Álvaro Enrigue. Lo que pudo haber sido

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Álvaro Enrigue, Tu sueño imperios han sido, Anagrama, Barcelona, 2022, 224 pp.

 

Y los hijos de Aarón le trajeron la sangre; y él mojó su dedo en la sangre, y puso de ella sobre los cuernos del altar, y derramó el resto de la sangre al pie del altar. E hizo arder sobre el altar la grosura con los riñones y la grosura del hígado de la expiación, como Jehová lo había mandado a Moisés.

Levítico 9: 9-10

 

¿Habrá habido pestilencia en el tabernáculo de reunión y sus alrededores tras los sacrificios para la expiación de pecados narrados en el Antiguo Testamento? ¿Es posible que los humores de Moisés, Aarón y su descendencia sacerdotal fueran tan repugnantes como los de la casta consagrada a las ofrendas en Tenoxtitlan? El relato judeocristiano alude al olor grato que llega a Jehová cuando su grey por medio de los sacerdotes le ofrece sacrificios, pero no dice nada sobre el que debía de haber quedado por la sangre derramada de reses, aves y otros animales.

Álvaro Enrigue (Guadalajara, 1969) despliega en Tu sueño imperios han sido (Anagrama, 2022) un ejercicio de imaginación que involucra inicialmente el olfato, para percibir tanto el aroma de las viandas preparadas para un encuentro crucial como el de la pestilencia de la sudoración del séquito de Hernán Cortés y la sangre cuajada en la ropa de los sacerdotes del imperio tenochca. Tal encuentro acontece el 8 de noviembre de 1519, fecha de la audiencia de Cortés con el emperador Moctezuma en el palacio de la gran Tenoxtitlan, y es el marco de un mundo plagado de tragedia, con ironía y humor, de lo que pudo haber sido y no fue. O sí fue, pero sólo en este relato.

La puerta de entrada a ese mundo son las primeras tres páginas, fundamentales porque forman parte de la ficción. Ingresamos a esta a través una nota a la editora del texto entre manos, cuyo objetivo es advertir sobre la estrategia en el despliegue siguiente, pero también sobre este “autor” valemadrista con la pureza y obsesionado con la corrección, con plena conciencia de la importancia de las palabras porque ellas, “además de significar y señalar, invocan”. Y ahí está el juego; ahí empieza el relato: qué podría importarnos, en qué podríamos poner atención.

La novela narra el encuentro entre dos políticos en época de conquista. Se pone interesante cuando de inmediato conocemos que, de hecho, son espíritus bastante conocidos, convocados para desempeñar papeles escritos de otra forma en esta historia de poder, ambición, obsesión y protocolos, de estira y afloja, de diplomacia y labia. No obstante, el texto presenta varios planos; me acercaré a dos que me han interesado.

El primero es que el autor no sólo invoca el relato bíblico de manera directa cuando Cortés intenta evangelizar a Moctezuma, sino que lo hace a través de la actitud de los jóvenes presuntamente más sabios que los viejos con sus nuevas tácticas políticas (ver el pasaje bíblico de Roboam, hijo de Salomón y responsable de la separación de los reinos de Judá e Israel, al atender a sus jóvenes e inexpertos consejeros y desestimar a los viejos). El Moctezuma de Enrigue, pese a males propios –“[a] partir de cierta edad, los descendientes del rey Acamapichtli se atarugaban un poco, les daban miedos y melancolías”–, ostenta la soberbia de un emperador, lo que termina por darle un giro más a este relato.

En esto, fondo y forma importan. En cuanto a la forma, en la novela queda claro que la urbanidad admirada en muchos lugares no fue entendida por estos españoles visitantes. Frases como “mi casa es su casa” o “bienvenido a tu ciudad y tu reino, está a tu disposición y la del rey todopoderoso que te envió”, son tomadas de manera literal. No en vano sonreímos ante los problemas de comprensión de Cortés quien, pese a su apellido, poco parece entender de cortesías. No que le faltara inteligencia o astucia, pero digamos que las tenía en sus estándares. Incluso asume que en su segundo encuentro con Moctezuma todos estarían sentados. La entrevista pronto impone otros términos, donde es desvelada la ausencia de, digamos, traslación cultural. Por cierto, la traducción como tema no es menor: Malinalli y Gerónimo de Aguilar resultan clave, pero también Jazmín Caldera, tercero al mando de la expedición que, a su manera y lúcido como es, logra traducir este mundo nuevo.

Quizá la conquista fuera cuestión de malentendidos: ¿se imaginan, una civilización acabada por malentendidos! En todo caso, el narrador temprano reconoce, “Si hay algo en lo que españoles y mexicanos siempre han estado de acuerdo es en que cualquiera sabe más del arte de gobernar que el gobierno”.

El segundo plano reside en las obsesiones de Enrigue. El tema prehispánico y las crónicas de Indias explorados en libros previos, pero también el engranaje de sus historias y de estas con lo que le importa, la literatura y la lengua. Menuda justicia haría en señalar que el autor se vale de procedimientos metaficcionales –ni hablar del giro autobiográfico, bastante descalificado en estos tiempos por quienes lo consideran la exposición de una intimidad inofensiva–, pero es la forma más sencilla de describirla, destacando que dadas tales obsesiones resulta un texto pulido y vemos un registro funcional a la empresa, legible y, además, divertido. Cínico, si quieren.

Podríamos disentir sobre el logro del autor en su tarea, sobre la historia que pudo haber sido, pero convendremos en que, conociendo los acontecimientos históricos “propiamente” registrados, ha abierto posibilidades diversas valiéndose de la lengua y, a causa de ello, nos permite imaginar, soñar.

Me parece, por lo anterior, que Enrigue no es indiferente al mundo que habita ni está desconectado de él. Porque si bien Tu sueño imperios han sido es la reinvención de un momento axial en la historia, no abandera mensajes ideológicos aunque tenga sus posturas. Para evitar rodeos: es un texto marcado por el ritmo, gracias también a la brevedad de sus apartados, deudor de otros libros y personas. Por eso es que somos capaces de encontrarle más fondos, más lecturas y más conexiones literarias. A estas alturas ya debíamos de haber aprendido la lección: el autor nunca trabaja en soledad. Ésta como otras de sus novelas, expone el linaje del propio Enrigue, mucho más allá de las deudas con los textos revelados en la sección “Atribuciones” (Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Margo Glantz, Martín Luis Guzmán, Jorge Luis Borges, Bernal Díaz del Castillo, Miguel León Portilla y Eduardo Matos Moctezuma, entre otros).

 

 

Nota bene

No es que sea un texto exclusivo para mexicanos –ya veremos sus traducciones–, pero me gusta pensar que cabe un goce distinto en quien haya pisado esta tierra y probado sus platillos. Quisiera pensar que hay un código que entra por las papilas gustativas, capaz de provocar placer al sentir el chocolate y el chile y los moles y los insectos y todo lo que esto invoca. Despreciamos la pestilencia de las alcantarillas citadinas, pero con fuerza proporcional nos sometemos al aroma de una tortilla recién hecha. Cada país tendrá sus motivos para sucumbir, aquí encontramos algunos de los nuestros: tacos de chapulines en salsa de aguacate –“la cabeza inclinada y el taco en el aire”–, caldo de guajolote con flores, pipián, salsa de jitomate, tostadas, pulque, chocolate, vainilla, mamey, papaya, guayaba, zapote, pápalo –cada cual sus gustos–, nogada y, para rematar, tabaco.