¡Ahí viene Noé Israel Borja!

0
937

Hace 10 años, hacer literatura sobre la violencia que produce la delincuencia organizada, era vista con cierto desdén entre un gran sector del mundo editorial.

Por supuesto, hablo de una época en que las series televisivas, las películas, los libros y la música en torno a esta problemática social, no eran un tema tan común. Existía, claro, cierto auge en la música regional desde finales de los 90, algunas novelas que no pasaban de pequeños círculos, así como películas y actores que eran sinónimo de gustos exóticos.

El narco empezaba a convertirse en algo preocupante, pero no era un tema a seguir.

En alguno de los encuentros de literatura al que asistí (cuando todavía iba), hice migas con varios de los asistentes con quienes nos unía el mismo interés de abordar (desde la literatura) la violencia que atenazaba nuestras ciudades de origen. En algún momento de la tertulia, escuché a alguien decir: “Mira, ahí están los narcoescritores”. Lo dijo con sorna. Con petulancia.

Ha pasado una década. Y ahora la narcoviolencia es un tema recurrente en mucha de la literatura actual. No es para menos. El fenómeno social ahora ocupa muchas de nuestras conversaciones: Noticias, películas, series, videojuegos, moda, música. Incluso, muchos de esos escritores que miraban con desdén a la literatura sobre el narco, ahora escriben, curiosamente, literatura sobre el narco.

Por supuesto, cada quien es libre de escribir lo que se le antoje en el momento que más le convenga. Concuerdo con la perspectiva de la gran escritora Iris García: Escribir sobre la violencia tal vez nos permita entender y conocer las causas que la motivan.

El asunto es que muchos de los libros sobre el narco, abrevan de una violencia irreal. Una violencia imaginaria y por tanto, inverosímil. No es que para escribir de narcos tengamos que convertirnos en tal. Sin embargo, platicar con alguno de ellos ayudaría a entender algo muy básico: Los narcotraficantes no hablan igual en todo el país (En Guerrero, por ejemplo, hay varias definiciones para referirse a un narcotraficante que varía según la región: maña, chicos malos, siquis, armados y las que se acumulen). No todos dicen “plebe”, “fierro”, “al 100”. Mucha de la literatura que colma las novedades, cojea de la misma pata y se apoyan en una muleta hecha con madera de cliché.

Por eso, entusiasma que un autor se tome la molestia de ir a asomarse cómo es esa violencia que pretende contarse. Cómo son algunas causas que la originan. Qué hay en la cabeza de la gente que decide cometer un ilícito. Un libro, pues, sobre las entrañas de México.

 

¡Ahí viene el Marihuano!, de Noé Israel Borja(Ciudad Altamirano, 1982), representa un viaje al riñón, a las tripas de la violencia. Ahí donde la realidad dinamita la ficción. El escritor sólo es un observador de los infinitos vericuetos de la psique humana.

Como diría Control Machete en Danzón:

“Es guardar silencio de movimiento/

ayunar de color y sonido/

ser mujer, viejo y niño/

Y dejarse llevar”.

La Tierra Caliente guerrerense es una zona tan álgida como inexpugnable, no sólo por su ubicación ni por su feroz clima y su compleja orografía, sino porque aquí se enconaron grupos de la delincuencia organizada y nada ha podido extirparlos. Al tener conexiones con Michoacán y Estado de México, representa una zona de poder para las fuerzas del crimen.

Pero eso sí, muchos mientan a Tierra Calor a la menor provocación, sin conocerla. Sin haberla pisado.

Casi todos los cuentos de este libro transcurren en Ciudad Altamirano. Una ciudad peliaguda. Ahí se ha matado lo mismo a periodistas que a políticos, además de una cifra desconocida de ciudadanos. Incluso, desde el periodismo, es poco lo que se sabe de esas tierras. Simple y sencillamente porque aquí el narco manda. Sus hilos de poder no solo se tienden en el plano de la delincuencia, sino que van más allá: Controlan los precios y la distribución del refresco, cerveza o incluso productos de la canasta básica.

Borja radica en Altamirano. Egresado de la UNAM, volvió a su tierra con la firme intención de vivir de la literatura. Contra todo pronóstico, lo ha conseguido: Cada domingo vende libros usados en la avenida principal de la ciudad. Además, ha fundado su propio sello: Pungarihuato, con el que incursiona también en el mercado editorial.

Nada más noble y a la vez más difícil: Enfrentar la violencia con palabras.

Armado de una voz claridosa, los personajes de Borja van desde la desesperanza, la locura y la maldad, hasta la congoja, el deshonor y la venganza. Atestiguamos los remordimientos del hijo que robó las alhajas a su madre; el tipo que mató brutalmente a su hermano; el hombre que odia a su compadre por ser un miserable; el propietario de un puesto del mercado que se fue a la quiebra a causa de los cobros de piso; la vieja mesillera que hace un recuento de su vida; el equivocado doble asesinato de dos hombres inocentes (acaso, un homenaje al corrido de El crimen de Culiacán, de Chalino Sánchez) o el autorretrato de un narco de esa región.

 

En estos tiempos en que pareciera que muchos escritores fueron al mismo taller narrativo, se agradece que un autor vaya en contra de esos canoncitos y se tome la libertad de ir en busca de una voz propia. Una voz, es cierto, muy regional (algo que aprendió de Yáñez y de Rulfo), pero tan regional, que brilla casi con luz propia.

 

A destacar también que en este volumen de cuentos no hay violencia de cartoncillo, ni de postales turísticas. Menos aún, no iremos a un Guerrero que el autor sólo conozca de lejitos. Borja nos lleva de las greñas hasta el Guerrero profundo. Un Guerrero que lo mismo duele, apesta, entristece y asombra. Un Guerrero que verán muy poco en los escaparates de las librerías.

 

El editor Geoffrey O’Brien aseguraba que el lector de las novelas de crimen deseaba que sus ansiedades fueran aliviadas y no despertadas. Con el lector de novelas del narco, parece que ocurre un efecto inverso. En cambio, con la narrativa como la de Borja ocurre algo diferente: Puede que prosas como esta nos ayuden a entender el fenómeno.

 

¡Ahí viene el Marihuano! es un libro que cimbra al lector y lo cachetea vilmente. Después de todo, con el acartonamiento de la violencia imperante en el mercado editorial, estas cachetadas de realismo calentano representan agua de tinaja: fría, sin pretensiones, pero de sabor prístino. Un bálsamo realmente necesario para quitarnos este enlelamiento en el que nos tienen metidos tantas novedades insulsas.

 

Si usted desea adquirir este libro, tendrá que escribir al autor (isborja@outlook.com) y esperar. Le aseguro que la espera valdrá la pena.

 

¡Ahí viene el Marihuano!

Noé Israel Borja

Pungarihuato, 2020

214 pp.