Dolores Dorantes. Del margen al centro

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Cuando nos enfrentamos a un libro como Copia, nuestra primera reacción, casi un acto reflejo, es juzgarlo según sus ideas, determinar su valor en función de nuestro acuerdo o desacuerdo con él. Es razonable: las referencias a temas como el narco, los feminicidios, las desapariciones en México y la torre (una figura al estilo del Gran Hermano, que somete y homogeniza), indican que Dorantes le da mucho peso a la dimensión, digamos, social; fue, si no su base, al menos una motivación. Lo que puede llevarnos a restar importancia a las ideas es la forma en que se presentan. Copia se dice poesía, pero sus textos no parecen poemas: no hay versos, estrofas ni musicalidad. Si, en cambio, decidimos verlos como prosa, surgen dos cuestiones: la escasa destreza de la autora y/o la editorial al clasificar sus publicaciones, y la oscuridad del mensaje.

Supongamos que es un texto con fines sociales. El problema, entonces, es que cuesta trabajo entenderlo; el objetivo es desplazado y, en vez de cerrar el libro pensando que debemos hacer ciertas cosas para mejorar ciertas situaciones, lo cerramos tratando de descifrar un enigma. Nos quedamos con la pregunta “¿qué significa esto?”, tan común al enfrentar algo que no entendemos. Vale la pena resaltar que dicha complejidad no es un defecto per se (hay quienes la desprecian y quienes la disfrutan). Lo único que podemos decir con certeza es que constituye el texto, es deliberada. Independientemente de si pensamos que sus textos son poesía, sería tonto –por no decir ingenuo– tachar a Dorantes de inexperta o, de plano, mala escritora. Ahora bien, diríase que eso no justifica la complejidad, pues sus temas son urgentes y atañen a muchas personas, sobre todo en México. Sería un error, en ese sentido, ser tan poco clara si lo que buscara es denunciar.

Pero también está la forma. Aun si la consideramos una cuestión más bien técnica, no está divorciada de la dimensión ideológica. Forma e ideas se complementan, modifican nuestra percepción de cada una, y la lectura que favorezca cualquiera de las dos es una lectura incompleta. El poemario de Dorantes es, en efecto, difícil de entender, pero encontramos patrones: cada sección empieza con la foto de una página de diccionario con entradas bajo el prefijo “des”; luego, epígrafes de Ariel Vercelli –ahora sí en prosa que parece prosa–, que funcionan como una explicación más clara y directa de algunas ideas del libro; después, el desglose de esas ideas en un texto más largo que presenta, en realidad, muchas ideas de manera explosiva (“Sin ser auténtico. Sin confrontación. Odiarse. Que busca una ideología del deber”); finalmente, varios fragmentos breves, casi en el margen de las páginas y con un interlineado más grande, que juegan con algunos conceptos y resaltan palabras o sintagmas en negritas.

Confiemos en la solapa: Copia es poesía o algo parecido. No es musical ni hay versificación, pero debemos recordar lo que esos elementos, por lo general, representaban en una poesía tradicional (la que suele verse y sentirse como poesía): un aprovechamiento de las posibilidades del lenguaje. Dorantes lleva esa estrategia por otro rumbo, y es que al momento de usar el lenguaje podemos también tergiversarlo, romperlo, transformarlo. En este libro el lenguaje es raro por mecánico y desorganizado. Las frases cortas, la parquedad extrema y las distintas formas en que, sobre todo por la puntuación, puede leerse un solo fragmento, provocan una exasperación que nos lleva a avanzar cada vez más lento. Me refiero a frases como: “Escapar de la percepción empática. De la compasión. Si ese fuera el caso. Vale decir. La percepción empática debe desaparecer” o “Tú. Finalmente. Yo. Rompiendo el corcho de la colmena para sacar la miel. En trabajosa construcción. Finalmente. La vida”. Siempre como una computadora, algo o alguien con un manejo limitado del lenguaje, fuera por su naturaleza o porque otro algo u otro alguien lo redujo al extremo.

En ese sentido, podemos ubicar a Dorantes en la corriente, más o menos reciente, de la necroescritura. En Los muertos indóciles, Rivera Garza la define como “ciertos procesos de escritura eminentemente dialógicos, es decir, aquellos en los que el imperio de la autoría, en tanto productora de sentido, se ha desplazado de manera radical de la unicidad del autor hacia la función del lector, quien, en lugar de apropiarse del material del mundo que es el otro, se desapropia”. La escritura es un trabajo colectivo: alguien escribe y, al hacerlo, está reescribiendo; otros, los lectores, también reescriben aunque luego no escriban un texto. La originalidad es un mito, los escritores están en constante diálogo con otras personas, otras épocas y otras circunstancias. La muerte del autor cobra sentido.

De ahí la importancia que le da Dorantes al trabajo colaborativo, con lo cual se explica la mayor anomalía del poemario: las páginas finales. Luego del último texto al margen (“Interrumpir el sueño. Hacer que uno vuelva sobre sí”) encontramos una foto de la palabra σοφία (sofía) seguida de lo que parece una bibliografía con 19 nombres, el URL al Weblog de Vercelli y una nota al pie aclarando que fue el mismo Vercelli quien, pese a no haber hallado una relación etimológica, proporcionó la foto del término griego por la similitud visual con la palabra “copia”. Hay que trabajar con el texto, con lo que uno entiende, con lo que uno reescribe, y en esa página final parece asomar una aclaración. ¿Por qué, luego de casi ochenta páginas intencionalmente confusas? Por la forma del texto y el mundo que representa. Llama la atención que esa última parte, la única de lenguaje más o menos claro, sea también la más técnica. Dorantes ya no está hablando de la torre ni de los procesos de copia en los que todos participamos, que no son la realidad sino sus reflejos; está hablando de la realidad que es el texto, sus procesos, su complejidad, sus inconvenientes y contratiempos. Está explicando, en fin, el mecanismo, luego de habernos confundido al hablar de otros mecanismos.

