En (la) memoria de Hernán Valdés

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A cincuenta años del golpe de Estado militar del 11 de septiembre de 1973, la mayoría de los casi 1200 centros de detención existentes bajo la dictadura han desaparecido como si se hubiera tratado así de “blanquear” el paisaje y la memoria nacional. Villa Grimaldi, uno de los más emblemáticos centros de tortura de la capital, es hoy un parque de abedules y rosas. Una fotografía de Rocas de Santo Domingo, el anexo del campo de concentración Tejas Verdes, muestra un baldío de morbosa tierra parda y polvorienta, sembrada de tocones de cemento que semejan las columnas de un antiguo templo consagrado a la ignominia. En lo alto del cerro que domina la desembocadura del río Maipo se yergue un gigantesco crucifijo esculpido en 1942 por Domingo García Huidobro, hermano del poeta Vicente Huidobro. El Cristo parece acechar el segundo regimiento de ingenieros, cuna y escuela de la DINA fundada por Manuel Contreras. Allí, entre muchos otros, estuvo detenido y torturado Hernán Valdés del 14 de febrero hasta el 15 de marzo de 1974.

Hernán Valdés murió en la ciudad alemana de Kassel el 15 de febrero de 2023, es decir, casi cincuenta años después de su encarcelación en Tejas Verdes, como si su salida de este mundo hubiese buscado el olvido definitivo. Hay coincidencias que llamamos azar a falta de una mejor palabra, afirmaba Octavio Paz. Su casa de Kassel se situaba al pie de un cerro coronado por un Hércules mucho más pantagruélico que el enjuto Cristo del Maipo, dos figuras contrastadas en la mitología, en la memoria y la vida de Hernán Valdés. El parque que sube hasta los pies del Hércules alberga unas ruinas artificiales que fueron “construidas”, si así pudiera decirse, en el siglo de las Luces, y se reparten entre un bosque de inagotables verdes, cenáculos de rosas, cascadas y estanques de agua, y un castillo ocupado en una época por el legendario Jerôme Bonaparte. La construcción inició en 1696 y el parque hoy forma parte del Patrimonio de la Humanidad. Sin duda, para Hernán Valdés, durante los 30 años en que vivió en Kassel sin jamás regresar a Chile, la visión del parque habrá sido un remanso baudelairiano de belleza, armonía, paz y voluptuosidad. Así lo refrenda su poema “En el Parque de Wilhemshohe…”.

Las huellas físicas de la ignominia chilena van desvaneciéndose con el tiempo y la complicidad de algunos gobernantes, pero, por otro lado, ¿quién quiere recordar sempiternamente el envilecimiento y el dolor? Las víctimas tienen derecho a doblar la página, pero lo más a menudo no tienen elección: es imposible olvidar. Se gobierna la memoria, pero no el olvido. Hernán Valdés erigió con las palabras “un instrumento de denuncia permanente de aquella obscena brutalidad”, mucho más inexpugnable que los memoriales de piedra. “Este libro quiere presentarse también como un pequeño obstáculo para la puesta en marcha de tal olvido”, se propuso con modestia el escritor. Casi nunca hablaba acerca de ese periodo, porque todo lo había contado y reconstruido en Tejas Verdes.

Paradójicamente, más pasa el tiempo y más la reconstrucción de Tejas verdes transita hacia el reconocimiento de su dimensión literaria. Si el lector logra sobrepasar el estupor y el espanto que nacen ante el contenido del relato, entonces será capaz de fijarse en el arte narrativo de Hernán Valdés, que también es una condición para que la denuncia se vuelva perenne. Incluso cuando refiere las más atroces vejaciones, se palpa su maestría narrativa. Hernán Valdés escribió Tejas Verdes en pocas semanas, sin mayor elaboración formal, y “el libro dio la vuelta al mundo revelándolo a [él] como uno de los tantos ocasionales autores de literatura concentracionaria. Situación literaria de la que cuesta escapar”, asegura en el prólogo a la edición de 1978, haciendo eco a la condena de Primo Levi o Robert Antelme. Añade que su libro sólo pretendía un “alcance circunstancial”, “estaba dirigido a producir una reacción inmediata en el lector, a sublevarlo, a concitar su solidaridad con respecto a hechos concretos, antes de que nuevas cifras periodísticas con los mismos adjetivos cambiaran de suceso”. Hoy, a su circunstancia se ha sumado la decantación que el tiempo aporta a una obra de arte. Es verdad que sería una injusticia reducir el aporte literario de Hernán Valdés al impacto causado por la lectura de Tejas Verdes; escribió varias novelas y un puñado de poemas que, no obstante, a menudo rondan el mismo tema en otros tonos y formas distintas.

