Flaubert y el infierno de la modernidad

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Portrait of French writer Gustave Flaubert (1821-1880) ©Bianchetti/Leemage (Photo by leemage / Leemage via AFP)

En muchos tramos de su correspondencia, particularmente en la que mantiene con Louise Colet, Flaubert es explícito en su queja contra el presente, su fealdad, sus modos de producción, sus objetos, sus ciudades. He aquí un fragmento de la carta que escribe a la Colet el 29 de enero de 1854:

La mediocridad se infiltra en todas partes, las propias piedras se vuelven feas y las grandes rutas son estúpidas. Por todos los medios posibles, en un combate a muerte (de todos modos moriremos, ¿verdad?) hay que poner límites a la ola de mierda que nos invade. Lancémonos al ideal, ya que carecemos de medios para vivir en el mármol y en la púrpura, tener divanes de plumas de colibrí, tapices de piel de cisne, sillones de ébano, candelabros de oro macizo y lámparas con incrustaciones de esmeraldas. ¡Combatamos, al menos, los guantes de seda barata, los sillones de oficina, los impermeables, los calefactores económicos, las decoraciones falsas y el falso orgullo! ¡El industrialismo ha desarrollado lo feo en proporciones gigantescas! Cuánta buena gente que, hace un siglo, se la hubiera pasado perfectamente sin Bellas Artes, ahora necesita pequeñas estatuas, pequeña música y pequeña literatura. (1)

Flaubert pesca la hipertrofia sentimental que acompaña al industrialismo; pero su idealización de lo antiguo es también decididamente kitsch. Tal vez sea una suerte que careciera de los medios para vivir entre “plumas de colibrí” y tapices de piel de cisne. Flaubert produjo su obra maestra, Madame Bovary, al escribir un libro en que abunda todo lo que detestaba, desde los calefactores económicos (en los que ese estólido genio del mal, el farmacéutico Homais, se declaraba especialista) hasta la lectura de “pequeña literatura” a la luz de lámparas de mal gusto. Por el contrario, lanzado al “mármol y la púrpura”, como en Salammbó, Flaubert se torna en buena medida él mismo un escritor kitsch. La modernidad es irrenunciable: Flaubert alcanza la genialidad, entre otras cosas, porque da cuenta rabiosamente de ella; cuando quiere evadirla, es un escritor menor. Sé que esta afirmación puede hallar refutaciones acreditadas, pero no por eso renuncio a ella: Salammbó y La Tentation de Saint Antoine me resultan ejercicios de estilo poco atractivos, cuando no directamente infumables.

Aunque quizás no esté siendo justo al descalificar a Salammbó como un ejercicio de estilo; Madame Bovary también lo es. Más allá de su subtítulo Moeurs de Province la novela excede con mucho la crítica de costumbres y la rabia de Flaubert ante la modernidad: es también un experimento sobre cuánto humor cabe en la severa condena de Flaubert a sus personajes y su tiempo, cuánto patetismo se desprende del sarcasmo más cruel, y cómo una cosa y la otra se entrelazan de un modo que ningún artista antes —y ningún filisteo después— podría imaginar. Otra cita de una carta, otra vez a Louise Colet, unos meses anterior a la otra:

Estoy componiendo una conversación entre un hombre y una mujer jóvenes sobre literatura, el amor, las montañas, la música y todos esos pretendidos temas poéticos. El propósito es que al lector corriente le parezca una conversación seria, pero es a lo grotesco a lo que en realidad apunto. Será el primer caso, creo, de novela en que se hace burla de la heroína y el galán. La ironía no perjudica al pathos; al contrario, la ironía subraya el aspecto patético. (2)

Pero hay algo más, como en una secuencia de muñecas rusas una adentro de otra. Al presentar los banales comentarios de Emma y Léon como supuestamente “serios” Flaubert “apunta a lo grotesco”, pero en ese grotesco flaubertiano hay, apenas escondida, una fascinación por la estupidez que excede la condena estética o moral. Fascinación por la estupidez, y por la maldad, y por la estulticia. El diseño del personaje del avaro y astuto Homais es una obra maestra, un diablo-araña que envuelve a Emma en su red lenta e impiadosamente; el instante en que Rodolphe echa una gota de agua en su carta de despedida para que parezca que ha llorado es de una vileza inigualable; y así de seguido. Flaubert encara su novela decidido a hacer un libro contra su tiempo y también contra su heroína y sus galanes, pero el caso es que para hacerlo se sumerge —y nos sumerge— tan completamente en el infierno de lo banal y lo maligno que parece estar ante una moderna Divina Commedia: con el plus de que los malvados no son condenados sino que triunfan.

Con Emma hay, empero, un matiz: mientras la descalificación de los “galanes” es categórica desde un comienzo (desde un comienzo Bovary es un pobre infeliz, Rodolphe un patán con título de caballero, Léon un pusilánime de marca mayor), la destrucción de Emma es en cambio más lenta, y quizás y en la misma medida más brutal. A diferencia de a sus amantes, a ella es imposible despreciarla o compadecerla: es demasiado débil para despreciarla, tiene demasiadas ansias de vivir y está tan equivocada… un horror creciente se apodera del lector. Todo el tiempo uno quisiera decirle, como si fuera el espectador ingenuo de una obra de títeres: “no, no hagas eso”. No conozco nada parecido: dado que Flaubert no puede hacer caer a Emma parejamente a lo largo de 300 o 400 páginas, para poder seguir despeñándola cada tanto deja que el lector crea que es posible para ella alguna felicidad (3); una y otra vez se ve que no, y sus ilusiones —las de ella y las del lector— se revelan como tales, calcinadas por la luz más cruda. Inexorable se cierra su destino con su suicidio, la muerte de Charles y el desahucio de su hija; no es, como en la tragedia antigua, la hybris del personaje la que provoca el desastre, sino simplemente el espíritu de su tiempo, a la vez ávido y chato, presuntuoso y banal. Pero esta no es, insisto, una tesis o un panfleto de protesta contra las costumbres de provincia o el siglo XIX; la modernidad no es condenada en general, sino en el devenir de Emma, una de las encarnaciones más vívidas de la historia de la literatura. Ciento setenta años después, el libro que la tiene como protagonista sigue hablando a un presente quizás todavía más charro que aquel que sumía a Flaubert en la desesperación, sin que quepa siquiera añorar un pasado mejor. ¿Sí imaginar un futuro mejor? Auden escribió que la literatura no puede salvar el mundo, pero sí hacerlo más digno de ser salvado; Flaubert, a propósito o a contrapelo, o de las dos maneras, lo demuestra.

 

(1) Flaubert, Gustave. Correspondance, edición de Jean Bruneau, París, Gallimard, 1980. Carta del 29 de enero de 1854, incluida en el T. II, pág. 517. La traducción es mía.

(2) Ídem, 9 de octubre de 1852.

(3) Se puede ver la embriaguez de Emma en el baile que ofrece Rodolphe como una ensoñación vacía, pero no se puede negar que la escena está imbuida de un vértigo comparable a la carrera de caballos de Anna Karenina (veinte años posterior, por otra parte). Podría aducirse que lo que pasa es que Flaubert no puede con su genio; yo pienso que sí puede con su genio, y que esa genialidad se expresa justamente poniendo cada tanto en escena el brillo y la belleza para mejor hundirnos después en el infierno.