Relación de la serpiente

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En uno de los breves escritos que componen la miscelánea Celebraciones, editada hace algunos meses por El Acantilado, el escritor francés Michel Tournier ensaya un hermoso “desciframiento de la serpiente” cuya lectura me devuelve anteriores apariciones de esta forma sinuosa, de esta bestia secreta y pertinaz que asoma la cabeza en incontables relatos míticos. Comienza Tournier evocando su encuentro con Adán y Eva desde las ramas del árbol del Bien y del Mal, la historia archisabida de la tentación y el engaño, el diálogo tramposo que nos dejó sin Paraíso aunque no sin su memoria (infinitamente deformada y decorada) o su nostalgia: “¿De qué les hablaba la serpiente? Como Dios a Moisés, del bien y del mal. Pero llamando bien al mal, y mal al bien. Pues la inversión maligna es lo que define su talante ordinario.”

La serpiente ha sido y sigue siendo el emblema del engaño, de la traición. Es cruel y reservada, ataca sin aviso, escapa silbante entre la hierba y, en muchos casos, deja una bolsa de veneno en la carne de sus víctimas. El mal que lleva en su boca sólo puede ser combatido con otra mordedura igualmente efectiva, como si el paso de unos dientes generosos limpiara o borrara la huella de los anteriores. Cuando su beso no es mortal puede serlo su abrazo, pero en este caso no hay forma de reparar sus efectos con otro abrazo veloz. A esta reputación de taimada contribuyen sin duda sus ojos sin párpados, su mirar fijo y, según numerosas leyendas, hipnótico. Como el mentiroso profesional, sabe que su mejor baza es sostener la mirada, no mostrar un semblante huidizo, inspirar la confianza del que se ofrece en primer plano y finge no ocultar nada. La serpiente no sabe lo que es parpadear bajo una luz excesiva, no teme el interrogatorio cotidiano y reiterado del sol.

El mito bíblico evocado por Tournier llega a nosotros con la infancia y forma parte de nuestra memoria más íntima. En Wodwo (1967), uno de sus primeros libros, el poeta inglés Ted Hughes propuso un relato alternativo y desolado que tiene, sin embargo, la simplicidad de un juego de niños. El poema lleva por título “Teología” y la flojedad rítmica de sus versos permite muy bien la traducción en prosa: “No, la serpiente no sedujo a Eva con una manzana. Eso no es más que una corrupción de los hechos. Adán se comió la manzana. Eva se comió a Adán. La serpiente se comió a Eva. Éste es el oscuro intestino. La serpiente, entre tanto, duerme y hace la digestión en el Paraíso, sonriendo al escuchar la llamada quejumbrosa de Dios.” Hughes propone aquí una versión del mito que resta culpa a la serpiente al tiempo que engrandece su figura. El iluso es Adán, quien se come la manzana y se deja comer por Eva (planteamiento, por cierto, donde asoma la proverbial misoginia del escritor). Adán y Eva son el “oscuro intestino” de una serpiente convertida en emblema de la existencia: como Jonás en la ballena, nuestra vida transcurre en las entrañas de una bestia que duerme plácidamente, ajena a nuestro furor y nuestra penumbra. Dios existe, pero está al otro lado de la gruesa piel de la serpiente, muy lejos de las escamas que reposan y se abren en una sonrisa desdeñosa. La visión del poema, a medio camino entre el pesimismo y la ironía, preludia el tono amargo y casi esquizoide de algunos libros posteriores de Hughes.

Una variante más del mito bíblico aparece en Cuervo (1970), en un curioso poema titulado “La manzana: Tragedia”. Aquí es la serpiente la que descansa al séptimo día y la que entonces recibe la visita de Dios. La serpiente mira a Dios con asombro, como a un intruso que desbarata su reposo, pero Dios ha hecho un descubrimiento y se muere por compartirlo: “¿Ves esta manzana?/ La exprimo y mira…: sidra.”

 

La serpiente bebió un buen trago

Y se curvó en una pregunta.

Adán bebió y dijo “Sé mi dios.”

Eva bebió y se abrió de piernas

 

Y llamó a la astuta serpiente

Y le dio gusto.

Dios corrió a decírselo a Adán

Quien, ebrio de ira, trató de ahorcarse

en el huerto.

 

La serpiente intentó explicarse,

gritando: “¡Alto!, ¡Alto!”

Pero la sidra le hacía tartamudear

Y Eva empezó a chillar: “¡Violación!,

¡Violación!”

Y a patearle la cabeza.

 

Ahora, siempre que la serpiente

aparece, Eva grita

“¡Que viene! ¡Que viene! ¡Socorro!”

Y Adán estrella una silla contra su

cabeza,

Y Dios asiente complacido.

