Lo que nos pertenece

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Puedo reconocer que un escritor realmente me ha sorprendido cuando me dura por unos días el impulso inconsciente de imitar su manera de escribir. Es un impulso de raíces adolescentes que he aprendido a controlar: con el tiempo el estilo propio pesa (para bien o para mal) y muscularmente se nos hace difícil reproducir otra caligrafía que no sea la nuestra. Y si la reproducimos sale una especie de falsete ridículo, que molesta a cualquier potencial lector. Pero algo, por muy mísero que sea, sigue destilándose de las nuevas lecturas en lo que escribo (de las nuevas lecturas que me han sorprendido de alguna forma, no de todas, está claro). En este texto lucho por mantener mi soberanía caligráfica, pero no puedo prometer que no se filtre algún adjetivo o alguna fórmula sintáctica de Natalia Ginzburg. Habría podido esperar un par de días antes de escribir sobre Las pequeñas virtudes (publicado por Acantilado) para tener disciplina en mis pensamientos y absoluta soberanía en mi estilo, pero la disciplina de las ideas no puede planificarse, y creo que la soberanía es un fin arrogante y una virtud sobrevalorada, que por tiempos prolongados no produce otra cosa que endogamia e infertilidad (lección que la política parece no haber aprendido). Escribo entonces sobre mi descubrimiento de Natalia Ginzburg desde la inmediatez. Sin esperar a leer ningún otro libro suyo.

Los ensayos de Las pequeñas virtudes (sobre todo los posteriores a 1946) son transparentes y agudos. Natalia Ginzburg elige un tema esencial, sobre el que en apariencia ha pensado mucho, sobre el que probablemente en efecto haya pensado mucho (puede ser el silencio, o la cambiante noción de “prójimo”, o la enseñanza de valores morales, o el hábito de escribir), y narra su relación personal con ese tema, y luego va insertando sus conclusiones (siempre modestas, sintéticas y valientes), que se sienten como una especie de confesión. Natalia Ginzburg sabe escribir frases memorables sin escribir frases ingeniosas: el ingenio la aburre. Sabe que el ingenio es fugaz y que una frase ingeniosa pronto se vacía de significado. Lo que está en sus ensayos parece haber sido escrito en el aire a lo largo de una vida. Y probablemente sea el caso.

Me percato de que mi descripción de los ensayos de Las pequeñas virtudes es demasiado general, puedo estar hablando de cualquier autor. Hay un ensayo dentro del libro, titulado “Mi oficio”, que quizás explique esta poética con mayor precisión que yo. La cuestión se resume en que Natalia se declara frecuentemente inhábil para aprender nuevo conocimiento, es decir, historia, geografía, taquigrafía, al punto de que por mucho que estudie, sigue sintiéndose una impostora que finge conocer de esas materias, cuando en verdad no lo hace, o al menos no como otros. En cambio, cuando escribe no se compara con otros. No porque se sienta superior o inferior, sino porque está segura de que sobre aquello que ella quiere escribir, nadie escribirá mejor. Su escritura maneja paisajes y texturas y personajes que nadie conoce mejor que ella misma. “Mi oficio es escribir historias, cosas inventadas o cosas que recuerdo de mi vida, pero, en cualquier caso, historias, cosas en las que no entra la cultura, sino sólo la memoria y la fantasía”.

Si va a escribir del temperamento de los ingleses, no cree que alguien vaya a hacerlo mejor, y sin dunda se habrán escrito textos mucho más completos y profundos sobre los ingleses, lo sabemos, pero el temperamento que ella vio en los ingleses (que es distinto del temperamento de los ingleses en sí) sólo lo vio ella, por tanto le pertenece, su escritura no entra en una competencia internacional sobre quién describe mejor a los ingleses, se subordina sólo al ordenamiento de sus propias ideas sobre los ingleses, escribe el ensayo porque quiere explicarse a sí misma por qué le parecen los ingleses irrevocablemente melancólicos, y por qué ofrecen agua a cualquier extraño que se desmaye en la calle, siendo tan inusual para ellos pedir un vaso de agua en un restaurante. Y creo que esta disciplina mental es admirable, porque uno cuando escribe quiere escribir sobre los ingleses en sí mismos, es decir, quiere escribir textos sobre los ingleses que compitan con otros textos sobre los ingleses, en la gran carrera que es la literatura, y aunque uno diga que uno escribe para uno, en el fondo confundirá las cosas: queremos ser parte de una historia cultural y por tanto negociamos con estos objetos externos, que nunca hemos aprehendido realmente, la geografía de los ingleses, la lengua de los ingleses, queremos contar con estas cosas para que incluso si en apariencia uno habla sólo de lo que conoce, eso que conocemos sea interesante o valioso en el contexto de lo que “se conoce” de manera general. Y en este camino exploratorio resulta complicado no confundir lo que ya sabemos de los ingleses por nosotros mismos con lo que hemos aprendido de los ingleses por otros, y no confundir luego lo que nos interesa de los ingleses con lo que le puede interesar de los ingleses a los otros. Y en la escritura la detección de lo que sinceramente nos interesa es fundamental. Natalia Ginzburg ha aprendido a detectar lo que sinceramente le interesa, y lo que le pertenece, y es imposible que esa dignidad de golpe no nos conmueva.

