Donde buscamos el mundo

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Ricardo Pochtar, Donde buscamos el mundo, Baile del Sol, Tenerife, 2025

Reputado traductor (de Sade, Lampedusa, Leopardi, Althusser o Eco, entre otros muchos), Ricardo Pochtar ha mantenido en paralelo una labor creativa plasmada en la publicación de una docena ya de muy recomendables poemarios que lo convierten en escritor referencial. Un escritor que nace al calor de esa evidencia que el propio Ricardo ha remarcado alguna vez refiriéndose a su oficio: “un traductor ama las palabras” (no en vano en el libro que aquí comentamos se citan, por ejemplo, a otros poetas que fueron a la vez traductores, como Alberto Girri y Raúl Deustua).

Ricardo Pochtar nació en Buenos Aires en 1942. Allí se licenció en filosofía. En 1974 viajó a Francia para realizar su doctorado. Unos años más tarde, se traslada a Barcelona. Desde entonces fija su residencia en España. Ha sido traductor de diferentes organizaciones intergubernamentales. Desde 2004 se avecindó en Gijón, Asturias. Su obra poética la componen, decíamos, diversos libros que arrancan con un primer trabajo titulado Lugar diseminado (1994, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires) y se continúa doce años después con Clinamen (2006, Trea, Gijón), al que le seguirán una serie de publicaciones aparecidas con un ritmo de impresión más continuado y que tienen su última estación en la obra que aquí abordamos.

Estamos ante una poesía minimalista, una poesía que sostiene un ingenioso equilibrio entre el concepto y el fogonazo poético. Una poesía que, como Pochtar ha comentado en alguna entrevista, se ha ido volviendo cada vez más despojada (“lo de ponerlo todo me parece un abuso”). Esa ponderación extrema en el decir ha llevado a su autor a cultivar el aforismo de manera explícita (en el libro Pequeñas percepciones, Madrid, 2016), pero también de un modo que podríamos denominar sobreentendido, dado que, aunque sus poemarios no se definen como aforísticos, quizás por no dirimir jurisdicciones, entran plenamente dentro de lo que el común de los lectores entendería por tal.

En una reseña de su poemario Mientras traigo otras palabras (Tigres de papel, Madrid, 2023) señalé que era muy reveladora la presencia insistente de la palabra “mundo”. Como auditorio indispensable de la voz y de la perplejidad, como identificador de vida y hasta diría, incluso, que como ámbito de cierta fraternidad. Y ello venía a explicarse en unos versos que allí decían:

¿Qué le voy a hacer

si me emociono cada vez

que en un verso aparece

la palabra mundo?

Y ahora se publica una obra, editada por Baile del Sol (Tenerife) que se titula Donde buscamos el mundo. Es en la cita de Paul Éluard que abre este nuevo libro de Pochtar donde encontramos su título:

Pero es aquí donde, en este momento,

comienzan y terminan nuestros viajes.

Aquí donde defendemos nuestras vidas,

donde buscamos el mundo.*

(*) Son estos versos de un librito de 1935 titulado Fácil (Facile),

ilustrado muy bellamente con fotografías de Man Ray.

Ese lugar desde el que los amantes persiguen una realidad alternativa en los versos de Éluard, donde buscan el mundo, no es otra cosa allí que un refugio íntimo de libertad, alejado de las convenciones sociales. Pochtar quizás haya encontrado en esa cita un paralelismo para su propio propósito: afrontar la creación poética, buscar un mundo propio para ella, desde un ámbito de libertad muy distante al quehacer convencional. Intentando responder quizás a la pregunta “¿Cómo se puede escribir // después de las palabras?”, pregunta que, parafraseando a Adorno, se hacía en el libro Atajos y escaramuzas (El Sastre de Apollinaire, Madrid, 2022)).

Para, en la medida de lo posible, guiar a través de esta reseña la lectura de Donde buscamos el mundo, voy a intentar acotar sus singularidades.

  1. La falsa apariencia: tras el escaso peso de lo impreso, la profunda hondura. Algo que también puede expresarse con la recurrente metáfora del iceberg, esa montaña de hielo que tan poco muestra, que tanto esconde. Tiene este libro, si no he contado mal, setenta y seis poemas brevísimos. Ninguno de ellos alcanza más de cinco renglones. Y en el mismo texto se dan los motivos de esta concisión.

El poema incluso el más efímero

siempre es un abuso de eternidad. (pág. 47)

Pero esa ligereza es engañosa. El lector no puede leer como una mera anécdota descriptiva esas líneas. Hay siempre un reto en ellas. No tanto por el valor connotativo que siempre comporta la mejor literatura, como por el desafío interpretativo que Pochtar propone con apenas unas pocas palabras; palabras a las que, eso sí, se les añaden ciertas pistas: un título que orienta, una cita clave, una pregunta que interpela al lector o un tono más o menos asertivo que dirige nuestra curiosidad hacia la reflexión o hacia la consulta de la fuente que pueda resultarnos esclarecedora respecto a lo leído. Y aquí me gustaría hacer una pequeña reflexión sobre cómo los lectores no podemos — como decía recientemente Rafael Argullol, al hilo de la reedición de su ensayo Quattrocento — seguir cediendo: “primero cedimos la memoria, después cedimos la concentración y al final estamos cediendo la curiosidad”. Así que este libro puede ser también, a través de esa paradoja entre ligereza y hondura, un ejercicio de resistencia para el lector. El de no ceder en la curiosidad. Por aprender, por interpretar, por traspasar la superficie un poco fetichista de las apariencias.

