Fábulas y fabulaciones

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Por Daniel Samoilovich y Eduardo Stupía

 

Un día de mayo de 1433, en los tiempos del Concilio de Basilea, fueron a pasear por un bosque próximo a la ciudad unos cuantos eclesiásticos, prelados, doctores y frailes de órdenes diversas. Disputaban sobre puntos difíciles de teología, distinguiendo, argumentando y rebuscando en los textos pruebas acerca de si Tomás de Aquino había sido o no un filósofo más profundo que Buenaventura da Fidanza. De repente, en medio de la discusión dogmática y abstracta, quedaron callados y quietos, como si hubieran echado raíces, bajo un tilo en flor donde se ocultaba un ruiseñor que gorjeaba sus más dulces melodías. Aquellos corazones monacales y escolásticos se abrieron al cálido efluvio de la primavera; abandonaron los glaciales intríngulis en que se habían embreñado, y se miraron con sorpresa. Entonces, uno de ellos observó sutilmente que todo aquello no parecía muy canónico, que aquel ruiseñor bien podía ser un demonio que los distraía de sus asuntos con su canto lleno de voluptuosidad y pecado; y púsose a exorcizarlo con las palabras rituales Adjuro te per eum que venturus est judicare vivos et mortos, etcétera. Cuéntase que el ave lo miró primero como si no comprendiera, pero tras unos instantes respondió: «¡De acuerdo, soy un espíritu maligno!», y se largó a volar riendo. Cuantos lo oyeron cantar enfermaron aquel mismo día y murieron al poco tiempo.

Esta historia, rescatada por el excelente poeta Cristián Juan Enrique Heine, corrobora que el que busca encuentra.

 

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Gregorio Magno ya había contado una historia parecida, referida esta a San Benito y un mirlo. Estando Benito en cumplimiento de sus votos de soledad, se le acercó descaradamente un pajarito, como queriendo conversar; el santo no cayó en la trampa y lo exorcizó en el acto. El pájaro voló, pero en la mente del santo su imagen se transformó en el de una mujer que Benito había visto una vez, y ardió el santo con un fuego tal que a punto estuvo de quebrar su voto de aislamiento. Sólo en el último minuto Dios le concedió la gracia de arrojarlo contra unos espinos, y el dolor del cuerpo lo salvó de perder el alma.

Esta historia es un poco menos bonita que la anterior y la pluma de Gregorio es inferior a la de Heine, pero en esencia muestra lo mismo: busca, y encontrarás.

 

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Había una vez un papagayo en Anam que era la segunda cosa más bella del país; sólo su jaula era más bella.

 

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Uno de los Bacon dijo que el tiempo es como un río, que “nos ha traído las cosas más livianas e hinchadas, mientras que las sólidas y de peso se han hundido”. Según la interpretación más corriente, con lo de “hinchadas” Bacon se afirma en la metáfora de lo que está hinchado por el agua por ser poroso, inconsistente; desestima así a los filósofos griegos que conocemos —los que el tiempo ha traído hasta nosotros— y sugiere que de los mejores de ellos nada sabemos. El argumento, empero, podría invertirse: tal vez el tiempo haya hecho lo que debía hacer, hundiendo algunos tostones insufribles y haciendo que sobreviva lo mejor. Incluso, es posible que lo mejor no sean ni los filósofos que se hundieron ni los que flotaron, sino el tiempo y los ríos y el agua de los ríos. Así parece pensar Joachim Du Bellay, cuando, en sus Antigüedades romanas, mirando correr el Tíber dice:

 

Todo lo firme el tiempo lo destruye,

sólo resiste su embate lo que fluye.

 

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Cuando Menelao, tras la caída de Troya, se encontró con su esposa Helena, que había mancillado su honor, robado su tesoro y convivido durante años con el enemigo, levantó su espada, dispuesto a partirla en dos: pero la espada se le cayó de la mano. Entonces los ejércitos griegos se dispusieron a hacer lo que su general no quería o no podía hacer, y en torvo silencio recogieron piedras para lapidar a Helena: pero las piedras se les cayeron de las manos.

Esta fabulita muestra que las manos humanas, célebremente dotadas de pulgar oponible y normalmente dóciles a la voluntad de sus dueños, en ocasiones hacen lo que se les da la gana. Y que se puede matar por la belleza, pero no a la belleza.

