La lógica de la violencia mexicana

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Todos hemos visto, con morbo disimulado o cínico, imágenes de trozos humanos, la sangre decorando los titulares, ingeniosos a veces, otras no tanto, de los tabloides dedicados a la nota roja. Este ámbito del trabajo periodístico es uno de los más terribles y significativos en términos culturales en tanto nos permite apreciar la forma en que una sociedad se relaciona con la muerte; podemos ver en ellos cómo se codifican los tabúes, qué es aceptable presentar y qué no; y claro, con más cinismo también, qué vende y qué pasa inadvertido. En ocasiones, estas notas, estos formatos, cuya desfachatez en el contexto mexicano alcanzan niveles literarios o infernales en lo discursivo, son el objeto de la ficción de roja., de Jorge Luis Herrera.

Este libro presenta 17 textos breves que ofrecen al lector una experiencia de inmersión consciente en su propio morbo, en la inercia de nuestras actitudes más mediocres frente al dolor ajeno, que es moneda de cambio en México desde hace ya un buen tiempo (por no mencionar, a expensas de los detalles antropológicos y culturales pertinentes, toda nuestra historia).

No obstante, la lectura de roja. no puede ser una inmersión idéntica al acercamiento a esos concentrados de brutalidad cotidiana que son los tabloides, sino un esfuerzo autorreflexivo, irónico en el trazado fino de las situaciones que afrontan o padecen los personajes; burlón frente a las causas, pretextos y respuestas francamente estúpidas que repetimos, abrazamos e integramos a nuestros discursos diarios, tales como “ese fue un crimen pasional” para justificar un feminicidio, o la clásica y aburrida “tenía nexos con el narcotráfico”, para aplacar un poco la inquietud de ser el siguiente descuartizado; también se muestra político, al ser abiertamente crítico de la cultura mexicana y sus estructuras, entre las que destacan, con medalla al mérito de la incompetencia, las autoridades con sus procedimientos, con sus empleados rancios, lentos y desinteresados (y fuimos amables con los adjetivos).

Hasta aquí, la fuerza referencial de las condiciones en las que “avanza” (o “avanzaba”) la sociedad mexicana, se impone como un marco necesario para transitar las brutalidades que presenta roja., nacidas de la ignorancia, del egoísmo y el deseo incontrolable, impulsadas por la reacción instantánea con sus tautologías estériles (lo maté porque se me ocurrió). Pero Herrera evita revolcar a los personajes y a los textos en sí, en tanta porquería humana y, para ello, los lleva plenamente al terreno de lo literario, al cuestionar el marco referencial, el realismo de las situaciones, y enlazarlos constantemente con múltiples autores.

Si acaso es cierto que nadie puede tener la certeza sobre las causas y detalles de un crimen, si no se puede saber nunca qué es lo que ocurrió y cómo fue que pasó realmente, ¿qué sentido tiene hablar de una verdad? ¿A qué apuntan los métodos, los discursos, las investigaciones oficiales respecto de la desaparición o muerte de un ser humano? ¿No es acaso que esa imposibilidad de saber abre siempre la puerta a la especulación, cuya forma morbosa vemos en los diarios? Percibo esta pregunta de fondo en el libro de Herrera, a la cuál responde gustosamente con la ficción literaria, como diciendo: “Si se trata de inventar, inventemos, pues”.

Y no se inventan historias irrespetuosas en roja. No se puede faltar al respeto a algo que no lo tiene, que no se lo procura. Como lo mencionaba, este es precisamente el caso de las autoridades, de aquellos encargados de brindar justicia que, a cambio, presumen sus “verdades históricas” o “investigaciones definitivas”. La justicia es carpetazo y el carpetazo es franca hueva. Frente al desalentador panorama de la violencia en este país, roja. no intenta una mera reacción rabiosa, sino que proyecta una intención crítica, la cual, desde la propia constitución de ese mundo descarnado, vislumbra una revancha frente al dolor, cuyo eje no puede ser otro que la reflexión sobre nuestra forma de considerar lo inhumano, lo que negamos y nos rodea todo el tiempo.

Así, desde el primer texto titulado “Premonición”, el lector se enfrenta con una técnica cuentística tradicional, al asistir al intento de asesinato de un infante, cuya identidad revelada sorpresivamente hacia el final, pone en duda la solidaridad del lector con el niño, nos confronta con nuestra ética y reescribe una historia bien conocida para ir más allá de la anécdota sangrienta. El tercer texto, titulado “Esperando la hora”, también trabaja con un eje histórico reescrito, situando a personajes depravados y famosos de la Historia de la Iglesia Católica en un ambiente que podríamos reconocer como mexicano, amén de los dimes y diretes, de los chismes y rumores, que siempre son un catalizador excepcional de la especulación y, a veces, de las vías que vislumbran la verdad de un crimen.

Pero no tengamos tanta esperanza: siempre hay un estereotipo miserable, cierto desprecio y mucha inmediatez en “lo que la gente comenta”. Prueba de ello es uno de los textos más atrevidos, titulado irónica y consistentemente “Lo desconozco”, en el que se rastrea el asesinato de un recién nacido en un blog de crímenes, redactado por dos pseudónimos juguetones: Doña Perfecta Breeskin y el Maza Cuata Veraz. Estos autores de orígenes literarios y albureros, actualizan las indagatorias de la policía respecto del caso de Betsabé García y Urías Puñetero, padres del bebé Rómulo Puñetero García, presuntamente secuestrado y encontrado muerto posteriormente. Más allá de la anécdota, que no pretendo arruinar, llaman la atención las intervenciones en el blog de la lindísima y educadísima gente de amplio criterio que pulula en internet: expertos en sociología, criminología, autoridades en terapia familiar y el típico psicópata que propone variantes más violentas a los crímenes narrados, y no duda en engancharse con otros comentaristas por medio de insultos clasistas, machistas o francamente perturbadores. Es decir, una vez más, la violencia se presenta con discursos tautológicos y estériles. Qué se le va a hacer, así es la gente.