Porque he descubierto que si uno escribe sobre lo que le interesa y lo que le pertenece se arriesga a muchas cosas. Al ridículo, para empezar. Si escribimos sobre lo que nos interesa y lo que nos pertenece podemos vernos obligados a escribir sobre el silencio, así en abstracto, como si por primera vez un ser humano escribiera sobre el silencio, y no tuviera ninguna otra herramienta para hablar del silencio que sus propias observaciones acumuladas, lo cual nos arriesga al ridículo, o a la intrascendencia, o a la banalidad, o a la charlatanería. Y sin embargo si tenemos la lucidez, la disciplina y la sinceridad suficientes para hablar de exactamente (ni una palabra de más, ni una de menos) lo que nos interesa y lo que nos pertenece en cuanto al silencio, entonces no hay peligro alguno. Pero el talento yace en saber qué nos interesa y sobre todo qué nos pertenece del silencio. El ridículo y la cursilería vienen de los objetos externos que no conocemos y fingimos conocer, ahí está la trampa: en que como lectores descubrimos el engaño, descubrimos que alguien está hablando del silencio sólo porque cree que nos interesa el silencio, o está hablando del silencio con palabras prestadas, lo cual equivale a hablar de un silencio que no conoce, y que no le pertenece.

Ha sido por eso que he comenzado estas líneas preguntándome cuánto hay de mí en ellas y cuánto de Natalia Ginzburg, porque incluso si se trata de una reseña y no de un relato o un poema, quiero hablar sobre algo que me interesa y me pertenece, y no hablar sobre lo que le interesa y le pertenece a Natalia Ginzburg. Aunque en apariencia la crítica literaria debe preguntarse qué le interesa y le pertenece al autor y qué le interesa y le pertenece al público, y conciliar una cosa con la otra, no debemos olvidar que dicho concilio se debe encontrar intermediado por lo que le interesa y le pertenece al crítico literario. Ahora mismo siento que podría parafrasear ideas de Natalia Ginzburg que despertarían la curiosidad de sus potenciales lectores: su crítica de la enseñanza del ahorro como virtud en los niños, que parte del error de los padres de asumir que lo que les puede ser útil a ellos en su adultez puede miniaturizarse y anticiparse, la descripción de Natalia Ginzburg de la relación que los niños guardan con sus alcancías, cómo más que el ahorro enseñan el amor al dinero en abstracto, y por qué el amor por las cosas es preferible al amor por el dinero en abstracto, cómo los niños se desilusionan cuando gastan el dinero ahorrado, cómo lo que sea que compren les causa decepción y vacío, y cómo ya no habrá nada que llene el vacío, solo llenar otra alcancía y codiciosamente sacudirla de vez en vez para comprobar cuánto se ha saciado ya, la propuesta de que se les dé a los niños pequeñas cantidades de dinero cada cierto tiempo para que lo gasten de inmediato, y aprendan que el dinero es una cosa sin importancia, ya luego la vida les enseñará a conseguirlo y a administrarlo (si su primera relación con el dinero es fetichista, no podrán jamás separar una cosa de la otra, el dinero se volverá irremediablemente un fin en sí mismo). Y puedo tratar de convencer al lector de que lea a Natalia Ginzburg de muchas formas, pero sólo es válido si convierto sus ensayos en objetos de mi experiencia privada, y dejo de verlos como objetos culturales.

Esta apropiación de lo ajeno que se produce en la literatura constituye un fenómeno misterioso. Porque no se trata sencillamente de la transmisión de un información, de un conjunto de signos que podemos replicar y reordenar a nuestro antojo (como mismo podemos recibir la información de un libro de texto y usarla para responder en un examen), ni se trata de un ejercicio de introspección auxiliada en el cual la literatura me permita acceder a cosas que ya estén dentro de mi (por ejemplo, de niño me fue inculcada la idea del ahorro como virtud en sí misma, y el ensayo de Natalia Ginzburg sólo me proveería de las herramientas para entender mi experiencia). Se trata de que nunca he visto con mis ojos ni he tocado la nieve, y de que la literatura haya incorporado la nieve entre mis pertenencias más íntimas, de que pueda leer el primer ensayo de Las pequeñas virtudes y apropiarme del invierno de Abruzos, del olor del hollín en las mañanas, aunque se trate de un olor que jamás en mi vida haya percibido. Me detengo para apuntar que no caigo en el lugar común de pensar que la literatura “permite viajar a lugares donde no has estado”, o “ver cosas que no has visto”, no sustituye la experiencia ni le interesa hacerlo, no hace que yo realmente sepa a qué huele el hollín, por más minuciosa que sea la descripción, hace en cambio que yo fabrique una especie de molde vacío y hermético, recubierto de lenguaje, que yo pueda desde afuera reverenciar. Creo que eso hace la literatura: fabricar santuarios íntimos, fabricar objetos que son sólo su revestimiento (el lenguaje), pero en cuyo interior vacío depositamos un valor, un peso esencial.

Recomendar un libro es tratar de superar esa barrera ontológica de estar atrapados en un mundo que sólo se proyecta ante nosotros, de aliviar la soledad de nuestro incesante e inútil pensamiento, porque las experiencias no son compartibles, pero sí las vasijas selladas del lenguaje. Natalia Ginzburg nos dice que creemos que somos adultos cuando cumplimos con la idea juvenil de lo que es ser adultos (la seguridad en nosotros mismos, y demás), pero que se trata de una confusión, la adultez viene con el auténtico cansancio, con los movimientos mecánicos cotidianos, con la muerte de nuestros padres. “Somos adultos porque tenemos a nuestras espaldas la presencia muda de las personas muertas, a las que pedimos un juicio sobre nuestro comportamiento actual”. Estos párrafos nos comparten algo, hacen que algo ajeno también nos pertenezca, algo triste quizás pero verdadero, que no es exactamente la experiencia de ser adultos pero no por eso es menos verdadero, como la nieve que nunca he tocado, pero que poseo.