Sirva de ejemplo esta ironía culturalista de Ricardo:

POESÍA PREVENTIVA

Como en la anécdota de Rasputín: que cuando

llegue la prosa las letras ya estén envenenadas. (pág. 16)

Puesto que quizás la memoria ya no nos dé para recordar qué pasó con Rasputín y su chusco asesinato, que la curiosidad, al menos, nos acerque a esa anécdota histórica, poniéndonos en la pista de a dónde quiere ir a parar Pochtar con esa analogía. Es sólo un ejemplo, pero hay casi tantos como páginas tiene el libro.

  1. Debe observarse la libre forma del texto: sin apenas versos (o, al menos, sin eso que entendemos por versos), pero sin renunciar en ningún momento a encuadrarse en el género poético (se publica en una colección de poesía). Me refería antes a renglones para hablar del tamaño de los poemas. Porque, salvo excepciones — por ejemplo, los heptasílabos de las páginas 32 y 61 o la división en versos de la Variación empedóclea de la pág. 18 —, se trata de breves desarrollos argumentales que no alcanzan lo que entenderíamos por prosa poética, que no son propiamente versos y que podrían, eso sí, darse en alguna ocasión por epigramas (por ejemplo Epitafio, en la pág. 18), pero sobre todo por una suerte de aforismos, aforismos que no pretenden su reconocimiento como tales, así que se dejan intitular y renuncian a esa concisión extrema propuesta, por ejemplo, por Bufalino, según el cual todo cabía en ocho palabras. Pero aforismos, o versos aforísticos, que sí precisan del aquel desciframiento al que aludía Nietzsche en el prólogo de La genealogía de la moral: “Un aforismo, si está bien acuñado y fundido, no queda ya ‘descifrado’ por el hecho de leerlo; antes bien, entonces es cuando debe comenzar su interpretación.”.

  2. Algo a lo que me parece interesante referirme también son las ironías de Ricardo sobre la persistencia de las formas métricas en la poesía:

Milagro de la rima ¿Cómo pudo atravesar indemne tantos siglos esa obra maestra de la pasamanería silábica? (pág. 15)

Concesión De acuerdo, me avengo al endecasílabo: / ¿Y ahora qué? ¿Qué más hay que hacer / para cambiar la vida? (pág. 52)

Gabinete de poesía Aire viciado, humo verde antimosquitos y, colgado del perchero, el esqueleto de un endecasílabo perfecto. (pág. 70)

Si nos quedamos en la anécdota, estos textos darían para una amplia sonrisa, están logradísimos como pequeña maldad, pero uno cree que hay en ellos algo más sutil y hasta quizás reivindicativo de ese ramal de la poesía, que, como el resto de las artes, pintura o música también, se bifurcó, después de las vanguardias, del tronco métrico, figurativo o tonal. Y ello nos devolvería a la casilla anterior, en la que se manifestaba esa aparente paradoja de estar hablando de un libro de poesía sin versos al modo clásico, a la vez que nos encontramos ante varios textos que, sin pretenderlo tampoco abiertamente, se convierten en metapoesía, y eso a pesar, de que en un poema, que podríamos entonces dar, de nuevo, por contradictorio, y titulado precisamente Nada de poética (pág. 35), se rechazan explícitamente los metapoemas, porque “a lo único que aspiran es a demorar la extinción entrópica del poema”. Esas falsas apariencias referidas al principio (levedad vs hondura), parecen prolongarse, de algún modo también, en el acontecer paradójico del propio libro.

  1. Hay, por último, unas referencias que creo que por repetidas adquieren relevancia como orientación de lo que se pretende con el libro, que, según entiendo, puede ser indagar sobre dónde (interrogativo) buscar el mundo. Esas referencias son precisamente las alusiones a dónde lo encontraron otros poetas que enfocaron antes que Pochtar su propia búsqueda, por ejemplo, hacia la Obra o Libro como creación de significado perfecto y nuevo (Mallarmé); hacia una realidad que integrara lo consciente y lo inconsciente (Breton); hacia las cosas comunes y su breve descripción (Ponge); hacia los momentos previos a la aurora (Valéry); hacia una vida diluida en lluvia (Vallejo); o hacia la melancolía sensual (Jayán). Advertido lo cual, cabe preguntarse dónde buscamos el mundo de la mano de Pochtar: ¿quizás en ese abanico de posibilidades que se apuntan a través de las referencias literarias que, como las aludidas, son en general muy poco convencionales? ¿Quizás en ese espacio temporal apuntado por el primer y muy bello poema que abre el libro, donde se alude a “la gracia diurna” del mundo cuando amanece, sin heridas (Hipnomaquia, pág. 9)?

Por tanto, y resumiendo, estamos ante una poesía que renuncia al adorno y a los corsés métricos. Que no recurre a la anécdota como asunto. Que no es elegía ni celebración. Que rehúye el exceso y la significación manida, respetando la palabra como una posibilidad de iluminación en manos del destello poético. Que busca otorgarle a la palabra una vida nueva, que quiere “palpar el mundo en bruto”, desde la página en blanco y respetando ese blanco casi como territorio sagrado, no manchándolo con nada que sobre. Que indaga ese mundo desde el asombro que generan las paradojas del conocimiento y a través del manejo del poema no como una glosa, sino como un hallazgo.