Traducción y coincidencia

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Quisiera comenzar hablando del libro George Steiner: Lectura y catarsis, de Adolfo Castañón, como una traducción. La obra de Steiner es inconmensurable, no sólo por su amplitud, sino por su profundidad. Pensemos tan sólo en la riqueza sobrecogedora de referencias (unas explícitas, otras casi imperceptibles, como hace notar Adolfo Castañón). Castañón ha sido un traductor literal de Steiner, como sabemos, pero con la palabra me refiero a otra cosa. Una forma simplista de explicarlo es que nos sirve de guía por la obra de Steiner. La etimología de traducir es servir de guía de un lado a otro. Steiner ha tenido muchos lectores en español, es cierto, pero apenas unos pocos guías. Sin embargo, no es solamente esto lo que quiero decir. Traducir no es sólo regenerar el pensamiento en una lengua distinta. No sólo se trata de enriquecer la literatura en una lengua trayendo de otra ciertas ideas. La verdadera traducción no fluye en un solo sentido. Cuando verdaderamente se traduce, se enriquece el texto original.

Las formas originales del pensamiento son sometidas a rigores nuevos e inesperados, que van desde lo más visible, las tonalidades de un adjetivo, la fluidez de la sintaxis, hasta lo más secreto: el diálogo con otra tradición, en este caso, la tradición de la lengua española. Un pensamiento en el salto de la traducción queda libre, pero también desprotegido. Cuando un libro es traducido a otra lengua, un agua nueva invade los surcos, trayendo consigo su propia coloración y densidad, creando un juego de transparencias y movimientos. Las palabras separadas a lo largo de siglos por la ramificación lingüística se reencuentran, se producen extraños reflejos y nuevos cromatismos. Una mala traducción es una pérdida plomiza de la idea en la nada. Una traducción meramente aceptable es una especie de comercio que fluye en un solo sentido. Pero la verdadera traducción es la que no deja al original intacto. Adolfo Castañón, al traducir y comentar a Steiner, lo pone explícitamente a dialogar con Reyes, con Paz, con Borges, con Lezama Lima (los homólogos “lectores-biblioteca” de nuestra lengua), lo amplifica y completa.

En cierto modo, es como si el libro tratara de compensar el hecho de que el único pensador de habla hispana mencionado por Steiner (como observa Castañón) sea Ortega y Gasset. Lectura y catarsis muestra a Steiner como un profético detractor del estructuralismo y el post-estructuralismo (tendencias “epilogales”), se recuerda el escándalo de Alain Sokal y su falsa refutación de la gravedad, pero también se señala las críticas tempranas y análogas que hizo Tomás Segovia en Poética y profética, publicado en 1985. Cuando menciona el prólogo de Steiner a la Biblia hebrea también menciona y elogia el libro El Renacimiento y la otra España, de José C. Nieto. Ya que caemos en el tema hebreo, puede incluso introducir una cita del cubano José Kozer sobre esta tradición (“¿Qué es un buen judío? Un buen judío es aquel que lee. ¿Qué lee un buen judío? Un buen judío lee libros piadosos. ¿Qué es un libro piadoso? Todo buen libro y toda gran obra es un libro piadoso”). La magnitud de la herencia judía no se reduce, después de todo, a Europa y a la América anglosajona.

¿Y de qué sirven estos diálogos y paralelismos? ¿Son sólo colecciones de coincidencias? La coincidencia revela a menudo verdades escondidas, porque la coincidencia es la identidad sorpresiva, la identidad en la cual nuestra vista no se había detenido, o que nuestras certezas no habían explicado. La coincidencia es un sacudimiento de certezas. La etimología de “coincidencia” (influjo simultáneo de una misma fuerza sobre varias cosas) desentierra un mapa de causalidades ocultas, que nos hacen redescubrir el mundo en su esencia prelingüística, precientífica, en un silencio de totalidad que se confunde con lo divino. No se puede traducir sin rastrear coincidencias, porque en última instancia, la revelación del sentido constituye una especie de milagro, el sentido (la fuerza detrás de la coincidencia) parece precedernos.

Steiner, como hombre-biblioteca (seguiré usando la expresión de Adolfo Castañón), puede hallar las coincidencias en las páginas más distantes, y desocultar verdades tectónicas que de otro modo permanecerían ocultas. Pero es justamente eso lo que está haciendo Adolfo Castañón al traducir y comentar a Steiner. Refiriéndose a los libros de Steiner dice que en ellos “se advierte una respiración profunda que ya no es la del enciclopédico George Steiner, sino la de la cultura misma”. Lo mismo podría decirse de Lectura y catarsis: en sus páginas se siente la respiración de la cultura misma (la frase es bellísima, por cierto). Lo que hay detrás de todo esto es la vieja aunque siempre estremecedora idea de que nosotros no hablamos las palabras, sino que las palabras nos hablan. Somos nosotros sus instrumentos y sus creaciones.