El hallazgo primordial de Tejas Verdes es haber elegido el presente como tiempo de la reconstrucción, aunque escribir este libro aspire a dejar la experiencia en el pasado. Un presente que se reactualiza en cada lectura y adquiere así un cariz de perpetuidad, además de contribuir a la ilusión de que todo está aconteciendo ante los ojos del lector tal una pesadilla de la que nunca despierta. Hernán Valdés deploraba que algunos lectores le hablaran de su “novela”, aunque admitía que “la escritura, por su propia naturaleza, transformaría la experiencia más directa fatalmente en una especie de ficción”. Es preciso luchar contra semejante propensión y recapacitar cada tanto a lo largo de la lectura como ante la pipa de Magritte: “Esto no es una ficción”. Por lo demás, los conocidos botines de dónde salen los dedos del pie en medio del desierto, el cuadro de Magritte que colgaba en el rellano del departamento de Hernán Valdés en Santiago, se antojan un augurio pictórico del futuro errante.

Hernán Valdés relata su detención entramando la historia privada y la pública –histórica y política–, porque en ambas esferas se trata de experiencias de rupturas, amorosas o amistosas, equiparables a la brusca cancelación del sueño de sociedad que significó la Unidad Popular. En la espera del primer interrogatorio, todavía en la capital, Hernán Valdés enfatiza el contraste entre la situación de excepción que está viviendo en los sótanos de la policía y la vida cotidiana que persiste afuera, en las calles de Santiago, en el verano que se antoja un insulto al frío y el escalofrío de los detenidos. “Hay dos países ahora –apunta Hernán Valdés–, y uno es subterráneo”. El contraste se acentuará en Tejas Verdes a causa de la contigüidad del campo de concentración con los veraneantes que gozan del sol y de la playa sin sospechar que, a unos cuantos metros, en el subterráneo de los oficiales, se tortura con pericia e impunidad.

En dos momentos de la reconstrucción, tal vez de manera no deliberada en el autor, la narración trae ecos de dos escritores que eran tutelares para Hernán Valdés: Kafka y Dostoievski. El checo se trasluce en las preguntas que no cesan de acudir a la mente del prisionero, minutos antes de su primer interrogatorio: ¿de qué lo acusan? ¿Por qué se encuentra allí, con las manos atadas, los ojos vendados, sentado día y noche en una silla, sin beber, sin comer, sin dormir? “Descubro que mi imaginación se halla bloqueada (…) Hay algo de metafísico o de sobrenatural en las circunstancias de esta comparecencia, y yo me siento muy solo y pequeño, puro objeto de culpa.” Las conjeturas insostenibles, las preguntas sin respuestas, se despeñan como en El Proceso de Kafka hasta caer en el pozo del gran absurdo.

Al mencionar a Kafka, debo abrir aquí un paréntesis. Meses antes de su muerte, Hernán Valdés acogió como suyo un proyecto de libro que yo no pude escribir. Se lo heredé casi como un desafío: “A ver si tú puedes reconstruir los días que Kafka pasó con Milena en Viena, acerca de los cuales nadie sabe nada”. Pese a su entusiasmo por el proyecto que lo sumió en la relectura de los diarios de Kafka y las cartas a Milena, la vida no le dejó el tiempo necesario para llevarlo a cabo. Necesitaba años para escribir sus novelas, a diferencia de Tejas Verdes que expulsó de él como una espina atravesada en la garganta, que le impedía respirar.

Dostoievski se hace presente a través de los últimos minutos previos a la ejecución por fusilamiento. El ruso había escapado a la muerte gracias a una orden de suspensión que llegó a último momento. Por su lado, Hernán Valdés relata cómo él se salvó:

Los guardas se pasean a nuestras espaldas, murmuran. Entonces sentimos el ruido metálico, inequívoco de la preparación de las armas. Vamos a morir así, tan estúpidamente… Nadie dice nada. Curiosamente, el miedo desaparece, recobro mi lucidez. Debo contar con muy poco tiempo y debo reordenarlo todo en mi cabeza. ¿es en mi cabeza?

Un caos de imágenes se precipita en su mente y el escritor recapitula:

Imagino el impacto en la espalda, el agujero. Ni siquiera concibo la posibilidad de dolor, debe ser efectivamente muy rápido. Los tipos parecen retroceder a sus posiciones. Los segundos pasan aún. Y lo peor es que a mi imaginación no acude nadie de quien despedirme. Nadie que se haga cómplice de esta despedida. Nadie que sepa, que me corresponda… (…) Una ráfaga de disparos percute en la habitación. (…) A nuestras espaldas estalla una carcajada general. Termino por entender”.

