La voluntad de lo sagrado

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Juan Diego camina a Tlatelolco en la madrugada de un sábado, cuando escucha que “cantaban sobre el cerrito”1. No cualquier canto: “era como el canto de variadas aves preciosas”2, y aventajaba “a los del pájaro cascabel, del tzinitzcan y otras aves preciosas que cantan”3. Juan Diego, indígena del Valle de México, está confundido, ¿lo que escucha es de este mundo? No reacciona hasta que la misma voz que momentos antes cantaba lo llama: “Juanito, Juan Diego”4. Juan Diego obedece, sube al cerro del Tepeyac, para ver a una mujer de una belleza que “sobrepasaba toda admirable perfección, su vestido como el sol resplandecía, así brillaba”5.

La mujer, para calmarlo, le anuncia que ella es “la en todo siempre doncella, santa María, su madrecita de él, Dios verdadero”6. Está ahí, se apresura a explicarle, porque quiere una “casa divina en el llano”7, donde los fieles hijos puedan asistir a recibir su amor. Para eso, la Virgen pide que busque a Juan Zumárraga, obispo de Nueva España, y le comunique su deseo. Juan Diego acude sin demora al palacio episcopal en la Ciudad de México, pero Zumárraga no le cree y lo despacha. Juan Diego, triste, vuelve al cerro, y se avergüenza ante la Virgen de su condición depauperada, le ruega que elija a alguien de más categoría para cumplir con el encargo, a “alguno de los preciosos nobles, los conocidos, reverenciados, honrados”8. La Virgen, sin conmoverse, asegura que no busca “gente de rango”9, y le dice que vaya de nueva cuenta con el obispo.

Al otro día Juan Diego se presenta con el clérigo, a lo que Zumárraga responde solicitando una prueba irrefutable de que la Virgen misma lo manda. Juan Diego, decepcionado por segunda vez, se va, esta vez no al cerro, sino directo a su casa, donde tiene que cuidar a Juan Bernardino, su tío, entonces gravemente enfermo.

Juan Bernardino no mejora y Juan Diego sale en la madrugada siguiente, otra vez con rumbo a Tlatelolco, buscando un sacerdote para la extremaunción. Juan Diego, que ya no cree en su capacidad para cumplir el mandato de la Virgen, toma un camino alterno intentando evitarla, pero ella se le aparece por vez última. La Virgen le dice que suba al Tepeyac por flores y que las lleve al obispo para dar fe de su aparición: “en ti está la confianza”10, afirma la Virgen al despedirlo.

Juan Diego corta las flores en la cima del Tepeyac, las envuelve en su tilma y las lleva al obispo. Al desenvolver la prenda las flores caen y “apareció la preciosa imagen de la, en todo, doncella Santa María, su madrecita de Dios”11. El obispo, impresionado con la belleza de la pintura, empieza a tomarse en serio las aseveraciones de Juan Diego. Al día siguiente Juan Diego le muestra a Zumárraga el sitio de la aparición, mismo donde habrán de erigir el templo y colocar la santa imagen. Sobre esta historia se funda la idea de lo sagrado en México.

El inicio del mito guadalupano remite de forma inmediata al poema fundacional de Occidente:

La cólera canta, oh diosa, del Pélida Aquiles

maldita, que causó a los aqueos incontables dolores12

A pesar de que en la Ilíada domina la ira, y en el Nican Mopohua es una voz meliflua y melífera, en ambos tenemos a una diosa, una diosa cantora que desata la acción. En palabras de Paz, bien podemos decir que “se manifiesta lo que, con riesgo de inexactitud, ha de llamarse provisionalmente irrupción de una voluntad ajena”13. Es el primer momento en que el protagonista es pechado a ir fuera de sí. Entendible entonces que Juan Diego no sepa bien lo que sucede, piense que podría estar en el cielo, en la “tierra celeste Ilhuicatlalpan”14 o en la “tierra florida Xochitlalpan”15, por eso la diosa tiene que calmarlo. En ese momento Juan Diego aún no sabe quién está guiándolo, ¿por qué desvía su camino y sube al Tepeyac, cuando iba a Tlatelolco? ¿Quién es esa voz que lo mueve y le pone en frente un asunto acuciante que él desconocía?

Aquí tenemos una primera ambigüedad en la expresión de lo sagrado, pues el mito habla de una voz segura, vehemente, sin ambivalencia; sin embargo, vemos que Juan Diego no sabe si está en la tierra o en el paraíso, se plantea dos caminos y toma el del Tepeyac. “La otra voz”, dice Paz, “la voluntad extraña, son lo otro, es decir, Dios o la naturaleza con sus dioses y demonios”16. Juan Diego contempla la portentosa presencia de la Virgen y ya no duda en obedecer, pues se ha dado cuenta -en palabras de Paz- de que “la ocurrencia poética no brota de la nada, ni la saca el poeta de sí mismo: es el fruto del encuentro entre esa naturaleza animada, dueña de existencia propia, y el alma del poeta”17.

