El reino de lo no lineal, elogio de la poesía

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Aunque ha transcurrido poco más un año desde su elección como poemario ganador del Premio de Poesía Aguascalientes 2020 (en tres meses se cumplirá uno también de su primera aparición), y aunque tiene en su haber varias reseñas muy favorables que dan cuenta de sus logros y no es por tanto una novedad literaria ni un título ignorado, nunca se llega tarde a la celebración de un libro como El reino de lo lineal (FCE-INBAL-ICA) de Elisa Díaz Castelo (1986), como en cierto momento, antes de redactar estas líneas, sentí yo que llegaba a él.

La propia percepción de retraso y tardanza en su celebración y hasta en su conocimiento y su lectura, no carece de significado: de manera indirecta pero nítida da cuenta de la expedita y firme instauración de ese libro como una contribución sustantiva a la franja más perdurable y vigorosa de la poesía mexicana actual.[1]

Pronto señalo que, al usar esa denominación, me refiero no sólo a la poesía escrita por autores jóvenes o por mujeres (demarcaciones críticas, si lo son, al fin pasajeras y volátiles y tantas veces de efecto contrario al que persiguen quienes se sirven de ellas), sino al conjunto de la que es actual porque se lee, porque alguien en México o fuera del país sigue leyéndola y porque modifica a quienes la leen (sobre todo a los autores: lectores que escriben), da igual si esa poesía —esos poemas— fueron escritos esta mañana o anteayer, en este siglo o en el pasado.

El hecho tiene su novedad y debe asentarse: de una manera que hace tiempo no se daba en México en cuanto a la revelación y la unanimidad crítica que entraña (acaso desde 1981, con el mismo premio otorgado a Coral Bracho), Elisa Díaz Castelo se hizo con su libro un sitio en el grupo de los autores a quienes no se puede no leer, quienes establecen con una obra puntual un hito —piedra de toque, contraseña, árbol sombroso— a partir de ese momento imposible de no tener en cuenta al emprender un nuevo libro o la lectura (nueva o reiterada) de los libros precedentes y aun de los posteriores.[2]

Cuidándome, con todo, de no incurrir en la ligereza de llamar a El reino de lo lineal un clásico, o peor aún, un “clásico instantáneo” (al ser el de clásico un estatuto obtenido por acumulación de juicios y frecuentaciones en el tiempo largo), sí diré que lo considero poseedor de los rasgos necesarios para renovar en la relectura la admiración de quienes lo apreciaron al descubrirlo, para propiciar la de quienes lo leerán en el futuro, incluso para prevalecer ante el misreading y las consideraciones superficiales.

¿Y cuáles son, si nos quedamos con los más estrictos, los rasgos de los libros duraderos? Señalo tres que acuden a mi espíritu, seguidos de la prueba que me doy sobre su presencia en El reino de lo no lineal.

Uno. La idéntica consistencia de sus partes (versos y poemas) y del conjunto (el libro), su ensamblaje a la vez ajustado y flexible, por un lado para no derrumbarse ante la presión ejercida sobre su materia idiomática con la lectura repetida, y por el otro para admitir la reconfiguración incesante de los significados que nos entrega. En El reino de lo lineal veo la presencia de esa firmeza proteica en la patente imposibilidad de leerlo hoy mismo, a diez meses de su publicación, sólo y sobre todo como lo hicieron los jurados que lo premiaron (Lucía Rivadeneyra, Eduardo Casar y Balam Rodrigo), quienes además de su novedad (entiendo que expresiva), su unidad (entiendo que estructural y discursiva) y su emotividad, señalaron en el acta de premiación su destreza versificadora y su humor en el tratamiento del que llamaron su “tema central”: la vida y la muerte. Y no digo que el juicio de los jurados fuera errado o se haya vuelto irrelevante, ocurre sólo que a pocos meses de emitido ya es insuficiente.