Poco a poco, la narración comienza a entrelazar el “yo” con un “nosotros” que apunta a uniformar la condición de los detenidos, a esbozar un semblante de comunidad solidaria. Durante el traslado a Tejas Verdes, los detenidos levantan sus antifaces y se miran: “qué extrañas apariencias nos descubrimos los unos a los otros”. El prójimo es el fiel y repulsivo espejo de uno mismo, a un tiempo objeto de compasión y de odio.

Detestamos nuestros temores, nuestros hedores, nuestros ruidos, nuestra hambre, las expresiones de angustia mil veces repetidas por lo que va a sucedernos (…) Nos peleamos por la comida, por el pan, nos robamos unos a otros las mejores frazadas. No nos gustan nuestras caras; la fealdad de las demás expresa demasiado claramente cuál debe ser la fealdad de la propia.

Nada es blanco o negro en Tejas Verdes; no se produce una idealización de lo vivido, menos aún una nostalgia por la conducta heroica, que prohíben la honestidad del testigo y el presente del relato. La ambigüedad gobierna la reconstitución de la vida cotidiana, como si pudiese haber una vida cotidiana en semejantes condiciones de sobrevivencia, así como una forma de solidaridad con una casi carencia de recursos. Hernán Valdés lo logra gracias a un empeño por pintar la degradación con detalle y precisión, por mostrar lo que le sucede al individuo reducido a un cuerpo, a las necesidades más inmediatas, a los sentidos que se homologan a los instintos de animales. Hay pasajes sumamente crudos, inconcebibles para quienes no los han vivido, que hieren la imaginación de los indemnes con una viveza también inconcebible. La degradación de los seres humanos, la misma que se instauró en los campos nazis, es el objetivo primordial de los torturadores. Un extraño pudor paraliza a la hora de reproducir las descripciones más denigrantes en las que Hernán Valdés ha invertido su talento narrativo. Es un raro e insospechado pudor que tal vez provenga de una negación a participar, aunque sea lejana y simbólicamente, en tan cruenta empresa de deshumanización.

Los torturadores, ya lo sabemos, son bestias que también actúan en el linde de la deshumanización. “Desde luego: los torturadores no se improvisan, se educan”, recuerda Hernán Valdés. ¿Qué sentimiento puede llevar a un hombre a anhelar semejante oficio? Es un misterio tan insondable como el mal. Asombran dos peticiones que los militares reiteran a los prisioneros: cantar y contar chistes. A veces un mal chiste puede causar la muerte. Asimismo, desconcierta que los interrogatorios empiecen indagando la vida sexual del prisionero antes de pasar a lo estrictamente político, lo cual traiciona un morbo que algo tendrá que ver con la crueldad.

Hernán Valdés nunca quiso regresar a Chile por temor a cruzarse de nuevo, en el metro, en la calle o donde fuera, con algunos de los antiguos torturadores. De los dos países coexistentes, sospechaba, uno había dejado de ser subterráneo y subsistía a pleno sol, ante los ojos de los que sabían y de los que ya no quieren saber nada del pasado. Es el mismo temor que he oído de boca de unos judíos refugiados en México a causa de la persecución nazi. Ignoro si alguna vez Hernán Valdés habrá reparado en la paradoja de haber encontrado en Alemania un amparo que, para otros de su condición, despertaba el mismo temor que él sentía con respecto a Chile.

El párrafo final de Tejas Verdes, cuando “liberan” a Hernán Valdés, arrojándolo de un camión frigorífico a orillas de un campo en las goteras de Santiago, me trajo el recuerdo de la obra de Diderot, Jacques el fatalista, revisitada por Milan Kundera bajo el título de Jacques y su amo. Hernán Valdés describe la acción:

Echo a andar, sin mirar por dónde ha ido el español, sin volverme para observar el camión, que ha partido en seguida, ando cada vez más rápidamente, sin mirar hacia atrás, sin ver a nadie, mareado por este espacio que hay hacia adelante –es una calle desconocida–, a toda prisa, reteniéndome para no correr y a la vez para no volver la cabeza hacia atrás.

En la obra teatral inspirada de Diderot, Jacques le pide a su amo que lo lleve hacia adelante y le asegura que le va a confiar “un gran secreto, una astucia inmemorial de la humanidad: Adelante es: hacia cualquier lado.” Hacia dónde se mire, siempre será adelante. El adelante de Hernán Valdés fue Kassel y, a ratos, una terraza malagueña desde donde se mira el Mediterráneo y el sol mezclado al mar, es decir, según Rimbaud, la eternidad donde seguramente ahora descansa.

 

 

Fabienne Bradu, CDMX, marzo 2023