Uno de los primeros textos al margen resalta y repite que “Hacer es deshacer”. Más allá de los distintos significados, la frase funciona como insignia para uno de los mayores logros de Copia. Dorantes hace: escribe, repite lo que otros hacen, lo que otros dicen y se repite ella misma en el texto; con ello, sin embargo, deshace el lenguaje y sus sentidos comunes. Tal proceso no es gratuito. Una de los modos de copia que más se critica en el libro es el que se despliega ante la tragedia. Repetimos condolencias, fotografías, indignaciones, hashtags, empatías, sin llegar al fondo de ningún asunto, sin pensar más allá de lo que dicen la nota de periódico o el tuit, y el asunto mismo se queda igual, se copia. Lo que comunicamos, a la larga, es vacío; lo mismo con nosotros, los comunicadores: “La fuerza de la naturaleza, bajo presión social, que busca con la boca” y, más adelante, “Te sientes gratificado, porque habla tu corazón. Comunicar. Tu corazón que busca con la boca”.

Así es como el lenguaje termina siendo usado por el poder: “Este eres tú. Desde la cerradura violada de tu propio lenguaje. Arrancar. La lengua, la boca, la estructura”. Los procesos de copia –que son los lugares comunes, frases hechas, incluso ciertos tonos de voz– funcionan para mantener todo como está. Cuando se quiere controlar a alguien, se empieza por el lenguaje, que define nuestro pensamiento y es el medio por el que entendemos la realidad.

Pero si cierto enunciado se vuelve un instrumento para homogeneizar, es por un impacto inicial: alguien lo escuchó, le pareció eficaz o al menos fácil, transformó su manera de ver las cosas o la confirmó, y lo repitió hasta vaciarlo. Y así como los lugares comunes partieron de significar algo, podemos encontrar nuevas frases, nuevas combinaciones de palabras en distintos contextos, que nos alejen de ellos. Entonces el lenguaje puede ser, también, un modo de liberación: “El vacío da la apariencia de sentir. Di que eres una nube que se desplaza sobre esta resignificación. Uno construye el tiempo. Di que durante tu desplazamiento encontraste el lugar donde dejar la marca y la escritura. Manifestarse. Uno construye su significancia”. Uno, no la estructura (la torre), intenta construir su significancia. La escritura es una marca a través de la que nos manifestamos más allá de la copia.

Con todos estos méritos, sin embargo, aparecen también las principales inconsistencias del libro. La primera es la más evidente: hay un nombre en la portada. Pese al programa de las necroescrituras por desapropiar los textos, terminan siendo parte de un sistema donde la autoría es requisito. El lector sabe que está leyendo a Dorantes, sus ideas, su técnica; participa en la creación de significados, pero consciente de ser guiado por alguien, así sea parcialmente. Sabe, también, que la autora obtiene algo, dinero o prestigio, de ese libro.

La segunda inconsistencia tiene que ver con la distribución del libro. Quedándome con la necroescritura, Copia debió ser un trabajo colaborativo. Su producción lo fue, sin duda, pero no el modo en que llega a los lectores. Hasta la fecha, se ha distribuido convencionalmente, a pesar de que el libro pudo haber sido escrito y publicado en internet, sin que yo tuviera que comprarlo en El Sótano, donde había una buena promoción. Publicar un libro que rompa con los procesos de la industria editorial y con el principio de autoría suena disparatado, pero no es imposible. No creo, por otro lado, que esa haya sido la intención de Dorantes, aunque cabe preguntarse si no habría sido lo ideal para un texto como el suyo; si, al desafiar tan radicalmente el lenguaje, no pudo darse el lujo de hacer lo mismo con sus condiciones materiales.

Insisto, lo anterior son apenas inconsistencias. Dejando al lado lo que pasa fuera del texto –por lo demás, tan importante como el texto mismo–, éste funciona como poemario que, pese a la solapa, se resiste a ser clasificado de esa forma. Y hasta aquí uno de los posibles acercamientos a Copia. Podríamos decir que lo expuesto en esta reseña es su función social. A través de una escritura compleja, Dorantes obliga al lector a rehacer gran parte de su lenguaje y participar en la creación de significados, lo que equivale a rehacer nuestras bases del mundo. Con todo, no es un libro activista. Copia no ofrece soluciones ni un nuevo pensamiento. Llanamente, nos hace pensar, y más no le hace falta. Lo menos pertinente para esta época sería un texto como todos los textos: recetas que se presentan como soluciones definitivas, como si los problemas de los que hablan fueran unidimensionales. Un libro así destruye una torre para construir otra, es copia de otras copias, aun si no está de acuerdo con ellas. Aquella “función social” no debe opacar la altura literaria de Copia. Como las necroescrituras en general, es, ante todo, un acontecimiento lingüístico.

Dolores Dorantes, Copia,

Mangos de hacha, 2021, 80 pp.