 por ciento de chismes inconfesados o inconfesables de la familia literaria mexicana, 30 por ciento de improvisada erudición grecolatina, y un 10 por ciento de humor y de voluntad estilística de cocinar sabroso aquella imposible mezcla” (p. 254).

Pero este principio estilístico y verbal contenía otras y variadas exigencias temáticas y rítmicas, como se anuncia ya en sus cuatro libros anteriores a Recuerdos de Coyoacán, que marca, creo, una línea consistente en sus derivaciones hacia la prosa. De ellos, quizá, Cielos de Antigua es el que muestra mejor el periodo de madurez de Castañón en una experimentación casi epigramática volcada —no a un terreno didáctico o reflexivo— en la condensación metafórica:

              XV

              En silencio nada azur,

              pero, cuando hablan los cielos,

              fábulas traman las nubes.

 

              XXXIV

              Nube inmóvil,

vas al compás de la tierra.

Así, sosegado viajero,

muda de piel

atravesando fronteras.

Recuerdos de Coyoacán es un poema central en la obra de Castañón; mejor dicho, el poema en torno al cual girará el resto de su universo literario. Aunque él mismo reconoce la tutela lírica de Reyes y Paz —no en vano lo perfilan así sus dos principales epígrafes—, hay también otros giros, otros tonos, otros rasgos personalísimos que consolidan el dominio del poeta sobre el verso largo, hasta entonces levemente insinuado en obras anteriores. Este libro, dice el autor: “nació como un hilo personal entre algunos poemas autobiográficos de Alfonso Reyes y Octavio Paz —entre otros ‘San Ildefonso’ de aquél y ‘Nocturno de San Ildefonso’ de éste, entre las ‘Soledades’ del primero y Pasado en claro del segundo, entre la ordenada aventura del regio prosista y la aventurada orden poética del autor de La estación violenta, entre el talento comunitario y la tradición disruptiva, individual” (p. 174). Sí, agrego, pero Recuerdos de Coyoacán no se limita a este nudo de correspondencias literarias, del mismo modo se alza desde la experiencia y la evocación como un poema generacional; es su Aullido ginsberiano, su ciudad huertiana (de Efraín) y su tránsito por los atajos del tiempo y la identidad:

              “Era otro y soy el mismo

              Yo no sé si fui feliz:

Caminaba por las calles

la ciudad de la memoria

La ciudad dormida

entre sus nombres”

[…]

“Afuera la generación

pagaba cuotas de sangre

Embestía la muchachada

buscando la democracia

en las muletas de trapo

en las paredes del tiempo”

[…]

“Hablábamos del instante

y nuestro presente ya era el pasado: una ilusión”

 

Los libros, las clandestinas lecturas, los grandes maestros, la urbe perdida, el poder como caricatura de la historia… todo es confesión y expiación del poeta en este “ir y venir entre el México andado y el México leído” (p. 175).

De 1997 a 2003, Castañón reunió su producción lírica, la más diversa temáticamente pero también la de mayor voluntad experimental, con el título de Había una voz, que contiene un reconocimiento tácito y ya merecido para entonces de su “voz”. Hay aquí “otro comienzo”, una voluntad por domeñar el verso corto y contrastarlo con poemas en prosa que ya presagiaban una deriva inevitable en su escritura. Es un libro necesariamente ecléctico, divergente, de subidas y bajadas en el tono y la fuerza expresiva, pero de alguna manera condicionadas por su carácter recopilatorio. La siguiente obra del autor, La tercera mitad del corazón, continúa por esa misma línea, aunque hallamos a un poeta que exige respiraciones más largas y tonos menos doctos, que expone y asume su vena cosmopolita, su afable humor, y que muestra mayor voluntad de unidad en la “museografía”, o mejor dicho, de “unicidad” en el sentido no de estructura sino de sustancia como teorizaba Elias Canetti. Junto con su siguiente libro, Local del mundo: civismo de Babel, se conforma el corpus definitivo de esta obra que reconstruye “la silueta de esos reflejos/que arman en sus puentes/los mapas de la lluvia”; reflejos de la ciudad, del hombre frente a sí y su siempre etérea circunstancia:

 

“Me hace falta México

el México de antes

(¿no será una redundancia?

