Malú Huacuja del Toro, Las razones menos pensadas
Malpaso y compañía (col. Salto de Página), 2025
140 pp.
Marcos Lozano tiene 28 años. Es demasiado joven para ser un demiurgo y algo viejo para ser un pícaro; sin embargo, comparte muchas más características con cualquier protagonista del género de la picaresca tradicional de lo que se piensa. Aunque parezca arriesgado plantear que Las razones menos pensadas sea una novela tan cercana al género que nació hacia mediados del siglo XVI, con figuras tan entrañables como el Lazarillo, el Guzmán de Alfarache o el Buscón, hay rasgos muy precisos que clasificarían a su personaje central como un pícaro moderno, o mejor, posmoderno, aun cuando ninguna historia o estudio literario hayan decretado la extinción del género o los límites de edad para ser parte de esa casta voluntariosa, temeraria y de reconocida malicia del pícaro; tierno y cínico, si se quiere, pero que no por eso renuncia a vivir bajo ciertas normas (sus normas) éticas. Pero hay más coincidencias: si la novela picaresca se movió durante cinco siglos en el ámbito realista, satírico y cómico, pero fundamentalmente en el de la crítica social, el siglo XXI le da, sin duda, material suficiente y de primera mano para seguir ejerciendo su feroz mordacidad.
Cabría aquí, para efectos comparativos —o anecdóticos, si se prefiere—, insertar una afortunada correspondencia estilística del género separada por siglos y cuya referencia obvia dejo por el momento al lector: “Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre…”. “Nací en los años previos al Primer Estallamiento Realista. Mis padres son mucho mayores que los de todos mis amigos de mi generación, lo cual resulta extrañamente divertido. Ellos lucharon por la liberación de la comunidad homobitransexual, como le dicen mis viejitos…”.
A primera y muy resumida vista, Las razones menos pensadas podría caracterizarse como una novela “posapocalíptica”, cercana a cierta ficcionalización futurista —aunque deliberadamente alejada de la ficción especulativa—, con los atributos finos de la sátira política que nos ha prodigado la autora en sus otras novelas, con la crítica implacable a la moral familiar y la “corrección política”, no sólo en el ámbito de las disquisiciones ideológicas, sino en el de los avatares del lenguaje; la posmodernidad ha dado origen a una “disverdad” cuyos retruécanos trascienden toda lógica y se mimetizan a la sombra de la manipulación propagandística. El Estado ha llevado sus instrumentos de dominio y sujeción hasta un delirio orwelliano que conduce la existencia de la población civil desde pantallas y aplicaciones. Pero dentro de toda esa expectación caótica, donde la vida se ha reorganizado para engordar exclusivamente al Poder, pareciera que sólo el extenso mapa del género, el amor y el sexo se ha salvado de ser consumido, pese a la entrada en escena de nuevos virus mediáticos y moralizantes (infiltrados en el organismo de las sociedades contemporáneas) y de la sustitución de la persona humana (no es una redundancia; la psicología clínica reconoce el término) por un “pin” de usuario.
El desarrollo de una “aplicación prohibida” (la Yocastlé), por parte de Marcos y Arkadio (dos pícaros modernos), se constituye pronto en una piedra en el zapato del sistema, al revelar “el secreto individual que sostiene al mundo humano depredando, sobrepoblando y existiendo de esta manera: las razones o, mejor dicho, las sinrazones y pulsiones absurdas que hacen que tus padres te den origen” (p. 31); es decir, el cuestionamiento más allá de toda ontología, ya no del por qué, para qué o a qué vinimos al mundo, sino del “cómo”. El resultado es de esperarse: se sacuden los cimientos del Estado, en tanto promotor de la sujeción moral y propietario de la violencia social, así como de la religión y su institución más preciada, la familia patriarcal. No es gratuito el nombre de la aplicación; la comunión de dos “pilares sagrados del comercio y las instituciones” (p. 29), Yocasta y Nestlé, es, más allá de un referente a la construcción psicoanalítica freudiana y, por supuesto, a la tragedia edípica de Sófocles, un acercamiento —a mi parecer— más profundo a las relaciones de control social que el “familiarismo” refuerza en las estructuras capitalistas y en las sociedades de consumo, planteado por Deleuze y Guattari en El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia.
Asimismo, en Las razones menos pensadas, la primacía de la estructura familiar y sus roles sociales normativos se propagan a la manera de una nueva patología que invade las historias “íntimas” de los personajes, ayudándolos a redescubrirse a veces, desvelando las mentiras de sus biografías en otras. Pronto la Yocastlé (y su derivada Stupigesta) es “utilizada” para algo más que acceder a la información particular de “las razones” y circunstancias de la gestación, o para “mostrar la sinrazón humana”; la industria tecnológica y las facciones políticas empiezan a ver en la nueva aplicación un instrumento eficaz para mantener el statu quo y perpetuar las relaciones de poder existentes. Lo cual, como sabemos, ya no entra en los terrenos de la ficción especulativa o la narración posapocalíptica, sino en el de nuestra temida realidad: “Mientras más escabrosa la información generada por los algoritmos, más preguntas, más interacción, más reseñas, más botones pulsados y más nuevos clientes” (p. 33). Volviendo a las tesis de Deleuze y Guattari, el “familiarismo” echa a andar, desde su microcosmos, un torrente de mecanismos de control social y dependencia económica expresados en el consumismo y el conformismo político.