 

Y todo se va al infierno.

 

El poema es transparente y no precisa exégesis. Pero, al leerlo en combinación con “Teología”, algunas cosas quedan claras. Ante todo, la pobre consideración en que Hughes tiene al hombre y la mujer, a quienes muestra como meros sirvientes o esclavos de la voluntad ajena, sea de Dios o la serpiente. (La mujer, a su vez, aparece como una depredadora sexual, en el primer caso comiéndose literalmente al hombre, en el segundo ofreciéndose sin recato a la serpiente.) La transformación de la serpiente en una pregunta es igualmente interesante, pues revela la naturaleza profunda de los seres humanos según Hughes: la necesidad de fe del hombre y el carácter casquivano y caprichoso de la mujer. Dios, por último , pasa de ser un ente débil, casi patético en su retiro quejumbroso, a mostrarse infinitamente astuto en sus tareas de cizañero y correveidile, asintiendo “complacido” al caos resultante, mientras que la serpiente se convierte en una figura pasiva, víctima de los sucesivos malentendidos causados por la invención e intervención divinas.

No puedo dejar Cuervo sin mencionar otra de sus piezas humorísticas: “Una travesura infantil”. En ella, la serpiente se transforma en el “Gusano, el hijo único de Dios”, que acompaña a su padre en la atribulada contemplación de los cuerpos “inertes” del hombre y la mujer. Están en el Edén, pero (de nuevo) su pasividad es infinita y se aburren sin remedio. Dios trata de encontrar una solución pero termina durmiéndose. Entonces aparece Cuervo, el protagonista del libro: de un mordisco parte al Gusano en dos mitades, introduce la mitad correspondiente a la cola en el hombre, “con el extremo herido colgándole por fuera”, y la otra mitad, la correspondiente a la cabeza, en la mujer, de modo que la cabeza del gusano se asoma a sus ojos, “llamando a su otra mitad para que se uniera a ella”. La escena resultante, de una comicidad violenta y explícita, tiene por coro la carcajada traviesa de Cuervo:

El hombre se despertó viéndose

arrastrado a través de la hierba.

La mujer se despertó viéndolo llegar.

Ninguno supo lo que había ocurrido.

 

Dios siguió durmiendo.

 

Cuervo siguió riéndose.

 

Hay que convenir en que este relato genésico de la sexualidad humana no deja mucho espacio para el optimismo. Hughes subraya una y otra vez la dimensión animal del ser humano y, en el peor de los casos, deja que su misoginia piense por él. Pero, dejando de lado la visión concreta de Hughes en este libro, mella la atención la imagen del hombre que se arrastra por la hierba como una serpiente más, todo él convertido en un enorme falo que busca denodadamente un refugio y un alivio. Esta imagen rima con la incluida en “La manzana: Tragedia”, sin duda más humorística, según la cual todos los males provienen de la cópula de la serpiente y la primera mujer bajo el signo alterador de la sidra: la serpiente, convertida en interrogante, en inquisición, es llamada por una Eva que se abre de piernas para recibirla.

Es evidente que las connotaciones fálicas de la serpiente tienen mucho que ver con el aura de peligro y doblez que difunde su existencia. La serpiente vive pegada a la tierra y los árboles, repta o se arrastra entre la hierba, sobre las ramas, bajo puertas y canceles. Es esbelta, sigilosa y, aunque puede avanzar con rapidez, comunica a quien la observa una impresión de constancia, de rara parsimonia. De ahí, en otro orden, que Antonio Gamoneda, en una de sus “lápidas”, pueda comparar la lentitud de las oraciones “a serpientes bellísimas que pasaran sobre mi corazón”; de ahí también que muchas de sus páginas recientes (sobre todo en Libro del frío) barajen la presencia de culebras, cánulas y silbidos como trasuntos de un mismo referente, la tenuidad de la existencia, la delgadez creciente del aliento vital, el progresivo debilitamiento del cuerpo sobre la tierra del tiempo.

La serpiente, en su contención casi bidimensional, es un símbolo de los peligros que pasan rozando nuestra vida y que una mezcla de azar y prudencia nos permite sortear. Basta con que no estemos en su camino, con permitir su avance donde antes se hallaban nuestros pies, con dejar que cumpla su trayecto. Cualquier interrupción puede ser mortal, cualquier impedimento puede despertar su furia. Shelley escribió uno de sus más hermosos fragmentos (encontrado en su cuaderno y publicado póstumamente) con esta imagen casi alegórica: la serpiente deslizándose en secreto entre la alta hierba, ignorada por todo y por todos, absorta en su propio discurrir elástico. La limpia traducción de los poetas Juan Abeleira y Alejandro Valero me exime de prologar la glosa:

 

No despertéis jamás a la serpiente,

por miedo a que ella ignore su camino;

dejad que se deslice mientras duerme

sumida en la honda hierba de los prados.