¿no es la maldición de México que siempre es el de antes?)

cuando veía sin vértigo las corridas de toros

y comía con arrojo tacos de cabeza

en tendajones improbables e insomnes

el de los charcos en que caía la piedra de sol

sin ensuciarse

Me hacen falta las tardes

jugando al trompo a la orilla del camino”

 

Otro ángulo de esta escritura multifacética está perfilado por las traducciones y transcripciones que Castañón asume como herramienta de escritura ejercida con toda libertad, no ceñida al mero acto de presentar “versiones” ni aproximaciones, sino a admitir con plena conciencia literaria un compromiso con los autores, sus lenguas y geografías (mayoritariamente orientales), pero también como autor. Un calígrafo que redescubre la tradición y, al mismo tiempo, vuelve legibles la materia y los materiales de su oficio con los trazos de la modernidad. La suma de estas tareas —la traducción como inventiva, la transcripción como género— otorga un nuevo significado al ciclo Local del mundo: esta vez ya no como exploración del lenguaje y su forma literaria, culta, referencial (como en el anterior de Babel), sino como indagación de las culturas otras, de afinada percepción de lo traslativo y sus posibilidades lúdicas: versión y diversión, como sugirió Paz.

“A veces prosa” es el apartado que cierra esta reunión de obras de Adolfo Castañón —atinada, necesaria—. Al revisar en conjunto su incursión intermitente —aunque constante— en el poema en prosa —que bordea siempre con lo narrativo—, se me revela la clave de una escritura que durante medio siglo se ha movido con singular libertad en este territorio, pero también con tiento, sin desbordarse hacia la exageración descriptiva, con pasos circunspectos para no anclarse en la moraleja de la historia, en el vado culto, libresco (como en Fuera del aire y El pabellón de la límpida soledad), o en la pendiente resbaladiza de lo cotidiano y lo memorioso (como en El señor pasea por su casa). Esta revisión, sospecho, es necesariamente esquemática, pero sirve para entender cómo la prosa de Castañón no obedece a una hoja de ruta ni se mueve en un solo sentido.

De los libros agrupados en este último tramo, me parece que el de mayor peso lírico es La batalla perdurable; estamos nuevamente ante el poeta que con El Reyezuelo supo dibujar los contornos de la condición humana (aunque tal cosa no sea precisamente un atributo genérico) para mantener viva la “memoria de su reino”. No es que hallemos en Castañón una poesía temática o formalmente extemporánea (¿será esa equivocada percepción la causa de su exclusión en la mayoría de antologías?), sino que su contemporaneidad radica precisamente en que desafía la linealidad del tiempo. Si hubiera que atribuir ciertas cualidades (y cercanía) de la prosa de José Antonio Ramos Sucre con los itinerarios prosísticos de Castañón, serían las siguientes palabras de José Ramón Medina en su prólogo a la Obra Completa del venezolano:

“Ramos Sucre no se desliga de la praxis de su tiempo, pero tampoco se deja conducir ni limitar por sus expresiones. Por el contrario, aspira a resolver su enfrentamiento con el mundo, en una sólida y gallarda manifestación de individualismo estético tendido hacia el futuro, hacia más abiertas y vastas claridades […] Lo menos afín con Ramos Sucre es el nacionalismo, cerrado a los francos aires del exterior. De allí el carácter cosmopolita de su prosa” (p. XIV).

 

La campana en el tiempo, 19702020, título con que el poeta ha agrupado en anteriores ediciones parte de su obra, actualiza esta (ignoro si él o sus editores) con un subtítulo a mi juicio poco acertado (Poesía, fábula y a veces prosa). El desacierto estriba en que si bien gran parte de la escritura de Castañón tiene guiños evidentes con la fábula, no es un rasgo genérico que la caracterice, en todo caso, la alegoría es más cercana a su poética, a su interpretación del mundo, del poder, de la cultura, del tañido irrefrenable de la vida. Y aunque la inclusión del término pudiera ser un toque de humor para desacralizar el acto de exponer la “obra completa”, hablando editorialmente creo que fue el más impreciso. El otro punto es el “y a veces” —refiriéndose a la prosa— que, contrariamente al encasillamiento “fabulesco”, minimiza la labor de un prosista que evidenció desde su primer libro (y no circunstancialmente) la intención de restituir el lujo y la potestad a la prosa poética. En fin, detalles editoriales.

Este libro de Adolfo Castañón es, antes que un justo homenaje recopilatorio, un encuentro ineludible con un poeta cuya constancia —como tenacidad, como reconocimiento— de su paseo por el mundo, bien puede abreviarse con estas palabras testimoniales: “He pasado mucho tiempo asombrado de encontrar belleza en todo esto”.