 

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Un Entusiasta Explorador estadounidense viajó a la Libia Media, y tras muchos trabajos encontró allí uno de los aborígenes acéfalos que Heródoto menciona en el Libro Tercero de su Historia. Cuidadosamente lo ocultó a las autoridades libias, lo sacó del país en una jaula para perros y lo llevó a su hogar en Cleveland, donde lo adoptó, educándolo lo mejor que pudo. El acéfalo, por supuesto, carecía de boca para hablar, pero logró expresarse pasablemente en inglés americano mediante una combinación de chasquidos que hacía con los dedos y de vientos que hacía con lo que podía hacerlos, ustedes entienden.

Cierta vez que el Acéfalo estaba mirando un noticiero de televisión junto a su padre y hermanos adoptivos, entró en una gran agitación. Como el fenómeno se repitió ante otros programas de noticias, el Entusiasta Explorador le preguntó por la causa de ello. A lo que el Atestado respondió que había reconocido entre los presentadores a varios congéneres suyos. Hízole notar su cariñoso Padre Adoptivo que los presentadores tenían cabeza: ante lo cual el Incabezado explicó que algunos miembros de su especie desarrollaban en la parte superior del tronco una suerte de aleta caudal ovoide que tenía el aspecto de una cabeza, sin serlo, del mismo modo que, para que no se sepa hacia donde están mirando algunos búhos desarrollan en la nuca unas manchas que parecen ojos; sin contener obviamente iris, pupila o nervios ópticos; son manchas, nomás.

Esta historia no hace más que confirmar lo que los sagaces lectores de estas líneas sospechaban hace tiempo respecto de los presentadores de televisión.

 

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Los conciertos renacentistas en que pájaros adiestrados interpretaban fragmentos de la partitura son kitsch.

 

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Los dos niñatos mofletudos que el Polaiuollo adicionó en el siglo XVI a una venerable loba etrusca son kitsch. La dignidad de la loba, empero, es tal que sobrevive al par de mamones.

 

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Desde que han dejado de ser terribles, los reyes europeos son kitsch.

 

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El Nudismo Alemán es la cosa más kitsch que se pueda concebir; y que no se pueda también.

 

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 El Bonsái, el Ikebana, el Feng Shui y los Jardines Japoneses son kitsch; el origami, no. Hacer cosas de tres dimensiones con cosas de dos equivale a saltar de una cantidad de dimensiones menor a una mayor, y esto es soñar, o sea, no es ni puede ser kitsch.

 

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El trompe l’oeil es kitsch. La Galería Borromini de Roma, cuyas paredes se acercan y cuyo techo desciende para crear la ilusión de que es más larga de lo que en realidad es, y que el pequeño Hermes colocado al fondo es una escultura de tamaño natural, es una excepción. El caso muestra que aun lo kitsch, desenfrenadamente perseguido, puede cambiar de signo.

 

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Allá por la dinastía Tang, la Reina Uhu hizo levantar en las cercanías de Pekín una enorme construcción que recibió el nombre de Ming-T’ang. Todo en el Ming-T’ang tenía sentido: el piso bajo estaba pintado de rojo, blanco, negro y verde representando las estaciones, el piso medio representaba las doce horas dobles y el piso superior las veinticuatro quincenas; la altura del mamotreto, un li, representando mil años simbolizaba la eternidad. Empero, apenas el edificio estuvo terminado ya el descrédito empezó a rodearlo: las golondrinas no quisieron hacer nido en los aleros, y eso fue considerado como un pésimo augurio.

Preguntadas que fueron las golondrinas por la razón de su negativa, respondieron que por el momento no les apetecía explicar nada: más tarde, quizás. De modo que el edificio fue incendiado hasta sus cimientos y sus cenizas dispersadas en la estepa. Entonces las golondrinas dijeron: “Ven, si hubiéramos hecho nido en los aleros del Ming-T’ang, nuestros pichones hubieran perecido miserablemente”.

La moraleja de esta historia es ambigua; tanto se puede extraer de ella una melancólica conclusión acerca del autocumplimiento de los prejuicios, como una optimista acerca del poder de la imaginación para generar acontecimientos. El autor se inclina por la segunda: basa su preferencia en el testimonio del poeta Po Chu-I, que atestigua que el Ming-T’ang, fruto de la egolatría a la vez desaforada y ultraracional de la reina Uhu, era un adefesio.