Justamente, la idea de la resignación ante las circunstancias que nos superan, la aparición de improperios y opiniones que “deben ser respetadas” a pesar de su brutalidad, impregna otros textos, como El evangelio según La roja, donde se reescriben fragmentos de La Biblia, específicamente los evangelios que tratan de la aprehensión y muerte de Jesús, formulados con el estilo de indagatorias policiacas, aderezadas con oportunas descripciones e intervenciones del narrador-recopilador. Ahí, la gente es la misma: berrea, pide sangre; no es México, pero se parece mucho: hay poco criterio y mucha visceralidad. La reescritura de los evangelios nos lleva una vez más a lo literario: no se insultan las sagradas escrituras porque esta historia, la de Jesús ante las autoridades corruptas, es sólo una historia, un modelo que lamentablemente comparten muchos otros individuos, de otras formas, verificables, lamentablemente ciertas.

Si la crítica irónica abre un espacio a la reflexión y la lejana posibilidad del cambio, el autor no deja de recordarnos que el tránsito no puede ser un paseo por el parque: la mayoría de los cuentos está acompañado por epígrafes precisos que enriquecen la lectura y marcan un sentido desalentador en ocasiones; aparece uno de los autores predilectos de Herrera, el inagotable Dostoyevski, cuya inclusión nos recuerda qué tan vigentes son los hombres del subsuelo, qué tantos Raskolnikov explotan hoy en día, en una sociedad un tanto más fría e indiferente de la que enfrentó el autor ruso. Los textos de roja. recuerdan también otras obras y tendencias literarias: sin ir más lejos, se liga con la tradición de la novela mexicana sobre el narcotráfico, la cual acompaña a este libro desde cierta distancia, pues la violencia en roja. no se limita al norte y su cultura extendida poco a poco a todo el país, sino que nos ubica en el “caso aislado”, que es el común denominador, la abrumadora fuente de la nota roja.

En ese sentido, más atrás en la historia literaria mexicana, uno puede imaginar cómo Las muertas de Jorge Ibargüengoitia observa la ridiculez, la agresión inhumana y alevosa de estos nuevos personajes, herederos de una idiosincrasia ahora extrema y desvergonzada, más libre en sus experimentos sádicos, en su violencia hueca. Jorge Luis Herrera da un paso adelante en esa vertiente narrativa inaugurada por Ibargüengoitia, pues se permite ficcionalizar con métodos más sutiles que los elegidos por el autor guanajuatense para el caso de las Poquianchis. Y no puede ser distinto: el México representado ya no es el mismo, el escándalo ya no se critica desde las buenas conciencias, con la superioridad moral de las clases altas y la creciente clase media aspiracional, que veían con desprecio los crímenes atribuidos a las clases bajas; hoy todos tenemos un familiar o un conocido asaltado, violado, asesinado, narcomenudista o proveedor al mayoreo, burócrata corrupto y vulgar o cínico comentarista del internet. Y ninguno se esconde.

El cinismo aparenta reemplazar a la discreción, porque los discursos se han deteriorado, las grandes narrativas, sobre todo la de la justicia, no se disolvieron como en el llamado primer mundo, más bien aquí nunca cuajaron. El escándalo y el morbo ya no se juzgan desde la superioridad de clase, sino desde lo individual, con frases campechanas como “no todos los hombres son así” en los casos de violación o la reducción banal de la vida del narcotraficante, cuando nos parece normal que mueran masacrados. A veces, tan natural como respirar.

Parece que nadie escapa en roja., y si el lector lo logra es porque el autor ha sido valiente también: levanta la mano con una denuncia política directa, en un texto dedicado a los 43 estudiantes de Ayotzinapa, pero en algunos cuentos se percibe una postura aún más valiente: el autor se nos aparece, en un gesto metaficcional que me gustaría recuperar, y que como lector encuentro muy llamativo. ¿Qué necesidad tiene Herrera de aparecer entre sus personajes, si ya sufrió lo suficiente creándolos?

En uno de los dos cuentos conectados mediante ciertos detalles se dice que “estamos solos”. El autor se permite, sin embargo, acompañar a sus personajes y al lector, se presenta como investigador, como el que indaga, el que se arriesga, ficcional y realmente, a ver a la cara a los asesinos, a las víctimas; no desvía la mirada, ni muestra cinismo, sino que se aventura a la crítica mordaz, con el fin de movernos algo, lo que sea posible, en las inercias de este cuerpo putrefacto que es la violencia de nuestro país. Al aparecer junto con sus personajes, el autor parece decirnos “No estamos solos”.

Y únicamente desde ahí es posible conmoverse en la lectura de este libro, ampliamente recomendable por ser literatura plena: no hay estética preciosista, el lector no encontrará la novelita o antología de cuentos para relajarse por la tarde, sino un desafío audaz, tanto a la forma de narrar y representar nuestra sociedad como a las tendencias del propio lector. No queda más: para no estar solos, hay que mirar a la cara al horror y acompañarnos entre tanta porquería. Los invito a leer roja. para superar la dinámica que comentaba al inicio de este texto: ir más allá del morbo sumergiéndonos en sus dinámicas miserables, en la individualidad fría que nos aparta; quizás desde ahí queramos acercarnos un poco más.

 

Herrera, Jorge Luis, roja., México, Libros del marqués / Patronato de Escritores Contemporáneos, 2019.