El traductor Adolfo Castañón además hace dialogar las distintas ediciones de los libros de Steiner, señala en cuáles traducciones se ha omitido un texto, y se atreve a formular explicaciones que se adentran en los arabescos de cada cultura. No sólo permite la comunicación entre el español y el inglés, también añade el francés, explora los manantiales de sentido que entran al texto al exponerse al influjo de cada lengua. Es lo que hace, por ejemplo, al comentar la frase “lector impune” o “pasión impune”. A esto me refería cuando decía que de algún modo la traducción podía enriquecer al original. Con la traducción surgen (o más bien aparecen) coincidencias. La coincidencia, en este caso, entre Milton, Vita Sackiville-West, Esquilo y Valery Larbaud.

Lectura y catarsis es, desde esta perspectiva, una auténtica hazaña, cuyas contribuciones no se limitan en lo absoluto a nuestra lengua, y cuyas ideas guardan una universalidad alarmante. Adolfo Castañón propone una cultura que no esté en palacios de cristal ni en refugios antibombas: “sólo pude vivir ahí donde sobrevive y da voz a los sobrevivientes”, pero no desde la multiculturalidad hipócrita de moda en los Estados Unidos. Es curioso: George Steiner se preocupa por cómo las modas estadounidenses invaden casi sin resistencia Europa. Adolfo Castañón completa el triángulo al referirse a la invasión al mundo hispanoamericano. Pero no se trata aquí de un reacción nacionalista y conservadora. Para Steiner, como para Castañón, la cultura es (y ha sido siempre) un proceso dinámico de constante intercambio y evolución. Es justamente de eso de lo que carece la visión predominante que se tiene en Estados Unidos sobre la multiculturalidad. Para muchos estadounidenses que se creen arcángeles de la diversidad, hay una única cultura donde hay intercambio y evolución: la estadounidense. Las otras constituyen mundos estáticos, ya concluidos, que hay que condescendientemente segmentar, etiquetar y proteger, colocar en museos y en refugios de guerra (provocando esterilidad y desarraigo). El peligro del que se alerta es que se trate de imitar no las indiscutibles virtudes o progresos que ha hecho en ciertos aspectos la sociedad estadounidense, sino sus defectos, de manera pasiva e irreflexiva. Este es uno de los diálogos más fructíferos que pueden tener hoy día las sociedades hispanoamericanas y europeas, y se está dando aquí, en las páginas de Lectura y catarsis.

La visión de la Torre de Babel (una “torre de letras”) recorre el libro y adquiere dimensiones diversas. Una de ellas estaría muy relacionada con lo que hablábamos anteriormente. Adolfo Castañón reinterpreta el mito bíblico de la siguiente manera: “el mito de Babel no representa un estigma y un castigo, sino una bendición y una promesa de pluralidad y tolerancia”. El pueblo asirio-babilonio intentó alcanzar el absoluto celeste mediante la uniformización del lenguaje, mediante el sello de una única imagen para el mundo, y fracasó. Otra de las dimensiones de la torre de letras es la que opone altura y profundidad, posibilidad y acumulación, futuro y pasado. Debajo de la torre que pretende alcanzar el cielo hay un pozo, cuyo fondo se pierde en la zona que hemos llamado prehistoria. Es curioso, por cierto, que la ciencia haya creado períodos geológicos para segmentar la prehistoria, y haya terminado por crear la era precámbrica, la prehistoria de la prehistoria, cuando historia de la evolución de las especies ya no puede ser contada sin titubear. En nuestro pensamiento está la pulsión de milenios, tal vez de eones de cultura acumulada, primero a través del aire, a través de la oralidad (todavía algunos pueblos se comunican usando silbidos en el bosque), luego a través del lenguaje escrito, cuya supervivencia al fuego, la humedad y los insectos constituía una rareza. A través de lo que escribimos, leemos y pensamos hablan los plasmas elementales de mundos borrados por la noche: hay ecos arquitectónicos del pozo en la torre de letras. Algún día, como sucedió con las calles venecianas, lo que está ahora en la superficie yacerá sumergido. Algún día nosotros, los muertos, hablaremos a través de los vivos. En un tiempo donde la memoria escrita se acumula incesantemente, donde da la impresión de que en unos pocos años se agotarán las combinaciones posibles, y ya no habrá inicios nuevos, donde acecha el fantasma de la Biblioteca de Babel borgiana (que nos dice que una biblioteca donde están todos los libros no hay ninguno), ninguno de estos temas podría ser más urgente. Y Adolfo Castañón ofrece ante ellos una esperanza de catarsis.

No quisiera extenderme más. Ha sido un verdadero placer participar, aunque de un modo muy humilde, en la traducción y en la coincidencia. Muchas gracias.

 

NOTA: Este texto fue leído durante la presentación del libro George Steiner: Lectura y catarsis, de Adolfo Castañón, en la Librería Bonilla, el 6 de diciembre de 2022, a las 6 de la tarde.