Dos. La contextura ya esquinada, ya fragosa de tales libros, inaccesible a la descripción de primer intento, y reacia al sosiego de las definiciones concluyentes. Aquí la prueba de posesión es múltiple, pues el libro de Díaz Castelo participa sin forzar sus perfiles (nueva prueba de su plasticidad) en categorías de clasificación tan variadas que rozan la discordancia, y puede situarse en ámbitos discursivos que se dirían excluyentes.

Así, y sin ser exhaustivo el elenco, El reino de lo no lineal admite verse a la vez como la búsqueda científica de una verdad humana y poética (el sentido de estar vivos); como la búsqueda poética (no lineal) de una verdad científica (el origen de la vida, sus condiciones de prevalencia y cesación); como la bitácora de una relación amorosa que oscila entre la “vida” (la fugaz etapa de su plenitud) y la “muerte” (la ruptura y su eterno recuerdo) y cuyos vaivenes enuncia memorablemente Orfelia en sus diecisiete monólogos; como una exploración a la vez rigurosa y ritual, teatral y desencantada de los límites irrisorios del enciclopedismo, la psiquiatría, los diccionarios, los antidepresivos, la facultad de hablar y de pensar (de pensar hablando), del idioma y hasta del refranero; y aun como un ejercicio avezado de modulación verbal porque sí, porque la catarata palabral abrumaba la vigilia y los sueños de la autora y de alguna manera tenía que encauzarla para no ahogarse.

Y tres. La autoridad y fuerza de convicción de las palabras que componen tales libros, la aparente ausencia de titubeos al elegirlas y al precisar el orden que las gobierna; esa impresión de que el poema (el cuento, la novela virtuosa) estaban resueltos o concluidos antes de pasar a la página, de que se consumaron irremediablemente en la forma que vemos, sin que existiera otra manera de escribirlos.

Siendo ilusoria esa impresión, pues la forma percibida como inevitable (lo mismo ocurre en la pintura) procede siempre del artificio, en los poemas de Díaz Castelo el efecto de “fatalidad expresiva” se suscita y se afinca mediante la prueba más exigente: la lectura en voz alta, fuente en su caso de reiteradas ocasiones para el deleite eufónico y visual, intelectual y emotivo. En mi caso, fueron tan numerosas esas ocasiones de “gracia auditiva” que, al terminar el libro, me quedó una sensación parecida a la experiencia de la escucha de un disco predilecto en el que abundan las fórmulas felices que nos deleita repetir en cada track. Y eso si no nos vence la tentación de oír de nuevo el disco entero… en este caso de releer El reino de lo no lineal, tan propicio, además, a la lectura continuada y completa, dada su condición de letanía compacta, inencontrable en los libros (tan abundantes hoy) compuestos por agregación de poemas sueltos.

¿Y cómo opera esa engañosa naturalidad expresiva? Basta dar un ejemplo.

Se abre el libro y, tras los epígrafes, nos recibe este verso: “Vine a morir un día de alta mar en Aruba”. Apenas leído, ya puede decirse que todo lo que se busca al leer un poema está ahí: vida y lenguaje puestos en tensión, la experiencia de un ser que va a morir o ya murió, que declara su determinación de no eludir la cita fatal y describe de un solo trazo (calor, mar, lejanía) la atmósfera imantada del escenario de su partida.

La percepción instantánea de tal exceso de sentido impone detenerse y, desde entonces ya, leer de nuevo esa primera línea, la cual ahora (¿o fue antes de comprender?), más que a la inteligencia colma al único sentido que no yerra ni funda su razón en silogismos: el oído. Con la segunda lectura del verso se percibe con nitidez la acerada unidad de un alejandrino, fundada en el terso enlace de dos hemistiquios transparentes: “Vine a morir un día / de alta mar en Aruba”. La línea siguiente dice: “con las aletas y el esnórquel puesto”, y el oído lo sabe: es un endecasílabo. A partir de ese punto, más que leer, oímos una serie alternada de versos de semejante medida y sonoridad que culmina en un primer cierre estrófico (“Y hasta mi nombre, Celso, / se me ha salado un poco”), fijo de golpe en la memoria gracias a la justeza con que esos heptasílabos cercanos a la prosa afinan los ecos vallejianos —buscados o inconscientes, mas no impostados— oídos en este poema y en otros lugares.