Ahora sobreviene una diferencia entre el mito mariano y el poema homérico. Mientras Tetis cuida únicamente de su hijo Aquiles, igual que el resto de los dioses olímpicos toman el partido de sus predilectos, la Virgen María es la madre de Dios al tiempo que de todos los hombres, y sólo elige a Juan Diego como su intermediario: “tú eres mi mensajero”18. Por ser madre de todos es que pide una “casa divina”19. Casa, claro, en la que podrán entrar todos, pero alguien tiene que construirla. Ese alguien, desde luego, es su mensajero.

Juan Diego, repasé, asiste al palacio del obispo y le dice lo acaecido, pero Zumárraga lo rechaza. Y sucederá igual la segunda vez, porque, como explica Paz, “la revelación religiosa no constituye el acto original, sino su interpretación”20. La Virgen se ha presentado, es lo que dice, pero vemos que esa es una condición necesaria y no suficiente para la aparición de lo sagrado. Precisamos la posibilidad de ser que abre la creación: “El acto mediante el cual el hombre se funda y revela a sí mismo es la poesía”21, dice Paz. Sin el acto fundador, creador, el hombre contempla la posibilidad de ir allende de sí pero es incapaz de consumarla. El hombre “se siente pequeño, perdido en la inmensidad, apenas se ve solo”22 (Paz). Es cuando Juan Diego vuelve inmediatamente a buscar a la Virgen donde la acababa de ver, para decirle que no es digno de la empresa encomendada, pues su “dependencia de Dios es absoluta”23 (Paz).

Pero en el segundo encuentro la Virgen tranquiliza a Juan Diego y le confirma que es él quien puede cumplir su requerimiento, y aun así el obispo no le cree, ¿por qué falla cuando vuelve a presentarse ante Zumárraga? El mito dice que Juan Diego simplemente obedece a la Virgen al comunicar al obispo su aparición y luego volver para reportarle que ha fallado. Empero, vemos que Juan Diego decide retornar al Tepeyac por el mismo camino que usó antes. Repite la operación sin creación. En otras palabras, sigue pensando que la revelación religiosa es el único elemento necesario para trascender.

Sólo después del segundo rechazo del obispo, Juan Diego, en lugar de volver con la Virgen, opta por otro camino y va a su casa. Juan Diego empieza a ver lo que Paz, discurriendo sobre la revelación poética, explica así: “Por una vía que, a su manera, es también negativa, el poeta llega al borde del lenguaje. Y ese borde se llama silencio, página en blanco”24. El mito dice que lo hace porque debía cuidar a su tío Juan Bernardino, enfermo de peste. Vemos, por otro lado, que Juan Diego se retira durante un día completo, y calla. Lo hace porque para alcanzar ese borde del que habla Paz “hay que descender, ir al fondo, callar, esperar”25. Es un momento de cavilación detenida, en el que Juan Diego comprende que “la esterilidad precede a la inspiración”26 (Paz). Inspiración para poder ir fuera de sí.

No debemos pasar por alto la aparente casual similitud entre el nombre del protagonista y su tío. En un primer momento, nos dice Paz, “la inspiración es aquello por lo cual dejamos de ser nosotros”27. Juan Diego va a dejar de ser Juan Diego en ese momento de retiro reflexivo, y nos lo indica la etimología de cuidar, el latín cogitare, pensar. Juan Diego va a cuidar a Juan Bernardino, es decir a pensar en Juan Bernardino, el otro sobre el que está arrojándose en ese momento. Después de ese tiempo de silencio y esterilidad Juan Diego sale buscando a un padre para la extremaunción, pues parece que algo (más que alguien en sentido literal) va a morir. Juan Diego siente que ese que fue está a punto de quedar atrás, y ese en el que empieza a pensar, Juan Bernardino, está naciendo.

Según el relato, Juan Diego toma otro camino para evitar a la Virgen al buscar a ese padre. Juan Diego está acercándose a la experiencia de lo sagrado, y esta “es una experiencia repulsiva. O más exactamente: revulsiva”28 (Paz). El camino de la reacción desde luego no puede ser el mismo que el de la revelación religiosa. La Virgen viene a su encuentro, dice que Juan Bernardino estará bien y le pide que corte flores de la cima del Tepeyac. Alguien está muriendo, y el Tepeyac es un terreno inhóspito para la naturaleza, no podemos esperar que haya rosas ahí, ¿por qué ir? La creación, dice nuevamente Paz, entraña “un desprenderse del mundo, algo así como arrojarse al vacío”29.