Ya entendiendo que esta novela no pretende asumirse con un talante “futurista”, pese a su disección minuciosa del entorno tecnológico e informático de la aldea global, podemos arriesgar que el planteamiento narrativo de Huacuja del Toro va en sentido más bien contrario; el de una suerte de hiperrealismo literario (que bien podría ser pariente cercano de la novela naturalista, con la dulce ironía y el ácido humor de Maupassant y Goncourt), cuya percepción estética no pretende reflejar ni retratar la realidad, sino cavar en ella hasta el fondo, desmontar sus capas y exponer los materiales y residuos que intoxican la condición humana y la convierten en una masa acrítica y fanática, pendiente permanentemente de una pantalla, de una reacción, de una cifra… Una novela así, con el rigor de atisbar y hurgar entre los absurdos del “contrato social”, la perversidad religiosa y la podredumbre de las instituciones que perpetúan el sistema, que “patologizan” el control político y religioso, tenía que ser obligadamente antidogmática y antipropagandista; exponer en lugar de pontificar, subvertir en lugar de ideologizar. Y ahí es donde Las razones menos pensadas potencializa, sin duda, los dones de su mordacidad y sus atributos literarios.
(Intermedio para discutir: es indudable que las etiquetas estorban en lo literario. Quiero pensar que las razones para calificar, de manera general y no siempre precisa, la obra literaria de Malú Huacuja del Toro como exponente del fenómeno “contracultural”, tiene que ver también con el hecho de que, bien mirada, la esencia de la picaresca moderna trascendió hasta algunos libros clave de la nunca acertadamente llamada literatura “de la Onda” en México —con José Agustín y Gustavo Sáinz en sus pasos iniciales, y quizá continuada hasta años después con el Palinuro de Fernando del Paso—; razón que tampoco sería suficiente para englobar esas obras en dicho membrete, sobre todo cuando hemos sido testigos de cómo la modernidad ha querido despojar siempre a “lo contracultural” de su carácter subversivo, sea a través de la banalización comercial o la deglución de la industria editorial. Etiquetas —decía al inicio— que sobran, que dificultan a veces juzgar con miras amplias algunas obras esenciales de la narrativa mexicana).
Si algo ha caracterizado la escritura de Huacuja del Toro es la minuciosa elaboración de sus procedimientos y estructuras narrativas desde sus obras iniciales; hay una aparente “naturalidad” en el modo de narrar que no apunta a la grandilocuencia ni lo pretencioso, pero que, en la inmersión de la lectura, deja ver la inteligencia con que ordena y prioriza los materiales de la trama. Particularmente en esta novela, la autora entrevera distintas capas de intensidad en el relato que se orientan deliberadamente por un principio de fragmentación (capítulos cortos, diálogos concisos, escenas breves, historias seccionadas), pero que en conjunto constituyen una estrategia totalizante, donde la unidad es el fin y el principio. Aquí, por ejemplo, Malú Huacuja echa mano de un método de narrar catequístico (en voz de Marcos Lozano) para pormenorizar las consecuencias de la represión secular por medio del pecado y las justificaciones sociales de la nueva aplicación: “Por supuesto que yo quedé fascinado con su nueva tarea. Consistía en clasificar las siete peores razones para tener hijos, y que, según los historiales acumulados por la Yocastlé, generaban a los niños y adultos que podían contarse entre los más mal educados, más socialmente irresponsables, peligrosos, criminales o todo eso junto.” […] “Y Arkadio y yo íbamos a fusionarnos como el encargado de semejante engendro, que no solamente atentaba contra la santidad social de la maternidad y desmitificaba los necesarios lugares comunes, y los lazos de unidad familiar, sino cuyos resultados demostraron tener mayor eficacia que la píldora anticonceptiva” (p. 35). Así, a nivel estructural —de la ira a la envidia, más los otros cinco “pecados” acumulados entre ambos—, los capítulos siguientes van ensamblando con ejemplos de nuestra realidad social y política, un discurso narrativo a todas luces disruptivo.
Finalmente, como en novelas anteriores, la autora nos ha otorgado claves y guiños para reconocer los rostros y los nombres de personajes de las esferas políticas, empresariales y literarias, y de congregaciones fanáticas (cuyas siglas cobijan por igual a distintas organizaciones partidistas, religiosas y criminales), que siguen haciendo labor de zapa para hundir lo que resta de nuestro entorno por su desaforada e inmoral ambición…
Pasando por alto lo chocante del adverbio, es claro que lo que se narra a futuro en esta novela está sucediendo: la exposición de la privacidad, el espionaje cibernético, la manipulación genética, el cambio climático, la escasez de agua y alimentos… Y aquí es donde aparece la ineludible paradoja de nuestro tiempo: el futuro nos alcanzó, rebasó y sacó la lengua antes de que nosotros llegáramos jubilosos e ingenuos a él. Pero hay otra noticia que también nos quiere dar la autora: la única redención posible, la razón mejor pensada, es la subversión ética mediante el ejercicio del libre albedrío. También eso nos sigue enseñando la Historia.