A partir de ese momento se opera en el lector un ajuste de expectativas. Olvida el nombre de la autora, su edad, la condición aureolada del libro; no se pregunta más cuánto y de qué manera lo que viene en seguida depende de sus lecturas científicas o fue “inspirado” por la consulta de Wikipedia y otros diccionarios, o por los testimonios de personas que tuvieron una “near-death experience” y la registraron en cierta página web (como indica la “Nota”).[3]

Si tales incidencias dejan de importar es porque pronto el lector comprende que un libro que así comienza y sigue hasta concluir no se logra mediante los procedimientos del collage, la imitación afortunada de tal o cual maestro o el pulimento en un taller literario, sino mediante los recursos insondables (precisamente) de la inspiración, no otra cosa que la búsqueda solitaria y lúcida, humilde y obstinada de un vocabulario, una tesitura y un modo expresivo.

(En cuanto escribo esto, caigo en la cuenta de que el propio nombre de la autora compone un heptasílabo de enunciación rauda y eufónica que funde el primer apellido en una sola sílaba [diás] sin distinguir las dos exigidas por la preceptiva [di-as]; me digo entonces que la inspección sonora, no tanto de ese verso inesperado como de El reino de lo no lineal en su conjunto, constituye la vía primordial para descubrir la clave de su procedimiento compositivo, aquí sólo esbozado: la modelación rítmica del verso y del poema.)

Como ya se dijo, El reino de lo no lineal (título que es alusión y encomio al reino de la poesía) puede ser leído de muchas maneras; hace falta añadir: de muchas, pero no de cualquier manera. La restricción, aquí, funge también como virtud y es la propia de los libros escritos no en aislamiento egoísta sino bajo una tradición, o frente a ella.

La de Elisa Díaz Castelo, por fortuna, es una tradición de tradiciones, un río caudal en que se funden las dicciones castellana e inglesa; el rigor y la irreverencia de Sor Juana y Emily Dickinson, entendidos por las tres como soltura y libertad, no como afrenta ni rencor;[4] internet y las acuñaciones populares; la prosa científica y el acervo grecolatino. De esa abundancia babélica está rayada la voz de Elisa, primera Eurídice a quien oigo hablar mexicano, voz fiel de cuántos Lázaros, Ofelia lúcida y moderna ante el Hamlet altanero y desquiciado de los premios literarios, del camino allanado y del fácil prestigio.

 

 

[1] Antes de El reino de lo no lineal, sólo había publicado Principia (FETA, 2018) y acaba de aparecer Proyecto Manhattan (Ediciones Antílope, 2021).

[2] Sin que eso modifique tal observación (más bien la refuerza), aparte hay que decir que la originalidad expresiva de Elisa Díaz Castelo fue advertida desde antes de la publicación de Principia y de El reino de lo no lineal con la aparición de sus poemas y sus traducciones del inglés en revistas y blogs (Este país, Revista de la UNAM, Letras Libres, Periódico de poesía), entusiasmo que vino a confirmar su primer libro.

[3] Viendo la forma tan certera en que Díaz Castelo se sirve de esas y otras fuentes y referencias —científicas y del acervo popular— hasta integrarlas a su río discursivo, me vino a la mente la soltura y (como hace también ella) el buen humor con que otra autora mexicana (ahora un tanto olvidada) se atrevió en sus días a practicar el difícil arte de la cita anunciada: Ulalume González de León, precisamente en un libro llamado Plagios (FCE, Letras mexicanas, 2001).

[4] ¿Y no es el “Primero sueño” uno de los modelos obvios del libro?