Que ni una abeja la oiga al arrastrarse,

que ni una mosca efímera resurja

de su sueño, acunada en la campánula,

ni las estrellas cuando se escabulle,

silente entre la hierba escurridiza.

 

Shelley pensaba, tal vez, al escribir estos versos, en un familiar lejano de la serpiente, en un ancestro mítico y gigantesco, el dragón codicioso de los libros de caballería. El dragón, también, cuya cola es tanto más temible que su fuego, pues asesta su golpe fatal como último y desesperado recurso. En ese instante en que la confianza del guerrero es mayor que su prudencia, cuando el gran dragón yace abatido fuera de su cueva, la cola del monstruo es un latigazo súbito, inexorable. El poema de Shelley es una alegoría y una advertencia, una breve meditación y una enseñanza, sabedor de que el enemigo hay que despedirlo de cara, con ojos tan quietos y francos como los de la serpiente. No para hipnotizarlo, sino para conjurar su presencia y ahuyentar su mal aire.

Tournier cierra su ensayo con un párrafo que devuelve el argumento a los predios bíblicos del inicio, evocando la rivalidad fraternal entre Lucifer y Miguel y la lucha que desplumó al padre de todas las serpientes:

 

Al principio existía Lucifer, un ángel tan bello que se comparaba con el mismísimo Dios. Hasta que otro arcángel, su hermano rival, Miguel, ofendido por aquel orgullo blasfemo, se lanzó sobre él, le arrancó las alas, los brazos, las piernas, y lo precipitó al abismo gritando: “¡Quién como Dios?” (“Miguel” en hebreo).

Desde entonces, en vez de planear por los aires, el arcángel caído se arrastra por el polvo y se hunde en la tierra.

La serpiente es el ángel-tronco, horrible y magnífico.

 

Tournier nos recuerda de nuevo, por si fuera necesario, que el mito es la poesía primera, o, si se quiere, que toda poesía genuina hunde sus raíces en un sustrato mítico, consciente o no. La historia es infinitamente hermosa y sugestiva como sólo puede serlo aquello que toca lo más profundo de nuestra memoria colectiva, de lo que nos constituye aunque no lo sepamos a ciencia cierta. Recordé entonces uno de los poemas más inquietantes de Eugenio Montejo, incluido en su libro Adiós al siglo XX (1997) y titulado (¡cómo si no!) “La serpiente”, y sobre todo recordé su primera línea, tan evocadora del relato bíblico: “De lejos viene la serpiente, del paraíso y la música”. Montejo, desde luego, tiene presente la historia de la tentación y no la lucha entre los arcángeles hermanos, pero las líneas que siguen desplazan el sentido inicial al paisaje celeste aludido por Tournier y me hacen pensar que Montejo, quizá sin darse cuenta, dejó entrar un eco de la caída de Lucifer, un resto de la antigua lucha que atravesó el éter del tiempo hasta posarse en el poema:

 

De lejos viene la serpiente, del paraíso

y la música,

de alguna estrella remota,

ondulando escondida detrás de su

llama.

Cuando cruza la luna no tiene anillos,

no tiene cola ni cabeza,

es sólo una estela lucífera,

una sombra alargada y errante.

 

Ahí, en “lucífera”, enmascarado tras un adjetivo que no le corresponde, descansa Lucifer, el caído, el “ángel-tronco” de Tournier. Viene del paraíso, de una música estelar y remota que ahora es sombra en busca de materia, de permanencia. Su caída lo aloja entre nosotros, lo arroja a nuestros pies y lo condena a perder sus escamas regularmente, sembrando fósiles en vida:

 

Aquí en la tierra la espera su cuerpo,

la espera su bífida lengua

y la piel que desprende sus tatuajes.

Aquí encuentra el color de su noche,

el mal que le atribuyen,

la sinuosa materia que en ella se tuerce

y se retuerce

hasta llenarse de veneno.

 

Montejo toma la imagen de Shelley y subraya la doble naturaleza de la serpiente: su ligereza helada, hija de la luz y el vacío cósmicos, pero también su maldad pegada a tierra, que crece a cada instante hasta colmar el vaso largo de su cuerpo. Todo su anhelo de aire se convierte en rabia y veneno al sentir sus anillos arrastrarse por el polvo. Entonces palpita, “horrible y magnífico”, el arcángel caído que habita en ella y en cuya mirada entrevemos la magnitud posible de nuestro mal. Porque la tentación no existiría si no lleváramos en nosotros el germen que se remueve y fructifica al escuchar las palabras del gran embaucador.