Juan Diego se lanza, confía ciegamente, y encuentra las rosas. La narración dice que las corta y se las lleva en la tilma al obispo, pero vemos que Juan Diego lleva trabajando en cristalizar la expresión de su disposición divinizante, sagrada, desde que tomó un camino distinto al mostrado por la Virgen y se retiró a cavilar. Cortar las rosas es la consumación del trabajo para obtener frutos en esa tierra áspera que es la vida. Juan Bernardino estará bien porque Juan Diego está llegando al segundo momento de la inspiración, donde “este salir de nosotros es un ser nosotros más totalmente”30 (Paz). De ahí que la Virgen le afirme que “en ti está la confianza”31 (139). Juan Diego salió y empieza a volver a sí.

El desenlace del mito mariano cuenta que Juan Diego desenvuelve la manta y encuentra la sagrada imagen de la siempre madre plasmada, la descubre. Sin embargo, “la revelación no descubre algo externo, que estaba ahí, ajeno, sino que el acto de descubrir entraña la creación de lo que va a ser descubierto”32 (Paz). Lo que vemos es que Juan Diego se ha lanzado al vacío de la creación para refundarse a sí mismo y el mundo que lo rodea, pues “la categoría de lo sagrado no es una revelación afectiva de esa condición fundamental -el ser criaturas, el haber nacido y el nacernos a cada instante-sino que es una interpretación de esa condición”33 (Paz). La revelación de la Virgen María es la creación de Juan Diego.

El mito guadalupano está anegado de disyunciones. Las rupturas empiezan con la irrupción del agente externo, la musa, que el relato refiere como bello canto. Leemos que Juan Diego obedece sin cuestionamientos a la Virgen, pero vemos que Juan Diego siente curiosidad por lo que hay allende de sí mismo. Después una Virgen aparentemente pasiva deja que su elegido sufra el rechazo del obispo una y otra vez. En cambio, la revelación religiosa no es suficiente para la experiencia de lo sagrado, y Juan Diego aún no encuentra la manera de salir de sí. En lugar de hablarle a la Virgen después del segundo rechazo, Juan Diego va a cuidar a su tío Juan Bernardino, que está enfermo, eso dice el mito, pero observamos que ha tomado un camino distinto, el de ir al límite del lenguaje por el silencio y cavilar para encontrar la otredad; se está volviendo otro. No obstante que Juan Diego está convencido de su conversión en un nuevo yo, hace caso a la Virgen y busca rosas en donde no las hay. Pero no actúa sin sentido: Juan Diego está lanzándose al vacío para poder crear. Cortar las rosas no es un acto instantáneo ni trivial, como tampoco lo es descubrir la revelación de la imagen al ir por última vez con Zumárraga. Lo que Juan Diego está haciendo es regresar a sí mismo para afirmarse, y lo hace apropiándose el fruto de su trabajo (las rosas en la tilma) para crear lo que va a descubrir: revelación de su condición. Lo sagrado se expresa en el rompimiento entre lo que se dice y lo que se ve. Más aún: el rompimiento entre lo que se ve y lo que se dice no es automático, no viene ya dado por una divinidad, viene de una volición. El mito guadalupano es el mito de la voluntad de lo sagrado.

 

 

1 León-Portilla, Miguel. Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el «Nican mopohua». Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica/ El Colegio Nacional, 2000. Página 99.

2 Ibidem, página 99.

3 Ibidem, página 99.

4 Ibidem, página 99.

5 Ibidem, página 99.

6 Ibidem, página 105.

7 Ibidem, página 105.

8 Ibidem, página 115.

9 Ibidem, página 115.

10 Ibidem, página 139.

11 Ibidem, página 151.

12 Homero. Ilíada. Madrid: Gredos, 1991. Página 103.

13 Paz, Octavio. El arco y la lira. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2012. Página 159.

14 Opere citato, página 99.

15 Opere citato, página 99.

16 Opere citato, página 161.

17 Opere citato, página 160.

18 Opere citato, página 139.

19 Opere citato, página 105.

20 Opere citato, página 156.

21 Opere citato, página 156.

22 Opere citato, página 142.

23 Opere citato, página 142.

24 Opere citato, página 147.

25 Opere citato, página 148.

26 Opere citato, página 148.

27 Opere citato, página 179.

28 Opere citato, página 139.

29 Opere citato, página 177.

30 Opere citato, página 179.

31 Opere citato, página 139.

32 Opere citato, página 154.

33 Opere citato, página 144.