Carlyle´s House de Virginia Woolf

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Estos escritos son como un ejercicio de cinco dedos para la futura excelencia. No es que sean desdeñables, son intensos, y con la directa y a veces brutal percepción, discernimiento, valoración meticulosa que uno espera de ella… pero momento: esa palabra valoración, no habrá. A Virginia Woolf le preocupaba mucho el refinamiento del gusto, de ella y de las personas: ‘Imagino que su gusto y cacumen no es muy bueno; cuando describe a la gente con la que se encuentra con frases manidas y adopta un punto de vista vulgar´ (´Miss Reeves´) Esta nota es tocada a menudo a lo largo de su trabajo, y debido a su insistencia uno tiene que recordar que esta mujer, de 28 años de edad, formó parte de una tonta broma pretendiendo ser una de las invitadas del Emperador de Etiopía en una visita a un barco de guerra británico; que ella y sus amigos recurrieron a palabras atrevidas que uno esperaría de niños de escuela que acabaran de descubrir las obscenidades; que algunas veces fue antisemita, capaz de referirse a su admirable y amante esposo como ´el judío´. Esto fue bastante más que el antisemitismo de su tiempo y de su clase. El bosquejo, ‘Los judíos y los tribunales de divorcio’ es un escrito desagradable. Pero luego recuerdas una similarmente escandalosa y alegre judía en Between the acts, descrita afectuosamente: a Woolf le gusta. Así que lo escrito aquí a menudo es de la Woolf que no se regenera, la de sus primeros escritos, y alguna gente podría argüir que habría sido mejor que no se descubrieran. No yo: siempre es instructivo ver la crudeza original de un escritor refinada y equilibrada en la madurez.

Nada de ese lote, los artistas de Bloomsbury, puede entenderse sin recordar que fueron el corazón y la esencia de la bohemia, cuyas actitudes han sido tan ampliamente adoptadas que es difícil ver lo enérgicamente que la bohemia se destacaba de su tiempo. Eran sensibles y amantes del arte, a diferencia de sus enemigos y opositores, la burda clase empresarial. E. M. Forster, buen amigo de Virginia Woolf, escribió Howard’s End en el que la batalla entre el Arte y los Wilcox se desata. De un lado, los defensores de la civilización, del otro, los filisteos, ‘los Wilcox’. Ser sensible y fino era pelear por la sobrevivencia de los valores reales y buenos, contra la burla, la incomprensión y, a menudo, la persecución real. Mucho de los bohemios genuinos o en ciernes eran aislados por indignados padres.

Pero no sólo eran ‘los Wilcox’, la vulgar e insensible clase media, el enemigo, también la gente trabajadora. El esnobismo de Woolf y sus amigos no parece ahora simplemente risible, sino nociva, una ignorancia estrecha. En Howard´s End, de Forster, dos jóvenes mujeres de la clase alta, al ver sufrir a una persona de la clase trabajadora, remarcan ‘Ellos no sienten como nosotros’. Igual que como yo oía decir a los blancos cuando notaban la miseria de los negros. ‘Ellos no son como nosotros, tienen la piel más gruesa.’

Con Woolf estamos enfrentados a un nudo, una maraña de odiosos prejuicios, algunos de su tiempo, algunos personales, y esto nos lleva de nuevo a su crítica literaria, la cual fue tan buena como nada escrito antes o después, y no obstante capaz de descomunales prejuicios, como la del fanático que sólo puede ver su propia verdad. La delicadeza y la sensibilidad en la escritura lo era todo y eso significaba que Arnold Bennett y escritores como él fueran no sólo antiguallas, la despreciada vieja generación, sino merecedores de oprobio y olvido. Woolf no se andaba por las ramas. La idea de que a alguien pudiera gustarle Arnold Bennett y Virginia Woolf, Woolf y James Joyce era imposible para ella. Esta polarización, desafortunadamente endémica en el mundo literario, siempre hace daño. Woolf hizo daño. Por décadas el arbitrario ukase dominó los elevados nichos de la crítica literaria. (Tal vez deberíamos preguntarnos ¿por qué la literatura es tan fácilmente influida por la opinión desmesurada?) Un buen escritor, Arnold Bennett, tuvo que ser rechazado, disculpado, y luego –más tarde– apasionadamente defendido, exactamente de la misma forma en que Woolf hace las cosas: el ataque o la apasionada defensa. Bennett: bueno; Woolf: mala. Pero pienso que el ácido se ha filtrado fuera de la confrontación.

Un filme reciente, The Hours, presenta a Woolf de un modo que seguramente hubiera asombrado a sus contemporáneos. Ella es la viva imagen de una sensible y sufriente dama novelista. ¿Dónde quedó la maliciosa, rencorosa, aguda mujer que de hecho fue? Y de boca sucia también, aunque con un acento de clase alta. Parece que la posteridad tiene que suavizar y hacer respetable, gentil y brillante, incapaz de ver que la rudeza, la destemplanza, la disconformidad pueden ser la fuente y nodriza de la creatividad. Era inevitable que Woolf acabara como una distinguida dama de las letras, aunque creo que ninguno de nosotros hubiera creído que pudiera ser representada por una bella y elegante joven que nunca ríe, cuyo permanente fruncimiento de su entrecejo muestra los profundos y difíciles pensamientos que la abordan. Buen Dios, la mujer disfrutó la vida cuando no estuvo enferma, le gustaban las fiestas, los amigos, los días de campo, las excursiones, los paseos. Cómo amamos a las víctimas femeninas, oh, cuánto las amamos.

Lo que Virginia Woolf hizo por la literatura fue experimentar toda su vida, intentando hacer de sus novelas redes que capturaran la más sutil verdad sobre la vida. Sus ‘estilos’ fueron intentos de usar su sensibilidad para hacer del vivir la ‘cubierte luminosa’ que ella insistía que era nuestra conciencia, no el continuo arrastrarse que ella veía en escrituras como la de Bennett.

A algunas personas les gusta un libro, a otras otro. Están aquellos que admiran The Waves, su más extremo experimento, que para mí es un fracaso, pero un fracaso valiente. Night and Day fue su novela más convencional, reconocida por el lector común, pero intentó ampliar y profundizar su forma. Desde su primera novela, The Voyage Out hasta la última, la inacabada Between the Acts –que para mí tiene el sello de la verdad: recuerdo párrafos enteros e incidentes de unas pocas palabras o líneas que parecen sostener la esencia de, digamos, la vejez, o el matrimonio, o como experimentas un cuadro muy querido—su vida de escritora fue una progresión de atrevidos experimentos. Y si nosotros no siempre pensamos bien de su progenie –algunos intentos de emularla han sido desafortunados— sin ella, sin James Joyce, (y ellos tienen en común más de lo que ninguno querría reconocer) nuestra literatura habría sido más pobre.

Ella es una escritora que alguna gente se complace en odiar. Es doloroso cuando alguien cuyo juicio respetas aparece con una perorata de disgusto, o incluso de odio, por Virginia Woolf. Siempre quiero discutir con ellos: pero cómo puedes no ver lo maravillosa que es… Para mí, sus dos grandes logros son Orlando, que siempre me hace reír, es un pequeño libro ingenioso, perfecto, como una gema; y To the Light House, que considero una de las mejores novelas en inglés. Sin embargo, la gente con el más delicado discernimiento no puede encontrar nada bueno que decir. Quiero pensar que seguramente no se trata de ‘las pésimas novelas de Virginia Woolf’, ‘el tonto Orlando’, sino más bien de ‘a mí no me gusta Orlando, a mí no me gusta To the Light House, a mí no me gusta Virginia Woolf.’ Después de todo, cuando gente con el mismo discernimiento que uno adora u odia el mismo libro, el más pequeño acto de modestia, el mínimo acto de respeto por la gran profesión de crítico literario debería ser ‘a mí no me gusta Woolf, pero es simplemente mi prejuicio.’

Otro problema con ella es que cuando no es asunto de una de sus logradas obras, está a menudo en un borde en que la clase de cuestiones que acechan en las más sombrías áreas de la vida está sin resolver. En esta colección (Caryle’s House and Others Sketches) hay un pequeño bosquejo llamado ‘A Modern Salon’, sobre Lady Ottoline Morrell, quien jugó un papel en la vida de muchos artistas y escritores de su tiempo, de D.H. Lawrence a Bertrand Russell. Nos alegra leer lo que Woolf piensa cuando muchos otros han expresado su opinión. Woolf la describe como una gran dama que ha llegado a sentir descontento por su propia clase y encontrado lo que buscaba en artistas y escritores. ‘Ellos la ven como un espíritu incorpóreo escapando de su mundo al aire puro.’ Y ‘Ella viene con extraños colores de un lugar lejano.’ Los aristócratas tenían, y en algunos lugares aún tienen, glamur, tenemos que reconocerlo, y aquí Woolf trata de analizar sus efectos en las ‘creaturas humildes’, pero hay algo desagradablemente delicado aquí; ella se esfuerza, sentencia tras sentencia, hasta que parece que está tratando de meter un alfiler en la cabeza de una mariposa. Había pocos aristócratas en el mundo bohemio de ese tiempo: es una lástima que Ottoline Morrell fuera esa extraña representante. Una patética mujer, nos parece ahora, tan generosa con su dinero y su hospitalidad con muchos de sus protégés, y traicionada y caricaturizada por varios de ellos. Ellos no salen muy bien librados de su colisión con el dinero y la aristocracia.

Es difícil para un escritor ser objetivo con otro que ha tenido tanta influencia –en mí, en otras escritoras. No sus estilos, sus experimentos, sus algunas veces inmoderados pronunciamientos, sino sencillamente su valentía, su ingenio, su habilidad para ver la situación de las mujeres sin amargura. Y sin embargo podía devolver el golpe. No había muchas escritoras cuando empezó a escribir, y tampoco cuando yo lo hice. Un indicio de sus confrontaciones se encuentra en su bosquejo de una visita a James Strachey y sus amigos de Cambridge. ‘Estaba consciente de que no sólo mis comentarios sino mi misma presencia era criticada. Ellos anhelaban la verdad y no creían que una mujer pudiera hablar de ella.’ Y luego la repentina picadura de la avispa. ‘Yo tenía que recordar que una no es totalmente madura a los 21 años.’

Pienso que una buena parte de su mordacidad se debía simplemente a que las mujeres escritoras no la tenían fácil, ocasionalmente tampoco ahora.

Todos quisiéramos que nuestros ídolos y nuestros modelos fueran perfectos; es una pena que ella fuera gruñona, esnob y todo lo demás, pero el amor se acepta con verrugas y todo. En sus mejores momentos fue una verdadera gran artista, pienso, y parte de la razón fue que ella estaba envuelta en el espíritu de “ellos anhelaban la verdad” –como sus amigos, y de hecho toda la bohemia.

Traducción de Sotirios Carcharias